3. Pablo VI

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3.1 Encíclica Ecclesiam suam
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3.1 Encíclica Ecclesiam suam (6-VIII-1964) nn. 15, 27-28, 33

Perfectibilidad de los cristianos

15. Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se halla estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia desarrolla su vida. Ella no puede permanecer inmóvil e indiferente ante los cambios del mundo que la rodea. De mil maneras éste influye y condiciona la conducta práctica de la Iglesia. Ella, como todos saben, no está separada del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, asimilan sus costumbres. Este inmanente contacto de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una continua situación problemática, hoy laboriosísima. Por una parte, la vida cristiana, tal como la Iglesia la defiende y promueve, debe continuar y valerosamente evitar todo cuanto pueda engañarla, profanarla, sofocarla, como para inmunizarse contra el contagio del error y del mal; por otra, no sólo debe adaptarse a los modos de concebir y de vivir que el ambiente temporal le ofrece y le impone, en cuanto sean compatibles con las exigencias esenciales de su programa religioso y moral, sino que debe procurar acercarse a él, purificarlo, ennoblecerlo, vivificarlo y santificarlo; tarea ésta, que impone a la Iglesia un perenne examen de vigilancia moral y que nuestro tiempo reclama con particular apremio y con singular gravedad.

El "Diálogo"

27. La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio. Este aspecto capital de la vida actual de la Iglesia será objeto de un estudio particular y amplio por parte del Concilio Ecuménico, como es sabido, y Nos no queremos entrar al examen concreto de los temas propuestos a tal estudio, para así dejar a los Padres del Concilio la misión de tratarlos libremente. Nos queremos tan sólo, Venerables Hermanos, invitaros a anteponer a este estudio algunas consideraciones para que sean más claros los motivos que mueven a la Iglesia al diálogo, más claros los métodos que se deben seguir y más claros los objetivos que se han de alcanzar. Queremos preparar los ánimos, no tratar las cuestiones.

Y no podemos hacerlo de otro modo, convencidos de que el diálogo debe caracterizar nuestro oficio apostólico, como herederos que somos de una estilo, de una norma pastoral que nos ha sido transmitida por nuestros Predecesores del siglo pasado, comenzando por el grande y sabio León XIII, que casi personifica la figura evangélica del escriba prudente, que como un padre de familia saca de su tesoro cosas antiguas y nuevas (Mt 13, 32), emprendía majestuosamente el ejercicio del magisterio católico haciendo objeto de su riquísima enseñanza los problemas de nuestro tiempo considerados a la luz de la palabra de Cristo. Y del mismo modo sus sucesores, como sabéis. ¿No nos han dejado nuestros Predecesores, especialmente los papas Pío XI y Pío XII, un magnífico y muy rico patrimonio de doctrina, concebida en el amoroso y sabio intento de aunar el pensamiento divino con el pensamiento humano, no abstractamente considerado, sino concretamente formulado con el lenguaje del hombre moderno? Y este intento apostólico, ¿qué es sino un diálogo? Y ¿no dio Juan XXIII, nuestro inmediato Predecesor, de venerable memoria, un acento aun más marcado a su enseñanza en el sentido de acercarla lo más posible a la experiencia y a la compresión del mundo contemporáneo? ¿No se ha querido dar al mismo Concilio, y con toda razón, un fin pastoral, dirigido totalmente a la inserción del mensaje cristiano en la corriente de pensamiento, de palabra, de cultura, de costumbres, de tendencias de la humanidad, tal como hoy vive y se agita sobre la faz de la tierra? Antes de convertirlo, más aún, para convertirlo, el mundo necesita que nos acerquemos a él y que le hablemos.

En lo que toca a nuestra humilde persona, aunque no nos gusta hablar de ella y deseosos de no llamar la atención, no podemos, sin embargo, en esta intención de presentarnos al Colegio episcopal y al pueblo cristiano, pasar por alto nuestro propósito de perseverar —cuanto lo permitan nuestras débiles fuerzas y sobre todo la divina gracia nos dé modo de llevarlo a cabo— en la misma línea, en el mismo esfuerzo por acercarnos al mundo, en el que la Providencia nos ha destinado a vivir, con todo respeto, con toda solicitud, con todo amor, para comprenderlo, para ofrecerle los dones de verdad y de gracia, cuyos depositarios nos ha hecho Cristo, a fin de comunicarle nuestra maravillosa herencia de redención y de esperanza. Profundamente grabadas tenemos en nuestro espíritu las palabras de Cristo que, humilde pero tenazmente, quisiéramos apropiarnos: No... envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17).

La Religión, diálogo entre Dios y el Hombre

28. He aquí, Venerables Hermanos, el origen trascendente del diálogo. Este origen está en la intención misma de Dios. La religión, por su naturaleza, es una relación entre Dios y el hombre. La oración expresa con diálogo esta relación. La revelación, es decir, la relación sobrenatural instaurada con la humanidad por iniciativa de Dios mismo, puede ser representada en un diálogo en el cual el Verbo de Dios se expresa en la Encarnación y, por lo tanto, en el Evangelio. El coloquio paterno y santo, interrumpido entre Dios y el hombre a causa del pecado original, ha sido maravillosamente reanudado en el curso de la historia. La historia de la salvación narra precisamente este largo y variado diálogo que nace de Dios y teje con el hombre una admirable y múltiple conversación. Es en esta conversación de Cristo entre los hombres (cfr. Bar 3, 38) donde Dios da a entender algo de Sí mismo, el misterio de su vida, unicísima en la esencia, trinitaria en las Personas, donde dice, en definitiva, cómo quiere ser conocido: Él es Amor; y cómo quiere ser honrado y servido por nosotros: amor es nuestro mandamiento supremo. El diálogo se hace pleno y confiado; el niño es invitado a él y de él se sacia el místico.

¿Cómo atraer a los hermanos, salva la integridad de la verdad?

33. ¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: “Me hago todo para todos, a fin de salvar a todos?” (1 Cor 9, 22).

Desde fuera no se salva al mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir —sin que medie distancia de privilegios o diafragma de lenguaje incomprensible— las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas, sobre todo las de los más pequeños, si queremos ser escuchados y comprendidos. Hace falta, aun antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y, donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio. Hemos de recordar todo esto y esforzarnos por practicarlo según el ejemplo y el precepto que Cristo nos dejó (cfr. Jn 13, 14-17).

Fuente: AAS 56 (1964) 626-628, 637-642, 646-647.

3.2 Mensaje Africae terrarum
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3.2 Mensaje Africæ terrarum (29-X-67)

[…]

3. Al enviar nuestro saludo a África no podemos menas de traer a la mente sus antiguas glorias cristianas. Pensamos en las Iglesias cristianas de África, cuyo origen se remonta a los tiempos apostólicos y está ligado, según la tradición, al nombre y predicación del evangelista Marcos. Pensamos en la pléyade innumerable de santos, mártires, con­fesores y vírgenes que pertenecen a ellas. En realidad, desde el siglo II al siglo IV la vida cristiana en las regiones septen­trionales de África fue intensísima e iba en vanguardia tanto en el estudio teológico cuanto en la expresión literaria.

Nos vienen a la memoria los nombres de los grandes doc­tores y escritores, como Orígenes, San Atanasio, San Cirilo, lumbreras de la escuela alejandrina, y sobre la otra orilla del lado mediterráneo africano, Tertuliano, San Cipriano, y sobre todo San Agustín, una de las luces más fulgentes de la cris­tiandad. Recordemos los grandes santos del desierto, Pablo, Antonio, Pacomio, primeros fundadores del monaquismo, di­fundido después, siguiendo su ejemplo, en Oriente y Occiden­te. Y, entre tantos otros, no queremos dejar de nombrar a San Frumencio, llamado Abba Salama, que, consagrado obis­po por San Atanasio, fue el apóstol de Etiopía.

Estos luminosos ejemplos, como también las figuras de los santos Papas Áfricanos Víctor I, Melquiades y Gelasio I, per­tenecen al patrimonio común de la Iglesia; y los escritos de los autores cristianos de África son todavía hoy fundamen­tales para profundizar, a la luz de la Palabra de Dios, en la historia de la salvación.

[…]

Valores tradicionales africanos.

7. Nos ha alegrado siempre el florecimiento de los estudios sobre África, y vemos con satisfacción que se difunde el co­nocimiento de su historia y de sus tradiciones. Lo cual, si se hace de un modo honesto y objetivo, no puede menos de lle­var a una valoración más exacta del pasado y del presente de África.

De esta manera la más reciente historia étnica de los pue­blos de África, aun careciendo de documentos escritos, se presenta muy compleja, rica, como quiera que sea, de indi­vidualidad propia y de experiencias espirituales y sociales, en torno a las cuales prosiguen con provecho el análisis y el estudio profundo de los especialistas. Muchas costumbres y ritos, considerados antaño solamente como extraños, se re­velan hoy, a la luz de los conocimientos etnológicos, como elementos integrantes de particulares sistemas sociales, dig­nos de estudio y de respeto.

        A este propósito nos parece oportuno detenernos en algu­nos conceptos generales, característicos de las antiguas cul­turas africanas, porque su valor moral y religioso se nos pre­senta como merecedor de atenta consideración.

        8. Fundamento constante y general de la tradición africana es la visión espiritual de la vida. No se trata simple­mente de la concepción que se dice «animística», en el sen­tido que se viene dando a este término en la historia de las religiones hasta finales del siglo pasado. Se trata más bien de una concepción más profunda, más vasta y universal, se­gún la cual todos los seres y la misma naturaleza visible se consideran ligadas al mundo de lo invisible y del espíritu. El hombre, en particular, jamás es concebido sólo como mate­ria, limitado a la vida terrena, sino que se reconoce en él la presencia y la eficacia de otro elemento espiritual por él que la vida humana está siempre puesta en relación con la vida del más allá.

        De esta concepción espiritual, elemento común importan­tísimo, es la idea de Dios, como causa primera y última de todas las cosas. Este concepto, percibido más que analizado, vivido más que pensado, se expresa de modos muy diversos en unas y otras culturas. En realidad, la presencia de Dios penetra la vida africana, como la presencia de un ser supe­rior, personal y misterioso.

        A El se recurre en los momentos solemnes y más críticos de la vida, cuando la intercesión de cualquier otro interme­diario se considera inútil. Casi siempre, dejado a ¡in lado el temor de su omnipotencia, se invoca a Dios como a Padre. Las oraciones que a El se dirigen, ya individuales, ya colec­tivas, son espontáneas y a veces conmovedoras, mientras que entre las formas de sacrificio surge por pureza de significado el sacrificio de las primicias.

        9. Otra característica común de la tradición africana es el respeto a la dignidad humana. Es verdad que hubo aberraciones y aun ritos que parecen estar en estridente contraste con el respeto debido a la per­sona humana; mas se trata de aberraciones soportadas por los mismos protagonistas, las que, gracias a Dios, como ha sucedido con la esclavitud, han desaparecido por completo o están para desaparecer.

        El respeto del hombre se realza en las formas, aun cuando no sistemáticamente, de la educación familiar tradicional, en las iniciaciones sociales y en la participación de la vida social y política, según la ordenación tradicional propia de cada pueblo.

        10. El elemento propio de la tradición africana es también el sentido de la familia. En este aspecto nos urge poner de relieve el valor moral y aun religioso del cariño a la fami­lia, demostrado también por el vínculo con los antepasados, que encuentra expresión en tantas y tan difusas manifestacio­nes de culto.

        Para los africanos la familia viene a ser el ambiente natu­ral en el que el hombre nace y obra, encuentra la necesaria protección y seguridad y tiene, en fin, su continuidad más allá de la vida terrena por medio de la unión con los ante­pasados.

        11. En el ámbito familiar, es de notar también el respeto de la función y de la autoridad del padre de familia, cuyo reconocimiento, aun cuando no se da en todas partes en la misma medida, está tan extraordinariamente difundido y arrai­gado que ha de considerarse justamente como un signo carac­terístico de la tradición africana en general.

        La «patria potestas» es también profundamente respetada en las sociedades africanas gobernadas por el matriarcado, donde, aun estando reglamentadas en el ámbito de la casa materna la propiedad de los bienes y la condición social de los hijos, permanece todavía intacta la autoridad moral del padre en la organización doméstica.

        Del mismo concepto viene también el hecho de que en al­gunas culturas africanas al padre de familia se le atribuye una función típicamente sacerdotal, por la que obra como me­diador no sólo entre los antepasados y su familia, más tam­bién entre Dios y su familia, cumpliendo los actos de culto establecidos por la costumbre.

        12. Cuanto a la vida comunitaria -que en la tradición africana era casi la extensión de la familia misma-, nota­mos que la participación en la vida de la comunidad, sea en el ámbito de la parentela, sea en el ámbito de la vida pú­blica, se considera como un preciso deber y un derecho de todos, Mas al ejercicio de este derecho se llega sólo después de la preparación madura a través de una serie de iniciacio­nes que tienen por fin formar el carácter de los jóvenes can­didatos y de instruirlos en las tradiciones y en las normas consuetudinarias de la sociedad.

         13. África hoy se encuentra empujada por el progreso, que la mueve hacia las nuevas formas de vida abiertas por la ciencia y por la técnica. Todo esto no está en contradicción con los valores esenciales de la tradición moral y religiosa del pasado, que hemos descrito sucintamente más arriba, ya que pertenecen de algún modo a la ley natural, escrita en el corazón de cada hombre, por la que se rige la ordenada con­vivencia de los hombres de todos los tiempos.

        Por esta razón es justo respetar su herencia, como un patrimonio espiritual del pasado, y asimismo es justo renovar su significado y expresión. Sin embargo, frente a la civiliza­ción moderna es necesario, a veces, «saber hacer una selec­ción; discernir y eliminar los falsos bienes que traerían con­sigo un descenso de nivel de vida en el ideal humano, acep­tando los valores sanos y benéficos para desarrollarlos jun­tamente con los suyos y según su carácter propio» (Carta encíclica «Populorum progressio», núm. 41; A. A. S. 59, 1967, página 278). Las nuevas formas de vida brotarán así de cuanto hay de bueno en lo antiguo y en lo nuevo, y se presentarán a las genera­ciones como un patrimonio válido y actual.

        14. La Iglesia considera con mucho respeto los valores morales y religiosos de la tradición africana no sólo por su significado, sino también porque ve en ellos la base providen­cial sobre qué transmitir el mensaje evangélico y emprender la construcción de la nueva sociedad en Cristo, como Nos mis­mo lo hicimos notar con ocasión de la canonización de los mártires de Uganda, primeras flores de santidad cristiana de la nueva África que brotaron del tronco más vivo de !a an­tigua tradición (Cf. Homilía tenida el 18 de octubre de 1964: A. A. S. 56, 1964, pagina 907 y sigs).

        La enseñanza de Jesucristo y su redención constituyen, en efecto, el cumplimiento, la renovación y el perfeccionamien­to de todo lo que existe de bueno en la tradición humana. He aquí por qué cuando el africano se hace cristiano no re­niega de sí mismo, sino que toma de nuevo los antiguos va­lores de la tradición «en espíritu y en verdad» (Jn., 4, 24).

[…]

 

A los obispos, a los sacerdotes y a los religiosos.

        23. Y, ante todo, nos dirigimos a vosotros, venerables her­manos, y a vuestros colaboradores directos, sacerdotes, reli­giosos y religiosas, auxiliares laicos y laicas. A vosotros se os ha confiado «el servicio de la comunidad para presidir, en nombre de Dios, la grey, de la que sois pastores, como maes­tros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado, ministros del gobierno de la Iglesia» (19). A vosotros, por tanto, corres­ponde hacer vivo y eficaz el encuentro del cristianismo con la antigua tradición africana.

        En realidad, el progreso de la Iglesia en África es verda­deramente consolador. Casi en todas partes está establecida la jerarquía local. La Iglesia, en efecto, no ha esperado los movimientos nacionalistas para poner a los africanos en pues­tos de responsabilidad en el sacerdocio o en el episcopado, gracias a las sabias normas dadas por los romanos Pontífi­ces, especialmente por nuestros inmediatos predecesores.

        Debemos reconocer con profunda gratitud que los prime­ros misioneros han trabajado bien esparciendo la semilla del reino de Dios. Y se debe reconocer que el suelo africano ha sido propicio para que germinase y fructificase.

        24. A veces se atribuye a los misioneros del pasado una cierta incomprensión del valor positivo de las costumbres y de las tradiciones antiguas. Sobre este particular se debe acep­tar honradamente que los misioneros, aunque guiados e ins­pirados de su heroica y generosa labor por principios supe­riores, no podían estar completamente inmunes a la menta­lidad de su tiempo. Pero si a ellos, en el pasado, no les fue siempre posible entender a fondo el significado de las cos­tumbres y de la historia no escrita de las poblaciones evan­gelizadas por ellos, precisamente a muchos de ellos se debe la primera enseñanza escolar, la primera asistencia sanitaria, la primera defensa de los derechos personales, y el principio y penetración de conocimientos que hoy se consideran como pertenecientes a la cultura común. Muchos también se han distinguido por sus contribuciones originales e importantes a las ciencias antropológicas. Mas es necesario reconocer, so­bre todo, que la acción de los misioneros fue siempre desin­teresada y vivificada por la caridad evangélica, habiéndose ellos prodigado generosamente ayudando a los africanos a re­solver los complejos problemas humanos y sociales de sus países.

        El único verdadero motivo de la presencia de los misione­ros en África, como ya lo hemos dicho, fue el deseo de hacer partícipes a los africanos del mensaje de paz y redención con­fiado a la Iglesia por su Divino Fundador. Por amor de El dejaron ellos la patria y la familia, y muchísimos sacrificaron la vida por el bien de África.

        De sus fatigas, de sus aspiraciones, vosotros, venerables her­manos, sois los continuadores valerosos, conscientes y agra­decidos.

[…]

A los intelectuales.

        31. Hoy más que nunca la fuerza de propulsión de la nue­va África viene de sus propios hijos, sobre todo de los que -formando ya una pléyade en continuo aumento- ocupan las cátedras de las escuelas y en las Universidades o que parti­cipan activamente en los movimientos culturales que expresan el alma y la personalidad moderna de África.

        Como ya hizo nuestro venerado predecesor Juan XXIII en una memorable audiencia el 1 de abril de 1959 (Cf. A. A. S. 51, 1959, págs. 259-260), desea­mos enviar nuestro saludo y augurio a los representantes del arte y del pensamiento, invitándoles a continuar en la bús­queda, sin descanso, de la verdad (Mendaje a los hombres del pensamiento y de la ciencia, 8 de diciembre de 1965; A. A. S. 58, 1966, pág. 12).

         32. África tiene necesidad de vosotros, de vuestro estudio, de vuestra investigación, de vuestro arte, de vuestro magiste­rio; no sólo para que se aprecie su pasado, sino para que su nueva cultura madure en la cepa antigua y se actúe en la búsqueda fecunda de la verdad.

        Ante la evolución industrial y técnica que ha penetrado en vuestro continente, vuestro es el deber particular de mante­ner vivos los valores del espíritu y de la inteligencia.

        Vosotros representáis el prisma a través del cual las con­cepciones nuevas y las transformaciones culturales pueden ser interpretadas y aplicadas a todos. Sed, pues, honrados, sin­ceros y leales.

        Mucho espera la Iglesia de vuestra cooperación para la re­novación y valorización de las culturas africanas, en relación ya con la reforma litúrgica, ya con la enseñanza de su doc­trina en términos correspondientes a la mentalidad de las po­blaciones africanas.

 

A las familias.

        33. Las actuales transformaciones culturales y sociales de África interesan íntimamente las concepciones y costumbres que se refieren a la familia.

         Antes prevalecía la estructura social de la parentela y de la descendencia, y el matrimonio era considerado de interés común de la parentela misma. Todo esto ahora está experi­mentando un cambio profundo. En algunas naciones de África se han dado leyes que renuevan la condición jurídica de la familia, con oportunas reformas de las antiguas instituciones de las tribus, en particular de la llamada «dote», que, en tiem­pos recientes, se había prestado a abusos gravemente nocivos al tranquilo y sereno desarrollo de la familia natural y cris­tiana. También el sistema de la poligamia, difundido en las sociedades anteriores o extrañas al cristianismo, ya no se da más, como en el pasado, en la estructura social actual, ni ya corresponde -afortunadamente- a la mentalidad dominante entre los africanos. En una palabra, en la familia africana se ha ensanchado mucho el campo de la libertad y de la auto­nomía de cada uno de los cónyuges.

        34. Todo esto es de considerar como altamente positivo. Todavía, aun en la afirmación de la responsabilidad personal, es necesario respetar la ley de Dios porque no puede ser anu­lada por ninguna transformación cultural o social.

        Por tanto, la familia debe ser celosa de defender y afirmar las propiedades fundamentales del matrimonio: monogámico e indisoluble. Es, además, un sagrado deber, sancionado por el cuarto mandamiento, honrar al padre y a la madre; por esto, mientras es justo que los jóvenes sean libres en las elec­ciones inherentes a su matrimonio, no por eso deben aflojar sus lazos con la propia parentela. Consideren, por tanto, como una herencia preciosa el participar en la suerte común de la familia, y estén dispuestos a asistir con filial generosidad a los padres, y si es necesario, y en la medida que sus medios lo consientan, también a los demás parientes.

        35. Para los cónyuges cristianos, además, la unión fami­liar se amplía, y los fieles forman la familia de Dios. Su aso­ciación en la oración y en el servicio de Dios se hace sa­grada. Según la enseñanza del Concilio Vaticano II, «los cón­yuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayu­den el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole que el Señor amoro­samente les ha dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de un incansable y generoso amor, construyen la fra­ternidad de la caridad y se presentan como testigos y coope­radores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como símbolo y, al mismo tiempo, participación del amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella» (30).

         Nuestro Señor Jesucristo se ha presentado a los hombres como Maestro, reformador y renovador de la familia. No sólo El ha conducido de nuevo a la familia a su primitiva. pu­reza (Mt., 19, 18), sino que ha hecho del matrimonio un sacramento; es decir, un medio de la gracia.

         Nos hacemos votos y oramos para que todos los africanos sepan comprender la enseñanza del Divino Maestro y a su luz se muevan a aplicarla en la legislación y en la vida. Esta enseñanza tiene valor para todos, ya que tiene sus raíces en la naturaleza humana, eleva el amor conyugal, hace a la fa­milia sana e idónea a la buena educación de los hijos, con beneficios incalculables para la sociedad y el Estado.

[…]

 

A los ,jóvenes.

        37. Nos dirigimos ahora a vosotros, jóvenes, esperanza del futuro. África tiene necesidad de vosotros, de vuestra prepa­ración, de vuestro estudio, de vuestra entrega, de vuestra ener­gía. Como sois los primeros que desean conocer con exacti­tud el significado y el valor de las antiguas tradiciones africanas, sois también los primeros en desear su renovación y transformación. En realidad, toca a vosotros vencer el con­traste entre el pasado y la novedad de la vida y de estructu­ras del presente. Pero guardaros del fácil atractivo de teorías materialistas que pueden, por desgracia, conducir a concep­ciones erradas o incompletas del humanismo y aun a la ne­gación misma de Dios.

        Vosotros en particular, jóvenes cristianos, debéis ser cons­cientes de la dignidad y del compromiso que brotan de la fe cristiana. Vivid vuestra fe. Dedicaos con ardor al estudio y al trabajo. Sed modestos, aun en la aspiración de cosas gran­des para el bienestar y el progreso de vuestra gente.

        38. Con especial afecto nos dirigimos después a vosotros, estudiantes, recordándoos que la enseñanza que recibís en la escuela os debe efectivamente preparar a la profesión que habéis escogido y a la obra que África espera de vosotros para su futuro desarrollo. En torno a vosotros, en vuestra África, hay todavía muchedumbres a las que no es posible la escuela o el estudio. Estad dispuestos y contentos de ha­ceros ministros del saber, transmitiendo a vuestros hermanos, como profesores en las escuelas, el don que se os ha dado.

        Por tanto, sabed educaros a vosotros mismos en el espíritu de sacrificio y de consagración. Ya desde ahora el bien má­ximo que podéis dar a vuestras naciones es prepararos a ejer­citar vuestra profesión con desinterés y con espíritu de cris­tiana caridad.

[…]

 

Traducción tomada de Ecclesia LIII (1967) 1687-1694.

3.3 Exh. apost. Evangelii nuntiandi
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3.2 Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8-XII-1975) nn. 19-20 y 63.

19. Sectores de la humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación.

20. Posiblemente podríamos expresar todo esto diciendo: lo que importa es evangelizar -no de manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital en profundidad y hasta sus mismas raíces- la cultura y las culturas del hombre en sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes (cfr. n. 53), tomando en cuenta siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

El evangelio y, por consiguiente, la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el Reino que anuncia el evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del Reino no puede menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

La ruptura entre evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura o, más exactamente, de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la buena nueva. Pero este encuentro no se llevará a cabo si la buena nueva no es proclamada.

63. Las Iglesias particulares profundamente amalgamadas no sólo con las personas, sino también con las aspiraciones, las riquezas y límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, después, de anunciarlo en ese mismo lenguaje.

Dicho trasvase hay que hacerlo con el discernimiento, la seriedad, el respeto y la comprensión que exige la materia, en el campo de las expresiones litúrgicas (cfr. SC 37-38), pero también a través de la catequesis, la formulación teológica, las estructuras eclesiales secundarias, los ministerios. El lenguaje debe entenderse aquí no tanto a nivel semántico o literario cuanto al que podría llamarse antropológico y cultural.

El problema es sin duda delicado. La evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su «lengua», sus signos y símbolos, si no responde a las cuestiones que plantea, no llega a su vida concreta. Pero, por otra parte, la evangelización corre el riesgo de perder su alma y desvanecerse, si se vacía o desvirtúa su contenido, bajo pretexto de traducirlo; si queriendo adaptar una realidad universal a un aspecto local, se sacrifica esta realidad y se destruye la unidad sin la cual no hay una universalidad. Ahora bien, solamente una Iglesia que mantenga la conciencia de su universalidad y demuestre que es de hecho universal puede tener un mensaje capaz de ser entendido, por encima de los límites regionales, en el mundo entero.

Fuente: AAS 68 (1976) 17-19 y 53-54.  Para la versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi_sp.html

3.4 Sínodo de los Obispos
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3.3 Sínodo de los Obispos (28-X-1977) n. 5

Es la primera vez que se utiliza el término inculturación de modo oficial en un documento de la Iglesia; en el número 5 del mensaje al Pueblo de Dios de este Sínodo de los Obispos dice:

“Como indicó el Concilio Vaticano II y recordó Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, el mensaje cristiano debe enraizarse en las culturas humanas asumiéndolas y transformándolas. En este sentido puede decirse que la catequesis es un instrumento de ‘inculturación’ es decir, que desarrolla y al mismo tiempo ilumina desde dentro las formas de vida de aquellos a quienes se dirige”.

Fuente: Mensaje al Pueblo de Dios ‘Cum iam ad exitum’, 5, 28-X-1977: EV 6/385.