1. Antes del Concilio Vaticano II. 5

1.1 Benedicto XV.. 5

1.1.1 Carta Apostólica Maximum illud (30-XI-1919) 5

1.2 Pio XI. 7

1.2.1 Carta Encíclica Rerum Ecclesiae (28-II-1926) 7

1.3 Pio XII. 7

1.3.1 Carta Encíclica Evangelii Praecones (2-VI-1951) 7

1.4 Juan XXIII. 9

1.4.1 Exhortación apostólica Princeps Pastorum (28-XI-1959) 9

2. Concilio Vaticano II. 13

2.1 Constitución Sacrosanctum Concilium (4-XII-1963) 13

2.2 Constitución dogmática Lumen gentium (21-XI-1964) 13

2.3 Declaración Nostra aetate (28-X-1965) 15

2.4 Constitución pastoral Gaudium et spes (7-XII-1965) 16

2.5 Decreto Ad gentes (7-XII-1965) 17

3. Pablo VI. 21

3.1 Encíclica Ecclesiam suam (6-VIII-1964) 21

3.2 Mensaje Africæ terrarum (29-X-1967) 23

3.3 Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8-XII-1975) 28

3.4 Sínodo de los Obispos (28-X-1977) 29

4. Juan Pablo II. 30

4.1 Magisterio de Juan Pablo II: 30

4.1.1 Encíclica Redemptor Hominis (4-III-1979) 30

4.1.2 Exhortación Apostólica Catechesi tradendae (16-X-1979) 30

4.1.3 A los Obispos del Zaire, Kinshasa (3-V-1980) 31

4.1.4 Discurso en la sede de la Unesco (2-VI-1980) 32

4.1.5 Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (12-I-1981) 36

4.1.6 Exhortación Apostólica Familiaris consortio (22-XI-1981) 37

4.1.7 A los participantes del Congreso Nacional «Empeño Cultural» (16-I-1982) 37

4.1.8 En la Universidad de Coimbra, Portugal (15-V-1982) 38

4.1.9 Discurso a los intelectuales y artistas, Seúl, Corea (5-V-1984) 40

4.1.10 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (15-I-1985) 41

4.1.11 Encíclica Slavorum apostoli (2-VI-1985) 43

4.1.12 Encuentro con los intelectuales y el mundo universitario, Medellín, Colombia (5-VII-1986) 43

4.1.13 Encuentro con los hombres de la cultura y empresarios, Lima, Perú (15-V-1988) 45

4.1.14 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (13-I-1989) 47

4.1.15 Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio (29-VI-1990) 48

4.1.16 Encíclica Redemptoris missio (7-XII-1990) 49

4.1.17 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (10-I-1992) 50

4.1.18 Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25-III-1992) 51

4.1.19 Discurso en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12-X-1992) 52

4.1.20 Mensaje a los indígenas de América (12-X-1992) 54

4.1.21 Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura (18-III-1994) 56

4.1.22 Carta al prefecto de la Congregación del clero por la actualización del Directorio general de Catequesis (21-IX-1994) 58

4.1.23 Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa (14-IX-1995) 59

4.1.24 Exhortación apostólica Vita consecrata (25-III-1996) 61

4.1.25 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (14-III-1997) 63

4.1.26 Encíclica Fides et Ratio (14-IX-1998) 64

4.1.27 Exhortación apostólica Ecclesia in America (22-I-1999) 66

4.1.28 Exhortación Apostólica Ecclesia in Asia (6-XI-1999) 68

4.1.29 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (8-XII-2000) 71

4.1.30 Carta Apostólica Novo Millenio Inneunte (6-I-2001) 76

4.1.31 Exhortación Apostólica Ecclesia in Oceania (22-XI-2001) 77

4.1.32 Discurso a los Obispos de Las Antillas en visita ad limina (7-V-2002) 79

4.1.33 Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17-IV-2003) 80

4.1.34 Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28-VI-2003) 80

4.1.35 Exhortación Apostólica Pastores Gregis (16-X-2003) 81

4.2 Dicasterios de la Curia Romana: 82

4.2.1 Comisión Teológica Internacional 82

4.2.1.1 Documento Temas Selectos de Eclesiología (1984) 82

4.2.1.2 Documento La Fe y la Inculturación (1987) 85

4.2.2 La interpretación de la Biblia en la Iglesia (21-IX-1993) 99

4.2.3 Guía para los catequistas (3-XII-1993) 100

4.2.4 Instrucción Varietates Legitimae, sobre la Liturgia romana y la Inculturación (25-I-1994) 101

4.2.5 Directorio general para la Catequesis (25-VIII-97) 118

4.2.6 Para una Pastoral de la Cultura (23-V-1999) 120

4.2.7 Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia (17-XII- 2001) 124

4.2.8 Instrucción Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida Consagrada (19-V-2002) 125

5. Benedicto XVI. 127

5.1 Magisterio de Benedicto XVI. 127

5.1.1 Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (22-II-2007) 127

5.1.2 Discurso a los Obispos del Brasil, Sao Paulo (11-V-2007) 128

5.1.3 Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (30-IX-2010) 128

5.1.4 Exhortación apostólica postsinodal Africæ munus (19-11-2011) 132

5.2 Dicasterios de la Curia Romana.. 134

5.2.1 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización (3-XII-2007) 134

6. Francisco.. 135

6.1 Magisterio de Francisco.. 135

6.1.1 Encuentro con el Comité de Coordinación del CELAM (Rio de Janeiro, 28-VII-2013) 135

6.1.2 Exhortación apostólica “La Alegría del Evangelio” (26-XI-2013) 140

7. Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.. 150

7.1 Medellín (II Conferencia, 26-VIII al 6-IX-1968) 150

7.2 Puebla (III Conferencia, 28-I al 13-II-1979) 153

2. Evangelización de la cultura. 153

2.1. Culturas y culturas. 153

2.2. Opción pastoral de la Iglesia latinoamericana: la evangelización de la propia cultura, en el presente y hacia el futuro  154

2.3. Iglesia, fe y cultura. 154

2.4. Evangelización de la cultura en América Latina. 155

3. Evangelización y religiosidad popular. 159

3.1. Noción y afirmaciones fundamentales. 159

3.2. Descripción de la religiosidad popular 161

3.3. Evangelización de la religiosidad popular: proceso, actitudes y criterios. 161

3.4. Tareas y desafíos. 162

7.3 Santo Domingo (IV Conferencia, del 12-X al 28-X-1992) 163

Capítulo III LA CULTURA CRISTIANA.. 163

3.1. Valores culturales: Cristo, medida de nuestra conducta moral 164

3.2. Unidad y pluralidad de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas. 166

3.3. Nueva cultura. 168

3.3.1. Cultura moderna. 168

3.3.2. La ciudad. 169

3.4. La acción educativa de la Iglesia. 171

3.5. Comunicación social y cultura. 173

7.4 Aparecida (V Conferencia, del 13-V al 31-V-2007) 175

Capítulo 10: NUESTROS PUEBLOS Y LA CULTURA.. 175

10.1 La Cultura y su evangelización. 175

10.2 La Educación como bien público. 176

10.3 Pastoral de la Comunicación Social 177

10.4 Nuevos areópagos y centros de decisión. 178

10.5 Discípulos y misioneros en la vida pública. 179

10.6 La pastoral urbana. 181

10.7 Al servicio de la unidad y de la fraternidad de nuestros pueblos. 183

10.8 La integración de los Indígenas y Afroamericanos. 185

10.9 Caminos de reconciliación y solidaridad. 185

 

 

 

 

 

 

 

 


1. Antes del Concilio Vaticano II

1.1 Benedicto XV

1.1.1 Carta Apostólica Maximum illud (30-XI-1919) [1]

 

7. Cuidado y formación del clero nativo

30. Por último, es de lo más principal e imprescindible, para quienes tienen a su cargo el gobierno de las Misiones, el educar y formar para los sagrados ministerios los naturales mismos de la región que cultivan; en ello se basa principalmente la esperanza de las Iglesias jóvenes.

31. Porque es indecible lo que vale, para infiltrar la fe en las almas de los naturales, el contacto de un sacerdote indígena del mismo origen, carácter, sentimientos y aficiones que ellos, ya que nadie puede saber como él insinuarse en sus almas. Y así, a veces sucede que se abra a un sacerdote indígena sin dificultad la puerta de una Misión cerrada a cualquier otro sacerdote extranjero.

32. Mas, para que el clero indígena rinda el fruto apetecido, es absolutamente indispensable que esté dotado de una sólida formación. Para ello no basta en manera alguna un tinte de formación incipiente y elemental, esencialmente indispensable para poder recibir el sacerdocio.

33. Su formación debe ser plena, completa y acabada bajo todos sus aspectos, tal y como suele darse hoy a los sacerdotes en los pueblos cultos.

34. No es el fin de la formación del clero indígena poder ayudar únicamente a los misioneros extranjeros, desempeñando los oficios de menor importancia, sino que su objeto es formarles de suerte que puedan el día de mañana tomar dignamente sobre sí el gobierno de su pueblo y ejercitar en él el divino ministerio.

35. Siendo la Iglesia de Dios católica y propia de todos los pueblos y naciones, es justo que haya en ella sacerdotes de todos los pueblos, a quienes puedan seguir sus respectivos naturales como maestros en la ley divina y guías en el camino de la salud.

36. En efecto, allí donde el clero indígena es suficiente y se halla tan bien formado que no desmerece en nada su vocación, puede decirse que la obra del misionero está felizmente acabada y la Iglesia perfectamente establecida. Y si, más tarde la tormenta de la persecución amenaza destruirla, no habrá que temer que, con tal base y tales raíces, zozobre a los embates del enemigo.

38. Por eso es más de sentir que, después de tanta insistencia por parte de los Pontífices haya todavía regiones donde, habiéndose introducido hace muchos siglos la fe católica, no se vea todavía clero indígena bien formado y que haya algunos pueblos, favorecidos tiempo ha con la luz y benéfica influencia del Evangelio, y que, habiendo dejado ya su retraso y subido a tal grado de cultura que cuentan con hombres eminentes en todo género de artes civiles, sin embargo, en cuestión de clero, no hayan sido capaces de producir no obispos que los rijan ni sacerdotes que se impongan por su saber a sus conciudadanos. Ello es señal evidente de ser manco y deficiente el sistema empleado hasta hoy en algunas partes en orden a la formación del clero indígena.

9. Evitar nacionalismos

 43. Convencidos en el alma de que a cada uno de vosotros se dirigía el Señor cuando dijo: «Olvida tu pueblo y la casa de su padre» (Sal 44, 11), recordad que no es vuestra vocación para dilatar fronteras de imperios humanos, sino las de Cristo; ni para agregar ciudadanos a ninguna patria de aquí abajo, sino a la patria de arriba.

46. Suponed, pues, que, en efecto, entren en la conducta del misionero elementos humanos, y que, en lugar de verse en él sólo al apóstol, se trasluzca también al agente de intereses patrios. Inmediatamente su trabajo se haría sospechoso a la gente que fácilmente podría ser arrastrada al convencimiento de ser la religión cristiana propia de una determinada nación y, por lo mismo, de que al abrazarla sería renunciar a sus derechos nacionales para someterse a tutelas extranjeras.

48. No obrará así quien se precie de ser lo que su nombre de misionero católico significa, pues éste tal, teniendo siempre ante los ojos que su misión es embajada de Jesucristo y no legación patriótica, se conducirá de modo que cualquiera que examine en él al ministro de una religión que, sin exclusivismos de fronteras, abraza a todos los hombres que adoran a Dios en verdad y es espíritu, «donde no hay distinción de gentil y judío, de circuncisión y incircuncisión, de bárbaro y escita, de siervo y libre, porque Cristo lo es todo en todos» (Col 3, 11).

59. Y ante todo, sea el primer estudio, como es natural, el de la lengua que hablan sus futuros misionados. No debe bastar un conocimiento elemental de ella, sino que se debe llegar a dominarla y manejarla con destreza; porque el misionero ha de consagrarse a los doctos lo mismo que a los ignorantes, y no desconoce cuán fácilmente, quien maneja bien el idioma, puede captar los ánimos de los naturales.

13. Santidad de vida

64. Pero quienes deseen hacerse aptos para el apostolado tienen que concentrar necesariamente sus energías en lo que antes hemos indicado, y que es de suma importancia y trascendencia, a saber: la santidad de vida. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar, como ha de huir del pecado quien a los demás exhorta que lo detesten.

65. De una manera especial tiene esto explicación tratándose de quien ha de vivir entre gentiles, que se guían más por lo que ven que por la razón, y para quienes el ejemplo de la vida, en punto a convertirles a la fe, es más elocuente que las palabras.

1.2 Pio XI

1.2.1 Carta Encíclica Rerum Ecclesiae (28-II-1926) [2]

10. Importancia y urgencia del clero nativo

66. Ante todo y sobre todo, queremos recordéis la capitalísima importancia que tiene el que os hagáis con un buen clero nativo.

67. Un descuido en este punto os argüiría no tanto de dejar incompleto vuestro ministerio cuanto de defraudar a la constitución y organización misma de la Iglesia, poniendo rémoras y retardando su acción.

68. Sabemos, y lo confesamos de grado, que en algunas partes se ha empezado ya a proveer esta necesidad con la fundación de seminarios, en los que jóvenes nativos de buen porvenir adquieren una culta formación, merced a la cual podrán no sólo llegar al sacerdocio, sino aun ser idóneos maestros de la fe para sus paisanos; pero ¡cuán distantes estamos de lo que en esto exigen las circunstancias!

71. Allí hicimos notar que, según se colige claramente de los primeros documentos de la antigüedad cristiana, los apóstoles proveían del clero a las comunidades de fieles, no trayéndolo de fuera, sino eligiéndolo y constituyéndolo de entre los nuevos convertidos.

74. Y ¿cómo se logrará esto entre los gentiles de hoy si no es aprovechando los mismos elementos que se utilizaron entre nosotros, los gentiles de ayer, esto es, haciendo que cada país cuente con su propio clero y grey cristiana y con sus propios religiosos, así hombres como mujeres?

75. ¿Con qué derecho se le ha de impedir al clero nativo que trabaje en su propio campo, es decir, que gobierne su propia y nativa Iglesia?

91. Los alumnos que salgan de vuestros seminarios, provistos de toda esta abundancia de virtudes y habilidad para los ministerios apostólicos, y pericia en divinas y humanas letras, serán sin duda honrados y estimados de los hombres letrados e influyentes de su nación; y podrán en su día, cuando pluguiere al Señor, quedar al frente de sus parroquias y diócesis, sin temor a inconvenientes de ningún género.

97. Por tanto, no ha de haber más distinción alguna entre misioneros europeos e indígenas ni motivo alguno de separación, sino que a todos ha de unir igualmente la mutua reverencia y el mismo vínculo de la caridad.

 

1.3 Pio XII

1.3.1 Carta Encíclica Evangelii Praecones (2-VI-1951) [3]

12. Adaptación y respeto por las culturas

58. Queda un punto por tratar, el cual deseamos ardientemente que todos entiendan claramente. La Iglesia, desde sus orígenes hasta nuestros días, ha conseguido siempre la prudentísima norma que, al abrazar los pueblos el Evangelio, no se destruya ni extinga nada de lo bueno, honesto y hermoso que, según su propia índole y genio, cada uno de ellos posee. Pues cuando la Iglesia llama a los pueblos a una condición humana más elevada y a una vida más culta, bajo los auspicios de la religión cristiana, no sigue el ejemplo de los que sin norma ni método cortan la selva frondosa, abaten y destruyen, sino más bien imita a los que injertan en los árboles silvestres la buena rama, a fin de que algún día broten y maduren en ellos frutos más dulces y exquisitos.

59. La naturaleza humana, aunque inficionada con el pecado original por la miserable caída de Adán, tiene con todo en sí «algo naturalmente cristiano» (Tertuliano, Apologético c. 17: PL 1, col. 377A); lo cual, si es iluminado con la luz divina y alimentado por la gracia de Dios, podrá algún día ser elevado a la verdadera virtud y a la vida sobrenatural.

60. Por lo cual, la Iglesia católica ni despreció las doctrinas de los paganos ni las rechazó, sino que más bien las libró de todo error e impureza, y las consumó y perfeccionó con la sabiduría cristiana. De la misma manera acogió benignamente sus artes y disciplinas liberales que habían alcanzado en algunas partes tan alto grado de perfección, las cultivó con diligencia y las elevó a una extrema belleza a la que antes tal vez nunca había llegado. Tampoco suprimió completamente las costumbres típicas de los pueblos y sus instituciones tradicionales, sino que en cierto sentido las santificó; y los mismos días de fiesta, cambiando el modo y la forma, los hizo que sirviesen para celebrar los aniversarios de los mártires y los misterios sagrados...

61. Y Nos mismo, en la presente encíclica que publicamos, Summi Pontificatus, escribimos lo siguiente: «Los predicadores de la palabra de Dios, después de muchas investigaciones realizadas en el decurso de los tiempos con sumo trabajo e intenso estudio, se han esforzado en conocer más profundamente y dignamente la civilización e instituciones de los diversos pueblos y cultivar las buenas cualidades y dotes de sus almas, para que así el Evangelio de Cristo obtuviese en ellos más fáciles y abundantes progresos. Todo aquello que en las costumbres de los pueblos no está vinculado indisolublemente con supersticiones o errores, se examina siempre con benevolencia y, si es posible, se conserva incólume» (AAS 31 (1939) 429).

62. En el discurso que tuvimos en 1944 a los directores de las Obras Pontificias, entre otras cosas decíamos: «El misionero es apóstol de Jesucristo. Su oficio no le exige que introduzca y propague en las lejanas tierras de misión precisamente la civilización de los pueblos europeos, y no otra cosa, como quien trasplanta un árbol; sino más bien que enseñe y eduque a aquellas naciones, que a veces se ufanan de sus culturas antiquísimas, para que sea apresten a recibir prácticamente los principios de la vida y costumbres cristianas. Tales principios pueden armonizarse con cualquier civilización que sea sana e íntegra, y pueden conferirle un mayor vigor en la defensa de la divinidad humana y conseguir la felicidad. Los católicos nativos deben ser en primer lugar miembros de la gran familia de Dios y ciudadanos de su Reino (cfr. Ef 2, 19); pero sin dejar por esto de ser ciudadanos de su patria terrena» ( Discurso Vivamente gradito, 24-VI-1944: AAS 36 (1934) 210).

66. Al Dios de las misericordias atribuimos el que todos hayan considerado con interés especial este hecho, el cual es evidente argumento de la crecida vitalidad y del vigor cada día mayor de que goza la obra misional. Ya que, gracias a la actividad de los misioneros entre los pueblos paganos tan distanciados en el espacio unos de otros y de costumbres tan diversas, el aliento evangélico ha penetrado tanto en las almas cuanto claramente demuestra el elocuente testimonio de estas artes renacientes. Esta exposición prueba también que la fe cristiana, grabada en las almas y exteriorizada en costumbres en armonía con ella, es la única que puede elevar el entendimiento humano a producir estas excelentes obras artísticas, que ciertamente constituyen una alabanza perenne de la Iglesia católica y un ornamento esplendidísimo del culto divino.

1.4 Juan XXIII

1.4.1 Exhortación apostólica Princeps Pastorum (28-XI-1959) [4]

Primacía de la formación espiritual

7. Nuestro recordado Predecesor, Benedicto XV, en la Maximum illud insistió en inculcar a los directores de Misión que su más asidua preocupación había de ser dirigida a la «completa y perfecta» (AAS 11 (1919) 445) formación del Clero local, ya que, «al tener comunes con sus connacionales el origen, la índole, la mentalidad y las aspiraciones, se halla maravillosamente preparado para introducir en sus corazones la Fe, porque conoce mejor que ningún otro las vías de la persuasión» (Ibid.).

Apenas si es necesario recordar que una perfecta educación sacerdotal, ante todo, ha de estar dirigida a la adquisición de las virtudes propias del santo estado, ya que éste es el primer deber del sacerdote, «el deber de atender a la propia santificación» (Pio XII, Exhortación apostólica Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 677). El nuevo clero nativo entrará, pues, en santa competencia con el clero de las más antiguas diócesis, que desde hace ya tanto tiempo ha dado al mundo sacerdotes que, por el heroísmo de sus esplendentes virtudes y la viva elocuencia de sus ejemplos, han merecido ser propuestos como modelos para el clero de toda la Iglesia. Porque principalmente con la santidad es como el clero puede demostrar que es luz y sal de la tierra (cfr. Mt 5, 13-14), esto es, de su propia nación y de todo el mundo; puede convencer de la belleza y poder del Evangelio; puede eficazmente enseñar a los fieles que la perfección de la vida cristiana es una meta a la cual pueden y deben tender con todo esfuerzo y con perseverancia los hijos de Dios, cualquiera sea su origen, su ambiente, su cultura y su civilización. Con paternal corazón ansiamos llegue el día en que el clero local pueda doquier dar sujetos capaces de educar para la santidad a los alumnos mismos del santuario, siendo sus guías espirituales. A los Obispos y a los superiores de las Misiones, Nos dirigimos también la invitación de que ya desde ahora no duden escoger, de entre su Clero local, sacerdotes que por sus virtudes y prudencia den seguridad de ser, para sus seminaristas connacionales, sus seguros maestros y sus guías en la formación espiritual.

Formación cultural y ambiental

8. Bien sabéis, además, Venerables Hermanos, cómo la Iglesia siempre ha exigido que sus sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante una educación sólida y completa del espíritu y del corazón. Y que de ello sean capaces los jóvenes de toda raza y procedentes de cualquier parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y la experiencia lo han demostrado con toda claridad. Natural es que en la formación del clero local se tenga buena cuenta de los factores ambientales propios de las diversas regiones.

Para todos los candidatos al sacerdocio vale la sapientísima norma, según la cual ellos no han de formarse «en un ambiente demasiado retirado del mundo» (Ibid., 686), porque entonces «cuando vayan a en medio del mundo podrán encontrar serias dificultades en las relaciones con el pueblo y con el laicado culto, y puede así ocurrir o que tomen una actitud equivocada o falsa hacia los fieles, o que consideren desfavorablemente la formación recibida» (Ibid.). Habrán ellos de ser sacerdotes espiritualmente perfectos, pero también «gradualmente y con prudencia insertados en la parte del mundo » (Ibid., 687) que les hubiere tocado en suerte, a fin de que la iluminen con la verdad y la santifiquen con la gracia de Cristo.

A tal fin, aun en lo que atañe al régimen mismo del seminario, conviene insistir sobre la manera de vivir local, mas no sin aprovechar todas aquellas facilidades ya técnicas, ya materiales, que hace mucho tiempo son bien y patrimonio de todas las culturas, pues que representan un real progreso para un tenor de vida más elevado y para una más conveniente salvaguarda de las fuerzas físicas.

Los estudios de Misionología

10. Precisamente, en atención a una formación intelectual que tenga presentes las reales necesidades y la mentalidad de cada pueblo, esta Sede Apostólica siempre ha recomendado los estudios especiales de Misionología, y ello no sólo a los misioneros, sino también al clero nativo.

Así, Nuestro predecesor Benedicto XV decretaba la institución de las enseñanzas de las materias misionales en la Universidad Romana "de Propaganda Fide" (cfr. Carta apostólica Maximum illud: AAS 11 (1919) 448), y Pío XII aprobó con satisfacción la erección del Instituto Misionero Científico en el mismo Ateneo Urbaniano y la institución, tanto en Roma como en otras partes, de facultades y cátedras de Misionología (cfr. Carta encíclica Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 500). Para ello, los programas de los seminarios locales en tierras de Misión no dejarán de asegurar cursos de estudio en las varias ramas de Misionología y la enseñanza de los diversos conocimientos y técnicas especialmente útiles para el ministerio futuro del clero de aquellas regiones. Por lo tanto, se organizará una enseñanza tal que, dentro del espíritu de la más genuina y sólida tradición eclesiástica, sepa formar cuidadosamente el juicio de los sacerdotes sobre los valores culturales locales, especialmente los filosóficos y los religiosos, en sus relaciones con la enseñanza y la religión cristiana. «La Iglesia Católica -ha escrito Nuestro inmortal predecesor Pío XII- ni desprecia ni rechaza completamente el pensamiento pagano, sino que más bien, luego de haberlo purificado de toda escoria de error, lo completa y lo perfecciona con cristiana prudencia. Ello, en igual forma que ha acogido el progreso en el campo de las ciencias y de las artes..., y en igual forma consagró las particulares costumbres y las antiguas tradiciones de los pueblos; aun las mismas fiestas paganas, transformadas, sirvieron para celebrar las memorias de los mártires y los divinos misterios» (Ibid., 522). Y Nos mismo ya hemos tenido ocasión de manifestar sobre esta materia Nuestro pensamiento: «Doquier haya auténticos valores del arte y del pensamiento, que pueden enriquecer a la familia humana, la Iglesia está pronta a favorecer ese trabajo del espíritu. Y ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan ligada a ésta su historia. Porque su misión propia es de otro orden: el de la salvación religiosa del hombre. Pero la Iglesia, llena de una juventud sin cesar renovada al soplo del Espíritu, permanece dispuesta a reconocer siempre, a acoger y aun a sumar todo lo que sea honor de la inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo, distintas de las mediterráneas que fueron la cuna providencial del cristianismo» (Discurso a los participantes al II Congreso mundial de los escritores y artistas negros: AAS 51 (1959) 260).

Apóstoles en el campo cultural

11. Los sacerdotes nativos bien preparados y adiestrados en este campo tan importante y difícil, en el que pueden contribuir tan eficazmente, podrán dar vida, bajo la dirección de sus Obispos, a movimientos de penetración aun entre las clases cultas, singularmente en las naciones de antigua y profunda cultura, a ejemplo de los famosos misioneros entre los que basta citar, por todos, al P. Mateo Ricci. También el clero nativo es el que ha de «reducir toda inteligencia en homenaje a Cristo» (cfr. 2 Cor 10, 5), como decía aquel incomparable misionero que fue San Pablo, y así «atraerse en su patria la estimación aun de las personalidades y de los doctos». A juicio suyo, los Obispos procuren oportunamente constituir, para las necesidades de una o más regiones, centros de cultura donde los sacerdotes -los misioneros y los nativos- tengan ocasión de hacer que fructifique su preparación intelectual y su experiencia en beneficio de la sociedad en la que viven por elección o por nacimiento. Y a este propósito necesario es también recordar lo que sugería Nuestro inmediato predecesor Pío XII, que es deber de los fieles el «multiplicar y difundir la prensa católica en todas sus formas» (Encíclica Fidei donum: AAS 49 (1957) 233), así como preocuparse «por las técnicas modernas de difusión y de cultura, pues conocida es la importancia de una opinión pública formada e iluminada» (Ibid.). Y aunque no todo se podrá intentar doquier, necesario es aprovechar toda ocasión buena de proveer a estas reales y urgentes necesidades, aunque a veces quien siembra no sea el mismo que haya de recoger (Jn 4, 37).

13. Si es verdad que, para un apostolado lo más ampliamente fructuoso, es de primaria importancia que el sacerdote nativo conozca y sepa con sano criterio y justa prudencia estimar los valores locales, aún será mayor verdad que para él vale lo que Nuestro inmediato Predecesor decía a todos los fieles: «Las perspectivas universales de la Iglesia serán las perspectivas normales de su vida cristiana» (Encíclica Fidei donum: AAS 49 (1957) 238). Para ello el clero local, no sólo habrá de estar informado de los intereses y vicisitudes de la Iglesia universal, sino que habrá de estar educado en un íntimo y universal espíritu de caridad. San Juan Crisóstomo decía de las celebraciones litúrgicas cristianas: «Al acercarnos al altar, primero oramos por el mundo entero y por los intereses colectivos» (Hom. 2 in 2 Cor: PG 61, 398); y gráficamente afirmaba San Agustín: «Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el mundo» (In ep. Ioan. ad Parthos 10, 5 : PL 35, 2060).

Y precisamente para salvaguardar en toda su pureza este espíritu católico que debe animar la obra de los misioneros, Nuestro predecesor Benedicto XV no dudó en denunciar con las más severas expresiones un peligro que podía hacer perder de vista los altísimos fines del apostolado misionero y así comprometer su eficacia: «Cosa bien triste sería -así escribía él en la epístola Maximum illud- que algún misionero de tal modo descuidara su dignidad que pensara más en su patria terrena que en la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su poderío y extender su gloria. Tal modo de obrar constituiría un daño funestísimo para el apostolado, y en el misionero apagaría todo impulso de caridad hacia las almas y disminuiría su propio prestigio a los ojos aun de su propio pueblo» (AAS 11 (1919) 446).

Peligro, que podría hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en muchos territorios de Misión se va generalizando la aspiración de los pueblos al autogobierno y a la independencia, y cuando la conquista de las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompañada de excesos no muy acordes con los auténticos y profundos intereses espirituales de la humanidad.

Nos mismo confiamos plenamente que el Clero nativo, movido por sentimientos y propósitos superiores que se conformen a las exigencias universalistas de la religión cristiana, contribuirá también al bienestar real de la propia nación.

«La Iglesia de Dios es católica y no es extranjera en ningún pueblo o nación» (Ibid., 445), decía Nuestro mismo Predecesor, y ninguna iglesia local podrá expresar su vital unión con la Iglesia universal, si su Clero y su pueblo se dejaran sugestionar por el espíritu particularista, por sentimientos de malevolencia hacia otros pueblos, por un malentendido nacionalismo que destruyese la realidad de aquella caridad universal que es el fundamento de la Iglesia de Dios, la única y verdadera "católica".

 


2. Concilio Vaticano II

2.1 Constitución Sacrosanctum Concilium (4-XII-1963) [5]

37. La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia: por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva integro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se pueda armonizar con su verdadero y auténtico espíritu.

38. Al revisar los libros litúrgicos, salvada la unidad sustancial del rito romano, se admitirán variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos grupos, regiones, pueblos, especialmente en las misiones, y se tendrá esto en cuenta oportunamente al establecer la estructura de los ritos y las rúbricas.

 

2.2 Constitución dogmática Lumen gentium (21-XI-1964) [6]

Universalidad y catolicidad del único Pueblo de Dios

13. Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este Pueblo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos para cumplir los designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana y determinó congregar en un conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos (cfr. Jn 11,52). Para ello envió Dios a su Hijo a quien constituyó heredero universal (cfr. Hb 1, 2), para que fuera Maestro, Rey y Sacerdote nuestro, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los hijos de Dios. Para ello, por fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, que es para toda la Iglesia, y para todos y cada uno de los creyentes, principio de asociación y de unidad en la doctrina de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración (cfr. Hch 2, 42).

Así, pues, de todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por la faz de la tierra comunican en el Espíritu Santo con los demás, y así "el que habita en Roma sabe que los indios son también sus miembros". Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cfr. Jn 18, 36), la Iglesia, o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva. Pues sabe muy bien que debe asociarse a aquel Rey, a quien fueron dadas en heredad todas las naciones (cfr. Sal 2, 8) y a cuya ciudad llevan dones y obsequios (cfr. Sal 71 [72], 10; Is 60,4-7; Ap 21, 24).

Este carácter de universalidad, que distingue al Pueblo de Dios, es un don del mismo Señor por el que la Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad entera con todos sus bienes, bajo Cristo como Cabeza en la unidad de su Espíritu. En virtud de esta catolicidad cada una de las partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia, de suerte que el todo y cada uno de sus elementos se aumentan con todos lo que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí mismo está integrado de diversos elementos, Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso tendiendo a la santidad por el camino más arduo estimulan con su ejemplo a los hermanos. Además, en la comunión eclesiástica existen Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el conjunto de la caridad, defiende las legítimas variedades y al mismo tiempo procura que estas particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen en ella. De aquí dimanan finalmente entre las diversas partes de la Iglesia los vínculos de íntima comunicación de riquezas espirituales, operarios apostólicos y ayudas materiales. Los miembros del Pueblo de Dios están llamados a la comunicación de bienes, y a cada una de las Iglesias pueden aplicarse estas palabras del Apóstol: "El don que cada uno haya recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios" (1 Pe 4, 10).

Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan, tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios.

Los no cristianos

16. Por fin, los que todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados al Pueblo de Dios por varias razones. En primer lugar, por cierto, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne (cfr. Rm 9, 45); pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres; porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cfr. Rm 11, 28-29). Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que confesando profesar la fe de Abraham adoran con nosotros a un solo Dios, misericordiosos, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas (cfr. Hch 17, 25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cfr. 1 Tim 2, 4). Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tenga la vida. Pero con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la mentira sirviendo a la criatura en lugar del Criador (cfr. Rm 1, 24-25), o viviendo y muriendo sin Dios en este mundo están expuestos a una horrible desesperación. Por lo cual la Iglesia, recordando el mandato del Señor: "Predicad el Evangelio a toda criatura (cfr. Mc 16, 16), fomenta encarecidamente las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos.

 

Carácter misionero de la Iglesia

17. Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles (cfr. Jn 20, 21), diciendo: "Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 19-20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra (cfr. Hch 1, 8). De aquí que haga suyas las palabras del Apóstol: "¡Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor 9, 16), por lo que se preocupa incansablemente de enviar evangelizadores hasta que queden plenamente establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen la obra evangelizadora. Por eso se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo. Predicando el Evangelio, mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y de la idolatría y los incorpora a Cristo, para que crezcan hasta la plenitud por la caridad hacia Él. Con su obra consigue que todo lo bueno que haya depositado en la mente y en el corazón de estos hombres, en los ritos y en las culturas de estos pueblos, no solamente no desaparezca, sino que cobre vigor y se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre. Sobre todos los discípulos de Cristo pesa la obligación de propagar la fe según su propia condición de vida. Pero aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, no obstante, propio del sacerdote el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio eucarístico, realizando las palabras de Dios dichas por el profeta: "Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura" (Mal 1, 11). Así, pues ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se incorpore al Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre universal.

2.3 Declaración Nostra aetate (28-X-1965) [7]

Las diversas religiones no cristianas

2. Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con íntimo sentido religioso. Las religiones a tomar contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos problemas con nociones más precisas y con un lenguaje más elaborado. Así, en el Hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior. Así también las demás religiones que se encuentran en el mundo, se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados.

La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas.

Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen.

 

2.4 Constitución pastoral Gaudium et spes (7-XII-1965) [8]

44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano.

La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta aceptación de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. Porque así en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada.

La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios.

53. Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana, naturaleza y cultura se hallen unidas estrechísimamente.

Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano.

De aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto histórico y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido sociológico y etnológico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas. Estilos de vida común diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen en la distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así, las costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana. Así también es como se constituye un medio histórico determinado, en el cual se inserta el hombre de cada nación o tiempo y del que recibe los valores para promover la civilización humana. (...)

58. Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada época.

De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles.

Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas.

La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.

2.5 Decreto Ad gentes (7-XII-1965) [9]

Misión del Hijo

3. Este designio universal de Dios en pro de la salvación del género humano no se realiza solamente de un modo secreto en la mente de los hombres, o por los esfuerzos, incluso de tipo religioso, con los que los hombres buscan de muchas maneras a Dios, para ver si a tientas le pueden encontrar; aunque no está lejos de cada uno de nosotros (cfr. Hch 17, 27), porque estos esfuerzos necesitan ser iluminados y sanados, aunque, por benigna determinación del Dios providente, pueden tenerse alguna vez como pedagogía hacia el Dios verdadero o como preparación evangélica. Dios, para establecer la paz o comunión con El y armonizar la sociedad fraterna entre los hombres, pecadores, decretó entrar en la historia de la humanidad de un modo nuevo y definitivo enviando a su Hijo en nuestra carne para arrancar por su medio a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás (cfr. Col 1, 13; Hch 10, 38), y en Él reconciliar consigo al mundo (cfr. 2 Cor 5, 19). A Él, por quien hizo el mundo, lo constituyó heredero de todo a fin de instaurarlo todo en Él (cfr. Ef 1, 10). (…)

El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida para redención de muchos, es decir, de todos (cfr. Mc 10, 45). Los Santos Padres proclaman constantemente que no está sanado lo que no ha sido asumido por Cristo. Pero tomó la naturaleza humana íntegra, cual se encuentra en nosotros miserables y pobres, a excepción del pecado (cfr. Hb 4, 15; 9, 28).

Purificación y elevación de los elementos buenos de ritos y culturas

9. La actividad misional es nada más y nada menos que la manifestación o epifanía del designio de Dios y su cumplimiento en el mundo y en su historia, en la que Dios realiza abiertamente, por la misión, la historia de la salud. Por la palabra de la predicación y por la celebración de los sacramentos, cuyo centro y cumbre es la Sagrada Eucaristía, la actividad misionera hace presente a Cristo autor de la salvación. Libera de contactos malignos todo cuanto de verdad y de gracia se hallaba entre las gentes como presencia velada de Dios y lo restituye a su Autor, Cristo, que derroca el imperio del diablo y aparta la multiforme malicia de los pecadores. Así, pues, todo lo bueno que se halla sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, en los propios ritos y en las culturas de los pueblos, no solamente no perece, sino que es purificado, elevado y consumado para gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre.

Testimonio y diálogo

11. Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, reúnanse con aquellos hombres por el aprecio y la caridad, reconózcanse como miembros del grupo humano en que viven, y tomen parte en la vida cultural y social por las diversas relaciones y negocios de la vida humana; estén familiarizados con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubran con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas laten; pero atiendan, al propio tiempo, a la profunda transformación que se realiza entre las gentes y trabajen para que los hombres de nuestro tiempo, demasiado entregados a la ciencia y a la tecnología del mundo moderno, no se alejen de las cosas divinas, más todavía, para que despierten a un deseo más vehemente de la verdad y de la caridad revelada por Dios.

Como el mismo Cristo escudriñó el corazón de los hombres y los ha conducido con un coloquio verdaderamente humano a la luz divina, así sus discípulos, inundados profundamente por el espíritu de Cristo, deben conocer a los hombres entre los que viven, y tratar con ellos, para advertir en diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las gentes; y, al mismo tiempo, esfuércense en examinar sus riquezas con la luz evangélica, liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador.

Constitución del clero local

16. La Iglesia da gracias, con mucha alegría, por la merced inestimable de la vocación sacerdotal que Dios ha concedido a tantos jóvenes de entre los pueblos convertidos recientemente a Cristo. Pues la Iglesia profundiza sus más firmes raíces en cada grupo humano, cuando las varias comunidades de fieles tienen de entre sus miembros los propios ministros de la salvación en el Orden de los Obispos, de los presbíteros y diáconos, que sirven a sus hermanos, de suerte que las nuevas Iglesias consigan, paso a paso con su clero la estructura diocesana. (…)

Armonícese, según las normas del Concilio, estas exigencias comunes de la formación sacerdotal, incluso pastoral y práctica, con el deseo de acomodarse al modo peculiar de pensar y de proceder del propio país. Ábranse, pues, y avívense las mentes de los alumnos para que conozcan bien y puedan juzgar la cultura de su pueblo; conozcan claramente en las disciplinas filosóficas y teológicas las diferencias y semejanzas que hay entre las tradiciones, la religión patria y la religión cristiana.

Atienda también la formación sacerdotal a las necesidades pastorales de la región; aprendan los alumnos la historia, el fin y el método, de la acción misional de la Iglesia, y las especiales condiciones sociales, económicas y culturales de su pueblo. Edúquense en el espíritu del ecumenismo y prepárense convenientemente para el diálogo fraterno con los no cristianos. Todo esto exige que los estudios para el sacerdocio se hagan, en cuanto sea posible, en comunicación y convivencia con su propio pueblo. Cuídense también la formación en la buena administración eclesiástica e incluso económica.

Diversidad en la unidad

22. La semilla, que es la palabra de Dios, al germinar absorbe el jugo de la tierra buena, regada con el rocío celestial, y lo transforma y lo asimila para dar al fin fruto abundante. Ciertamente, a semejanza del plan de la Encarnación, las Iglesias jóvenes, radicadas en Cristo y edificadas sobre el fundamento de los Apóstoles, toman, en intercambio admirable, todas las riquezas de las naciones que han sido dadas a Cristo en herencia (cfr. Sal 2, 8). Ellas reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de los pueblos todo lo que puede servir para expresar la gloria del Creador, para explicar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana.

Para conseguir este propósito es necesario que en cada gran territorio socio-cultural se promuevan los estudios teológicos por los que se sometan a nueva investigación, a la luz de la tradición de la Iglesia universal, los hechos y las palabras reveladas por Dios, consignadas en las Sagradas Escrituras y explicadas por los Padres y el Magisterio de la Iglesia. Así aparecerá más claramente por qué caminos puede llegar la fe a la inteligencia, teniendo en cuenta la filosofía y la sabiduría de los pueblos, y de qué forma pueden compaginarse las costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la divina revelación. Con ello se descubrirán los caminos para una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana. Con este modo de proceder se excluirá toda clase de sincretismo y de falso particularismo, se acomodarán la vida cristiana a la índole y al carácter de cualquier cultura, y serán asumidas en la unidad católica las tradiciones particulares, con las cualidades propias de cada raza, ilustradas con la luz del Evangelio. Por fin, las Iglesias particulares jóvenes, adornadas con sus tradiciones, tendrán su lugar en la comunión eclesiástica, permaneciendo íntegro el primado de la cátedra de Pedro, que preside a la asamblea universal de la caridad.

Es, por tanto, conveniente que las Conferencias Episcopales se unan entre sí dentro de los límites de cada uno de los grandes territorios socio-culturales, de suerte que puedan conseguir de común acuerdo este objetivo de la adaptación.


3. Pablo VI

3.1 Encíclica Ecclesiam suam (6-VIII-1964)[10]

Perfectibilidad de los cristianos

15. Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se halla estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia desarrolla su vida. Ella no puede permanecer inmóvil e indiferente ante los cambios del mundo que la rodea. De mil maneras éste influye y condiciona la conducta práctica de la Iglesia. Ella, como todos saben, no está separada del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, asimilan sus costumbres. Este inmanente contacto de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una continua situación problemática, hoy laboriosísima. Por una parte, la vida cristiana, tal como la Iglesia la defiende y promueve, debe continuar y valerosamente evitar todo cuanto pueda engañarla, profanarla, sofocarla, como para inmunizarse contra el contagio del error y del mal; por otra, no sólo debe adaptarse a los modos de concebir y de vivir que el ambiente temporal le ofrece y le impone, en cuanto sean compatibles con las exigencias esenciales de su programa religioso y moral, sino que debe procurar acercarse a él, purificarlo, ennoblecerlo, vivificarlo y santificarlo; tarea ésta, que impone a la Iglesia un perenne examen de vigilancia moral y que nuestro tiempo reclama con particular apremio y con singular gravedad.

El "Diálogo"

27. La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio. Este aspecto capital de la vida actual de la Iglesia será objeto de un estudio particular y amplio por parte del Concilio Ecuménico, como es sabido, y Nos no queremos entrar al examen concreto de los temas propuestos a tal estudio, para así dejar a los Padres del Concilio la misión de tratarlos libremente. Nos queremos tan sólo, Venerables Hermanos, invitaros a anteponer a este estudio algunas consideraciones para que sean más claros los motivos que mueven a la Iglesia al diálogo, más claros los métodos que se deben seguir y más claros los objetivos que se han de alcanzar. Queremos preparar los ánimos, no tratar las cuestiones.

Y no podemos hacerlo de otro modo, convencidos de que el diálogo debe caracterizar nuestro oficio apostólico, como herederos que somos de una estilo, de una norma pastoral que nos ha sido transmitida por nuestros Predecesores del siglo pasado, comenzando por el grande y sabio León XIII, que casi personifica la figura evangélica del escriba prudente, que como un padre de familia saca de su tesoro cosas antiguas y nuevas (Mt 13, 32), emprendía majestuosamente el ejercicio del magisterio católico haciendo objeto de su riquísima enseñanza los problemas de nuestro tiempo considerados a la luz de la palabra de Cristo. Y del mismo modo sus sucesores, como sabéis. ¿No nos han dejado nuestros Predecesores, especialmente los papas Pío XI y Pío XII, un magnífico y muy rico patrimonio de doctrina, concebida en el amoroso y sabio intento de aunar el pensamiento divino con el pensamiento humano, no abstractamente considerado, sino concretamente formulado con el lenguaje del hombre moderno? Y este intento apostólico, ¿qué es sino un diálogo? Y ¿no dio Juan XXIII, nuestro inmediato Predecesor, de venerable memoria, un acento aun más marcado a su enseñanza en el sentido de acercarla lo más posible a la experiencia y a la compresión del mundo contemporáneo? ¿No se ha querido dar al mismo Concilio, y con toda razón, un fin pastoral, dirigido totalmente a la inserción del mensaje cristiano en la corriente de pensamiento, de palabra, de cultura, de costumbres, de tendencias de la humanidad, tal como hoy vive y se agita sobre la faz de la tierra? Antes de convertirlo, más aún, para convertirlo, el mundo necesita que nos acerquemos a él y que le hablemos.

En lo que toca a nuestra humilde persona, aunque no nos gusta hablar de ella y deseosos de no llamar la atención, no podemos, sin embargo, en esta intención de presentarnos al Colegio episcopal y al pueblo cristiano, pasar por alto nuestro propósito de perseverar —cuanto lo permitan nuestras débiles fuerzas y sobre todo la divina gracia nos dé modo de llevarlo a cabo— en la misma línea, en el mismo esfuerzo por acercarnos al mundo, en el que la Providencia nos ha destinado a vivir, con todo respeto, con toda solicitud, con todo amor, para comprenderlo, para ofrecerle los dones de verdad y de gracia, cuyos depositarios nos ha hecho Cristo, a fin de comunicarle nuestra maravillosa herencia de redención y de esperanza. Profundamente grabadas tenemos en nuestro espíritu las palabras de Cristo que, humilde pero tenazmente, quisiéramos apropiarnos: No... envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17).

La Religión, diálogo entre Dios y el Hombre

28. He aquí, Venerables Hermanos, el origen trascendente del diálogo. Este origen está en la intención misma de Dios. La religión, por su naturaleza, es una relación entre Dios y el hombre. La oración expresa con diálogo esta relación. La revelación, es decir, la relación sobrenatural instaurada con la humanidad por iniciativa de Dios mismo, puede ser representada en un diálogo en el cual el Verbo de Dios se expresa en la Encarnación y, por lo tanto, en el Evangelio. El coloquio paterno y santo, interrumpido entre Dios y el hombre a causa del pecado original, ha sido maravillosamente reanudado en el curso de la historia. La historia de la salvación narra precisamente este largo y variado diálogo que nace de Dios y teje con el hombre una admirable y múltiple conversación. Es en esta conversación de Cristo entre los hombres (cfr. Bar 3, 38) donde Dios da a entender algo de Sí mismo, el misterio de su vida, unicísima en la esencia, trinitaria en las Personas, donde dice, en definitiva, cómo quiere ser conocido: Él es Amor; y cómo quiere ser honrado y servido por nosotros: amor es nuestro mandamiento supremo. El diálogo se hace pleno y confiado; el niño es invitado a él y de él se sacia el místico.

¿Cómo atraer a los hermanos, salva la integridad de la verdad?

33. ¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: “Me hago todo para todos, a fin de salvar a todos?” (1 Cor 9, 22).

Desde fuera no se salva al mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir —sin que medie distancia de privilegios o diafragma de lenguaje incomprensible— las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas, sobre todo las de los más pequeños, si queremos ser escuchados y comprendidos. Hace falta, aun antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y, donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio. Hemos de recordar todo esto y esforzarnos por practicarlo según el ejemplo y el precepto que Cristo nos dejó (cfr. Jn 13, 14-17).

3.2 Mensaje Africæ terrarum (29-X-1967)[11]

[…]

3. Al enviar nuestro saludo a África no podemos menas de traer a la mente sus antiguas glorias cristianas. Pensamos en las Iglesias cristianas de África, cuyo origen se remonta a los tiempos apostólicos y está ligado, según la tradición, al nombre y predicación del evangelista Marcos. Pensamos en la pléyade innumerable de santos, mártires, con­fesores y vírgenes que pertenecen a ellas. En realidad, desde el siglo II al siglo IV la vida cristiana en las regiones septen­trionales de África fue intensísima e iba en vanguardia tanto en el estudio teológico cuanto en la expresión literaria.

Nos vienen a la memoria los nombres de los grandes doc­tores y escritores, como Orígenes, San Atanasio, San Cirilo, lumbreras de la escuela alejandrina, y sobre la otra orilla del lado mediterráneo africano, Tertuliano, San Cipriano, y sobre todo San Agustín, una de las luces más fulgentes de la cris­tiandad. Recordemos los grandes santos del desierto, Pablo, Antonio, Pacomio, primeros fundadores del monaquismo, di­fundido después, siguiendo su ejemplo, en Oriente y Occiden­te. Y, entre tantos otros, no queremos dejar de nombrar a San Frumencio, llamado Abba Salama, que, consagrado obis­po por San Atanasio, fue el apóstol de Etiopía.

Estos luminosos ejemplos, como también las figuras de los santos Papas africanos Víctor I, Melquiades y Gelasio I, per­tenecen al patrimonio común de la Iglesia; y los escritos de los autores cristianos de África son todavía hoy fundamen­tales para profundizar, a la luz de la Palabra de Dios, en la historia de la salvación.

[…]

Valores tradicionales africanos.

7. Nos ha alegrado siempre el florecimiento de los estudios sobre África, y vemos con satisfacción que se difunde el co­nocimiento de su historia y de sus tradiciones. Lo cual, si se hace de un modo honesto y objetivo, no puede menos de lle­var a una valoración más exacta del pasado y del presente de África.

De esta manera la más reciente historia étnica de los pue­blos de África, aun careciendo de documentos escritos, se presenta muy compleja, rica, como quiera que sea, de indi­vidualidad propia y de experiencias espirituales y sociales, en torno a las cuales prosiguen con provecho el análisis y el estudio profundo de los especialistas. Muchas costumbres y ritos, considerados antaño solamente como extraños, se re­velan hoy, a la luz de los conocimientos etnológicos, como elementos integrantes de particulares sistemas sociales, dig­nos de estudio y de respeto.

A este propósito nos parece oportuno detenernos en algu­nos conceptos generales, característicos de las antiguas cul­turas africanas, porque su valor moral y religioso se nos pre­senta como merecedor de atenta consideración.

8. Fundamento constante y general de la tradición africana es la visión espiritual de la vida. No se trata simple­mente de la concepción que se dice «animística», en el sen­tido que se viene dando a este término en la historia de las religiones hasta finales del siglo pasado. Se trata más bien de una concepción más profunda, más vasta y universal, se­gún la cual todos los seres y la misma naturaleza visible se consideran ligadas al mundo de lo invisible y del espíritu. El hombre, en particular, jamás es concebido sólo como mate­ria, limitado a la vida terrena, sino que se reconoce en él la presencia y la eficacia de otro elemento espiritual por él que la vida humana está siempre puesta en relación con la vida del más allá.

De esta concepción espiritual, elemento común importan­tísimo, es la idea de Dios, como causa primera y última de todas las cosas. Este concepto, percibido más que analizado, vivido más que pensado, se expresa de modos muy diversos en unas y otras culturas. En realidad, la presencia de Dios penetra la vida africana, como la presencia de un ser supe­rior, personal y misterioso.

A El se recurre en los momentos solemnes y más críticos de la vida, cuando la intercesión de cualquier otro interme­diario se considera inútil. Casi siempre, dejado a un lado el temor de su omnipotencia, se invoca a Dios como a Padre. Las oraciones que a El se dirigen, ya individuales, ya colec­tivas, son espontáneas y a veces conmovedoras, mientras que entre las formas de sacrificio surge por pureza de significado el sacrificio de las primicias.

 

9. Otra característica común de la tradición africana es el respeto a la dignidad humana.

Es verdad que hubo aberraciones y aun ritos que parecen estar en estridente contraste con el respeto debido a la per­sona humana; mas se trata de aberraciones soportadas por los mismos protagonistas, las que, gracias a Dios, como ha sucedido con la esclavitud, han desaparecido por completo o están para desaparecer.

El respeto del hombre se realza en las formas, aun cuando no sistemáticamente, de la educación familiar tradicional, en las iniciaciones sociales y en la participación de la vida social y política, según la ordenación tradicional propia de cada pueblo.

10. El elemento propio de la tradición africana es también el sentido de la familia. En este aspecto nos urge poner de relieve el valor moral y aun religioso del cariño a la fami­lia, demostrado también por el vínculo con los antepasados, que encuentra expresión en tantas y tan difusas manifestacio­nes de culto.

Para los africanos la familia viene a ser el ambiente natu­ral en el que el hombre nace y obra, encuentra la necesaria protección y seguridad y tiene, en fin, su continuidad más allá de la vida terrena por medio de la unión con los ante­pasados.

11. En el ámbito familiar, es de notar también el respeto de la función y de la autoridad del padre de familia, cuyo reconocimiento, aun cuando no se da en todas partes en la misma medida, está tan extraordinariamente difundido y arrai­gado que ha de considerarse justamente como un signo carac­terístico de la tradición africana en general.

La «patria potestas» es también profundamente respetada en las sociedades africanas gobernadas por el matriarcado, donde, aun estando reglamentadas en el ámbito de la casa materna la propiedad de los bienes y la condición social de los hijos, permanece todavía intacta la autoridad moral del padre en la organización doméstica.

Del mismo concepto viene también el hecho de que en al­gunas culturas africanas al padre de familia se le atribuye una función típicamente sacerdotal, por la que obra como me­diador no sólo entre los antepasados y su familia, más tam­bién entre Dios y su familia, cumpliendo los actos de culto establecidos por la costumbre.

12. Cuanto a la vida comunitaria -que en la tradición africana era casi la extensión de la familia misma-, nota­mos que la participación en la vida de la comunidad, sea en el ámbito de la parentela, sea en el ámbito de la vida pú­blica, se considera como un preciso deber y un derecho de todos, Mas al ejercicio de este derecho se llega sólo después de la preparación madura a través de una serie de iniciacio­nes que tienen por fin formar el carácter de los jóvenes can­didatos y de instruirlos en las tradiciones y en las normas consuetudinarias de la sociedad.

13. África hoy se encuentra empujada por el progreso, que la mueve hacia las nuevas formas de vida abiertas por la ciencia y por la técnica. Todo esto no está en contradicción con los valores esenciales de la tradición moral y religiosa del pasado, que hemos descrito sucintamente más arriba, ya que pertenecen de algún modo a la ley natural, escrita en el corazón de cada hombre, por la que se rige la ordenada con­vivencia de los hombres de todos los tiempos.

Por esta razón es justo respetar su herencia, como un patrimonio espiritual del pasado, y asimismo es justo renovar su significado y expresión. Sin embargo, frente a la civiliza­ción moderna es necesario, a veces, «saber hacer una selec­ción; discernir y eliminar los falsos bienes que traerían con­sigo un descenso de nivel de vida en el ideal humano, acep­tando los valores sanos y benéficos para desarrollarlos jun­tamente con los suyos y según su carácter propio» (Carta encíclica «Populorum progressio», núm. 41; A. A. S. 59, 1967, página 278). Las nuevas formas de vida brotarán así de cuanto hay de bueno en lo antiguo y en lo nuevo, y se presentarán a las genera­ciones como un patrimonio válido y actual.

14. La Iglesia considera con mucho respeto los valores morales y religiosos de la tradición africana no sólo por su significado, sino también porque ve en ellos la base providen­cial sobre qué transmitir el mensaje evangélico y emprender la construcción de la nueva sociedad en Cristo, como Nos mis­mo lo hicimos notar con ocasión de la canonización de los mártires de Uganda, primeras flores de santidad cristiana de la nueva África que brotaron del tronco más vivo de !a an­tigua tradición (Cf. Homilía tenida el 18 de octubre de 1964: A. A. S. 56, 1964, página 907 y ss).

La enseñanza de Jesucristo y su redención constituyen, en efecto, el cumplimiento, la renovación y el perfeccionamien­to de todo lo que existe de bueno en la tradición humana. He aquí por qué cuando el africano se hace cristiano no re­niega de sí mismo, sino que toma de nuevo los antiguos va­lores de la tradición «en espíritu y en verdad» (Jn., 4, 24).

[…]

A los obispos, a los sacerdotes y a los religiosos.

23. Y, ante todo, nos dirigimos a vosotros, venerables her­manos, y a vuestros colaboradores directos, sacerdotes, reli­giosos y religiosas, auxiliares laicos y laicas. A vosotros se os ha confiado «el servicio de la comunidad para presidir, en nombre de Dios, la grey, de la que sois pastores, como maes­tros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado, ministros del gobierno de la Iglesia» (19). A vosotros, por tanto, corres­ponde hacer vivo y eficaz el encuentro del cristianismo con la antigua tradición africana.

En realidad, el progreso de la Iglesia en África es verda­deramente consolador. Casi en todas partes está establecida la jerarquía local. La Iglesia, en efecto, no ha esperado los movimientos nacionalistas para poner a los africanos en pues­tos de responsabilidad en el sacerdocio o en el episcopado, gracias a las sabias normas dadas por los romanos Pontífi­ces, especialmente por nuestros inmediatos predecesores.

Debemos reconocer con profunda gratitud que los prime­ros misioneros han trabajado bien esparciendo la semilla del reino de Dios. Y se debe reconocer que el suelo africano ha sido propicio para que germinase y fructificase.

       

24. A veces se atribuye a los misioneros del pasado una cierta incomprensión del valor positivo de las costumbres y de las tradiciones antiguas. Sobre este particular se debe acep­tar honradamente que los misioneros, aunque guiados e ins­pirados de su heroica y generosa labor por principios supe­riores, no podían estar completamente inmunes a la menta­lidad de su tiempo. Pero si a ellos, en el pasado, no les fue siempre posible entender a fondo el significado de las cos­tumbres y de la historia no escrita de las poblaciones evan­gelizadas por ellos, precisamente a muchos de ellos se debe la primera enseñanza escolar, la primera asistencia sanitaria, la primera defensa de los derechos personales, y el principio y penetración de conocimientos que hoy se consideran como pertenecientes a la cultura común. Muchos también se han distinguido por sus contribuciones originales e importantes a las ciencias antropológicas. Mas es necesario reconocer, so­bre todo, que la acción de los misioneros fue siempre desin­teresada y vivificada por la caridad evangélica, habiéndose ellos prodigado generosamente ayudando a los africanos a re­solver los complejos problemas humanos y sociales de sus países.

El único verdadero motivo de la presencia de los misione­ros en África, como ya lo hemos dicho, fue el deseo de hacer partícipes a los africanos del mensaje de paz y redención con­fiado a la Iglesia por su Divino Fundador. Por amor de El dejaron ellos la patria y la familia, y muchísimos sacrificaron la vida por el bien de África.

De sus fatigas, de sus aspiraciones, vosotros, venerables her­manos, sois los continuadores valerosos, conscientes y agra­decidos.

[…]

A los intelectuales.

31. Hoy más que nunca la fuerza de propulsión de la nue­va África viene de sus propios hijos, sobre todo de los que -formando ya una pléyade en continuo aumento- ocupan las cátedras de las escuelas y en las Universidades o que parti­cipan activamente en los movimientos culturales que expresan el alma y la personalidad moderna de África.

Como ya hizo nuestro venerado predecesor Juan XXIII en una memorable audiencia el 1 de abril de 1959 (Cf. A. A. S. 51, 1959, págs. 259-260), desea­mos enviar nuestro saludo y augurio a los representantes del arte y del pensamiento, invitándoles a continuar en la bús­queda, sin descanso, de la verdad (Mensaje a los hombres del pensamiento y de la ciencia, 8 de diciembre de 1965; A. A. S. 58, 1966, pág. 12).

32. África tiene necesidad de vosotros, de vuestro estudio, de vuestra investigación, de vuestro arte, de vuestro magiste­rio; no sólo para que se aprecie su pasado, sino para que su nueva cultura madure en la cepa antigua y se actúe en la búsqueda fecunda de la verdad.

Ante la evolución industrial y técnica que ha penetrado en vuestro continente, vuestro es el deber particular de mante­ner vivos los valores del espíritu y de la inteligencia.

Vosotros representáis el prisma a través del cual las con­cepciones nuevas y las transformaciones culturales pueden ser interpretadas y aplicadas a todos. Sed, pues, honrados, sin­ceros y leales.

Mucho espera la Iglesia de vuestra cooperación para la re­novación y valorización de las culturas africanas, en relación ya con la reforma litúrgica, ya con la enseñanza de su doc­trina en términos correspondientes a la mentalidad de las po­blaciones africanas.

 

A las familias.

33. Las actuales transformaciones culturales y sociales de África interesan íntimamente las concepciones y costumbres que se refieren a la familia.

Antes prevalecía la estructura social de la parentela y de la descendencia, y el matrimonio era considerado de interés común de la parentela misma. Todo esto ahora está experi­mentando un cambio profundo. En algunas naciones de África se han dado leyes que renuevan la condición jurídica de la familia, con oportunas reformas de las antiguas instituciones de las tribus, en particular de la llamada «dote», que, en tiem­pos recientes, se había prestado a abusos gravemente nocivos al tranquilo y sereno desarrollo de la familia natural y cris­tiana. También el sistema de la poligamia, difundido en las sociedades anteriores o extrañas al cristianismo, ya no se da más, como en el pasado, en la estructura social actual, ni ya corresponde -afortunadamente- a la mentalidad dominante entre los africanos. En una palabra, en la familia africana se ha ensanchado mucho el campo de la libertad y de la auto­nomía de cada uno de los cónyuges.

34. Todo esto es de considerar como altamente positivo. Todavía, aun en la afirmación de la responsabilidad personal, es necesario respetar la ley de Dios porque no puede ser anu­lada por ninguna transformación cultural o social.

Por tanto, la familia debe ser celosa de defender y afirmar las propiedades fundamentales del matrimonio: monogámico e indisoluble. Es, además, un sagrado deber, sancionado por el cuarto mandamiento, honrar al padre y a la madre; por esto, mientras es justo que los jóvenes sean libres en las elec­ciones inherentes a su matrimonio, no por eso deben aflojar sus lazos con la propia parentela. Consideren, por tanto, como una herencia preciosa el participar en la suerte común de la familia, y estén dispuestos a asistir con filial generosidad a los padres, y si es necesario, y en la medida que sus medios lo consientan, también a los demás parientes.

 

35. Para los cónyuges cristianos, además, la unión fami­liar se amplía, y los fieles forman la familia de Dios. Su aso­ciación en la oración y en el servicio de Dios se hace sa­grada. Según la enseñanza del Concilio Vaticano II, «los cón­yuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayu­den el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole que el Señor amoro­samente les ha dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de un incansable y generoso amor, construyen la fra­ternidad de la caridad y se presentan como testigos y coope­radores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como símbolo y, al mismo tiempo, participación del amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella» (30).

Nuestro Señor Jesucristo se ha presentado a los hombres como Maestro, reformador y renovador de la familia. No sólo El ha conducido de nuevo a la familia a su primitiva pu­reza (Mt, 19, 18), sino que ha hecho del matrimonio un sacramento; es decir, un medio de la gracia.

Nos hacemos votos y oramos para que todos los africanos sepan comprender la enseñanza del Divino Maestro y a su luz se muevan a aplicarla en la legislación y en la vida. Esta enseñanza tiene valor para todos, ya que tiene sus raíces en la naturaleza humana, eleva el amor conyugal, hace a la fa­milia sana e idónea a la buena educación de los hijos, con beneficios incalculables para la sociedad y el Estado.

[…]

A los jóvenes.

37. Nos dirigimos ahora a vosotros, jóvenes, esperanza del futuro. África tiene necesidad de vosotros, de vuestra prepa­ración, de vuestro estudio, de vuestra entrega, de vuestra ener­gía. Como sois los primeros que desean conocer con exacti­tud el significado y el valor de las antiguas tradiciones africanas, sois también los primeros en desear su renovación y transformación. En realidad, toca a vosotros vencer el con­traste entre el pasado y la novedad de la vida y de estructu­ras del presente. Pero guardaros del fácil atractivo de teorías materialistas que pueden, por desgracia, conducir a concep­ciones erradas o incompletas del humanismo y aun a la ne­gación misma de Dios.

Vosotros en particular, jóvenes cristianos, debéis ser cons­cientes de la dignidad y del compromiso que brotan de la fe cristiana. Vivid vuestra fe. Dedicaos con ardor al estudio y al trabajo. Sed modestos, aun en la aspiración de cosas gran­des para el bienestar y el progreso de vuestra gente.

38. Con especial afecto nos dirigimos después a vosotros, estudiantes, recordándoos que la enseñanza que recibís en la escuela os debe efectivamente preparar a la profesión que habéis escogido y a la obra que África espera de vosotros para su futuro desarrollo. En torno a vosotros, en vuestra África, hay todavía muchedumbres a las que no es posible la escuela o el estudio. Estad dispuestos y contentos de ha­ceros ministros del saber, transmitiendo a vuestros hermanos, como profesores en las escuelas, el don que se os ha dado.

Por tanto, sabed educaros a vosotros mismos en el espíritu de sacrificio y de consagración. Ya desde ahora el bien má­ximo que podéis dar a vuestras naciones es prepararos a ejer­citar vuestra profesión con desinterés y con espíritu de cris­tiana caridad.

 

3.3 Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8-XII-1975) [12]

 

19. Sectores de la humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación.

20. Posiblemente podríamos expresar todo esto diciendo: lo que importa es evangelizar -no de manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital en profundidad y hasta sus mismas raíces- la cultura y las culturas del hombre en sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes (cfr. n. 53), tomando en cuenta siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

El evangelio y, por consiguiente, la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el Reino que anuncia el evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del Reino no puede menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

La ruptura entre evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura o, más exactamente, de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la buena nueva. Pero este encuentro no se llevará a cabo si la buena nueva no es proclamada.

 

63. Las Iglesias particulares profundamente amalgamadas no sólo con las personas, sino también con las aspiraciones, las riquezas y límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, después, de anunciarlo en ese mismo lenguaje.

Dicho trasvase hay que hacerlo con el discernimiento, la seriedad, el respeto y la comprensión que exige la materia, en el campo de las expresiones litúrgicas (cfr. SC 37-38), pero también a través de la catequesis, la formulación teológica, las estructuras eclesiales secundarias, los ministerios. El lenguaje debe entenderse aquí no tanto a nivel semántico o literario cuanto al que podría llamarse antropológico y cultural.

El problema es sin duda delicado. La evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su «lengua», sus signos y símbolos, si no responde a las cuestiones que plantea, no llega a su vida concreta. Pero, por otra parte, la evangelización corre el riesgo de perder su alma y desvanecerse, si se vacía o desvirtúa su contenido, bajo pretexto de traducirlo; si queriendo adaptar una realidad universal a un aspecto local, se sacrifica esta realidad y se destruye la unidad sin la cual no hay una universalidad. Ahora bien, solamente una Iglesia que mantenga la conciencia de su universalidad y demuestre que es de hecho universal puede tener un mensaje capaz de ser entendido, por encima de los límites regionales, en el mundo entero.

3.4 Sínodo de los Obispos (28-X-1977) [13]

 

Es la primera vez que se utiliza el término inculturación de modo oficial en un documento de la Iglesia; en el número 5 del mensaje al Pueblo de Dios de este Sínodo de los Obispos dice:

“Como indicó el Concilio Vaticano II y recordó Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, el mensaje cristiano debe enraizarse en las culturas humanas asumiéndolas y transformándolas. En este sentido puede decirse que la catequesis es un instrumento de ‘inculturación’ es decir, que desarrolla y al mismo tiempo ilumina desde dentro las formas de vida de aquellos a quienes se dirige”.

 


4. Juan Pablo II

4.1 Magisterio de Juan Pablo II:

4.1.1 Encíclica Redemptor Hominis (4-III-1979) [14]

 

En esta unión la misión, de la que decide sobre todo Cristo mismo, todos los cristianos deben descubrir lo que les une, incluso antes de que se realice su plena comunión. Esta es la unión apostólica y misionera, misionera y apostólica. Gracias a esta unión podemos acercarnos juntos al magnífico patrimonio del espíritu humano, que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate. Gracias a ella, nos acercamos igualmente a todas las culturas, a todas las concepciones ideológicas, a todos los hombres de buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y discernimiento que, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud misionera y del misionero. Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discurso en el Areópago de Atenas (cfr. Hch 17, 22-31). La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que «en el hombre había» (Jn 2, 25), por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). La misión no es nunca una destrucción, sino una purificación y una nueva construcción por más que en la práctica no siempre haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado. La conversión que de ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de la gracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo.

 

4.1.2 Exhortación Apostólica Catechesi tradendae (16-X-1979) [15]

 

— por una parte, el Mensaje evangélico no se puede pura y simplemente aislarlo de la cultura en la que está inserto desde el principio (el mundo bíblico y, más concretamente, el medio cultural en el que vivió Jesús de Nazareth); ni tampoco, sin graves pérdidas, podrá ser aislado de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos; dicho Mensaje no surge de manera espontánea en ningún «humus» cultural; se transmite siempre a través de un diálogo apostólico que está inevitablemente inserto en un cierto diálogo de culturas;

53. Abordo ahora una segunda cuestión. Como decía recientemente a los miembros de la Comisión bíblica, «el término "aculturación" o "inculturación", además de ser un hermoso neologismo, expresa muy bien uno de los componentes del gran misterio de la Encarnación» (Discurso a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, AAS 71 (1979) 607). De la catequesis como de la evangelización en general, podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. Para ello, la catequesis procurará conocer estas culturas y sus componentes esenciales; aprenderá sus expresiones más significativas, respetará sus valores y riquezas propias. Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto (cfr. Rm 16, 25; Ef 3, 5) y ayudarles a hacer surgir de su propia tradición viva expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristianos. Se recordará a menudo dos cosas:

— por otra parte, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora. Cuando penetra una cultura ¿quién puede sorprenderse de que cambien en ella no pocos elementos? No habría catequesis si fuese el Evangelio el que hubiera de cambiar en contacto con las culturas. (...)

Los catequistas auténticos saben que la catequesis «se encarna» en las diferentes culturas y ambientes: baste pensar en la diversidad tan grande de los pueblos, en los jóvenes de nuestro tiempo, en las circunstancias variadísimas en que hoy día se encuentran las gentes; pero no aceptan que la catequesis se empobrezca por abdicación o reducción de su mensaje, por adaptaciones, aun de lenguaje, que comprometan el «buen depósito» de la fe (cfr. 2 Tim 1, 14), o por concesiones en materia de fe o de moral; están convencidos de que la verdadera catequesis acaba por enriquecer a esas culturas, ayudándolas a superar los puntos deficientes o incluso inhumanos que hay en ellas y comunicando a sus valores legítimos la plenitud de Cristo (cfr. Jn 1, 16; Ef 1, 10).

 

4.1.3 A los Obispos del Zaire, Kinshasa (3-V-1980) [16]

La inculturación: criterios generales

4. Uno de los aspectos de esta evangelización es la inculturación del Evangelio, la africanización de la Iglesia. Muchos me habéis confiado que tenéis estos muy en el corazón, y es justo. Esto forma parte de unos de los esfuerzos indispensables para encarnar el mensaje de Cristo... El Espíritu Santo nos pide que creamos, en efecto, que la levadura del Evangelio, en su autenticidad, tiene la fuerza de suscitar cristianos en las diversas culturas, con todas las riquezas de su patrimonio, purificadas y transfiguradas...

La africanización recobra aspectos amplios y profundos que todavía no han sido suficientemente explorados; y hay que valerse del lenguaje para presentar el mensaje cristiano de modo que llegue al alma y al corazón de los zaireños; así como también de la catequesis, de la reflexión teológica, de la expresión más adecuada en la liturgia o en el arte sacro, de formas comunitarias de vida.

Papel de los Obispos en el tema de la inculturación

5. A vosotros, los obispos, os compete el promover y armonizar los avances en este terreno, tras madura reflexión, con gran entendimiento entre vosotros, en unión también con la Iglesia universal y con la Santa Sede. La inculturación, para el conjunto del pueblo, no podrá ser, por otra parte, sino el fruto de una progresiva madurez en la fe. Porque vosotros estáis convencidos, como yo de que esta obra, sobre la cual quiero expresaros toda mi confianza, requiere mucha lucidez teológica, discernimiento espiritual, sabiduría y prudencia; y también, no poco tiempo. (...)

La inculturación y la teología

En lo que respecta a la fe y a la teología, todo el mundo ve que están en juego importantes problemas: el contenido de la fe, y la búsqueda de su mejor expresión, la relación entre la teología y la fe, la unidad de la fe. Mi venerado predecesor Pablo VI hizo alusión a ello al finalizar el Sínodo de 1974 (cfr. AAS 66 (1974) 636-637). Y había recordado ciertas reglas a los delegados del SCEAM. En septiembre de 1975:

«a) Cuando se trata de la fe cristiana, hay que atenerse al patrimonio idéntico, esencial, constitucional de la misma doctrina de Cristo, profesados por la tradición auténtica y autorizada de la única verdadera Iglesia;

b) Es importante entregarse a una investigación profunda de las tradiciones culturales de las diversas poblaciones, así como también de los datos filosóficos que actúan como presupuestos, para encontrar en ellas los elementos que no estén en contradicción con la religión cristiana y las aportaciones capaces de enriquecer la reflexión teológica» (AAS 67 (1975) 572).

Yo mismo, el año pasado, en la Exhortación sobre la catequesis, llamaba la atención sobre el hecho de que el mensaje evangélico no es aislable de la cultura bíblica donde se incluyó en un principio, ni incluso, sin graves deterioros, de las culturas en que ha venido expresándose a lo largo de los siglos; y que, por otro lado, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora (cfr. n. 53).

La inculturación y la catequesis

En el terreno de la catequesis pueden y deben hacerse presentaciones más adecuadas al alma africana, sin dejar de tener en cuenta los intercambios culturales cada vez más frecuentes con el resto del mundo; conviene procurar simplemente que los trabajos se realicen en equipo y sean controlados por el Episcopado, para que la expresión resulte correcta y que sea presentada toda la doctrina.

 

4.1.4 Discurso en la sede de la Unesco (2-VI-1980) [17]

El hombre y la cultura

6. Genus humanum arte et ratione vivit (cfr. Santo Tomás, comentando a Aristóteles, en Post. Analyt., n. 1). Estas palabras de uno de los más grandes genios del cristianismo, que fue al mismo tiempo un fecundo continuador del pensamiento antiguo, nos hacen ir más allá del círculo y de la significación contemporánea de la cultura occidental, sea mediterránea o atlántica. Tienen una significación aplicable al conjunto de la humanidad en la que se encuentran las diversas tradiciones que constituyen su herencia espiritual y las diversas épocas de su cultura. La significación esencial de la cultura consiste, según estas palabras de Santo Tomás de Aquino, en el hecho de ser una característica de la vida humana como tal. El hombre tiene una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura.

La cultura es un modo específico del «existir» y del «ser» del hombre. El hombre vive siempre según una cultura que le es propia, y que a su vez, crea entre los hombres un lazo que le es también propio, determinando el carácter inter-humano y social de la existencia humana. En la unidad de la cultura como modo propio de la existencia humana, hunde sus raíces al mismo tiempo la pluralidad de las culturas en cuyo seno vive el hombre. El hombre se desarrolla en esta pluralidad, sin perder, sin embargo, el contacto esencial con la unidad de la cultura, en tanto que es dimensión fundamental y esencial de su existencia y de su ser.

 

El hombre, único sujeto, objeto y término de la cultura

7. El hombre, que en el mundo visible, es el único sujeto óntico de la cultura, es también su único objeto y su término. La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, «es» más, accede más al «ser». En esto se encuentra también su fundamento la distinción capital entre lo que el hombre es y lo que tiene, entre el ser y el tener. La cultura se sitúa siempre en relación esencial y necesaria a lo que el hombre es, mientras que la relación a lo que el hombre tiene, a su «tener», no sólo es secundaria, sino totalmente relativa. Todo el «tener» del hombre no es importante para la cultura, ni es factor creador de cultura, sino en la medida en que el hombre, por medio de su «tener», puede al mismo tiempo «ser» más plenamente como hombre, llegar a «ser» más plenamente como hombre, llegar a ser más plenamente hombre en todas las dimensiones de su existencia, en todo lo que caracteriza su humanidad. La experiencia de las diversas épocas, sin excluir la presente, demuestra que se piensa en la cultura y se habla de ella principalmente en relación con la naturaleza del hombre, y luego solamente de manera secundaria e indirecta en relación con el mundo de sus productos. Todo esto no impide, por otra parte, que juzguemos el fenómeno de la cultura a partir de lo que el hombre produce, o que de esto no saquemos conclusiones acerca del hombre. Un procedimiento semejante –modo típico del proceso de conocimiento «a posteriori»– contiene en sí mismo la posibilidad de remontar, en sentido inverso, hacia las dependencias óntico-causales. El hombre, y sólo el hombre, es «autor», o «artífice» de la cultura, el hombre y sólo el hombre, se expresa en ella y en ella encuentra su propio equilibrio.

El hombre, hecho primordial y fundamental de la cultura, en contra de todos los materialismos

8. Todos los aquí presentes nos encontramos en el terreno de la cultura, realidad fundamental que nos une y que está en la base del establecimiento y de las finalidades de la UNESCO. Por este mismo hecho nos encontramos en torno al hombre y, en un cierto sentido, en él, en el hombre. Este hombre, que se expresa en y por la cultura es objeto de ella, es único, completo e indivisible. Es a la vez sujeto y artífice de la cultura. Según esto no se le puede considerar únicamente como resultante –por no citar más que un ejemplo– de las relaciones de producción que prevalecen en una época determinada. ¿No sería entonces, de alguna manera, este criterio de las relaciones de producción una clave para la comprensión de la historicidad del hombre, para la comprensión de su cultura y de las múltiples formas de su desarrollo? Ciertamente, este criterio constituye una clave, e incluso una clave preciosa, pero no la clave fundamental constitutiva. Las culturas humanas reflejan, sin duda, los diversos sistemas de relaciones de producción; sin embargo, no es tal sistema lo que está en el origen de la cultura, sino el hombre, el hombre que vive en el sistema, que lo acepta o que intenta cambiarlo. No se puede pensar una cultura sin subjetividad humana y sin causalidad humana; si no que en el campo de la cultura, el hombre es siempre el hecho primero: el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura.

Y esto lo es el hombre siempre en su totalidad: en el conjunto integral de su subjetividad espiritual y material. Si es función del carácter y del contenido de los productos en los que se manifiesta la cultura, es pertinente la distinción entre cultura espiritual y cultura material, es necesario constatar al mismo tiempo que, por una parte, las obras de la cultura material hacen aparecer siempre una «espiritualización» de la materia, una sumisión del elemento material a las fuerzas espirituales del hombre, es decir, a su inteligencia y voluntad, y que, por otra parte, las obras de la cultura espiritual manifiestan, de forma específica, una «materialización» del espíritu, una encarnación de lo que es espiritual. Parece que, en las obras culturales, esta doble característica es igualmente primordial y permanente.

Así, pues, a modo de conclusión teórica, ésta es una base suficiente para comprender la cultura a través del hombre integral, a través de toda la realidad de su subjetividad. Esta es también, en el campo del obrar, la base suficiente para buscar siempre en la cultura al hombre integral, al hombre todo entero, en toda la verdad de su subjetividad espiritual y corporal; la base suficiente para no superponer a la cultura –sistema auténticamente humano, síntesis espléndida del espíritu y del cuerpo– divisiones y oposiciones preconcebidas. En efecto, ni una absolutización de la materia en la estructura del sujeto humano o, inversamente, una absolutización del espíritu en esta misma estructura, expresas la verdad del hombre ni prestan servicio alguno a su cultura.

Relación entre Religión y cultura, Cristianismo y cultura

9. Querría detenerme aquí en otra consideración esencial, en una realidad de orden muy distinto. Podríamos abordarla haciendo notar que la Santa Sede esta representada por su Observador permanente, cuya presencia se sitúa en la perspectiva de la naturaleza misma de la Sede Apostólica. Esta presencia está en consonancia, en un sentido aún más amplio, con la naturaleza y misión de la Iglesia católica e, indirectamente, con todo lo el cristianismo. Aprovecho la oportunidad que se me ofrece hoy para expresar una convicción personal profunda. La presencia de la Santa Sede ante vuestra Organización –aunque motivada también por la soberanía específica de la Santa Sede– encuentra su razón de ser, por encima de todo, en la relación orgánica y constitutiva que existe entre la religión en general y el cristianismo en particular, por una parte, y la cultura, por otra. Esta relación se extiende a las múltiples realidades que es preciso definir como expresiones concretas de la cultura en las diversas épocas de la historia y en todos los puntos del globo. Ciertamente no será exagerado afirmar en particular que, a través de la multitud de hechos, Europa entera –del Atlántico a los Urales– atestigua, en la historia de cada nación y en la comunidad entera, la relación entre la cultura y el cristianismo.

Al recordar esto, no quiero disminuir de ninguna manera la herencia de los otros continentes, ni la especificidad y el valor de esta misma herencia que deriva de otras fuentes de inspiración religiosa, humanista y ética. Al contrario, deseo rendir el más profundo y sincero homenaje a todas las culturas del conjunto de la familia humana, desde las más antiguas a las que nos son contemporáneas. Teniendo presentes todas las culturas, quiero decir en voz alta aquí en París, en la sede de la UNESCO, con respeto y admiración: «¡He aquí al hombre!». Quiero proclamar mi admiración ante riqueza creadora del espíritu humano, ante sus esfuerzos incesantes por conocer y afirmar la identidad del hombre: de este hombre que está siempre presente en todas las formas particulares de la cultura.

Relación entre el Evangelio y el hombre en su misma humanidad

10. Sin embargo, al hablar del puesto de la Iglesia y de la Sede Apostólica ante vuestra Organización, no pienso solamente en todas las obras de la cultura en las que, a lo largo de los dos últimos milenios, se expresaba el hombre que había aceptado a Cristo y al Evangelio, ni en las instituciones de diversa índole que nacieron de la misma inspiración en el campo de la educación, de la instrucción, de la beneficencia, de la asistencia social, y en tantos otros. Pienso sobre todo, señoras y señores, en la vinculación fundamental del Evangelio, es decir, del mensaje de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad misma. Este vínculo es efectivamente creador de cultura en su fundamento mismo. Para crear cultura hay que considerar íntegramente, y hasta sus últimas consecuencias, al hombre como valor particular y autónomo, como sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar al hombre por él mismo, y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por él mismo! Más aún, hay que amar al hombre en razón de su particular dignidad que posee. El conjunto de afirmaciones que se refieren al hombre pertenece a la sustancia misma del mensaje de Cristo y de la misión de la Iglesia, a pesar de todo lo que los espíritus críticos hayan podido declarar sobre este punto, y a pesar de todo lo que hayan podido hacer las diversas corrientes opuestas a la religión en general, y al cristianismo en particular.

A lo largo de la historia, hemos sido ya más de una vez, y lo somos aún, testigos de un proceso, de un fenómeno muy significativo. Allí donde han sido suprimidas las instituciones religiosas, allí donde se ha privado de su derecho de ciudadanía a las ideas y a las obras nacidas de la inspiración religiosa, y en particular de la inspiración cristiana, los hombres encuentran de nuevo esto mismo fuera de los caminos institucionales, a través de la confrontación que tiene lugar, en la verdad y en el esfuerzo interior, entre lo que constituye su humanidad y el contenido del mensaje cristiano.

Señoras y señores, perdónenme esta afirmación. Al proponerla, no he querido ofender a nadie en absoluto. Les ruego que comprendan que, en nombre de lo que soy, no podía abstenerme de dar este testimonio. En él se encierra también esa verdad –que no puede silenciarse– sobre la cultura, si se busca en ella todo lo que es humano, aquello en lo cual se expresa el hombre o a través de lo cual quiere ser el sujeto de su existencia. Al hablar de ello, quería manifestar también mi gratitud por los lazos que unen la UNESCO con la Sede Apostólica, estos lazos de los que mi presencia hoy aquí quiere ser una expresión particular.

La educación, primera y esencial tarea de la cultura

11. De todo esto se desprende un cierto número de conclusiones capitales. Las consideraciones que acabo de hacer, en efecto, ponen de manifiesto que la primera y esencial tarea de la cultura, en general, y también de toda cultura, es la educación. La educación consiste, en efecto, en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda «ser» más y no sólo que pueda «tener» más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que «tiene», todo lo que «posee», sepa «ser» más plenamente hombre. Para ello es necesario que el hombre sepa «ser más» no sólo «con los otros». La educación tiene una importancia fundamental para la formación de las relaciones inter-humanas y sociales. También aquí abordo un conjunto de axiomas, en los que las tradiciones del cristianismo, nacidas del Evangelio, coinciden con la experiencia educativa de tantos hombres bien dispuestos y profundamente sabios, tan numerosos en todos los siglos de la historia. Tampoco faltan en nuestra época estos hombres que aparecen como grandes, sencillamente por su humanidad, que saben compartir con los otros, especialmente con los jóvenes. Al mismo tiempo, los síntomas de la crisis de todo género, ante las cuales sucumben los ambientes y las sociedades por otra parte mejor provistos –crisis que afectan principalmente a las jóvenes generaciones– testimonian, al cual mejor, que la obra de la educación del hombre no se realiza sólo con la ayuda de las instituciones, con la ayuda de medios organizados y materiales, por excelentes que sean. Ponen de manifiesto también que lo más importante es siempre el hombre, el hombre y su autoridad moral que proviene de la verdad de sus principios y de la conformidad de sus actos con sus principios.(…)

El derecho de toda Nación a la cultura

14. Si, en nombre del futuro de la cultura, se debe proclamar que el hombre tiene derecho a ser «más», y si por la misma razón se debe exigir una sana primacía de la familia en el conjunto de la acción educativa del hombre para una verdadera humanidad, debe situarse también en la misma línea el derecho de la nación; se le debe situar también en la base de la cultura y de la educación.

La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente por la cultura. La nación existe «por» y «para» la cultura, y así es ella la gran educadora de los hombres para que puedan «ser más» en la comunidad. La nación es esta comunidad que posee una historia que supera la historia del individuo y de la familia. En esta comunidad, en función de la cual educa toda la familia, la familia comienza su obra de educación por lo más simple, la lengua, haciendo posible de este modo que el hombre aprenda a hablar y llegue a ser miembro de la comunidad, que es su familia y su nación. En todo esto que ahora estoy proclamando y que desarrollaré aún más, mis palabras traducen una experiencia particular, un testimonio particular en su género. Soy hijo de una nación que ha vivido las mayores experiencias de la historia, que ha sido condenada a muerte por sus vecinos en varias ocasiones, pero que ha sobrevivido y que ha seguido siendo ella misma. Ha conservado su identidad y, a pesar de haber sido dividida y ocupada por extranjeros, ha conservado su soberanía nacional, no porque se apoyara en los recursos de la fuerza física, sino apoyándose exclusivamente en su cultura. Esta cultura resultó tener un poder mayor que todas las otras fuerzas. Lo que digo aquí respecto al derecho de la nación a fundamentar su cultura y su porvenir, no es el eco de ningún «nacionalismo», sino que se trata de un elemento estable de la experiencia humana y de las perspectivas humanistas del desarrollo del hombre. Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la nación. Se trata de la soberanía por la que, al mismo tiempo, el hombre es supremamente soberano. Al expresarme así, pienso también, con una profunda emoción interior, en las culturas de tantos pueblos antiguos que no han cedido cuando han tenido que enfrentarse a las civilizaciones de los invasores; y continúan siendo para el hombre la fuente de su «ser» de hombre en la verdad interior de su humanidad. Pienso con admiración también en las culturas de las nuevas sociedades, de las que se despiertan a la vida en la comunidad de la propia nación –igual que mi nación se despertó a la vida hace diez siglos– y que luchan por mantener su propia identidad y sus propios valores contra las influencias y las presiones de modelos propuestos desde el exterior.

 

4.1.5 Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (12-I-1981) [18]

Concepto de cultura

6. Esta realidad global que tiene siempre la Iglesia ante sus ojos y que constituye el denominador común de la vida de cada uno de los pueblos del mundo, es su cultura, su vida espiritual, en cualquier forma que ésta se manifieste. Al hablar de realidad global, de vida espiritual, mi pensamiento querría detenerse este año durante el coloquio con ustedes en el deber que incumbe a todos los responsables de defender y garantizar por encima de todo la cultura entendida en este sentido amplio.

La cultura es la vida del espíritu; es la clave que permite el acceso a los secretos más profundos y más celosamente guardados, de la vida de los pueblos; es la expresión fundamental y unificadora de su existencia, pues en la cultura se encuentran las riquezas, yo diría casi inefables, de las convicciones religiosas, de la historia, del patrimonio literario y artístico, del substrato etnológico, de las actitudes y de la «forma mentis» de los pueblos. En resumen, decir «cultura» es expresar en una sola palabra la identidad nacional que constituye el alma de esos pueblos y que sobrevive a pesar de las condiciones adversas, las dificultades de todo género, los cataclismos históricos o naturales, permaneciendo una y compacta a través de los siglos. En función de su cultura, de su vida espiritual, cada pueblo se distingue de otro, estando llamado por otra parte a completarlo ofreciéndole la aportación específica que les es necesaria.

La cultura fundamento de la vida de los pueblos

7. En mi discurso en la sede de la UNESCO, el 2 de junio en París, puse de relieve esta realidad: si la cultura es expresión por excelencia de la vida espiritual de los pueblos, jamás debe estar separada de todos los demás problemas de la existencia humana, la paz, la libertad, la defensa, el hambre, el empleo, etc. La solución de estos problemas depende de la manera correcta de comprender y situar los problemas de la vida espiritual, que condiciona así todos los demás y es condicionada por ellos.

La cultura, entendida en este sentido amplio, garantiza el crecimiento de los pueblos y preserva su integridad. Si se olvida esto, caen las barreras que salvaguardan la identidad y la verdadera riqueza de los pueblos...

En este sentido se puede decir que la cultura es el fundamento de la vida de los pueblos, la raíz de su identidad profunda, el soporte de su supervivencia y de su independencia.

 

4.1.6 Exhortación Apostólica Familiaris consortio (22-XI-1981) [19]

Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo (cfr. Ef 3, 8; GS 44, AG 15 y 22). Sólo con el concurso de todas las culturas, tales riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya enteramente por su Señor.

Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia Universal, se deberá proseguir en el estudio, en especial por parte de las Conferencias Episcopales y de los Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño pastoral para que esta inculturación de la fe cristiana se lleve a cabo cada vez más ampliamente, también en el ámbito del matrimonio y de la familia.

Es mediante la inculturación como se camina hacia la reconstitución plena de la alianza con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología, abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores morales.

 

4.1.7 A los participantes del Congreso Nacional «Empeño Cultural» (16-I-1982) [20]

1. (...) Precisamente el hecho de que vuestro Movimiento sea eclesial os obliga a cada uno a pensar y a promover la cultura en estrecha conexión con la fe que profesáis, a hacer una verdadera síntesis entre la fe y la cultura. Esta es vuestra misión específica, a la que no podéis sustraeros nunca ni como hombres de cultura ni como creyentes, desde el momento que esta síntesis es una exigencia de la cultura y de la fe.

Síntesis fe-cultura: exigencia de la cultura

Es, ante todo, una exigencia de la cultura. «El hombre, es efecto vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura» (Discurso a la UNESCO, 6: IGP2 III/1 (1980) 1639). Si la cultura es el lugar en el que se humaniza la persona humana y accede cada vez más profundamente a su humanidad, se infiere de ello que la condición fundamental de cada cultura es que en ella y mediante ella, todo el hombre, el hombre en la entera medida de su verdad sea reconocido en el fundamento de toda cultura digna de este nombre. Para el creyente, «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre» (GS 22). Por consiguiente, el empeño cultural de un creyente estaría sustancialmente lleno de lagunas si la humanización del hombre, que promueve mediante la cultura, no estuviese conscientemente orientada y dirigida hacia su cumplimiento en la fe. La cultura no es sólo tarea de individuos es también y esencialmente tarea común, fruto de la cooperación de muchos. El cristiano debe cooperar con todos los que trabajan por la cultura. Pero la condición imprescindible de esta cooperación es el reconocimiento y el respeto, por parte de todos, de la entera verdad del hombre y de su dignidad. Cuando se dan cooperaciones que no respetan esta condición no es al hombre al que se sirve sino a ideologías destructivas del hombre: se traiciona, por tanto, el empeño cultural. La fidelidad a la visión cristiana del hombre, enseñada por la Iglesia, no aísla sino que, por el contrario, hace efectivamente capaces de crear cultura verdadera: universalmente humana y humanizada. «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina» (GS 22).

Síntesis fe-cultura: exigencia de la fe

2. La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Como ha señalado mi predecesor Pablo VI, «es preciso evangelizar –no de forma decorativa, a semejanza de un barniz superficial, sino de modo vital, en profundidad y hasta las raíces– la cultura y las culturas del hombre... partiendo siempre de la persona y volviendo siempre a las relaciones de las personas entre ellas y con Dios» (EN 20). Si, en efecto, es cierto que la fe no se identifica con ninguna cultura y es independiente con respecto a todas las culturas, no es menos cierto que, precisamente por esto, la fe está llamada a inspirar a impregnar toda cultura. Es todo el hombre, en lo concreto de su existencia cotidiana, el que es salvado en Cristo y es, por ello, todo el hombre el que debe realizarse en Cristo. Una fe que no se haga cultura es una fe no acogida plenamente, no pensada enteramente, no vivida fielmente.

En mi reciente Exhortación apostólica he escrito: «Es mediante la inculturación –es decir, mediante una fe que se convierta en cultura– «como se camina hacia la reconstrucción plena de la Alianza con la Sabiduría de Dios, que es el propio Cristo (FC 10). Es esta «reconstrucción plena» la que necesita el hombre de hoy. Sólo la verdad plena sobre el hombre, que nos da la fe, fielmente pensada bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, puede hacernos capaces de percibir en su unidad profunda y de armonizar la cada vez mayor diversidad de los elementos que constituyen la cultura de hoy: unificación y armonización en que consiste la sabiduría (cfr. GS 15).

 

4.1.8 En la Universidad de Coimbra, Portugal (15-V-1982) [21]

2. Sabéis bien lo grata que es a la Iglesia la cultura y todo lo que se relaciona con su promoción. Está sumamente interesada por la cultura, porque sabe muy bien lo que significa para el hombre. En efecto, la persona humana no podrá desarrollarse plenamente, tanto a nivel individual como social, si no es mediante la cultura.

Esto parece evidente, si consideramos que la cultura, en su realidad más profunda, no es sino el modo particular que tiene un pueblo de cultivar las propias relaciones con la naturaleza, entre sus miembros y con Dios, de forma que alcance un nivel de vida verdaderamente humano; es el «estilo de vida común» que caracteriza a un determinado pueblo (cfr. GS 53).

Esencia de la cultura: es del hombre, a partir del hombre y para el hombre

3. La cultura es del hombre, a partir del hombre y para el hombre. La cultura es del hombre. En el pasado, cuando se pretendía definir al hombre, casi siempre se hacía referencia a la razón, a la libertad o al lenguaje. Los recientes progresos de la antropología cultural y filosófica demuestran que se puede obtener una definición no menos precisa de la realidad humana refiriéndose a la cultura. Esta caracteriza al hombre y lo distingue de otros seres no menos claramente que la razón, la libertad y el lenguaje. En efecto, tales seres no tienen cultura, no son artífices de cultura; a lo sumo, son pasivos receptores de iniciativas culturales llevadas a cabo por el hombre. Para su crecimiento y supervivencia, están dotados por la naturaleza de ciertos instintos y determinados subsidios para su defensa y subsistencia; el hombre, por el contrario, en vez de estas cosas, posee la razón y las manos, que son los órganos de los órganos, en cuanto que con su ayuda el hombre puede proveerse de instrumentos para conseguir sus fines (cfr. Santo Tomás, S. Th. I, 76, 5 ad 4).

La cultura proviene del hombre. Él recibe gratuitamente de la naturaleza un conjunto de capacidades, de talentos, como los llama el Evangelio, y, con su inteligencia, su voluntad y su trabajo, le compete desarrollarlos y hacerlos fructificar. El cultivo de los propios talentos, tanto por parte del individuo como por parte del grupo social, con el fin de perfeccionarse a sí mismo y dominar la naturaleza, construye la cultura. Así, al cultivar la tierra, el hombre actualiza el plan creador de Dios; al cultivar las ciencias y las artes, trabaja para la elevación de la familia humana y para llegar a la contemplación de Dios.

La cultura es para el hombre. El hombre no sólo es el artífice de la cultura, sino también su principal destinatario. En las dos acepciones fundamentales de formación del individuo y de forma espiritual de la sociedad, la cultura se orienta a la realización de la persona, en todas sus dimensiones, con todas sus capacidades. El objetivo primario de la cultura es el desarrollo del hombre en cuanto hombre, del hombre en cuanto persona, o sea, de cada hombre en cuanto ejemplar único e irrepetible de la familia humana.

Entendida de este modo, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de los valores que lo animan y que, siendo compartidos por todos los ciudadanos, los reúnen hacia una misma «conciencia personal y colectiva» (EN 18); la cultura abarca también las formas a través de las cuales los valores se expresan y se configuran, es decir, las costumbres, la lengua, el arte, la literatura, las instituciones y las estructuras de la convivencia social.

El «ser» y el «tener» del hombre

4. El hombre como ser cultural –vosotros lo sabéis, señoras y señores–, no es prefabricado. Debe construirse con sus propias manos. Pero, ¿según qué proyecto? ¿Qué modelo, si es que existe alguno, debe tener ante sus ojos? No faltaron, a lo largo de la historia, propuestas de tal modelo. Y aquí, como es sabido aparece la importancia de la antropología filosófica.

Para que sea válido, un proyecto cultura no podrá dejar de atribuir la primacía a la dimensión espiritual, aquella dimensión que se relaciona con el crecimiento en el tener. (...) El objetivo de la verdadera cultura, por lo tanto es hacer del hombre una persona, un espíritu plenamente desarrollado, capaz de llegar a la perfecta realización de todas sus capacidades.

Históricamente cada sociedad, cada nación, cada pueblo procuró elaborar un proyecto humano, un ideal de humanidad, según el cual se plasmasen los ciudadanos, atribuyendo, de una manera general, la primacía a los valores del espíritu.

La Iglesia, como es sabido, también es portadora de un proyecto de humanidad, reavivado y propuesto por el Concilio Vaticano II. En total acuerdo con los resultados de las investigaciones de la antropología filosófica y cultural, el Concilio afirmó que la cultura es un elemento constitutivo esencial de la persona, debiendo, por tanto ser promovida por todos los medios. Son palabras del mismo Concilio: La cultura debe tender a la perfección del hombre, el cual, «cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosofía, la historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes, puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los más altos pensamientos sobre la verdad, el bien y la belleza y a formar juicios de valor universal» (GS 57).

La tensión entre el bien y el mal

5. Al proponer su ideal de humanidad, la Iglesia no pretende negar la autonomía de la cultura. Al contrario, tiene por ella el máximo respecto, como tiene el máximo respeto por el hombre; para ambos defiende abiertamente la libre iniciativa y el desarrollo autónomo. En efecto, dado que la cultura deriva inmediatamente de la naturaleza racional y social del hombre, tiene una constante necesidad de justa libertad y de legítima autonomía, de obrar según sus principios para desarrollarse. Con razón, pues, salvaguardados siempre, como es evidente, los derechos de la persona y de la comunidad particular o universal, la cultura necesita de un espacio de inviolabilidad, exige ser respetada y poder mantener su exención respecto a las fuerzas políticas o económicas (cfr. GS 59).

Sin embargo, la historia nos enseña que el hombre, así como la cultura que él construye, pueden abusar de la autonomía a la que tiene derecho. La cultura, como su artífice, pueden caer en la tentación de reivindicar para sí mismos una independencia absoluta en relación con Dios. Pueden llegar incluso a rebelarse contra Él. Esta constatación, para los que tenemos la dicha de la fe en Dios, no se hace sin amargura.

La Iglesia es consciente de esta realidad. Esto forma parte –bien lo sabéis, señoras y señores– de una lucha perenne entre el bien y el mal. La Iglesia está llamada, por naturaleza, a apoyar el bien y a reparar y eliminar el mal. Ella recibió de Cristo la misión de salvar al hombre del mal, al hombre concreto, al hombre histórico, al hombre con todo su ser; exterior e interior, personal y social, espiritual, moral y cultural. De los caminos para desarrollar esta misión de la Iglesia forma parte la promoción de la cultura, entendida como formación de la persona y como tejido espiritual, informador de la sociedad.

Fe y cultura

Por eso, en la visión de la Iglesia, la cultura no es algo que se mantenga ajeno a la fe, sino que puede recibir de ésta profundos y benéficos influjos. Sin embargo, es necesario no considerar la relación de la cultura con la fe como puramente pasiva. La cultura no es solamente sujeto de redención y de elevación, sino que puede tener también un papel de mediación y de colaboración. En efecto, Dios, revelándose al Pueblo elegido, se sirvió de una cultura particular; lo mismo hizo Jesucristo, el Hijo de Dios: su encarnación humana fue también encarnación cultural. (...)

Actualmente, sin abdicar de la propia tradición, sino consciente de su misión universal, la Iglesia procura entrar en diálogo con las diversas formas de cultura. Y preocupada por descubrir aquello que une dentro del magnífico patrimonio del espíritu humano, aunque la armonía de la cultura con la fe no siempre se realice sin dificultades, la Iglesia no deja de procurar la aproximación de todas las culturas, de todas las concepciones ideológicas y de todos los hombres de buena voluntad.

 

4.1.9 Discurso a los intelectuales y artistas, Seúl, Corea (5-V-1984) [22]

Doble misión de la Iglesia: Evangelizar las culturas y la defensa del hombre y de su progreso cultural

2. Hay dos aspectos principales y complementarios de la cuestión, que corresponden a las dos dimensiones en las que actúa la Iglesia. Uno de ellos es la evangelización de las culturas y el otro la defensa del hombre y de su progreso cultural.

La Iglesia debe hacerse todo para todos los pueblos. Ante nosotros se abre un largo e importante proceso de inculturación para lograr que el Evangelio pueda penetrar el alma misma de las culturas vivas. Promoviendo ese proceso, la Iglesia responde a las profundas aspiraciones de los pueblos y los ayuda a adentrarse en la esfera de la misma fe. Esto lo vieron con toda claridad los primeros cristianos de Corea, vuestros antepasados. Habiendo llegado al conocimiento de Cristo a través de una búsqueda seria de la plenitud de la humanidad, esos cristianos realizaron esfuerzos ejemplares por encarnar el Evangelio en los cauces mentales y el ambiente afectivo del pueblo.

Siguiendo el ejemplo de esta voluntad por adoptar una actitud de intercambio y comprensión de la identidad cultural del pueblo, también nosotros debemos trabajar ahora por aproximar más las distintas culturas entre sí. Y debemos hacerlo para lograr que cada una de esas culturas pueda enriquecer más plenamente a las otras, y que los valores universales puedan convertirse en patrimonio de todos. En este sentido, vuestra función como puntos de enlace entre culturas es de vital importancia. Ahora bien, vuestra contribución será tanto más válida cuanto más profundamente enraizados estéis en vuestra propia identidad como coreanos, y cuanto más conscientes seáis de aportar a ese diálogo la palabra salvadora del Evangelio. Pues creemos que el Evangelio debe penetrar, elevar y purificar todas las culturas.

Pero es evidente que el enriquecimiento se produce también a la inversa. La milenaria experiencia de tantos pueblos, el progreso de la ciencia y la técnica, la evolución de las instituciones sociales, el despliegue de las artes: todos éstos son medios a través de los cuales se va revelando más plenamente la naturaleza del hombre, abren nuevas vías hacia la verdad y pueden ahondar en nosotros la comprensión de los misterios de Dios. (...)

4. Como cristianos, no podemos permanecer callados ante tal cantidad de amenazas contra la dignidad del hombre, la, paz, el progreso auténtico. Nuestra fe nos obliga a resistir a todo aquello que priva a individuos, grupos y pueblos enteros de ser ellos mismos de acuerdo con su vocación más profunda.

Nuestra fe cristiana nos obliga, sobre todo, a ir más allá de la simple condena; ¡nos lleva a construir, a amar! (...)

Ayudar a la Iglesia a ser creadora de cultura

5. Así pues, tenéis una misión doble: evangelizar la cultura y defender al hombre. El mismo Evangelio es un fermento de cultura por cuanto interpela al hombre en sus formas de pensar, comportarse, trabajar, descansar, es decir, en su dimensión cultural. Por otro lado, vuestra fe os dará confianza en el hombre, creado a imagen de Dios y redimido por Cristo: a ese hombre debéis defenderlo y amarlo por sí mismo. Y, puesto que vuestra fe incluye una comprensión profunda de las limitaciones del hombre y de su condición pecadora, os enfrentaréis al reto que suponme evangelizar la cultura con el realismo y la compasión necesaria.

En una palabra, vosotros estáis llamados a ayudar a la Iglesia a ser creadora de cultura en sus relaciones con el mundo moderno. (...)

 

4.1.10 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (15-I-1985) [23]

Evangelizar las culturas de nuestro tiempo

2. El Consejo Pontificio para la Cultura, asume, según mi manera de ver, un significado simbólico y lleno de esperanza. En efecto, veo en vosotros testigos calificados de la cultura católica en el mundo, con el cometido de reflexionar tanto sobre las evoluciones y las esperanzas de las distintas culturas en las regiones, como de los sectores de actividad que os son propios. Por la misión que os he confiado, estáis llamados a ayudar, con competencia, a la Sede apostólica para conocer mejor las aspiraciones profundas y distintas de las culturas contemporáneas y a discernir mejor cómo puede la Iglesia universal darles la respuesta. Pues, en el mundo, las orientaciones, las mentalidades, los modos de pensar y de concebir el sentido de la vida, se modifican, se influencian mutuamente, se enfrentan sin duda, con mayor vigor que nunca en el pasado. Eso deja huellas en todos los que se entregan con lealtad a la promoción del hombre. Es bueno que con vuestro trabajo de estudio, de consulta y de animación -emprendido en conexión con otros Dicasterios romanos, con las Universidades, los Institutos religiosos, las Organizaciones internacionales católicas y varios grandes organismos internacionales vinculados con la promoción de las culturas- favorezcáis una toma de conciencia clara de las posturas que presenta la actividad cultural en el sentido lato del término.

3. Más allá de esta acogida respetuosa y desinteresada de las realidades culturales para un mejor conocimiento, el cristiano no puede hacer abstracción del problema de la evangelización. El Consejo Pontificio para la Cultura participa en la misión de la Sede de Pedro para la evangelización de las culturas y vosotros estáis asociados a la responsabilidad de las Iglesias particulares en las tareas apostólicas que requiere el encuentro del Evangelio con las culturas de nuestra época. Con este fin, se pide un trabajo ingente a todos los cristianos y el desafío debe poner en movimiento sus energías en el corazón de cada pueblo y de cada comunidad humana.

A vosotros, que habéis aceptado ayudar a la Santa Sede en su misión universal al lado de las culturas de nuestros días, confío el cometido especial de estudiar y de profundizar lo que significa para la Iglesia la evangelización de las culturas hoy. Ciertamente, la preocupación por evangelizar las culturas no es nueva para la Iglesia, pero presenta problemas que tienen carácter de novedad en un mundo marcado por el pluralismo, por el choque de las ideologías y por profundos cambios de las mentalidades. Debéis ayudar a la Iglesia a responder a esas cuestiones fundamentales para las culturas actuales: ¿Cómo hacer accesible el mensaje de la Iglesia a las culturas nuevas, a las formas actuales de la inteligencia y de la sensibilidad? ¿Cómo la Iglesia de Cristo puede hacerse entender por el espíritu moderno, que se ufana de sus realizaciones y a la vez se preocupa por el futuro de la familia humana? ¿Quién es Jesucristo para los hombres y las mujeres de hoy?

Sí, la Iglesia en su totalidad debe plantearse esas cuestiones, con el espíritu de lo que decía mi predecesor Pablo VI al concluir el Sínodo sobre la evangelización: "... lo que importa es evangelizar.... la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que estos términos tienen en la Gaudium et Spes, tomando como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios" (Evangelii Nuntiandi, N. 20). Y todavía agregaba: "El Reino que anuncia el Evangelio, es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del Reino no puede menos que tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas" (Ibid.).

Hay por consiguiente, una tarea compleja pero esencial: ayudar a los cristianos a discernir en los rasgos de su cultura lo que pueda contribuir a la justa expresión del mensaje evangélico y a la edificación del Reino de Dios y a denunciar lo que le es contrario. Y, de este modo, el anuncio del Evangelio a los contemporáneos que no se adhieren a él, tendrá más posibilidades de llevarse a cabo en un diálogo auténtico.

No podemos dejar de evangelizar: son tantas las regiones, tantos los ambientes culturales que permanecen insensibles a la buena noticia de Jesucristo. Pienso en las culturas de extensas regiones del mundo todavía al margen de la fe cristiana. Pero pienso también en los amplios sectores culturales en países de tradición cristiana que, hoy, parecen indiferentes -cuando no refractarios- al Evangelio. Hablo, ciertamente de las apariencias, porque no hay que prejuzgar del misterio de las creencias personales y de la acción secreta de la gracia. La Iglesia respeta a todas las culturas y no impone a ninguna su fe en Jesucristo, pero invita a todas las personas de buena voluntad a promover una verdadera civilización del amor fundada en los valores evangélicos de la fraternidad, de la justicia y de la dignidad para todos.

4. Todo esto exige un nuevo acercamiento de las culturas, de las actitudes, de los comportamientos, para dialogar en profundidad con los ambientes culturales y para hacer fecundo su encuentro con el mensaje de Cristo. Este trabajo exige también, por parte de los cristianos responsables, una fe iluminada por la reflexión que, sin cesar, sea confrontada con las fuentes del mensaje de la Iglesia y un discernimiento espiritual que se prosigue sin pausa en la oración.

El Consejo Pontificio para la Cultura, por su parte, está llamado a profundizar los problemas importantes que los desafíos de nuestro tiempo suscitan para la misión evangelizadora de la Iglesia. Por el estudio, por los encuentros, los grupos de reflexión, las consultas, el intercambio de informaciones y de experiencias, por la colaboración de los numerosos corresponsales que, han aceptado trabajar con vosotros en distintas partes del mundo, os exhorto vivamente a iluminar estas nuevas dimensiones a la luz de la reflexión teológica, de la experiencia y del aporte de las ciencias humanas.

 

4.1.11 Encíclica Slavorum apostoli (2-VI-1985) [24]

 21. En la obra de evangelización que ellos llevaron a cabo como pioneros en los territorios habitados por los pueblos eslavos, está contenido, al mismo tiempo un modelo de lo que hoy lleva el nombre de «inculturación» -encarnación del evangelio en las culturas autóctonas-, y a la vez, la introducción de estas en la vida de la Iglesia. (...).

En efecto, dicha actividad es tarea esencial de la Iglesia y es en nuestros días urgente en la forma ya mencionada de la «inculturación». Los dos hermanos no sólo desarrollaron su misión respetando plenamente la cultura existente entre los pueblos eslavos, sino que, junto con la religión, la promovieron y acrecentaron de forma eminente e incesante. De modo análogo, en nuestros días, las Iglesias de antigua formación pueden y deben ayudar a las Iglesias y a los pueblos jóvenes a madurar en su propia identidad y a progresar en ella.

 

4.1.12 Encuentro con los intelectuales y el mundo universitario, Medellín, Colombia (5-VII-1986) [25]

2. Servicio a la profundización de la identidad cultural

En este noble cometido de defensa y promoción del hombre integral, vosotros prestáis un servicio a la toma de conciencia y a la profundización de la identidad cultural de vuestro pueblo. La identidad cultural es un concepto dinámico y crítico: es un proceso en el cual se recrea en el momento presente un patrimonio pasado y se proyecta hacia el futuro, para que sea asimilado por las nuevas generaciones. De este modo se asegura la identidad y el progreso de un grupo social.

La cultura, exigencia típicamente humana, es uno de los elementos fundamentales que constituyen la identidad de un pueblo. Aquí hunde sus raíces su voluntad de ser como tal. Ella es la expresión completa de su realidad vital y la abarca en su totalidad: valores, estructuras, personas. Por ello la evangelización de la cultura es la forma más radical, global y profunda de evangelizar un pueblo. Hay valores típicos que caracterizan a la cultura latinoamericana, cuales son, entre otros, el anhelo de cambio, la conciencia de la propia dignidad social y política, los esfuerzos de organización comunitaria, sobre todo en los sectores populares, el creciente interés y respecto de la originalidad de las culturas indígenas, la potencialidad económica para hacer frente a las situaciones de extrema pobreza, las grandes dotes de humanidad que se manifiestan, sobre todo, en la disponibilidad para acoger a las personas, para compartir aquello que se tiene y para ser solidarios en la desgracia (cfr. DP 1721). Apoyándose sobre estos valores indudables se pueden afrontar los desafíos de nuestro tiempo: el movimiento migratorio del campo a la ciudad, el influjo de los medios de comunicación social con sus nuevos modelos de cultura, la legítima aspiración de promoción de la mujer, el advenimiento de la sociedad industrial, las ideologías materialistas, el problema de la injusticia y de la violencia...

En este contexto del servicio a la identidad cultural de vuestro pueblo, no está fuera de lugar recordaros que “la educación es una actividad humana en el orden de la cultura” (DP 1024); no sólo por ser “la primera y esencial tarea” (Discurso en la UNESCO, n. 11) de ésta, sino también porque la educación juega un papel activo, crítico y enriquecedor de la cultura misma. La universidad, por ser lugar eminente de educación en todos sus componentes -personas, ideas, instituciones-, puede proporcionar una contribución que va más allá de la pura conciencia de la identidad cultural nacional y popular. La educación, como tal impartida por ella, puede ofrecer una profundización y un enriquecimiento de la cultura misma del país.

3. Fe y cultura

Al dirigirme hoy a vosotros, dignos representantes del mundo intelectual y cultural colombiano, en especial, a los laicos comprometidos, deseo lanzar una llamada a que participéis activamente en la creación y defensa de una auténtica cultura de la verdad, del bien y de la belleza, de la libertad y del progreso, que pueda contribuir al diálogo entre ciencia y fe, cultura cristiana, cultura local y civilización universal.

La cultura supone y exige una “visión integral del hombre” entendido en la totalidad de sus capacidades morales y espirituales, en la plenitud de su vocación. Aquí es donde radica el nexo profundo, “la relación orgánica y constitutiva” (Discurso en la UNESCO, n. 9), que une entre sí a la fe cristiana y a la cultura humana: la fe ofrece la visión profunda del hombre que la cultura necesita; más aún, solamente ella puede proporcionar a la cultura su último y radical fundamento. En la fe cristiana la cultura puede encontrar alimento e inspiración definitiva.

Pero la conexión entre fe y cultura actúa también en dirección inversa. La fe no es una realidad etérea y externa a la historia, que, en un acto de pura liberalidad, ofrezca su luz a la cultura, quedándose indiferente ante ella. Al contrario, la fe se vive en la realidad concreta y toma cuerpo en ella y a través de ella. “La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe no acogida plenamente, no pensada por entero, no fielmente vivida” (Discurso en la UNESCO, n. 9). La fe compromete al hombre en la totalidad de su ser y de sus aspiraciones. Una fe que se situase al margen de lo humano y, por tanto, de la cultura, sería una fe infiel a la plenitud de cuanto la Palabra de Dios manifiesta y revela, una fe decapitada, más aún, una fe en proceso de autodisolución. La fe, aun cuando transcienda la cultura y por el hecho mismo de transcenderla y revelar el destino divino y eterno del hombre, crea y genera cultura.

4. Funciones de las Universidades Católicas

En este diálogo entre fe y cultura, corresponde de modo particular a las Universidades Católicas colombianas un servicio especial a la Iglesia y a la sociedad. Su primera obligación consiste en reflejar, sin disimulos, su propia identidad católica, encontrando su “significado último y profundo en Cristo, en su mensaje salvífico, que abraza al hombre en su totalidad” tratando de construir entre todos “una familia universitaria” (Discurso a los universitarios católicos, México, 31 de enero de 1979, n. 2a–3).

En este marco actúa -con las características que le son propias- la pastoral universitaria. Apostolado difícil, pero urgente y rico de posibilidades. Lo sabéis bien vosotros, los responsables de esta importante actividad de la Iglesia local que dedicáis a ella generosamente tiempo y energías. Os aliento vivamente a continuar en vuestro esfuerzo por llevar a cabo, en espíritu de colaboración y sentido eclesial una eficaz presencia pastoral en las universidades, sean estas públicas o privadas.

Las Universidades Católicas trabajen, en sano y leal espíritu de emulación con las demás universidades por potenciar el nivel científico y técnico de sus facultades y departamentos, la competencia y dedicación del profesorado, estudiantes y personal auxiliar. Colaboren activamente con los demás centros universitarios manteniendo un recíproco intercambio; estén presentes, además, en los organismos interuniversitarios nacionales e internacionales. Mantengan frecuentes contactos con la Congregación para la Educación Católica y con el Pontificio Consejo para la Cultura. De este modo, contribuirán, activa y eficazmente a la promoción y renovación de vuestra cultura, transformándola por la fuerza evangélica e integrando en armoniosa unidad los elementos nacionales, humanos y cristianos. (...)

 

4.1.13 Encuentro con los hombres de la cultura y empresarios, Lima, Perú (15-V-1988) [26]

3. El interés por la cultura es, en primer lugar, un interés por el hombre y por el sentido de su existencia. Así lo afirmé en mi discurso a la UNESCO hace algunos años: (...). La cultura debe ser el espacio y el vehículo para que la vida humana sea cada vez más humana (cfr. RH 14; GS 38) y pueda el hombre vivir una vida digna, conforme al designio divino. Una cultura que no está al servicio de la persona no es verdadera cultura.

La Iglesia hace, pues, una opción radical por el hombre al plantearse la evangelización de la cultura. Su opción, en consecuencia, es la de un verdadero humanismo integral que eleva la dignidad del hombre a su verdadera e irrenunciable dimensión de hijo de Dios. Cristo revela el hombre al hombre mismo (cfr. GS 22), le devuelve su propia grandeza y dignidad, permitiéndole redescubrir el valor de su humanidad que por efecto del pecado se había oscurecido. ¡Qué inmenso valor debe tener para Dios el hombre, que ha merecido tan grande Redentor!

Por consiguiente, la acción de la Iglesia no puede conjugarse con la de aquellos “humanismos” que se limitan a una visión exclusivamente económica, biológica o síquica. La concepción cristiana de la vida está siempre abierta al amor de Dios. Fiel a esta vocación quiere mantenerse por encima de las distintas ideologías para optar sólo por el hombre desde el mensaje liberador cristiano. “La Iglesia –como he indicado en mi reciente Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”– no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos u otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo” (SRS 41).

4. Esta opción humanista desde la óptica cristiana supone, como toda opción, la vivencia clara de una escala de valores, pues éstos son el sustento de toda sociedad. Sin valores no hay posibilidad real de construir una sociedad verdaderamente humana, pues ellos determinan no sólo el sentido de la vida personal, sino también las políticas y estrategias de la vida pública. Una cultura que ha perdido su fundamento en los valores supremos se vuelve necesariamente contra el hombre.

Los grandes problemas que afectan a la cultura contemporánea tienen su origen en ese querer marginar la vida personal y pública de una recta escala de valores. Ningún modelo económico o político servirá plenamente al bien común si no se apoya en valores fundamentales que respondan a la verdad sobre el ser humano, “verdad que nos es revelada por Cristo, en toda su plenitud y profundidad” (Dives in Misericordia, 1.2). Los sistemas que elevan lo económico a la condición de factor único y determinante de tejido social están condenados por su propio dinamismo interno a volverse contra el hombre.

Lo cierto es que solamente acudiendo a las capacidades morales y espirituales de la persona, se obtienen cambios culturales, económicos y sociales que estén verdaderamente al servicio del hombre, pues, el pecado, que se encuentra en la raíz de las situaciones injustas, es, en sentido propio y primordial, un acto voluntario que tiene su origen en la libertad de cada persona. Por eso, la rectitud de las costumbres es condición para la salud de toda la sociedad (cfr. Instrucción Libertatis Conscientia, 75).

5. Dentro de la inmensa tarea de evangelización a la que estamos llamados como Iglesia, la evangelización de la cultura ocupa un lugar preferencial (cfr. DP 365s). Ella debe alcanzar a todo el hombre y a todas las manifestaciones del hombre, llegando hasta la raíz misma de su ser, costumbres y tradiciones (cfr. EN 20).

La evangelización de la cultura supone un esfuerzo por salir al encuentro del hombre contemporáneo, buscando con él caminos de acercamiento y diálogo para promocionar su condición. Es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual y iluminarlas desde el Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna. De esta manera dignifica los modelos de comportamiento, los criterios de juicio, los valores dominantes, los intereses mayores, los hábitos y costumbres que sellan el trabajo, la vida familiar, social, económica y política.

Evangelizar la cultura es promover al hombre en su dimensión más profunda. Por ello, se hace a veces necesario poner en evidencia todo aquello que a la luz del Evangelio atenta contra la dignidad de la persona. Por otra parte, la fe es fermento para una auténtica cultura, porque su dinamismo promueve la realización de una síntesis cultural en una visión equilibrada, que sólo se puede conseguir a la luz superior de que ella es portadora. La fe ofrece la respuesta de aquella sabiduría “siempre antigua y siempre nueva” que puede ayudar al hombre a adecuar, con criterios de verdad, los medios a los fines, los proyectos a los ideales, las acciones a los patrones morales que permitan restablecer en nuestro hoy el alterado equilibrio de valores. En una palabra, la fe, lejos de ser un obstáculo, es fuerza fecunda para la creación de la cultura.

La acción evangelizadora de la cultura en el Perú de hoy y del futuro debe partir de un hecho consignado por la historia: la primera evangelización – cuyo inicio pronto cumplirá 500 años– modeló la identidad histórico-cultural de vuestro pueblo (cfr. DP 412, 445-446; Discurso en la apertura de la Novena de años promovido por el CELAM, Santo Domingo, 12-X-1984, 2: IGP2 VII/2 (1984) 885); y el substrato cultural católico, sellado particularmente por el corazón y su intuición, se expresa en la plasmación artística, de la que vuestros templos, vuestras pinturas tradicionales, vuestro arte popular, constituyen una muestra tan valiosa. Se expresa también, con caracteres no pocas veces conmovedores, la piedad hecha vida de las manifestaciones populares de devoción.

6. Si bien es cierto que la fe trasciende toda cultura, dado que pone de manifiesto un acontecimiento que tiene su origen en Dios y no en el hombre, ello no quiere decir que esté al margen de la cultura. Hay una íntima vinculación entre el Evangelio y las realizaciones del hombre. Este vínculo es creador de cultura.

De la misma manera que la cultura necesita una visión integral y superior del ser humano, la fe necesita hacerse cultura, necesita inculturarse. “Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, no enteramente pensada, no fielmente vivida” (Creación del Pontificio Consejo para la Cultura. Carta al Secretario de Estado, Roma, 20-V-1982: AAS 74 (1982) 683-688)

Por ello, es misión de todo cristiano empeñarse por inculturar cada vez más profundamente el mensaje del Evangelio en la variedad de expresiones culturales profundamente arraigadas en vuestro país, en las que la fe ha desplegado una función felizmente integradora. De esta manera, contribuiréis también vosotros a esta elevada tarea, reforzando la cohesión y la necesaria unidad en vuestra patria.

No está fuera de lugar llamar aquí la atención ante un peligro que puede presentarse en el proceso de integrar la fe en la cultura, esto es, el peligro del temporalismo como criterio reduccionista del mensaje cristiano. En pueblos que están buscando con indecible tesón una mayor vivencia de la justicia, donde las desigualdades socio-económicas son muy grandes y las condiciones de vida para muchos son a veces infrahumanas, aparece con frecuencia la tentación de reducir la misión de la Iglesia a la búsqueda de un proyecto meramente temporal o incluso a la acción política. De esta manera, el punto de llegada a todos es evidente: se vacía el mensaje cristiano de sus contenidos esenciales, se adultera la fe, se traiciona el Evangelio.

7. De modo particular quiero dirigirme esta tarde a todos los que os ocupáis por la creación y fomento de la cultura. Sobre vosotros recae una no leve responsabilidad, ya que de las opciones que sepáis llevar a cabo dependerá a su vez el que vuestra cultura esté al servicio del hombre o se vuelva contra él.

Sois vosotros, pensadores, los que con sentido cristiano de la vida habéis de mostrar que la fe y la ciencia no se oponen. En efecto, la inteligencia humana, con el correr de los siglos, ha ido descubriendo no pocos de los misterios naturales que intrigan al hombre, y desvelando la lógica correlación entre la teología y los saberes temporales. La grandeza del trabajo intelectual, lo sabéis bien, lo constituye, en definitiva, la búsqueda de la verdad. Así lo señalaba en mi Encíclica “Redemptor Hominis”: “En esta inquietud creadora late y pulsa lo que es profundamente humano: la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de libertad, la nostalgia de lo bello, la voz de la conciencia” (RH 18).

La labor que Dios os pide es un servicio a la verdad. Verdad que debe ser buscada sin cesar en las instituciones de investigación y enseñada a cada momento en los centros educativos; que debe presidir las tareas de los medios de comunicación social, de la política, la economía, el arte en sus diversas y ricas manifestaciones, y que debe resistir a la tentación de manipular y de dejarse manipular.

A este propósito deseo alentar a los profesionales de la información a ser auténticos promotores del bien común, como le corresponde a su noble y alta actividad, que casi me atrevería a definir como misión de servicio a la comunidad. Esa misma sociedad a la que han de servir pide y espera que no se dejen llevar por intereses o conveniencias de parte que, desfigurando los hechos, pueden perjudicar la pacífica convivencia ciudadana o debilitar los valores esenciales de la estabilidad democrática y del orden constitucional.

 

4.1.14 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (13-I-1989) [27]

La Evangelización de las culturas y la inculturación de la fe

2. Contemplando el mundo desde un punto de vista universal, captáis mejor el significado apostólico de vuestros trabajos y encontráis un motivo sólido para proseguir con vuestra misión. Mediante este trabajo de discernimiento evangélico, la Iglesia no tiene otro objetivo que a anunciar mejor a toda cultura la Buena Nueva de la salvación en Jesucristo. Porque la realidad humana, individual y social, ha sido liberada por Cristo: las personas, como las actividades humanas, de ahí que la cultura es la expresión más eminente y la más encarnada.

La acción salvífica de la Iglesia con las culturas se ejerce primeramente por intermedio de las personas, de las familias y de los educadores. También una adecuada formación es indispensable para que los cristianos aprendan a manifestar con claridad cómo el fermento evangélico tiene el poder de purificar y elevar los modos de pensar, de juzgar y de actuar que constituyen una determinada cultura. Jesucristo, nuestro Salvador, ofrece su luz y su esperanza a todos aquellos y aquellas que se dedican a las ciencias, las artes, las letras y a los innumerables campos desarrollados por la cultura moderna. Todos los hijos e hijas de la Iglesia deben entonces tomar conciencia de su misión y descubrir cómo la fuerza del Evangelio puede penetrar y regenerar las mentalidades y los valores dominantes que inspiran a cada una de las culturas, así como las opiniones y las actitudes que de ellas se derivan. Cada uno en la Iglesia, mediante la oración y la reflexión, podrá aportar la luz del Evangelio y la irradiación de su ideal ético y espiritual. De este modo, por medio de este paciente trabajo de gestación, humilde y escondido, los frutos de la Redención penetrarán poco a poco las culturas y les otorgarán abrirse en plenitud a las riquezas de la gracia de Cristo.

5. Finalmente, quiero destacar la activa participación que el Consejo Pontificio para la Cultura ha tomado en los trabajos de la Comisión Teológica Internacional sobre la fe y la inculturación. Habéis participado muy de cerca en la elaboración del documento que ha sido preparado con este título y que permitirá comprender mejor el significado bíblico, histórico, antropológico, eclesial y misionero que reviste la inculturación de la fe cristiana. Presenta una posición decisiva para la acción de la Iglesia, tanto en el corazón de las diversas culturas tradicionales, como en las complejas formas de la cultura moderna. Vuestra responsabilidad es ahora traducir estas orientaciones teológicas en programas concretos de pastoral cultural, y me alegra que varias Conferencias Episcopales piensen dedicarse a ello, especialmente en América Latina y en África. Animo estas experiencias pastorales y deseo que sus resultados sean compartidos con el conjunto de la Iglesia.

6. Con frecuencia he tenido ocasión de decirlo, pero quiero aún repetirlo: el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. Y el lazo fundamental del mensaje de Cristo y de la Iglesia con el hombre en su misma humanidad es creador de cultura en su íntimo fundamento. Esto quiere decir que las conmociones culturales de nuestro tiempo nos invitan a volver a lo esencial y a encontrar nuevamente la preocupación fundamental que es el hombre en todas sus dimensiones, políticas y sociales, ciertamente, pero también, culturales, morales y espirituales. De ello depende, en efecto, el mismo futuro de la humanidad. Inculturar el Evangelio, no es reconducirlo a lo efímero y reducirlo a lo superficial agitado por la cambiante actualidad. Por el contrario, con una audacia totalmente espiritual, insertar la fuerza del fermento evangélico y su novedad más joven que toda modernidad, en el corazón mismo de las sacudidas de nuestro tiempo, en gestación de nuevos modos de pensar, de actuar y de vivir. Es la fidelidad a la alianza con la eterna sabiduría la que es la fuente incesante de renacimiento de nuevas culturas. Quienes han recibido la novedad del Evangelio se lo apropian e interiorizan de tal modo que lo vuelven a expresar en su vivencia cotidiana, según su propia índole. Así, la inculturación del Evangelio en las culturas va a la par con su renovación y las conduce a su auténtica promoción, tanto en la Iglesia como en la ciudad.

 

4.1.15 Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio (29-VI-1990) [28]

 

Evangelización de la cultura

28.  El reto de la nueva evangelización exige que el mensaje salvador cale en el corazón de los hombres y en las estructuras de la vida social. Así he querido ponerlo de relieve en mi alocución a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina.

Es un hecho que las Órdenes y Congregaciones religiosas han sido siempre promotores de la cultura, desde los comienzos mismos de la predicación del mensaje de Cristo en el Continente; lo son también por la variedad de sus carismas, por sus obras apostólicas, por su presencia en la sociedad latinoamericana. En efecto, los religiosos ejercen su actividad en todos los campos de la enseñanza, desde la elemental y media hasta la profesional y universitaria; también en la catequesis, desde la infantil hasta la de adultos, tratando de formar apostólicamente a los laicos; se hallan en el corazón de las grandes metrópolis, en los barrios marginales, entre los indígenas, cuya cultura estudian y cuyos derechos defienden.

Estoy seguro de que los religiosos y las religiosas en América Latina sabréis estar en la vanguardia de esta nueva responsabilidad evangelizadora que ha de asumir, con la fuerza del mensaje salvífico, toda la riqueza cultural de los pueblos y etnias del Continente en una solidaria y esperanzadora civilización del amor. Contribuid, pues, a forjar una cultura que esté siempre abierta a los valores de la vida, a la originalidad del mensaje evangélico, a la solidariedad entre las personas; una cultura de la paz y de la unidad que Cristo ha pedido al Padre para todos los que creen en Él.

Para ello, los religiosos, en la medida en que seáis fieles al propio carisma, encontraréis la fuerza de la creatividad apostólica que os guiará en la predicación e inculturación del Evangelio. Tengo plena confianza en que, con vuestra aportación generosa, se seguirá llevando a cabo la deseada transformación cultural y social de ese Continente.

En efecto, la historia de la primera Evangelización de América Latina es para todos un llamamiento ineludible a perseverar en la labor emprendida y, al mismo tiempo, constituye un motivo de viva esperanza cristiana.

 

4.1.16 Encíclica Redemptoris missio (7-XII-1990) [29]

52. Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. En ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y urgente.

El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera adaptación externa, ya que la inculturación «significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas» (Asamblea extraordinaria de 1985, Relación Final, II, D, 4). Es, pues, un proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.

Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad (cfr. CT 53; SA 21); transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro (cfr. EN 20, lc; 18). Por su parte, con la inculturación la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para su misión.

Gracias a esta acción en las Iglesias locales, la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación. Estos temas, presentes en el Concilio y en el Magisterio posterior, los he afrontado repetidas veces en mis visitas pastorales a las Iglesias jóvenes.

La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se desarrollan, la de los Pastores que tienen la responsabilidad de discernir y fomentar su actuación (cfr. AG 22).

 

Y más adelante dice al mencionar sus límites:

 

54. La inculturación, en su recto proceso debe estar dirigida por dos principios: «la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal» (cfr. FC 10). Los Obispos, guardianes del «depósito de la fe» se cuidarán de la fidelidad y, sobre todo del discernimiento, para lo cual es necesario un profundo equilibrio; en efecto, existe el riesgo de pasar acríticamente de una especie de alienación de la cultura a una supervaloración de la misma, que es un producto del hombre, en consecuencia, marcada por el pecado. También ella debe ser «purificada, elevada y perfeccionada» (LG, 17).

Este proceso necesita una gradualidad, para que sea verdaderamente expresión de la experiencia cristiana de la comunidad... Finalmente la inculturación debe implicar a todo el pueblo de Dios, no sólo a algunos expertos, ya que se sabe que el pueblo reflexiona sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista. Esta inculturación debe ser dirigida y estimulada, pero no forzada, para no suscitar reacciones negativas en los cristianos: debe ser expresión de la vida comunitaria, es decir, debe madurar en el seno de la comunidad, y no ser fruto exclusivo de investigaciones eruditas. La salvaguardia de los valores tradicionales es efecto de una fe madura.

 

4.1.17 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (10-I-1992) [30]

Injertar el Evangelio en todas las culturas

4. En este año 1992 se celebra el quinto centenario de la evangelización de América. He querido de modo particular que la "cultura cristiana" sea uno de los ejes principales de este jubileo, en el cual la Iglesia propondrá verdaderamente el Evangelio de Cristo a los hombres en la medida en que se dirija a cada hombre en su cultura y en que la fe de los cristianos muestre su capacidad de fecundar las culturas emergentes, que llevan consigo la esperanza para el futuro. América Latina representa casi la mitad de los católicos del mundo. El reto de su nueva evangelización está estrechamente unido a un diálogo renovado entre las culturas y la fe. También el Pontificio Consejo de la cultura, seguirá aportando su experiencia a las Conferencias episcopales que lo soliciten, con el CELAM.

5. El próximo Sínodo de los obispos para África dará un puesto central al gran desafío de la implantación del Evangelio en las culturas africanas. Los documentos preparatorios ya han estudiado de cerca las relaciones entre evangelización e inculturación. Desde hace más de un siglo, los misioneros han gastado generosamente sus energías y han sacrificado con frecuencia su propia vida a fin de que el Evangelio salvador alegrara al africano en el corazón de su ser. La inculturación es un proceso lento, que abarca en toda la extensión de la vida misionera. Y una mirada de conjunto dirigida hacia la humanidad muestra que esta misión está aún en sus comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras fuerzas a su servicio (cf. Redemptoris missio, 52 y 1). En vísperas de este Sínodo, las Iglesias de África, amenazadas por el sincretismo y las sectas, encuentran un nuevo impulso para anunciar el Evangelio y acogerlo en función de sus culturas, en el marco de la catequesis, de la formación de los sacerdotes y de los catequistas, de la liturgia y de la vida de las comunidades cristianas. Esto requiere tiempo: todo proceso de inculturación auténtica de la fe es un acto de "tradición", que debe hallar su inspiración y sus normas en la única Tradición. Supone una profundización teológica y antropológica del mensaje de la Redención y, a la vez, el testimonio vivo e irreemplazable de las comunidades cristianas, felices de poder compartir su amor ferviente de Cristo.

6. Os espera una labor urgente: restablecer los lazos que se han debilitado, y a veces roto, entre los valores culturales de nuestro tiempo y su fundamento cristiano permanente. Los cambios políticos, los trastornos económicos, y las transformaciones culturales de estos últimos años han contribuido ampliamente a una toma de conciencia moral, dolorosa y lúcida. Tras decenios de opresión totalitaria, hombres y mujeres nos dan su testimonio desgarrador: es a la conciencia moral, guardiana de su identidad profunda, que ellos deben su supervivencia personal. Muchos son hoy los jóvenes y menos jóvenes de las naciones industrializadas que claman, por todos los medios, su insatisfacción frente al "tener" que asfixia al "ser". Por doquier, los pueblos exigen que se respeten su cultura y su derecho a una vida plenamente humana. Gracias a la cultura se hace realidad la expresión de Pascal: "El hombre supera infinitamente al hombre".

8. Las aspiraciones fundamentales del hombre encierran un sentido. Expresan, de múltiples modos, a veces confusos, la vocación a "ser", inscrita por Dios en el corazón de cada hombre. En medio de las incertidumbres y angustias de nuestro tiempo, la misión os llama a ofrecer lo mejor de vosotros mismos para desarrollar una verdadera cultura de la esperanza, fundada en la Revelación y la Salvación de Jesucristo.

La libertad es plenamente valorada cuando la acogida de la verdad y el amor que Dios llega a todo hombre. Para los cristianos es un inmenso desafío: testimoniar el amor, que es la fuente y la realización de toda cultura, en Jesucristo que nos ha liberado.

9. Humanizar con el Evangelio la sociedad y sus instituciones, y dar nuevamente a la familia, a las ciudades y a los pueblos un alma digna del hombre creado a imagen de Dios, tal es el desafío del siglo XXI. La Iglesia puede contar con los hombres y las mujeres de cultura para ayudar a los pueblos a recuperar su memoria, reavivar su conciencia y preparar su porvenir. El fermento cristiano fecundará y extenderá las culturas y sus valores.

De este modo Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14,6), Él que ha dado "novedad a todas las cosas, al darse Él mismo", como escribió Ireneo de Lión (Adv. haer., IV, 34, 1). De allí, la importancia de la educación y la necesidad de profesores que sean auténticos formadores de la persona. La necesidad de investigadores y de sabios cristianos, cuya capacidad científica sea reconocida y apreciada, para dar sentido a los descubrimientos de la ciencia y a las invenciones de la técnica. El mundo tiene necesidad de sacerdotes, de religiosos, de religiosas y de laicos seriamente formados en el conocimiento de la heredad doctrinal de la Iglesia, rica de su patrimonio cultural bimilenario, fuente siempre fecunda de artistas y poetas, capaces de ayudar al pueblo de Dios a vivir el misterio inagotable de Cristo, celebrado en la belleza, meditado en la oración y encarnado en la santidad.

10. Señores Cardenales, queridos amigos, que este encuentro con el Sucesor de Pedro os fortalezca en la conciencia de vuestra misión. La cultura es del hombre, por el hombre y para el hombre. La vocación del Pontificio Consejo para la Cultura, vuestra vocación, en este final del siglo y del milenio, consiste en suscitar una nueva cultura del amor y de la esperanza inspirada en la verdad que nos hace libres en Jesucristo. Éste es el objetivo de la inculturación, prioridad para la nueva evangelización. El arraigo del Evangelio en el seno de las culturas es una exigencia de la misión, tal como lo recordé recientemente en la encíclica Redemptoris missio. Sed sus artífices auténticos, en comunión profunda con la Santa Sede y con toda la Iglesia, en el seno de las Iglesias locales, bajo la guía de sus Pastores.

 

4.1.18 Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25-III-1992) [31]

55. Un problema ulterior nace de la exigencia -hoy intensamente sentida- de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe. Es éste un problema eminentemente pastoral, que debe ser incluido con mayor amplitud y particular sensibilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio: «En las actuales circunstancias, en que en algunas regiones del mundo la religión cristiana se considera como algo extraño a las culturas, tanto antiguas como modernas, es de gran importancia que en toda la formación intelectual y humana se considere necesaria y esencial la dimensión de la inculturación (cfr. Propositio 32). Pero esto exige previamente una teología auténtica, inspirada en los principios católicos sobre esa inculturación. Estos principios se relacionan con el misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico de la inculturación; ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo (cfr. RM 67)».

 

4.1.19 Discurso en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12-X-1992) [32]

IV. Cultura cristiana

20. Aunque el Evangelio no se identifica con ninguna cultura en particular, sí debe inspirarlas, para de esta manera transformarlas desde dentro, enriqueciéndolas con los valores cristianos que derivan de la fe. En verdad, la evangelización de las culturas representa la forma más profunda y global de evangelizar a una sociedad, pues mediante ella el mensaje de Cristo penetra en las conciencias de las personas y se proyecta en el «ethos» de un pueblo, en sus actitudes vitales, en sus instituciones y en todas las estructuras (cfr. Discurso a los intelectuales y al mundo universitario, Medellín, 5-VII-1986, 2).

El tema «cultura» ha sido objeto de particular estudio y reflexión por parte del CELAM en los últimos años. También la Iglesia toda dirige su atención a esta importante materia, «ya que la nueva evangelización ha de proyectarse sobre la cultura "adveniente", sobre todas las culturas, incluidas las culturas indígenas» (cfr. Angelus, 28-VI-1992). Anunciar a Jesucristo en todas las culturas es la preocupación central de la Iglesia y objeto de su misión. En nuestros días, esto exige, en primer lugar, el discernimiento de las culturas como realidad humana a evangelizar y, consiguientemente, la urgencia de un nuevo tipo de colaboración entre todos los responsables de la obra evangelizadora.

21.  En nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural actual presenta un buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la evangelización; pero, al mismo tiempo, ha eliminado valores religiosos fundamentales y ha introducido concepciones engañosas que no son aceptables desde el punto de vista cristiano.

La ausencia de esos valores cristianos fundamentales en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo transcendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso – también en América Latina –, sino que, a la vez, es causa determinante del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona.

Frente a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico sobre los valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos, que frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por el bien como por el mal. En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cfr. RM 52). Uno de estos retos a la evangelización es el de intensificar el diálogo entre las ciencias y la fe, en orden a crear un verdadero humanismo cristiano. Se trata de mostrar que la ciencia y la técnica contribuyen a la civilización y a la humanización del mundo en la medida en que están penetradas por la sabiduría de Dios. A este propósito, deseo alentar vivamente a las Universidades y Centros de estudios superiores, especialmente los que dependen de la Iglesia, a renovar su empeño en el diálogo entre fe y ciencia.

22.  La Iglesia mira con preocupación la fractura existente entre los valores evangélicos y las culturas modernas, pues éstas corren el riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución agnóstica y sin referencia a la dimensión moral (cfr. Discurso al Pontificio Consejo para la Cultura, 18-I-1983). A este respecto, conservan pleno vigor aquellas palabras del Papa Pablo VI: “La ruptura entre evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Éstas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva” (EN 20).

La Iglesia, que considera al hombre como su “camino” (cfr. RM 14), ha de saber dar una respuesta adecuada a la actual crisis de la cultura. Frente al complejo fenómeno de la modernidad, es necesario dar vida a una alternativa cultural plenamente cristiana. Si la verdadera cultura es la que expresa los valores universales de la persona, ¿qué puede proyectar más luz sobre la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre su libertad y destino que el Evangelio de Cristo?

En este hito histórico del medio milenio de la evangelización de vuestros pueblos, os invito pues, queridos Hermanos, a que, con el ardor de la nueva evangelización, animados por el Espíritu del Señor Jesús, hagáis presente la Iglesia en la encrucijada cultural de nuestro tiempo, para impregnar con los valores cristianos las raíces mismas de la cultura “adveniente” y de todas las culturas ya existentes. A este respecto, particular atención habréis de prestar a las culturas indígenas y afroamericanas, asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente humano y humanizante. Su visión de la vida, que reconoce la sacralidad del ser humano, su profundo respeto a la naturaleza, la humildad, la sencillez, la solidaridad son valores que han de estimular el esfuerzo por llevar a cabo una auténtica evangelización inculturada, que sea también promotora de progreso y conduzca siempre a la adoración a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23). Mas, el reconocimiento de dichos valores no os exime de proclamar en todo momento que “Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios” (RM 5).

        La evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna” (Discurso al mundo de la cultura, Lima, 15-V-1988, 5). Pero este esfuerzo de comprensión e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio de la Buena Nueva (cfr. RM 46), de tal manera que la penetración del evangelio en las culturas no sea una simple adaptación externa, sino un “proceso profundo y, global que abarque tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia” (RM 52), respetando siempre las características y la integridad de la fe.

23.  Al ser la comunicación entre las personas un importante elemento generador de cultura, los modernos medios de comunicación social revisten en este terreno una importancia de primer orden. Intensificar la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación ha de ser ciertamente una de vuestras prioridades. Vienen a mi mente las graves palabras de mi venerado predecesor el Papa Pablo VI: “La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más” (EN 45).

Por otra parte, se ha de vigilar también sobre el uso de los medios de comunicación social en la educación de la fe y en la difusión de la cultura religiosa. Una responsabilidad que incumbe sobre todo a las casas editoriales dependientes de instituciones católicas, que deben “ser objeto de particular solicitud por parte de los Ordinarios del lugar, a fin de que sus publicaciones sean siempre conformes a la doctrina de la Iglesia y contribuyan eficazmente al bien de las almas” (Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe, 30-III-1992, 25, 2).

Ejemplos de inculturación del evangelio lo constituyen también ciertas manifestaciones socio–culturales que están surgiendo en defensa del hombre y de su entorno, y que han de ser iluminadas por la luz de la fe. Es el caso del movimiento ecologista en favor del respeto debido a la naturaleza y contra la explotación desordenada de sus recursos, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. La convicción de que “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano” (GS 69) ha de inspirar un sistema de gestión de los recursos más justo y mejor coordinado a nivel mundial. La Iglesia hace suya la preocupación por el medio ambiente e insta a los gobiernos para que protejan este patrimonio según los criterios del bien común (cfr. Mensaje para la XXV Jornada Mundial de la Paz, 1-I-1992).

24.  El desafío que representa la cultura “adveniente”, no debilita sin embargo nuestra esperanza, y damos gracias a Dios porque en América Latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del Continente e inspirando muchas de sus instituciones. En efecto, la Iglesia en Latinoamérica ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción.

Se nos presenta ahora el reto formidable de la continua inculturación del evangelio en vuestros pueblos, tema que habréis de abordar con clarividencia y profundidad durante los próximos días. América Latina, en Santa María de Guadalupe, ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. En efecto, en la figura de María –desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús– se encarnaron auténticos valores culturales indígenas. En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac se resume el gran principio de la inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias culturas (cfr. RM 52).

 

4.1.20 Mensaje a los indígenas de América (12-X-1992) [33]

2. Hace ahora 500 años el Evangelio de Jesucristo llegó a vuestros pueblos. Pero ya antes, y sin que acaso lo sospecharan, el Dios vivo y verdadero estaba presente iluminando sus caminos. El apóstol san Juan nos dice que el Verbo, el Hijo de Dios, “es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que llega a este mundo” (Jn 1, 9). En efecto, las “semillas del Verbo” estaban ya presentes y alumbraban el corazón de vuestros antepasados para que fueran descubriendo las huellas del Dios Creador en todas sus criaturas: el sol, la luna, la madre tierra, los volcanes y las selvas, las lagunas y los ríos.

Pero, a la luz de la Buena Nueva, ellos descubrieron que todas aquellas maravillas de la creación no eran sino un pálido reflejo de su Autor y que la persona humana, por ser imagen y semejanza del Creador, es muy superior al mundo material y está llamada a un destino transcendente y eterno. Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del pecado, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y abriéndonos el camino hacia la vida que no tiene fin. El mensaje de Jesucristo les hizo ver que todos los hombres son hermanos porque tienen un Padre común: Dios. Y todos están llamados a formar parte de la única Iglesia que el Señor ha fundado con su sangre (cfr. Hch 20, 28).

A la luz de la revelación cristiana las virtudes ancestrales de vuestros antepasados como la hospitalidad, la solidaridad, el espíritu generoso, hallaron su plenitud en el gran mandamiento del amor, que ha de ser la suprema ley del cristiano. La persuasión de que el mal se identifica con la muerte y el bien con la vida les abrió el corazón a Jesús que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

Todo esto, que los Padres de la Iglesia llaman las “semillas del Verbo”, fue purificado, profundizado y completado por el mensaje cristiano, que proclama la fraternidad universal y defiende la justicia. Jesús llamó bienaventurados a los que tienen sed de justicia (cfr. Mt 5, 6). ¿Qué otro motivo sino la predicación de los ideales evangélicos movió a tantos misioneros a denunciar los atropellos cometidos contra los indios en la época de la conquista a la llegada de los conquistadores? Ahí están para demostrarlo la acción apostólica y los escritos de intrépidos evangelizadores españoles como Bartolomé de Las Casas, Fray Antonio de Montesinos, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel de Nóbrega y de tantos otros hombres y mujeres que dedicaron generosamente su vida a los nativos. La Iglesia, que con sus religiosos, sacerdotes y obispos ha estado siempre al lado de los indígenas, ¿cómo podría olvidar en este V Centenario los enormes sufrimientos infligidos a los pobladores de este Continente durante la época de la conquista y la colonización? Hay que reconocer con toda verdad los abusos cometidos debido a la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

3.     En esta conmemoración del V Centenario, deseo repetir cuanto os dije durante mi primer viaje pastoral a América Latina: “El Papa y la Iglesia están con vosotros y os aman: aman vuestras personas, vuestra cultura, vuestras tradiciones; admiran vuestro maravilloso pasado, os alientan en el presente y esperan tanto en el porvenir” (Discurso en Cuilapán, 29-I-1979, 5). Por eso, quiero también hacerme eco y portavoz de vuestros más profundos anhelos.

Sé que queréis ser respetados como personas y como ciudadanos. Por su parte, la Iglesia hace suya esta legítima aspiración, ya que vuestra dignidad no es menor que la de cualquier otra persona o raza. Todo hombre o mujer ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27). Y Jesús, que mostró siempre su predilección por los pobres y abandonados, nos dice que todo lo que hagamos o dejemos de hacer “a uno de estos mis hermanos menores”, a él se lo hacemos (cfr. Mt 25, 40). Nadie que se precie del nombre de cristiano puede despreciar o discriminar por motivos de raza o cultura. El apóstol Pablo nos amonesta al respecto: “Porque en un mismo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres” (1 Cor 12, 13).

La fe, queridos hermanos y hermanas, supera las diferencias entre los hombres. La fe y el bautismo dan vida a un nuevo pueblo: el pueblo de los hijos de Dios. Sin embargo, aun superando las diferencias, la fe no las destruye sino que las respeta. La unidad de todos nosotros en Cristo no significa, desde el punto de vista humano, uniformidad. Por el contrario, las comunidades eclesiales se sienten enriquecidas al acoger la múltiple diversidad y variedad de todos sus miembros.

4.     Por eso, la Iglesia alienta a los indígenas a que conserven y promuevan con legítimo orgullo la cultura de sus pueblos: las sanas tradiciones y costumbres, el idioma y los valores propios. Al defender vuestra identidad, no sólo ejercéis un derecho, sino que cumplís también el deber de transmitir vuestra cultura a las generaciones venideras, enriqueciendo de este modo a toda la sociedad. Esta dimensión cultural, con miras a la evangelización, será una de las prioridades de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se desarrolla en Santo Domingo y que he tenido el gozo de inaugurar como acto preeminente de mi viaje con ocasión del V Centenario.

La tutela y respeto de las culturas, valorando todo lo que de positivo hay en ellas, no significa, sin embargo, que la Iglesia renuncia a su misión de elevar las costumbres, rechazando todo aquello que se opone o contradice la moral evangélica. “La Iglesia –afirma el Documento de Puebla– tiene la misión de dar testimonio del "verdadero Dios y único Señor". Por lo cual, no puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar las falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre” (nn. 405-406).

Elemento central en las culturas indígenas es el apego y cercanía a la madre tierra. Amáis la tierra y queréis permanecer en contacto con la naturaleza. Uno mi voz a la de cuantos demandan la puesta en acto de estrategias y medios eficaces para proteger y conservar la naturaleza creada por Dios. El respeto debido al medio ambiente ha de ser siempre tutelado por encima de intereses exclusivamente económicos o de la abusiva explotación de recursos en tierras y mares.

5. (...)

Os aliento, pues, a un renovado empeño a ser también protagonistas de vuestra propia elevación espiritual y humana mediante el trabajo digno y constante, la fidelidad a vuestras mejores tradiciones, la práctica de las virtudes. Para ello contáis con los genuinos valores de vuestra cultura, acrisolada a lo largo de las generaciones que os han precedido en esta bendita tierra. Pero, sobre todo, contáis con la mayor riqueza que, por la gracia de Dios, habéis recibido: vuestra fe católica. Siguiendo las enseñanzas del Evangelio, lograréis que vuestros pueblos, fieles a sus legítimas tradiciones, progresen tanto en lo material como en lo espiritual. Iluminados por la fe en Jesucristo, veréis en los demás hombres, por encima de cualquier diferencia de raza o cultura, a hermanos vuestros. La fe agrandará vuestro corazón para que quepan en él todos vuestros conciudadanos. Y esa misma fe llevará a los demás a amaros, a respetar vuestra idiosincrasia y a unirse con vosotros en la construcción de un futuro en el que todos sean parte activa y responsable, como corresponde a la dignidad cristiana.

6.     Acerca del puesto que os corresponde en la Iglesia exhorto a todos a fomentar aquellas iniciativas pastorales que favorezcan una mayor integración y participación de las comunidades indígenas en la vida eclesial. Para ello, habrá que hacer un renovado esfuerzo en lo que se refiere a la inculturación del Evangelio, pues “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, ni totalmente pensada, ni fielmente vivida” (Discurso al mundo de la cultura, Lima 15-V-1988). Se trata, en definitiva, de conseguir que los católicos indígenas se conviertan en los protagonistas de su propia promoción y evangelización. Y ello, en todos los terrenos, incluidos los diversos ministerios. ¡Qué inmenso gozo el día en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos que hayan salido de vuestras propias familias y os guíen en la adoración a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23)! (...).

4.1.21 Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura (18-III-1994) [34]

El diálogo con los no creyentes y la inculturación de la fe

1. Con alegría os acojo esta mañana, miembros, consultores y colaboradores del Consejo pontificio para la cultura, reunidos bajo la presidencia del cardenal Paul Poupard durante esta primera asamblea plenaria del dicasterio, tal como quedó constituido después de la unión de los anteriores Consejos pontificios para el diálogo con los no creyentes y para la cultura, según el motu proprio Inde a pontificatus, del 25 de marzo de 1993.

Sabéis bien que, desde comienzos de mi pontificado, he insistido en la gran importancia de las relaciones entre la Iglesia y la cultura. En la carta de fundación del Consejo pontificio para la cultura, recordé que "una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida" (Carta del 20 de mayo de 1982: cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de junio de 1982, p. 19).

Una doble constatación se impone: la mayoría de los países de tradición cristiana tienen la experiencia de una grave ruptura entre el Evangelio y amplios sectores de la cultura, mientras que en las Iglesias jóvenes se plantea con agudeza el problema del encuentro del Evangelio con las culturas autóctonas. Esta situación indica ya la orientación de vuestra tarea: evangelizar las culturas e inculturar la fe. Permitidme explicitar ciertos puntos que me parecen particularmente importantes.

2. El fenómeno de la no-creencia, con sus consecuencias prácticas que son la secularización de la vida social y privada, la indiferencia religiosa o, incluso, el rechazo explícito de toda religión, sigue siendo uno de los temas prioritarios de vuestra reflexión y de vuestras preocupaciones pastorales: conviene buscar sus causas históricas, culturales, sociales e intelectuales y, al mismo tiempo, promover un diálogo respetuoso y abierto con los que no creen en Dios o no profesan ninguna religión; la organización de encuentros y de intercambios con ellos, como habéis hecho en el pasado, puede dar seguramente fruto.

3. La inculturación de la fe es la otra grande tarea de vuestro dicasterio. Los centros especializados de investigación podrían ayudar a su realización. Pero no hay que olvidarse de que "es un quehacer de todo el pueblo de Dios, no sólo de algunos expertos, porque se sabe que el pueblo refleja el auténtico sentido de la fe" (Redemptoris missio, 54). La Iglesia, mediante a un largo proceso de profundización, toma poco a poco conciencia de toda la riqueza del depósito de la fe a través de la vida del pueblo de Dios: en el proceso de la inculturación, se pasa de lo implícito vivido a lo explícito conocido. De manera análoga, la experiencia de los bautizados, que viven en el Espíritu Santo el misterio de Cristo, bajo la guía de sus pastores, los inducen a discernir progresivamente los elementos de las diversas culturas, compatibles con la fe católica y a renunciar a los otros. Esta lenta maduración requiere de mucha paciencia y sabiduría, una gran apertura de corazón, un sentido ya advertido por la Tradición y una gran audacia apostólica, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, de los Padres y de los Doctores de la Iglesia.

4. Al crear el Consejo pontificio para la cultura, he querido "dar a toda la Iglesia un impulso común en el encuentro, incesantemente renovado, del mensaje de salvación del Evangelio con la pluralidad de las culturas". Le confié también el mandato de "participar en las preocupaciones culturales que los dicasterios de la Santa Sede encuentran en su trabajo, de modo que se facilite la coordinación de sus tareas para la evangelización de las culturas, y se asegure la cooperación de las instituciones culturales de la Santa Sede" (Carta del 20 de mayo de 1982). En esta perspectiva, os he encomendado la misión de seguir y coordinar la actividad de las Academias pontificias, de acuerdo con sus objetivos propios y sus estatutos, y mantener contactos regulares con la Comisión pontificia para los bienes culturales de la Iglesia, "a fin de asegurar una sintonía de finalidades y una fecunda colaboración recíproca" (Motu proprio Inde a pontificatus, 25 de marzo de 1993; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de mayo de 1993, p. 5).

8. "El cristianismo es creador de cultura en su mismo fundamento", (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980). En el mundo cristiano, una cultura realmente prestigiosa se ha extendido a lo largo de los siglos, tanto en el campo de las letras y de la filosofía, como en el de las ciencias y de las artes. El sentido mismo de la belleza en la antigua Europa es ampliamente tributario de la cultura cristiana de sus pueblos, y su paisaje ha sido modelado a su imagen. El centro en torno al cual se ha construido esta cultura es el corazón de nuestra fe: el misterio eucarístico. Las catedrales al igual que las humildes iglesias de los campos, la música religiosa como la arquitectura, la escultura y la pintura, irradian el misterio del verum Corpus, natum de Maria Virgine, hacia el cual todo converge en un movimiento de admiración. Por lo que concierne a la música, recordaré con mucho gusto, éste año a Giovanni Pierluigi da Palestrina, con ocasión del cuarto centenario de su muerte. Parecería que en su arte, después de un período de confusión, la Iglesia vuelve a encontrar una voz pacifica por la contemplación del misterio eucarístico, como una serena respiración del alma que se sabe amada de Dios.

La cultura cristiana refleja admirablemente la relación del hombre con Dios, renovada en la Redención. Ella abre a la contemplación del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Esta cultura se halla vivificada por el amor que Cristo derrama en los corazones (cf. Rm 5, 5), y por la experiencia de los discípulos llamados a imitar a su Maestro. De tales fuentes han nacido una conciencia intensa del sentido de la existencia, una gran fuerza de carácter alegre en el corazón de las familias cristianas y una fina sensibilidad, antes desconocida. La gracia despierta, libera, purifica, ordena y dilata las potencias creativas del hombre. Y, si invita a la ascesis y a la renuncia, es para liberar el corazón, libertad eminentemente favorable tanto para la creación artística como para el pensamiento y la acción fundados en la verdad.

9. Así, en esta cultura, el influjo ejercido por los santos y las santas es determinante: por la luz que irradian, por su libertad interior y por la fuerza de su personalidad, marcan el pensamiento y la expresión artística de períodos enteros de nuestra historia. Basta recordar aquí a san Francisco de Asís: tenía un temperamento de poeta, algo que testimonian ampliamente sus palabras, sus actitudes y su sentido innato del gesto simbólico. Aunque se situó bien lejos de toda preocupación literaria, no es menos creador de una nueva cultura, en el campo del pensamiento y la expresión artística. San Buenaventura y Giotto no se habrían realizado sin él.

Es decir, queridos amigos, allí reside la verdadera exigencia de la cultura cristiana. Esta maravillosa creación del hombre sólo puede surgir de la contemplación del misterio de Cristo y de la escucha de su palabra, puesta en práctica con una total sinceridad y con un compromiso sin reservas, a ejemplo de la Virgen María. La fe libera el pensamiento y abre nuevos horizontes al lenguaje del arte poético y literario, a la filosofía y a la teología, así como a otras formas de creación propias del genio humano.

Es en la expansión y en la promoción de esta cultura que: unos son llamados mediante el diálogo con los no-creyentes: otros mediante la búsqueda de nuevas expresiones del ser cristiano, todos mediante una irradiación cultural más vigorosa de la Iglesia en este mundo en búsqueda de la belleza y de la verdad, de unidad y de amor.

Para cumplir vuestra tarea, así bella, así noble y así necesaria, os acompañe mi bendición apostólica, con mi afectuosa gratitud.

 

4.1.22 Carta al prefecto de la Congregación del clero por la actualización del Directorio general de Catequesis (21-IX-1994) [35]

Con ocasión de los trabajos de esta IX sesión plenaria del Consejo internacional para la catequesis el Santo Padre hizo llegar a los participantes la siguiente carta, fechada el 21 de septiembre y dirigida al cardenal José T. Sánchez, prefecto de la Congregación para el clero:

(...) con respecto a los problemas más serios que la catequesis de los próximos años deberá afrontar necesariamente. Entre éstos, la inculturación tiene seguramente gran importancia en la situación del mundo actual. En efecto, la pluralidad de las culturas se acentúa cada vez más, incluso en las regiones de antigua tradición cristiana. Con mayor razón, constituye un desafío en los continentes en los que es más reciente el anuncio del cristianismo, como puso de relieve la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos que acaba de celebrarse.

3. La misión de la Iglesia de anunciar la palabra de Dios "a todas las gentes" (Mt 28, 19) exige por su misma naturaleza un esfuerzo continuo de traducción de dicha palabra, para hacerla accesible a todos sus destinatarios, de modo que, acogida en el pensamiento y en la vida, pueda transformarse en levadura de todas las culturas, creando praxis, costumbres e instituciones inspiradas por la fe cristiana.

Así, la inculturación se presenta como una de las tareas más necesarias y vitales de la evangelización y de la catequesis, pero también como una de las más difíciles y delicadas. Compromete a la Iglesia a realizar un esfuerzo continuo de discernimiento, que se ha de realizar obedeciendo a la palabra de Dios y prestando cordial atención al hombre, bajo la guía del Espíritu Santo.

El modelo de esa tarea es la misma encarnación del Verbo da Dios, acontecimiento histórico-salvífico en el que se funda la fe cristiana. En Cristo, el Verbo se hizo carne (cfr. Jn 1, 14), asumiendo todo lo que es propio del hombre, excepto el pecado (cfr. Hb 4, 15). El anuncio de Cristo a los hombres no puede menos de seguir la misma dinámica, proponiendo el mensaje revelado de modo que toda cultura pueda sentirlo verdaderamente como es, valioso, enriquecedor y actual en todos los tiempos y todas las generaciones.

4. Así pues, corresponde a una teología auténtica de la encarnación indicar las coordenadas de la inculturación, señalando sus límites, más allá de los cuales el espejismo de traducir significaría traicionar.

El anuncio de la Encarnación como hecho histórico único e irrepetible es la piedra angular de todo proceso de inculturación de la fe. El Hijo de Dios se encarnó, una vez y para siempre, en un lugar determinado y en un tiempo determinado. Toda cultura que se abre a Cristo no puede menos de establecer un vínculo permanente con la historia concreta da la Encarnación, con la palabra bíblica que nos la revela, con la tradición eclesial que nos la transmite y con los signos sacramentales en los que sigue actuando.

Además, la Encarnación está en conexión íntima con el misterio pascual de la muerte y resurrección. La aceptación de ese acontecimiento supone la toma de conciencia del pecado, que marca la historia humana y que le hace sentir radicalmente la necesidad de redención. Cuando se anuncia a Cristo no se puede olvidar nunca, por un irenismo equívoco, que existe el mysterium iniquitatis, que ha turbado profundamente la bondad originaria de la creación. La "buena semilla" y la "cizaña" crecen juntas (cfr. Mt 13, 39), tanto en el corazón del hombre como en las culturas y en la sociedad. Por consiguiente, no todo puede conciliarse con el mensaje cristiano. Muchas cosas pueden valorizarse, otras hay que rechazarlas, y todas tienen que purificarse y mejorarse.

 

4.1.23 Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa (14-IX-1995)[36]

Urgencia y necesidad de la inculturación

59. Los Padres sinodales han señalado en varias ocasiones la importancia particular que para la evangelización tiene la inculturación, es decir, el proceso mediante el cual «la catequesis "se encarna" en las diferentes culturas» (cfr. Propositio 6). La inculturación comprende una doble dimensión: por una parte, «una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo» y, por otra, «la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas» (CT 53). El Sínodo considera la inculturación como una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares para que el Evangelio arraigue realmente en África (cfr. Propositio 29); «una exigencia de la evangelización» (Propositio 30); «un camino hacia una plena evangelización» (Propositio 30); uno de los desafíos mayores para la Iglesia en el continente a las puertas del tercer milenio (cfr. Propositio 33).

Fundamentos teológicos

60. «Pero, al llegar la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4), el Verbo, segunda Persona de la Santísima Trinidad, Hijo único de Dios, «se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre» (Símbolo Nicenoconstantinopolitano, DS 150). Es el misterio sublime de la Encarnación del Verbo, misterio que tuvo lugar en la historia: en circunstancias de tiempo y espacio bien definidas, en medio de un pueblo con una cultura propia, que Dios había elegido y acompañado a lo largo de toda la historia de salvación con el fin de mostrar, mediante cuanto obraba en él, lo que quería hacer por todo el género humano.

Demostración evidente del amor de Dios hacia los hombres (cfr. Rm 5, 8), Jesucristo, con su vida, con la Buena Nueva anunciada a los pobres, con su pasión, muerte y gloriosa resurrección, llevó a cabo la remisión de nuestros pecados y nuestra reconciliación con Dios, su Padre y, gracias a Él, nuestro Padre. La Palabra que la Iglesia anuncia es precisamente el Verbo de Dios hecho hombre, Él mismo sujeto y objeto de esta Palabra. La Buena Nueva es Jesucristo.

Como «la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14), así la Buena Nueva, la palabra de Jesucristo anunciada a las naciones, debe penetrar en el ambiente de vida de sus oyentes. La inculturación es precisamente esta penetración del mensaje evangélico en las culturas (cfr. CT 53). En efecto, la Encarnación del Hijo de Dios, por ser total y concreta, fue también encarnación en una cultura específica (cfr. Discurso en la Universidad de Coimbra, 15-V-82, IGP2 V/2 (1982) 1695).

61. Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la “lógica” propia del misterio de la Redención. En efecto, la Encarnación del Verbo no constituye un momento aislado sino que tiende hacia «la Hora» de Jesús y el misterio pascual: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Este anonadamiento de sí mismo, esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de Jesús y de cada uno de sus discípulos (cfr. Flp 2, 6-9), es iluminador para el encuentro de las culturas con Cristo y su Evangelio. «Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del Evangelio a la luz del misterio pascual» (Propositio 28).

Es mirando al misterio de la Encarnación y de la Redención como se debe hacer el discernimiento de los valores y de los antivalores de las culturas. Como el Verbo de Dios se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, así la inculturación de la Buena Nueva asume todos los valores humanos auténticos purificándolos del pecado y restituyéndolos a su pleno significado.

La inculturación tiene también profundos vínculos con el misterio de Pentecostés; gracias a la efusión y acción del Espíritu, que unifica dones y talentos, todos los pueblos de la tierra, al entrar en la Iglesia, viven un nuevo Pentecostés, profesan en su propia lengua la única fe en Jesucristo y proclaman las maravillas que el Señor ha realizado en ellos. El Espíritu, que en el plano natural es la fuente originaria de la sabiduría de los pueblos, guía con una luz sobrenatural a la Iglesia hacia el conocimiento de toda la Verdad. A su vez la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace «sponsa ornata monilibus suis», «la novia que se adorna con sus aderezos» (cfr. Is 61, 10).

Criterios y ámbitos de la inculturación

62. Es una tarea difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia al Evangelio y a la Tradición apostólica en la evolución constante de las culturas. Por ello los Padres sinodales observaron: «Ante los rápidos cambios culturales, sociales, económicos y políticos, nuestras Iglesias locales deben trabajar en un proceso de inculturación siempre renovado, respetando los dos criterios siguientes: la compatibilidad con el mensaje cristiano y la comunión con la Iglesia universal (...). En todo caso se tratará de evitar cualquier sincretismo» (Propositio 31).

«Como camino hacia una plena evangelización, la inculturación trata de preparar al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su propio ser personal, cultural, económico y político, para la plena adhesión a Dios Padre y para llevar una vida santa mediante la acción del Espíritu Santo» (Propositio 32).

Al dar gracias a Dios por los frutos que los esfuerzos de la inculturación han dado ya en la vida de las Iglesias del continente, particularmente en las antiguas Iglesias orientales de África, el Sínodo ha recomendado «a los Obispos y a las Conferencias Episcopales que tengan en cuenta que la inculturación engloba todos los ámbitos de la vida de la Iglesia y de la evangelización: teología, liturgia, vida y estructura de la Iglesia. Todo esto muestra la necesidad de una búsqueda en el ámbito de las culturas africanas en toda su complejidad». Precisamente por eso el Sínodo ha invitado a los Pastores «a aprovechar al máximo las múltiples posibilidades que la disciplina actual de la Iglesia establece ya al respecto» (Ibid.).

Inculturar la fe

78. Con la profunda convicción de que «la síntesis entre cultura y fe no es solamente una exigencia de la cultura, sino también de la fe», porque «una fe que no se hace cultura es una fe no acogida plenamente, no enteramente pensada, no fielmente vivida» (Discurso a los participantes en el Congreso nacional del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural, 16-I-1982, 2: IGP2 V/1 (1982) 131), la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos ha considerado la inculturación una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares en África: sólo así el Evangelio podrá tener sólidas raíces en las comunidades cristianas del continente. Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II (cfr. AG 22), los Padres sinodales han interpretado la inculturación como un proceso que comprende toda la vida cristiana —teología, liturgia, costumbres, estructuras—, sin cercenar obviamente el derecho divino y la gran disciplina de la Iglesia, enriquecida durante los siglos por extraordinarios frutos de virtud y de heroísmo (cfr. Propositio 32, SC 37-40).

El desafío de la inculturación en África es hacer que los discípulos de Cristo puedan asimilar cada vez mejor el mensaje evangélico, permaneciendo fieles a todos los valores africanos auténticos. Inculturar la fe en todos los sectores de la vida cristiana y humana se presenta, pues, como una tarea ardua, que para su realización exige la asistencia del Espíritu del Señor, que conduce a la Iglesia a la verdad plena (cfr. Jn 16, 13).

 

4.1.24 Exhortación apostólica Vita consecrata (25-III-1996) [37]

Anuncio de Cristo e inculturación

79. El anuncio de Cristo tiene la prioridad permanente en la misión de la Iglesia y tiende a la conversión, esto es, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio. Forman parte también de la actividad misionera el proceso de inculturación y el diálogo interreligioso. El reto de la inculturación ha de ser asumido por las personas consagradas como una llamada a colaborar con la gracia para lograr un acercamiento a las diversas culturas. Esto supone una seria preparación personal, dotes de maduro discernimiento, adhesión fiel a los indispensables criterios de ortodoxia doctrinal, de autenticidad y de comunión eclesial. Apoyados en el carisma de los fundadores y fundadoras, muchas personas consagradas han sabido acercarse a las diversas culturas con la actitud de Jesús que «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo» (Flp 2, 7) y, con un esfuerzo audaz y paciente de diálogo, han establecido provechosos contactos con las gentes más diversas, anunciando a todos el camino de la salvación. Cuántas de ellas saben buscar y son capaces de encontrar en la historia de las personas y de los pueblos huellas de la presencia de Dios, que guía a la humanidad entera hacia el discernimiento de los signos de su voluntad redentora. Tal búsqueda es ventajosa para las mismas personas consagradas: en efecto, los valores descubiertos en las diversas civilizaciones pueden animarlas a incrementar su compromiso de contemplación y de oración, a practicar más intensamente el compartir comunitario y la hospitalidad, a cultivar con mayor diligencia el interés por la persona y el respeto por la naturaleza. Para una auténtica inculturación es necesaria una actitud parecida a la del Señor, cuando se encarnó y vino con amor y humildad entre nosotros. En este sentido la vida consagrada prepara a las personas para hacer frente a la compleja y ardua tarea de la inculturación, porque las habitúa al desprendimiento de las cosas, incluidos muchos aspectos de la propia cultura. Aplicándose con estas actitudes al estudio y a la comprensión de las culturas, los consagrados pueden discernir mejor en ellas los valores auténticos y el modo en que pueden ser acogidos y perfeccionados, con ayuda del propio carisma. De todos modos, no se ha de olvidar que en muchas culturas antiguas la expresión religiosa está de tal modo integrada en ellas, que la religión representa frecuentemente la dimensión trascendente de la cultura misma. En este caso, una verdadera inculturación comporta necesariamente un serio y abierto diálogo interreligioso, que «no está en contraposición con la misión ad gentes: y que no dispensa de la evangelización».

Inculturación de la vida consagrada

80. La vida consagrada, por su parte, es de por sí portadora de valores evangélicos y, consiguientemente, allí donde es vivida con autenticidad, puede ofrecer una aportación original a los retos de la inculturación. En efecto, siendo un signo de la primacía de Dios y del Reino, la vida consagrada es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar la conciencia de los hombres. Si la vida consagrada mantiene su propia fuerza profética se convierte, en el entramado de una cultura, en fermento evangélico capaz de purificarla y hacerla evolucionar. Lo demuestra la historia de tantos santos y santas que, en épocas diversas, han sabido vivir en el propio tiempo sin dejarse dominar por él, señalando nuevos caminos a su generación. El estilo de vida evangélico es una fuente importante para proponer un nuevo modelo cultural. Cuántos fundadores y fundadoras, al percatarse de ciertas exigencias de su tiempo, han sabido dar una respuesta que, aun con las limitaciones que ellos mismos han reconocido, se ha convertido en una propuesta cultural innovadora. Las comunidades de los Institutos religiosos y de las Sociedades de vida apostólica pueden plantear perspectivas culturales concretas y significativas cuando testimonian el modo evangélico de vivir la acogida recíproca en la diversidad y del ejercicio de la autoridad, la común participación en los bienes materiales y espirituales, la internacionalidad, la colaboración intercongregacional y la escucha de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue a Cristo más de cerca da origen, en efecto, a una auténtica cultura de referencia, pone al descubierto lo que hay de inhumano, y testimonia que sólo Dios da fuerza y plenitud a