4. Juan Pablo II

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4.1 Magisterio de Juan Pablo Il
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4.1.1 Encíclica Redemptor Hominis (4-III-1979) n. 12

 

En esta unión la misión, de la que decide sobre todo Cristo mismo, todos los cristianos deben descubrir lo que les une, incluso antes de que se realice su plena comunión. Esta es la unión apostólica y misionera, misionera y apostólica. Gracias a esta unión podemos acercarnos juntos al magnífico patrimonio del espíritu humano, que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate. Gracias a ella, nos acercamos igualmente a todas las culturas, a todas las concepciones ideológicas, a todos los hombres de buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y discernimiento que, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud misionera y del misionero. Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discurso en el Areópago de Atenas (cfr. Hch 17, 22-31). La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que «en el hombre había» (Jn 2, 25), por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). La misión no es nunca una destrucción, sino una purificación y una nueva construcción por más que en la práctica no siempre haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado. La conversión que de ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de la gracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo.

Fuente: AAS 71 (1979) 278-279. Versión española:

http://www.vatican.va/edocs/ESL0038/__PD.HTM

 

4.1.2 Exhortación Apostólica Catechesi tradendæ (16-X-1979) n. 53

 — por una parte, el Mensaje evangélico no se puede pura y simplemente aislarlo de la cultura en la que está inserto desde el principio (el mundo bíblico y, más concretamente, el medio cultural en el que vivió Jesús de Nazareth); ni tampoco, sin graves pérdidas, podrá ser aislado de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos; dicho Mensaje no surge de manera espontánea en ningún «humus» cultural; se transmite siempre a través de un diálogo apostólico que está inevitablemente inserto en un cierto diálogo de culturas;

53. Abordo ahora una segunda cuestión. Como decía recientemente a los miembros de la Comisión bíblica, «el término "aculturación" o "inculturación", además de ser un hermoso neologismo, expresa muy bien uno de los componentes del gran misterio de la Encarnación» (Discurso a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, AAS 71 (1979) 607). De la catequesis como de la evangelización en general, podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. Para ello, la catequesis procurará conocer estas culturas y sus componentes esenciales; aprenderá sus expresiones más significativas, respetará sus valores y riquezas propias. Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto (cfr. Rm 16, 25; Ef 3, 5) y ayudarles a hacer surgir de su propia tradición viva expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristianos. Se recordará a menudo dos cosas:

— por otra parte, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora. Cuando penetra una cultura ¿quién puede sorprenderse de que cambien en ella no pocos elementos? No habría catequesis si fuese el Evangelio el que hubiera de cambiar en contacto con las culturas. (...)

Los catequistas auténticos saben que la catequesis «se encarna» en las diferentes culturas y ambientes: baste pensar en la diversidad tan grande de los pueblos, en los jóvenes de nuestro tiempo, en las circunstancias variadísimas en que hoy día se encuentran las gentes; pero no aceptan que la catequesis se empobrezca por abdicación o reducción de su mensaje, por adaptaciones, aun de lenguaje, que comprometan el «buen depósito» de la fe (cfr. 2 Tim 1, 14), o por concesiones en materia de fe o de moral; están convencidos de que la verdadera catequesis acaba por enriquecer a esas culturas, ayudándolas a superar los puntos deficientes o incluso inhumanos que hay en ellas y comunicando a sus valores legítimos la plenitud de Cristo (cfr. Jn 1, 16; Ef 1, 10).

Fuente: AAS 71 (1979) 1319-1321. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_16101979_catechesi-tradendae_sp.html

 

4.1.3 A los Obispos del Zaire, Kinshasa (3-V-1980) [15]

La inculturación: criterios generales

4. Uno de los aspectos de esta evangelización es la inculturación del Evangelio, la africanización de la Iglesia. Muchos me habéis confiado que tenéis estos muy en el corazón, y es justo. Esto forma parte de unos de los esfuerzos indispensables para encarnar el mensaje de Cristo... El Espíritu Santo nos pide que creamos, en efecto, que la levadura del Evangelio, en su autenticidad, tiene la fuerza de suscitar cristianos en las diversas culturas, con todas las riquezas de su patrimonio, purificadas y transfiguradas...

La africanización recobra aspectos amplios y profundos que todavía no han sido suficientemente explorados; y hay que valerse del lenguaje para presentar el mensaje cristiano de modo que llegue al alma y al corazón de los zaireños; así como también de la catequesis, de la reflexión teológica, de la expresión más adecuada en la liturgia o en el arte sacro, de formas comunitarias de vida.

Papel de los Obispos en el tema de la inculturación

5. A vosotros, los obispos, os compete el promover y armonizar los avances en este terreno, tras madura reflexión, con gran entendimiento entre vosotros, en unión también con la Iglesia universal y con la Santa Sede. La inculturación, para el conjunto del pueblo, no podrá ser, por otra parte, sino el fruto de una progresiva madurez en la fe. Porque vosotros estáis convencidos, como yo de que esta obra, sobre la cual quiero expresaros toda mi confianza, requiere mucha lucidez teológica, discernimiento espiritual, sabiduría y prudencia; y también, no poco tiempo. (...)

La inculturación y la teología

En lo que respecta a la fe y a la teología, todo el mundo ve que están en juego importantes problemas: el contenido de la fe, y la búsqueda de su mejor expresión, la relación entre la teología y la fe, la unidad de la fe. Mi venerado predecesor Pablo VI hizo alusión a ello al finalizar el Sínodo de 1974 (cfr. AAS 66 (1974) 636-637). Y había recordado ciertas reglas a los delegados del SCEAM. En septiembre de 1975:

«a) Cuando se trata de la fe cristiana, hay que atenerse al patrimonio idéntico, esencial, constitucional de la misma doctrina de Cristo, profesados por la tradición auténtica y autorizada de la única verdadera Iglesia;

b) Es importante entregarse a una investigación profunda de las tradiciones culturales de las diversas poblaciones, así como también de los datos filosóficos que actúan como presupuestos, para encontrar en ellas los elementos que no estén en contradicción con la religión cristiana y las aportaciones capaces de enriquecer la reflexión teológica» (AAS 67 (1975) 572).

Yo mismo, el año pasado, en la Exhortación sobre la catequesis, llamaba la atención sobre el hecho de que el mensaje evangélico no es aislable de la cultura bíblica don de se incluyó en un principio, ni incluso, sin graves deterioros, de las culturas en que ha venido expresándose a lo largo de los siglos; y que, por otro lado, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora (cfr. n. 53).

La inculturación y la catequesis

En el terreno de la catequesis pueden y deben hacerse presentaciones más adecuadas al alma africana, sin dejar de tener en cuenta los intercambios culturales cada vez más frecuentes con el resto del mundo; conviene procurar simplemente que los trabajos se realicen en equipo y sean controlados por el Episcopado, para que la expresión resulte correcta y que sea presentada toda la doctrina.

Fuente: AAS 72 (1980) 432-440. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1980/may/documents/hf_jp-ii_spe_19800503_vescovi-zaire_sp.html

 

4.1.4 Discurso en la sede de la Unesco (2-VI-1980) nn. 6-11 y 14.

El hombre y la cultura

6. Genus humanum arte et ratione vivit (cfr. Santo Tomás, comentando a Aristóteles, en Post. Analyt., n. 1). Estas palabras de uno de los más grandes genios del cristianismo, que fue al mismo tiempo un fecundo continuador del pensamiento antiguo, nos hacen ir más allá del círculo y de la significación contemporánea de la cultura occidental, sea mediterránea o atlántica. Tienen una significación aplicable al conjunto de la humanidad en la que se encuentran las diversas tradiciones que constituyen su herencia espiritual y las diversas épocas de su cultura. La significación esencial de la cultura consiste, según estas palabras de Santo Tomás de Aquino, en el hecho de ser una característica de la vida humana como tal. El hombre tiene una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura.

La cultura es un modo específico del «existir» y del «ser» del hombre. El hombre vive siempre según una cultura que le es propia, y que a su vez, crea entre los hombres un lazo que le es también propio, determinando el carácter inter-humano y social de la existencia humana. En la unidad de la cultura como modo propio de la existencia humana, hunde sus raíces al mismo tiempo la pluralidad de las culturas en cuyo seno vive el hombre. El hombre se desarrolla en esta pluralidad, sin perder, sin embargo, el contacto esencial con la unidad de la cultura, en tanto que es dimensión fundamental y esencial de su existencia y de su ser.

El hombre, único sujeto, objeto y término de la cultura

7. El hombre, que en el mundo visible, es el único sujeto óntico de la cultura, es también su único objeto y su término. La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, «es» más, accede más al «ser». En esto se encuentra también su fundamento la distinción capital entre lo que el hombre es y lo que tiene, entre el ser y el tener. La cultura se sitúa siempre en relación esencial y necesaria a lo que el hombre es, mientras que la relación a lo que el hombre tiene, a su «tener», no sólo es secundaria, sino totalmente relativa. Todo el «tener» del hombre no es importante para la cultura, ni es factor creador de cultura, sino en la medida en que el hombre, por medio de su «tener», puede al mismo tiempo «ser» más plenamente como hombre, llegar a «ser» más plenamente como hombre, llegar a ser más plenamente hombre en todas las dimensiones de su existencia, en todo lo que caracteriza su humanidad. La experiencia de las diversas épocas, sin excluir la presente, demuestra que se piensa en la cultura y se habla de ella principalmente en relación con la naturaleza del hombre, y luego solamente de manera secundaria e indirecta en relación con el mundo de sus productos. Todo esto no impide, por otra parte, que juzguemos el fenómeno de la cultura a partir de lo que el hombre produce, o que de esto no saquemos conclusiones acerca del hombre. Un procedimiento semejante –modo típico del proceso de conocimiento «a posteriori»– contiene en sí mismo la posibilidad de remontar, en sentido inverso, hacia las dependencias óntico-causales. El hombre, y sólo el hombre, es «autor», o «artífice» de la cultura, el hombre y sólo el hombre, se expresa en ella y en ella encuentra su propio equilibrio.

El hombre, hecho primordial y fundamental de la cultura, en contra de todos los materialismos

8. Todos los aquí presentes nos encontramos en el terreno de la cultura, realidad fundamental que nos une y que está en la base del establecimiento y de las finalidades de la UNESCO. Por este mismo hecho nos encontramos en torno al hombre y, en un cierto sentido, en él, en el hombre. Este hombre, que se expresa en y por la cultura es objeto de ella, es único, completo e indivisible. Es a la vez sujeto y artífice de la cultura. Según esto no se le puede considerar únicamente como resultante –por no citar más que un ejemplo– de las relaciones de producción que prevalecen en una época determinada. ¿No sería entonces, de alguna manera, este criterio de las relaciones de producción una clave para la comprensión de la historicidad del hombre, para la comprensión de su cultura y de las múltiples formas de su desarrollo? Ciertamente, este criterio constituye una clave, e incluso una clave preciosa, pero no la clave fundamental constitutiva. Las culturas humanas reflejan, sin duda, los diversos sistemas de relaciones de producción; sin embargo, no es tal sistema lo que está en el origen de la cultura, sino el hombre, el hombre que vive en el sistema, que lo acepta o que intenta cambiarlo. No se puede pensar una cultura sin subjetividad humana y sin causalidad humana; si no que en el campo de la cultura, el hombre es siempre el hecho primero: el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura.

Y esto lo es el hombre siempre en su totalidad: en el conjunto integral de su subjetividad espiritual y material. Si es función del carácter y del contenido de los productos en los que se manifiesta la cultura, es pertinente la distinción entre cultura espiritual y cultura material, es necesario constatar al mismo tiempo que, por una parte, las obras de la cultura material hacen aparecer siempre una «espiritualización» de la materia, una sumisión del elemento material a las fuerzas espirituales del hombre, es decir, a su inteligencia y voluntad, y que, por otra parte, las obras de la cultura espiritual manifiestan, de forma específica, una «materialización» del espíritu, una encarnación de lo que es espiritual. Parece que, en las obras culturales, esta doble característica es igualmente primordial y permanente.

Así, pues, a modo de conclusión teórica, ésta es una base suficiente para comprender la cultura a través del hombre integral, a través de toda la realidad de su subjetividad. Esta es también, en el campo del obrar, la base suficiente para buscar siempre en la cultura al hombre integral, al hombre todo entero, en toda la verdad de su subjetividad espiritual y corporal; la base suficiente para no superponer a la cultura –sistema auténticamente humano, síntesis espléndida del espíritu y del cuerpo– divisiones y oposiciones preconcebidas. En efecto, ni una absolutización de la materia en la estructura del sujeto humano o, inversamente, una absolutización del espíritu en esta misma estructura, expresas la verdad del hombre ni prestan servicio alguno a su cultura.

Relación entre Religión y cultura, Cristianismo y cultura

9. Querría detenerme aquí en otra consideración esencial, en una realidad de orden muy distinto. Podríamos abordarla haciendo notar que la Santa Sede esta representada por su Observador permanente, cuya presencia se sitúa en la perspectiva de la naturaleza misma de la Sede Apostólica. Esta presencia está en consonancia, en un sentido aún más amplio, con la naturaleza y misión de la Iglesia católica e, indirectamente, con todo lo el cristianismo. Aprovecho la oportunidad que se me ofrece hoy para expresar una convicción personal profunda. La presencia de la Santa Sede ante vuestra Organización –aunque motivada también por la soberanía específica de la Santa Sede– encuentra su razón de ser, por encima de todo, en la relación orgánica y constitutiva que existe entre la religión en general y el cristianismo en particular, por una parte, y la cultura, por otra. Esta relación se extiende a las múltiples realidades que es preciso definir como expresiones concretas de la cultura en las diversas épocas de la historia y en todos los puntos del globo. Ciertamente no será exagerado afirmar en particular que, a través de la multitud de hechos, Europa entera –del Atlántico a los Urales– atestigua, en la historia de cada nación y en la comunidad entera, la relación entre la cultura y el cristianismo.

Al recordar esto, no quiero disminuir de ninguna manera la herencia de los otros continentes, ni la especificidad y el valor de esta misma herencia que deriva de otras fuentes de inspiración religiosa, humanista y ética. Al contrario, deseo rendir el más profundo y sincero homenaje a todas las culturas del conjunto de la familia humana, desde las más antiguas a las que nos son contemporáneas. Teniendo presentes todas las culturas, quiero decir en voz alta aquí en París, en la sede de la UNESCO, con respeto y admiración: «¡He aquí al hombre!». Quiero proclamar mi admiración ante riqueza creadora del espíritu humano, ante sus esfuerzos incesantes por conocer y afirmar la identidad del hombre: de este hombre que está siempre presente en todas las formas particulares de la cultura.

Relación entre el Evangelio y el hombre en su misma humanidad

10. Sin embargo, al hablar del puesto de la Iglesia y de la Sede Apostólica ante vuestra Organización, no pienso solamente en todas las obras de la cultura en las que, a lo largo de los dos últimos milenios, se expresaba el hombre que había aceptado a Cristo y al Evangelio, ni en las instituciones de diversa índole que nacieron de la misma inspiración en el campo de la educación, de la instrucción, de la beneficencia, de la asistencia social, y en tantos otros. Pienso sobre todo, señoras y señores, en la vinculación fundamental del Evangelio, es decir, del mensaje de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad misma. Este vínculo es efectivamente creador de cultura en su fundamento mismo. Para crear cultura hay que considerar íntegramente, y hasta sus últimas consecuencias, al hombre como valor particular y autónomo, como sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar al hombre por él mismo, y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por él mismo! Más aún, hay que amar al hombre en razón de su particular dignidad que posee. El conjunto de afirmaciones que se refieren al hombre pertenece a la sustancia misma del mensaje de Cristo y de la misión de la Iglesia, a pesar de todo lo que los espíritus críticos hayan podido declarar sobre este punto, y a pesar de todo lo que hayan podido hacer las diversas corrientes opuestas a la religión en general, y al cristianismo en particular.

A lo largo de la historia, hemos sido ya más de una vez, y lo somos aún, testigos de un proceso, de un fenómeno muy significativo. Allí donde han sido suprimidas las instituciones religiosas, allí donde se ha privado de su derecho de ciudadanía a las ideas y a las obras nacidas de la inspiración religiosa, y en particular de la inspiración cristiana, los hombres encuentran de nuevo esto mismo fuera de los caminos institucionales, a través de la confrontación que tiene lugar, en la verdad y en el esfuerzo interior, entre lo que constituye su humanidad y el contenido del mensaje cristiano.

Señoras y señores, perdónenme esta afirmación. Al proponerla, no he querido ofender a nadie en absoluto. Les ruego que comprendan que, en nombre de lo que soy, no podía abstenerme de dar este testimonio. En él se encierra también esa verdad –que no puede silenciarse– sobre la cultura, si se busca en ella todo lo que es humano, aquello en lo cual se expresa el hombre o a través de lo cual quiere ser el sujeto de su existencia. Al hablar de ello, quería manifestar también mi gratitud por los lazos que unen la UNESCO con la Sede Apostólica, estos lazos de los que mi presencia hoy aquí quiere ser una expresión particular.

La educación, primera y esencial tarea de la cultura

11. De todo esto se desprende un cierto número de conclusiones capitales. Las consideraciones que acabo de hacer, en efecto, ponen de manifiesto que la primera y esencial tarea de la cultura, en general, y también de toda cultura, es la educación. La educación consiste, en efecto, en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda «ser» más y no sólo que pueda «tener» más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que «tiene», todo lo que «posee», sepa «ser» más plenamente hombre. Para ello es necesario que el hombre sepa «ser más» no sólo «con los otros». La educación tiene una importancia fundamental para la formación de las relaciones inter-humanas y sociales. También aquí abordo un conjunto de axiomas, en los que las tradiciones del cristianismo, nacidas del Evangelio, coinciden con la experiencia educativa de tantos hombres bien dispuestos y profundamente sabios, tan numerosos en todos los siglos de la historia. Tampoco faltan en nuestra época estos hombres que aparecen como grandes, sencillamente por su humanidad, que saben compartir con los otros, especialmente con los jóvenes. Al mismo tiempo, los síntomas de la crisis de todo género, ante las cuales sucumben los ambientes y las sociedades por otra parte mejor provistos –crisis que afectan principalmente a las jóvenes generaciones– testimonian, al cual mejor, que la obra de la educación del hombre no se realiza sólo con la ayuda de las instituciones, con la ayuda de medios organizados y materiales, por excelentes que sean. Ponen de manifiesto también que lo más importante es siempre el hombre, el hombre y su autoridad moral que proviene de la verdad de sus principios y de la conformidad de sus actos con sus principios.(…)

El derecho de toda Nación a la cultura

14. Si, en nombre del futuro de la cultura, se debe proclamar que el hombre tiene derecho a ser «más», y si por la misma razón se debe exigir una sana primacía de la familia en el conjunto de la acción educativa del hombre para una verdadera humanidad, debe situarse también en la misma línea el derecho de la nación; se le debe situar también en la base de la cultura y de la educación.

La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente por la cultura. La nación existe «por» y «para» la cultura, y así es ella la gran educadora de los hombres para que puedan «ser más» en la comunidad. La nación es esta comunidad que posee una historia que supera la historia del individuo y de la familia. En esta comunidad, en función de la cual educa toda la familia, la familia comienza su obra de educación por lo más simple, la lengua, haciendo posible de este modo que el hombre aprenda a hablar y llegue a ser miembro de la comunidad, que es su familia y su nación. En todo esto que ahora estoy proclamando y que desarrollaré aún más, mis palabras traducen una experiencia particular, un testimonio particular en su género. Soy hijo de una nación que ha vivido las mayores experiencias de la historia, que ha sido condenada a muerte por sus vecinos en varias ocasiones, pero que ha sobrevivido y que ha seguido siendo ella misma. Ha conservado su identidad y, a pesar de haber sido dividida y ocupada por extranjeros, ha conservado su soberanía nacional, no porque se apoyara en los recursos de la fuerza física, sino apoyándose exclusivamente en su cultura. Esta cultura resultó tener un poder mayor que todas las otras fuerzas. Lo que digo aquí respecto al derecho de la nación a fundamentar su cultura y su porvenir, no es el eco de ningún «nacionalismo», sino que se trata de un elemento estable de la experiencia humana y de las perspectivas humanistas del desarrollo del hombre. Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la nación. Se trata de la soberanía por la que, al mismo tiempo, el hombre es supremamente soberano. Al expresarme así, pienso también, con una profunda emoción interior, en las culturas de tantos pueblos antiguos que no han cedido cuando han tenido que enfrentarse a las civilizaciones de los invasores; y continúan siendo para el hombre la fuente de su «ser» de hombre en la verdad interior de su humanidad. Pienso con admiración también en las culturas de las nuevas sociedades, de las que se despiertan a la vida en la comunidad de la propia nación –igual que mi nación se despertó a la vida hace diez siglos– y que luchan por mantener su propia identidad y sus propios valores contra las influencias y las presiones de modelos propuestos desde el exterior.

Fuente: AAS 72 (1980) 735-752, o en IGP2 III/1 (1980) 1636-1655. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1980/june/documents/hf_jp-ii_spe_19800602_unesco_sp.html

 

4.1.5 Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (12-I-1981) nn. 6-7.

Concepto de cultura

6. Esta realidad global que tiene siempre la Iglesia ante sus ojos y que constituye el denominador común de la vida de cada uno de los pueblos del mundo, es su cultura, su vida espiritual, en cualquier forma que ésta se manifieste. Al hablar de realidad global, de vida espiritual, mi pensamiento querría detenerse este año durante el coloquio con ustedes en el deber que incumbe a todos los responsables de defender y garantizar por encima de todo la cultura entendida en este sentido amplio.

La cultura es la vida del espíritu; es la clave que permite el acceso a los secretos más profundos y más celosamente guardados, de la vida de los pueblos; es la expresión fundamental y unificadora de su existencia, pues en la cultura se encuentran las riquezas, yo diría casi inefables, de las convicciones religiosas, de la historia, del patrimonio literario y artístico, del substrato etnológico, de las actitudes y de la «forma mentis» de los pueblos. En resumen, decir «cultura» es expresar en una sola palabra la identidad nacional que constituye el alma de esos pueblos y que sobrevive a pesar de las condiciones adversas, las dificultades de todo género, los cataclismos históricos o naturales, permaneciendo una y compacta a través de los siglos. En función de su cultura, de su vida espiritual, cada pueblo se distingue de otro, estando llamado por otra parte a completarlo ofreciéndole la aportación específica que les es necesaria.

La cultura fundamento de la vida de los pueblos

7. En mi discurso en la sede de la UNESCO, el 2 de junio en París, puse de relieve esta realidad: si la cultura es expresión por excelencia de la vida espiritual de los pueblos, jamás debe estar separada de todos los demás problemas de la existencia humana, la paz, la libertad, la defensa, el hambre, el empleo, etc. La solución de estos problemas depende de la manera correcta de comprender y situar los problemas de la vida espiritual, que condiciona así todos los demás y es condicionada por ellos.

La cultura, entendida en este sentido amplio, garantiza el crecimiento de los pueblos y preserva su integridad. Si se olvida esto, caen las barreras que salvaguardan la identidad y la verdadera riqueza de los pueblos...

En este sentido se puede decir que la cultura es el fundamento de la vida de los pueblos, la raíz de su identidad profunda, el soporte de su supervivencia y de su independencia.

Fuente: AAS 73 (1981) 185-196, o en IGP2 IV/1 (1981) 54-71. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1981/january/documents/hf_jp-ii_spe_19810112_corpo-diplomatico_sp.html

 

4.1.6 Exhortación Apostólica Familiaris consortio (22-XI-1981) n. 10

Inculturación

10. Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo (cfr. Ef 3, 8; GS 44, AG 15 y 22). Sólo con el concurso de todas las culturas, tales riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya enteramente por su Señor.

Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia Universal, se deberá proseguir en el estudio, en especial por parte de las Conferencias Episcopales y de los Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño pastoral para que esta inculturación de la fe cristiana se lleve a cabo cada vez más ampliamente, también en el ámbito del matrimonio y de la familia.

Es mediante la inculturación como se camina hacia la reconstitución plena de la alianza con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología, abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores morales.

Fuente: AAS 74 (1982) 90-91. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio_sp.html

 

4.1.7 A los participantes del Congreso Nacional «Empeño Cultural» (16-I-1982) nn. 1-2

1. (...) Precisamente el hecho de que vuestro Movimiento sea eclesial os obliga a cada uno a pensar y a promover la cultura en estrecha conexión con la fe que profesáis, a hacer una verdadera síntesis entre la fe y la cultura. Esta es vuestra misión específica, a la que no podéis sustraeros nunca ni como hombres de cultura ni como creyentes, desde el momento que esta síntesis es una exigencia de la cultura y de la fe.

Síntesis fe-cultura: exigencia de la cultura

Es, ante todo, una exigencia de la cultura. «El hombre, es efecto vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura» (Discurso a la UNESCO, 6: IGP2 III/1 (1980) 1639). Si la cultura es el lugar en el que se humaniza la persona humana y accede cada vez más profundamente a su humanidad, se infiere de ello que la condición fundamental de cada cultura es que en ella y mediante ella, todo el hombre, el hombre en la entera medida de su verdad sea reconocido en el fundamento de toda cultura digna de este nombre. Para el creyente, «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre» (GS 22). Por consiguiente, el empeño cultural de un creyente estaría sustancialmente lleno de lagunas si la humanización del hombre, que promueve mediante la cultura, no estuviese conscientemente orientada y dirigida hacia su cumplimiento en la fe. La cultura no es sólo tarea de individuos es también y esencialmente tarea común, fruto de la cooperación de muchos. El cristiano debe cooperar con todos los que trabajan por la cultura. Pero la condición imprescindible de esta cooperación es el reconocimiento y el respeto, por parte de todos, de la entera verdad del hombre y de su dignidad. Cuando se dan cooperaciones que no respetan esta condición no es al hombre al que se sirve sino a ideologías destructivas del hombre: se traiciona, por tanto, el empeño cultural. La fidelidad a la visión cristiana del hombre, enseñada por la Iglesia, no aísla sino que, por el contrario, hace efectivamente capaces de crear cultura verdadera: universalmente humana y humanizada. «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina» (GS 22).

Síntesis fe-cultura: exigencia de la fe

2. La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Como ha señalado mi predecesor Pablo VI, «es preciso evangelizar –no de forma decorativa, a semejanza de un barniz superficial, sino de modo vital, en profundidad y hasta las raíces– la cultura y las culturas del hombre... partiendo siempre de la persona y volviendo siempre a las relaciones de las personas entre ellas y con Dios» (EN 20). Si, en efecto, es cierto que la fe no se identifica con ninguna cultura y es independiente con respecto a todas las culturas, no es menos cierto que, precisamente por esto, la fe está llamada a inspirar a impregnar toda cultura. Es todo el hombre, en lo concreto de su existencia cotidiana, el que es salvado en Cristo y es, por ello, todo el hombre el que debe realizarse en Cristo. Una fe que no se haga cultura es una fe no acogida plenamente, no pensada enteramente, no vivida fielmente.

En mi reciente Exhortación apostólica he escrito: «Es mediante la inculturación –es decir, mediante una fe que se convierta en cultura– «como se camina hacia la reconstrucción plena de la Alianza con la Sabiduría de Dios, que es el propio Cristo (FC 10). Es esta «reconstrucción plena» la que necesita el hombre de hoy. Sólo la verdad plena sobre el hombre, que nos da la fe, fielmente pensada bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, puede hacernos capaces de percibir en su unidad profunda y de armonizar la cada vez mayor diversidad de los elementos que constituyen la cultura de hoy: unificación y armonización en que consiste la sabiduría (cfr. GS 15).

Fuente: IGP2 V/1 (1982) 129-134.

 

4.1.8 En la Universidad de Coimbra, Portugal (15-V-1982) nn. 2-5

2. Sabéis bien lo grata que es a la Iglesia la cultura y todo lo que se relaciona con su promoción. Está sumamente interesada por la cultura, porque sabe muy bien lo que significa para el hombre. En efecto, la persona humana no podrá desarrollarse plenamente, tanto a nivel individual como social, si no es mediante la cultura.

Esto parece evidente, si consideramos que la cultura, en su realidad más profunda, no es sino el modo particular que tiene un pueblo de cultivar las propias relaciones con la naturaleza, entre sus miembros y con Dios, de forma que alcance un nivel de vida verdaderamente humano; es el «estilo de vida común» que caracteriza a un determinado pueblo (cfr. GS 53).

Esencia de la cultura: es del hombre, a partir del hombre y para el hombre

3. La cultura es del hombre, a partir del hombre y para el hombre. La cultura es del hombre. En el pasado, cuando se pretendía definir al hombre, casi siempre se hacía referencia a la razón, a la libertad o al lenguaje. Los recientes progresos de la antropología cultural y filosófica demuestran que se puede obtener una definición no menos precisa de la realidad humana refiriéndose a la cultura. Esta caracteriza al hombre y lo distingue de otros seres no menos claramente que la razón, la libertad y el lenguaje. En efecto, tales seres no tienen cultura, no son artífices de cultura; a lo sumo, son pasivos receptores de iniciativas culturales llevadas a cabo por el hombre. Para su crecimiento y supervivencia, están dotados por la naturaleza de ciertos instintos y determinados subsidios para su defensa y subsistencia; el hombre, por el contrario, en vez de estas cosas, posee la razón y las manos, que son los órganos de los órganos, en cuanto que con su ayuda el hombre puede proveerse de instrumentos para conseguir sus fines (cfr. Santo Tomás, S. Th. I, 76, 5 ad 4).

La cultura proviene del hombre. Él recibe gratuitamente de la naturaleza un conjunto de capacidades, de talentos, como los llama el Evangelio, y, con su inteligencia, su voluntad y su trabajo, le compete desarrollarlos y hacerlos fructificar. El cultivo de los propios talentos, tanto por parte del individuo como por parte del grupo social, con el fin de perfeccionarse a sí mismo y dominar la naturaleza, construye la cultura. Así, al cultivar la tierra, el hombre actualiza el plan creador de Dios; al cultivar las ciencias y las artes, trabaja para la elevación de la familia humana y para llegar a la contemplación de Dios.

La cultura es para el hombre. El hombre no sólo es el artífice de la cultura, sino también su principal destinatario. En las dos acepciones fundamentales de formación del individuo y de forma espiritual de la sociedad, la cultura se orienta a la realización de la persona, en todas sus dimensiones, con todas sus capacidades. El objetivo primario de la cultura es el desarrollo del hombre en cuanto hombre, del hombre en cuanto persona, o sea, de cada hombre en cuanto ejemplar único e irrepetible de la familia humana.

Entendida de este modo, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de los valores que lo animan y que, siendo compartidos por todos los ciudadanos, los reúnen hacia una misma «conciencia personal y colectiva» (EN 18); la cultura abarca también las formas a través de las cuales los valores se expresan y se configuran, es decir, las costumbres, la lengua, el arte, la literatura, las instituciones y las estructuras de la convivencia social.

El «ser» y el «tener» del hombre

4. El hombre como ser cultural –vosotros lo sabéis, señoras y señores–, no es prefabricado. Debe construirse con sus propias manos. Pero, ¿según qué proyecto? ¿Qué modelo, si es que existe alguno, debe tener ante sus ojos? No faltaron, a lo largo de la historia, propuestas de tal modelo. Y aquí, como es sabido aparece la importancia de la antropología filosófica.

Para que sea válido, un proyecto cultura no podrá dejar de atribuir la primacía a la dimensión espiritual, aquella dimensión que se relaciona con el crecimiento en el tener. (...) El objetivo de la verdadera cultura, por lo tanto es hacer del hombre una persona, un espíritu plenamente desarrollado, capaz de llegar a la perfecta realización de todas sus capacidades.

Históricamente cada sociedad, cada nación, cada pueblo procuró elaborar un proyecto humano, un ideal de humanidad, según el cual se plasmasen los ciudadanos, atribuyendo, de una manera general, la primacía a los valores del espíritu.

La Iglesia, como es sabido, también es portadora de un proyecto de humanidad, reavivado y propuesto por el Concilio Vaticano II. En total acuerdo con los resultados de las investigaciones de la antropología filosófica y cultural, el Concilio afirmó que la cultura es un elemento constitutivo esencial de la persona, debiendo, por tanto ser promovida por todos los medios. Son palabras del mismo Concilio: La cultura debe tender a la perfección del hombre, el cual, «cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosofía, la historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes, puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los más altos pensamientos sobre la verdad, el bien y la belleza y a formar juicios de valor universal» (GS 57).

La tensión entre el bien y el mal

5. Al proponer su ideal de humanidad, la Iglesia no pretende negar la autonomía de la cultura. Al contrario, tiene por ella el máximo respecto, como tiene el máximo respeto por el hombre; para ambos defiende abiertamente la libre iniciativa y el desarrollo autónomo. En efecto, dado que la cultura deriva inmediatamente de la naturaleza racional y social del hombre, tiene una constante necesidad de justa libertad y de legítima autonomía, de obrar según sus principios para desarrollarse. Con razón, pues, salvaguardados siempre, como es evidente, los derechos de la persona y de la comunidad particular o universal, la cultura necesita de un espacio de inviolabilidad, exige ser respetada y poder mantener su exención respecto a las fuerzas políticas o económicas (cfr. GS 59).

Sin embargo, la historia nos enseña que el hombre, así como la cultura que él construye, pueden abusar de la autonomía a la que tiene derecho. La cultura, como su artífice, pueden caer en la tentación de reivindicar para sí mismos una independencia absoluta en relación con Dios. Pueden llegar incluso a rebelarse contra Él. Esta constatación, para los que tenemos la dicha de la fe en Dios, no se hace sin amargura.

La Iglesia es consciente de esta realidad. Esto forma parte –bien lo sabéis, señoras y señores– de una lucha perenne entre el bien y el mal. La Iglesia está llamada, por naturaleza, a apoyar el bien y a reparar y eliminar el mal. Ella recibió de Cristo la misión de salvar al hombre del mal, al hombre concreto, al hombre histórico, al hombre con todo su ser; exterior e interior, personal y social, espiritual, moral y cultural. De los caminos para desarrollar esta misión de la Iglesia forma parte la promoción de la cultura, entendida como formación de la persona y como tejido espiritual, informador de la sociedad.

Fe y cultura

Por eso, en la visión de la Iglesia, la cultura no es algo que se mantenga ajeno a la fe, sino que puede recibir de ésta profundos y benéficos influjos. Sin embargo, es necesario no considerar la relación de la cultura con la fe como puramente pasiva. La cultura no es solamente sujeto de redención y de elevación, sino que puede tener también un papel de mediación y de colaboración. En efecto, Dios, revelándose al Pueblo elegido, se sirvió de una cultura particular; lo mismo hizo Jesucristo, el Hijo de Dios: su encarnación humana fue también encarnación cultural. (...)

Actualmente, sin abdicar de la propia tradición, sino consciente de su misión universal, la Iglesia procura entrar en diálogo con las diversas formas de cultura. Y preocupada por descubrir aquello que une dentro del magnífico patrimonio del espíritu humano, aunque la armonía de la cultura con la fe no siempre se realice sin dificultades, la Iglesia no deja de procurar la aproximación de todas las culturas, de todas las concepciones ideológicas y de todos los hombres de buena voluntad.

Fuente: IGP2 V/2 (1982) 1690-1698.

 

4.1.9 Discurso a los intelectuales y artistas, Seúl, Corea (5-V-1984) n. 2, 4-5.

Doble misión de la Iglesia: Evangelizar las culturas y la defensa del hombre y de su progreso cultural

2. Hay dos aspectos principales y complementarios de la cuestión, que corresponden a las dos dimensiones en las que actúa la Iglesia. Uno de ellos es la evangelización de las culturas y el otro la defensa del hombre y de su progreso cultural.

La Iglesia debe hacerse todo para todos los pueblos. Ante nosotros se abre un largo e importante proceso de inculturación para lograr que el Evangelio pueda penetrar el alma misma de las culturas vivas. Promoviendo ese proceso, la Iglesia responde a las profundas aspiraciones de los pueblos y los ayuda a adentrarse en la esfera de la misma fe. Esto lo vieron con toda claridad los primeros cristianos de Corea, vuestros antepasados. Habiendo llegado al conocimiento de Cristo a través de una búsqueda seria de la plenitud de la humanidad, esos cristianos realizaron esfuerzos ejemplares por encarnar el Evangelio en los cauces mentales y el ambiente afectivo del pueblo.

Siguiendo el ejemplo de esta voluntad por adoptar una actitud de intercambio y comprensión de la identidad cultural del pueblo, también nosotros debemos trabajar ahora por aproximar más las distintas culturas entre sí. Y debemos hacerlo para lograr que cada una de esas culturas pueda enriquecer más plenamente a las otras, y que los valores universales puedan convertirse en patrimonio de todos. En este sentido, vuestra función como puntos de enlace entre culturas es de vital importancia. Ahora bien, vuestra contribución será tanto más válida cuanto más profundamente enraizados estéis en vuestra propia identidad como coreanos, y cuanto más conscientes seáis de aportar a ese diálogo la palabra salvadora del Evangelio. Pues creemos que el Evangelio debe penetrar, elevar y purificar todas las culturas.

Pero es evidente que el enriquecimiento se produce también a la inversa. La milenaria experiencia de tantos pueblos, el progreso de la ciencia y la técnica, la evolución de las instituciones sociales, el despliegue de las artes: todos éstos son medios a través de los cuales se va revelando más plenamente la naturaleza del hombre, abren nuevas vías hacia la verdad y pueden ahondar en nosotros la comprensión de los misterios de Dios. (...)

4. Como cristianos, no podemos permanecer callados ante tal cantidad de amenazas contra la dignidad del hombre, la, paz, el progreso auténtico. Nuestra fe nos obliga a resistir a todo aquello que priva a individuos, grupos y pueblos enteros de ser ellos mismos de acuerdo con su vocación más profunda.

Nuestra fe cristiana nos obliga, sobre todo, a ir más allá de la simple condena; ¡nos lleva a construir, a amar! (...)

Ayudar a la Iglesia a ser creadora de cultura

5. Así pues, tenéis una misión doble: evangelizar la cultura y defender al hombre. El mismo Evangelio es un fermento de cultura por cuanto interpela al hombre en sus formas de pensar, comportarse, trabajar, descansar, es decir, en su dimensión cultural. Por otro lado, vuestra fe os dará confianza en el hombre, creado a imagen de Dios y redimido por Cristo: a ese hombre debéis defenderlo y amarlo por sí mismo. Y, puesto que vuestra fe incluye una comprensión profunda de las limitaciones del hombre y de su condición pecadora, os enfrentaréis al reto que suponme evangelizar la cultura con el realismo y la compasión necesaria.

En una palabra, vosotros estáis llamados a ayudar a la Iglesia a ser creadora de cultura en sus relaciones con el mundo moderno. (...)

Fuente: AAS 76 (1984) 984-988. Versión inglesa:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1984/may/documents/hf_jp-ii_spe_19840505_intellettuali-seoul_en.html

 

4.1.10 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (15-I-1985) nn. 2-4.

Evangelizar las culturas de nuestro tiempo

2. El Consejo Pontificio para la Cultura, asume, según mi manera de ver, un significado simbólico y lleno de esperanza. En efecto, veo en vosotros testigos calificados de la cultura católica en el mundo, con el cometido de reflexionar tanto sobre las evoluciones y las esperanzas de las distintas culturas en las regiones, como de los sectores de actividad que os son propios. Por la misión que os he confiado, estáis llamados a ayudar, con competencia, a la Sede apostólica para conocer mejor las aspiraciones profundas y distintas de las culturas contemporáneas y a discernir mejor cómo puede la Iglesia universal darles la respuesta. Pues, en el mundo, las orientaciones, las mentalidades, los modos de pensar y de concebir el sentido de la vida, se modifican, se influencian mutuamente, se enfrentan sin duda, con mayor vigor que nunca en el pasado. Eso deja huellas en todos los que se entregan con lealtad a la promoción del hombre. Es bueno que con vuestro trabajo de estudio, de consulta y de animación -emprendido en conexión con otros Dicasterios romanos, con las Universidades, los Institutos religiosos, las Organizaciones internacionales católicas y varios grandes organismos internacionales vinculados con la promoción de las culturas- favorezcáis una toma de conciencia clara de las posturas que presenta la actividad cultural en el sentido lato del término.

3. Más allá de esta acogida respetuosa y desinteresada de las realidades culturales para un mejor conocimiento, el cristiano no puede hacer abstracción del problema de la evangelización. El Consejo Pontificio para la Cultura participa en la misión de la Sede de Pedro para la evangelización de las culturas y vosotros estáis asociados a la responsabilidad de las Iglesias particulares en las tareas apostólicas que requiere el encuentro del Evangelio con las culturas de nuestra época. Con este fin, se pide un trabajo ingente a todos los cristianos y el desafío debe poner en movimiento sus energías en el corazón de cada pueblo y de cada comunidad humana.

A vosotros, que habéis aceptado ayudar a la Santa Sede en su misión universal al lado de las culturas de nuestros días, confío el cometido especial de estudiar y de profundizar lo que significa para la Iglesia la evangelización de las culturas hoy. Ciertamente, la preocupación por evangelizar las culturas no es nueva para la Iglesia, pero presenta problemas que tienen carácter de novedad en un mundo marcado por el pluralismo, por el choque de las ideologías y por profundos cambios de las mentalidades. Debéis ayudar a la Iglesia a responder a esas cuestiones fundamentales para las culturas actuales: ¿Cómo hacer accesible el mensaje de la Iglesia a las culturas nuevas, a las formas actuales de la inteligencia y de la sensibilidad? ¿Cómo la Iglesia de Cristo puede hacerse entender por el espíritu moderno, que se ufana de sus realizaciones y a la vez se preocupa por el futuro de la familia humana? ¿Quién es Jesucristo para los hombres y las mujeres de hoy?

Sí, la Iglesia en su totalidad debe plantearse esas cuestiones, con el espíritu de lo que decía mi predecesor Pablo VI al concluir el Sínodo sobre la evangelización: "... lo que importa es evangelizar.... la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que estos términos tienen en la Gaudium et Spes, tomando como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios" (Evangelii Nuntiandi, N. 20). Y todavía agregaba: "El Reino que anuncia el Evangelio, es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del Reino no puede menos que tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas" (Ibid.).

Hay por consiguiente, una tarea compleja pero esencial: ayudar a los cristianos a discernir en los rasgos de su cultura lo que pueda contribuir a la justa expresión del mensaje evangélico y a la edificación del Reino de Dios y a denunciar lo que le es contrario. Y, de este modo, el anuncio del Evangelio a los contemporáneos que no se adhieren a él, tendrá más posibilidades de llevarse a cabo en un diálogo auténtico.

No podemos dejar de evangelizar: son tantas las regiones, tantos los ambientes culturales que permanecen insensibles a la buena noticia de Jesucristo. Pienso en las culturas de extensas regiones del mundo todavía al margen de la fe cristiana. Pero pienso también en los amplios sectores culturales en países de tradición cristiana que, hoy, parecen indiferentes -cuando no refractarios- al Evangelio. Hablo, ciertamente de las apariencias, porque no hay que prejuzgar del misterio de las creencias personales y de la acción secreta de la gracia. La Iglesia respeta a todas las culturas y no impone a ninguna su fe en Jesucristo, pero invita a todas las personas de buena voluntad a promover una verdadera civilización del amor fundada en los valores evangélicos de la fraternidad, de la justicia y de la dignidad para todos.

4. Todo esto exige un nuevo acercamiento de las culturas, de las actitudes, de los comportamientos, para dialogar en profundidad con los ambientes culturales y para hacer fecundo su encuentro con el mensaje de Cristo. Este trabajo exige también, por parte de los cristianos responsables, una fe iluminada por la reflexión que, sin cesar, sea confrontada con las fuentes del mensaje de la Iglesia y un discernimiento espiritual que se prosigue sin pausa en la oración.

El Consejo Pontificio para la Cultura, por su parte, está llamado a profundizar los problemas importantes que los desafíos de nuestro tiempo suscitan para la misión evangelizadora de la Iglesia. Por el estudio, por los encuentros, los grupos de reflexión, las consultas, el intercambio de informaciones y de experiencias, por la colaboración de los numerosos corresponsales que, han aceptado trabajar con vosotros en distintas partes del mundo, os exhorto vivamente a iluminar estas nuevas dimensiones a la luz de la reflexión teológica, de la experiencia y del aporte de las ciencias humanas.

Fuente: AAS 77 (1985) 740-743. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1985/january/documents/hf_jp-ii_spe_19850115_pont-consiglio-cultura_sp.html

 

4.1.11 Encíclica Slavorum apostoli (2-VI-1985) n. 21

21. Los hermanos de Salónica eran herederos no sólo de la fe, sino también de la cultura de la antigua Grecia, continuada por Bizancio. Todos saben la importancia que esta herencia tiene para toda la cultura europea y, directa o indirectamente, para la cultura universal. En la obra de evangelización que ellos llevaron a cabo como pioneros en los territorios habitados por los pueblos eslavos, está contenido, al mismo tiempo, un modelo de lo que hoy lleva el nombre de « inculturación » —encarnación del evangelio en las culturas autóctonas— y, a la vez, la introducción de éstas en la vida de la Iglesia.

En efecto, dicha actividad es tarea esencial de la Iglesia y es en nuestros días urgente en la forma ya mencionada de la «inculturación». Los dos hermanos no sólo desarrollaron su misión respetando plenamente la cultura existente entre los pueblos eslavos, sino que, junto con la religión, la promovieron y acrecentaron de forma eminente e incesante. De modo análogo, en nuestros días, las Iglesias de antigua formación pueden y deben ayudar a las Iglesias y a los pueblos jóvenes a madurar en su propia identidad y a progresar en ella.

Fuente: AAS 77 (1985) 802 y 807. Versión española:

http://www.vatican.va/edocs/ESL0041/__P6.HTM

 

4.1.12 Sínodo de Obispos (Asamblea Extraordinaria de 1985)

Inculturación. Aquí encontramos también el principio teológico para la inculturación. Puesto que la Iglesia es comunión que une diversidad y unidad, por su presencia en el mundo entero, asume en toda cultura lo que allí encuentra de positivo. Sin embargo, la inculturación no es una simple adaptación exterior: ella significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas... Es también necesario hacer todos los esfuerzos a fin de lograr una generosa evangelización de la cultura y más exactamente de las culturas. Ellas deben ser regeneradas por el impacto de la Buena Nueva, pero este impacto no se producirá si la Buena Nueva no es proclamada.

Fuente: Relación final Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi, 7-XII-1985, II, D, 4: EV 9/1813.

 

4.1.13 Encuentro con los intelectuales y el mundo universitario, Medellín, Colombia (5-VII-1986) nn. 2-4.

2. Servicio a la profundización de la identidad cultural

En este noble cometido de defensa y promoción del hombre integral, vosotros prestáis un servicio a la toma de conciencia y a la profundización de la identidad cultural de vuestro pueblo. La identidad cultural es un concepto dinámico y crítico: es un proceso en el cual se recrea en el momento presente un patrimonio pasado y se proyecta hacia el futuro, para que sea asimilado por las nuevas generaciones. De este modo se asegura la identidad y el progreso de un grupo social.

La cultura, exigencia típicamente humana, es uno de los elementos fundamentales que constituyen la identidad de un pueblo. Aquí hunde sus raíces su voluntad de ser como tal. Ella es la expresión completa de su realidad vital y la abarca en su totalidad: valores, estructuras, personas. Por ello la evangelización de la cultura es la forma más radical, global y profunda de evangelizar un pueblo. Hay valores típicos que caracterizan a la cultura latinoamericana, cuales son, entre otros, el anhelo de cambio, la conciencia de la propia dignidad social y política, los esfuerzos de organización comunitaria, sobre todo en los sectores populares, el creciente interés y respecto de la originalidad de las culturas indígenas, la potencialidad económica para hacer frente a las situaciones de extrema pobreza, las grandes dotes de humanidad que se manifiestan, sobre todo, en la disponibilidad para acoger a las personas, para compartir aquello que se tiene y para ser solidarios en la desgracia (cfr. DP 1721). Apoyándose sobre estos valores indudables se pueden afrontar los desafíos de nuestro tiempo: el movimiento migratorio del campo a la ciudad, el influjo de los medios de comunicación social con sus nuevos modelos de cultura, la legítima aspiración de promoción de la mujer, el advenimiento de la sociedad industrial, las ideologías materialistas, el problema de la injusticia y de la violencia...

En este contexto del servicio a la identidad cultural de vuestro pueblo, no está fuera de lugar recordaros que “la educación es una actividad humana en el orden de la cultura” (DP  1024); no sólo por ser “la primera y esencial tarea” (Discurso en la UNESCO, n. 11) de ésta, sino también porque la educación juega un papel activo, crítico y enriquecedor de la cultura misma. La universidad, por ser lugar eminente de educación en todos sus componentes -personas, ideas, instituciones-, puede proporcionar una contribución que va más allá de la pura conciencia de la identidad cultural nacional y popular. La educación, como tal impartida por ella, puede ofrecer una profundización y un enriquecimiento de la cultura misma del país.

3. Fe y cultura

Al dirigirme hoy a vosotros, dignos representantes del mundo intelectual y cultural colombiano, en especial, a los laicos comprometidos, deseo lanzar una llamada a que participéis activamente en la creación y defensa de una auténtica cultura de la verdad, del bien y de la belleza, de la libertad y del progreso, que pueda contribuir al diálogo entre ciencia y fe, cultura cristiana, cultura local y civilización universal.

La cultura supone y exige una “visión integral del hombre” entendido en la totalidad de sus capacidades morales y espirituales, en la plenitud de su vocación. Aquí es donde radica el nexo profundo, “la relación orgánica y constitutiva” (Discurso en la UNESCO, n. 9), que une entre sí a la fe cristiana y a la cultura humana: la fe ofrece la visión profunda del hombre que la cultura necesita; más aún, solamente ella puede proporcionar a la cultura su último y radical fundamento. En la fe cristiana la cultura puede encontrar alimento e inspiración definitiva.

Pero la conexión entre fe y cultura actúa también en dirección inversa. La fe no es una realidad etérea y externa a la historia, que, en un acto de pura liberalidad, ofrezca su luz a la cultura, quedándose indiferente ante ella. Al contrario, la fe se vive en la realidad concreta y toma cuerpo en ella y a través de ella. “La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe no acogida plenamente, no pensada por entero, no fielmente vivida” (Discurso en la UNESCO, n. 9). La fe compromete al hombre en la totalidad de su ser y de sus aspiraciones. Una fe que se situase al margen de lo humano y, por tanto, de la cultura, sería una fe infiel a la plenitud de cuanto la Palabra de Dios manifiesta y revela, una fe decapitada, más aún, una fe en proceso de autodisolución. La fe, aun cuando transcienda la cultura y por el hecho mismo de transcenderla y revelar el destino divino y eterno del hombre, crea y genera cultura.

4. Funciones de las Universidades Católicas

En este diálogo entre fe y cultura, corresponde de modo particular a las Universidades Católicas colombianas un servicio especial a la Iglesia y a la sociedad. Su primera obligación consiste en reflejar, sin disimulos, su propia identidad católica, encontrando su “significado último y profundo en Cristo, en su mensaje salvífico, que abraza al hombre en su totalidad” tratando de construir entre todos “una familia universitaria” (Discurso a los universitarios católicos, México, 31 de enero de 1979, n. 2a–3).

En este marco actúa -con las características que le son propias- la pastoral universitaria. Apostolado difícil, pero urgente y rico de posibilidades. Lo sabéis bien vosotros, los responsables de esta importante actividad de la Iglesia local que dedicáis a ella generosamente tiempo y energías. Os aliento vivamente a continuar en vuestro esfuerzo por llevar a cabo, en espíritu de colaboración y sentido eclesial una eficaz presencia pastoral en las universidades, sean estas públicas o privadas.

Las Universidades Católicas trabajen, en sano y leal espíritu de emulación con las demás universidades por potenciar el nivel científico y técnico de sus facultades y departamentos, la competencia y dedicación del profesorado, estudiantes y personal auxiliar. Colaboren activamente con los demás centros universitarios manteniendo un recíproco intercambio; estén presentes, además, en los organismos interuniversitarios nacionales e internacionales. Mantengan frecuentes contactos con la Congregación para la Educación Católica y con el Pontificio Consejo para la Cultura. De este modo, contribuirán, activa y eficazmente a la promoción y renovación de vuestra cultura, transformándola por la fuerza evangélica e integrando en armoniosa unidad los elementos nacionales, humanos y cristianos. (...)

Fuente: AAS 79 (1987) 95-100, o en IGP2 IX/2 (1986) 166-172.

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1986/july/documents/hf_jp-ii_spe_19860705_intellettuali-medellin_sp.html

 

4.1.14 “Instrumentum Laboris” para el Sínodo de los Obispos (1987)

Veinte años después del Concilio, la II asamblea extraordinaria del Sínodo profundiza la dinámica de la ‘inculturación’ del Evangelio. Por fuerza del principio de la comunión, capaz de fundar la diversidad en la unidad, la Iglesia, sin fácil adaptación externa, está en condiciones de acoger en profundidad aquellos elementos positivos que encuentra en toda cultura, los asimila y los integra en el cristianismo, radicándolo así en las diversas culturas (Cfr. Synodus Episcoporum (1985), Relatio finalis Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi, 7-XII-1985, II, D, 4: EV 9/1813; SA nn. 18, 19 y 21: EV 9/1592-1594.1596s.). Evangelización de la cultura e inculturación del Evangelio se entrelazan en el deber misionero de la Iglesia y la involucran concretamente en la construcción de una civilización de la verdad y del amor.

Más adelante, en el mismo documento al hablar de la importancia de la religiosidad popular dice:

Guiados por el Espíritu Santo y por la enseñanza de la Iglesia, los fieles laicos han sabido dar a la fe cristiana, en muchos países, una expresión popular viva y espontánea, que se manifiesta en las costumbres y en el lenguaje, en las devociones y en las fiestas, en la afluencia de peregrinos a ciertos santuarios, en el arte y en la sabiduría popular cristiana. Esta inculturación de la fe, hecha a lo largo de los siglos, es aceptada con respeto y promovida. Las eventuales faltas o deformaciones, que pueden aparecer en estas manifestaciones, encontrarán un remedio en un esfuerzo catequético apropiado para consolidar el ‘sensus fidei’ del pueblo.

Posteriormente, en las proposiciones del Sínodo respectivo, los padres sinodales sugieren:

La Inculturación. Los principios que regulan sobre todo esta inculturación cristiana son los siguientes cuatro: 1) cristológico: el misterio de la Encarnación del Verbo; 2) litúrgico: el diálogo del hombre con Dios que se manifiesta en modo comunitario con símbolos y signos específicos; 3) antropológico: el reconocimiento, la eventual purificación y elevación de los valores de una particular condición del pueblo (cfr. GS 57-58); 4) socio-político: la atención a las diversas culturas.

Fuente: EV 10/1689-1690; 1727; 2172.

 

4.1.15 Encuentro con los hombres de la cultura y empresarios, Lima, Perú (15-V-1988) nn. 3-7.

3. El interés por la cultura es, en primer lugar, un interés por el hombre y por el sentido de su existencia. Así lo afirmé en mi discurso a la UNESCO hace algunos años: (...). La cultura debe ser el espacio y el vehículo para que la vida humana sea cada vez más humana (cfr. RH 14; GS 38) y pueda el hombre vivir una vida digna, conforme al designio divino. Una cultura que no está al servicio de la persona no es verdadera cultura.

La Iglesia hace, pues, una opción radical por el hombre al plantearse la evangelización de la cultura. Su opción, en consecuencia, es la de un verdadero humanismo integral que eleva la dignidad del hombre a su verdadera e irrenunciable dimensión de hijo de Dios. Cristo revela el hombre al hombre mismo (cfr. GS 22), le devuelve su propia grandeza y dignidad, permitiéndole redescubrir el valor de su humanidad que por efecto del pecado se había oscurecido. ¡Qué inmenso valor debe tener para Dios el hombre, que ha merecido tan grande Redentor!

Por consiguiente, la acción de la Iglesia no puede conjugarse con la de aquellos “humanismos” que se limitan a una visión exclusivamente económica, biológica o síquica. La concepción cristiana de la vida está siempre abierta al amor de Dios. Fiel a esta vocación quiere mantenerse por encima de las distintas ideologías para optar sólo por el hombre desde el mensaje liberador cristiano. “La Iglesia –como he indicado en mi reciente Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”– no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos u otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo” (SRS 41).

4. Esta opción humanista desde la óptica cristiana supone, como toda opción, la vivencia clara de una escala de valores, pues éstos son el sustento de toda sociedad. Sin valores no hay posibilidad real de construir una sociedad verdaderamente humana, pues ellos determinan no sólo el sentido de la vida personal, sino también las políticas y estrategias de la vida pública. Una cultura que ha perdido su fundamento en los valores supremos se vuelve necesariamente contra el hombre.

Los grandes problemas que afectan a la cultura contemporánea tienen su origen en ese querer marginar la vida personal y pública de una recta escala de valores. Ningún modelo económico o político servirá plenamente al bien común si no se apoya en valores fundamentales que respondan a la verdad sobre el ser humano, “verdad que nos es revelada por Cristo, en toda su plenitud y profundidad” (Dives in Misericordia, 1.2). Los sistemas que elevan lo económico a la condición de factor único y determinante de tejido social están condenados por su propio dinamismo interno a volverse contra el hombre.

Lo cierto es que solamente acudiendo a las capacidades morales y espirituales de la persona, se obtienen cambios culturales, económicos y sociales que estén verdaderamente al servicio del hombre, pues, el pecado, que se encuentra en la raíz de las situaciones injustas, es, en sentido propio y primordial, un acto voluntario que tiene su origen en la libertad de cada persona. Por eso, la rectitud de las costumbres es condición para la salud de toda la sociedad (cfr. Instrucción Libertatis Conscientia, 75).

5. Dentro de la inmensa tarea de evangelización a la que estamos llamados como Iglesia, la evangelización de la cultura ocupa un lugar preferencial (cfr. DP 365s). Ella debe alcanzar a todo el hombre y a todas las manifestaciones del hombre, llegando hasta la raíz misma de su ser, costumbres y tradiciones (cfr. EN 20).

La evangelización de la cultura supone un esfuerzo por salir al encuentro del hombre contemporáneo, buscando con él caminos de acercamiento y diálogo para promocionar su condición. Es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual y iluminarlas desde el Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna. De esta manera dignifica los modelos de comportamiento, los criterios de juicio, los valores dominantes, los intereses mayores, los hábitos y costumbres que sellan el trabajo, la vida familiar, social, económica y política.

Evangelizar la cultura es promover al hombre en su dimensión más profunda. Por ello, se hace a veces necesario poner en evidencia todo aquello que a la luz del Evangelio atenta contra la dignidad de la persona. Por otra parte, la fe es fermento para una auténtica cultura, porque su dinamismo promueve la realización de una síntesis cultural en una visión equilibrada, que sólo se puede conseguir a la luz superior de que ella es portadora. La fe ofrece la respuesta de aquella sabiduría “siempre antigua y siempre nueva” que puede ayudar al hombre a adecuar, con criterios de verdad, los medios a los fines, los proyectos a los ideales, las acciones a los patrones morales que permitan restablecer en nuestro hoy el alterado equilibrio de valores. En una palabra, la fe, lejos de ser un obstáculo, es fuerza fecunda para la creación de la cultura.

La acción evangelizadora de la cultura en el Perú de hoy y del futuro debe partir de un hecho consignado por la historia: la primera evangelización – cuyo inicio pronto cumplirá 500 años– modeló la identidad histórico-cultural de vuestro pueblo (cfr. DP 412, 445-446; Discurso en la apertura de la Novena de años promovido por el CELAM, Santo Domingo, 12-X-1984, 2: IGP2 VII/2 (1984) 885); y el substrato cultural católico, sellado particularmente por el corazón y su intuición, se expresa en la plasmación artística, de la que vuestros templos, vuestras pinturas tradicionales, vuestro arte popular, constituyen una muestra tan valiosa. Se expresa también, con caracteres no pocas veces conmovedores, la piedad hecha vida de las manifestaciones populares de devoción.

6. Si bien es cierto que la fe trasciende toda cultura, dado que pone de manifiesto un acontecimiento que tiene su origen en Dios y no en el hombre, ello no quiere decir que esté al margen de la cultura. Hay una íntima vinculación entre el Evangelio y las realizaciones del hombre. Este vínculo es creador de cultura.

De la misma manera que la cultura necesita una visión integral y superior del ser humano, la fe necesita hacerse cultura, necesita inculturarse. “Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, no enteramente pensada, no fielmente vivida” (Creación del Pontificio Consejo para la Cultura. Carta al Secretario de Estado, Roma, 20-V-1982: AAS 74 (1982) 683-688)

Por ello, es misión de todo cristiano empeñarse por inculturar cada vez más profundamente el mensaje del Evangelio en la variedad de expresiones culturales profundamente arraigadas en vuestro país, en las que la fe ha desplegado una función felizmente integradora. De esta manera, contribuiréis también vosotros a esta elevada tarea, reforzando la cohesión y la necesaria unidad en vuestra patria.

No está fuera de lugar llamar aquí la atención ante un peligro que puede presentarse en el proceso de integrar la fe en la cultura, esto es, el peligro del temporalismo como criterio reduccionista del mensaje cristiano. En pueblos que están buscando con indecible tesón una mayor vivencia de la justicia, donde las desigualdades socio-económicas son muy grandes y las condiciones de vida para muchos son a veces infrahumanas, aparece con frecuencia la tentación de reducir la misión de la Iglesia a la búsqueda de un proyecto meramente temporal o incluso a la acción política. De esta manera, el punto de llegada a todos es evidente: se vacía el mensaje cristiano de sus contenidos esenciales, se adultera la fe, se traiciona el Evangelio.

7. De modo particular quiero dirigirme esta tarde a todos los que os ocupáis por la creación y fomento de la cultura. Sobre vosotros recae una no leve responsabilidad, ya que de las opciones que sepáis llevar a cabo dependerá a su vez el que vuestra cultura esté al servicio del hombre o se vuelva contra él.

Sois vosotros, pensadores, los que con sentido cristiano de la vida habéis de mostrar que la fe y la ciencia no se oponen. En efecto, la inteligencia humana, con el correr de los siglos, ha ido descubriendo no pocos de los misterios naturales que intrigan al hombre, y desvelando la lógica correlación entre la teología y los saberes temporales. La grandeza del trabajo intelectual, lo sabéis bien, lo constituye, en definitiva, la búsqueda de la verdad. Así lo señalaba en mi Encíclica “Redemptor Hominis”: “En esta inquietud creadora late y pulsa lo que es profundamente humano: la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de libertad, la nostalgia de lo bello, la voz de la conciencia” (RH 18).

La labor que Dios os pide es un servicio a la verdad. Verdad que debe ser buscada sin cesar en las instituciones de investigación y enseñada a cada momento en los centros educativos; que debe presidir las tareas de los medios de comunicación social, de la política, la economía, el arte en sus diversas y ricas manifestaciones, y que debe resistir a la tentación de manipular y de dejarse manipular.

A este propósito deseo alentar a los profesionales de la información a ser auténticos promotores del bien común, como le corresponde a su noble y alta actividad, que casi me atrevería a definir como misión de servicio a la comunidad. Esa misma sociedad a la que han de servir pide y espera que no se dejen llevar por intereses o conveniencias de parte que, desfigurando los hechos, pueden perjudicar la pacífica convivencia ciudadana o debilitar los valores esenciales de la estabilidad democrática y del orden constitucional.

Fuente: IGP2 XI/2 (1988) 1448-1458.

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1988/may/documents/hf_jp-ii_spe_19880515_san-toribio_sp.html

 

4.1.16 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (13-I-1989) nn. 2, 5-6.

La Evangelización de las culturas y la inculturación de la fe

2. Contemplando el mundo desde un punto de vista universal, captáis mejor el significado apostólico de vuestros trabajos y encontráis un motivo sólido para proseguir con vuestra misión. Mediante este trabajo de discernimiento evangélico, la Iglesia no tiene otro objetivo que a anunciar mejor a toda cultura la Buena Nueva de la salvación en Jesucristo. Porque la realidad humana, individual y social, ha sido liberada por Cristo: las personas, como las actividades humanas, de ahí que la cultura es la expresión más eminente y la más encarnada.

La acción salvífica de la Iglesia con las culturas se ejerce primeramente por intermedio de las personas, de las familias y de los educadores. También una adecuada formación es indispensable para que los cristianos aprendan a manifestar con claridad cómo el fermento evangélico tiene el poder de purificar y elevar los modos de pensar, de juzgar y de actuar que constituyen una determinada cultura. Jesucristo, nuestro Salvador, ofrece su luz y su esperanza a todos aquellos y aquellas que se dedican a las ciencias, las artes, las letras y a los innumerables campos desarrollados por la cultura moderna. Todos los hijos e hijas de la Iglesia deben entonces tomar conciencia de su misión y descubrir cómo la fuerza del Evangelio puede penetrar y regenerar las mentalidades y los valores dominantes que inspiran a cada una de las culturas, así como las opiniones y las actitudes que de ellas se derivan. Cada uno en la Iglesia, mediante la oración y la reflexión, podrá aportar la luz del Evangelio y la irradiación de su ideal ético y espiritual. De este modo, por medio de este paciente trabajo de gestación, humilde y escondido, los frutos de la Redención penetrarán poco a poco las culturas y les otorgarán abrirse en plenitud a las riquezas de la gracia de Cristo.

5. Finalmente, quiero destacar la activa participación que el Consejo Pontificio para la Cultura ha tomado en los trabajos de la Comisión Teológica Internacional sobre la fe y la inculturación. Habéis participado muy de cerca en la elaboración del documento que ha sido preparado con este título y que permitirá comprender mejor el significado bíblico, histórico, antropológico, eclesial y misionero que reviste la inculturación de la fe cristiana. Presenta una posición decisiva para la acción de la Iglesia, tanto en el corazón de las diversas culturas tradicionales, como en las complejas formas de la cultura moderna. Vuestra responsabilidad es ahora traducir estas orientaciones teológicas en programas concretos de pastoral cultural, y me alegra que varias Conferencias Episcopales piensen dedicarse a ello, especialmente en América Latina y en Africa. Animo estas experiencias pastorales y deseo que sus resultados sean compartidos con el conjunto de la Iglesia.

6. Con frecuencia he tenido ocasión de decirlo, pero quiero aún repetirlo: el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. Y el lazo fundamental del mensaje de Cristo y de la Iglesia con el hombre en su misma humanidad es creador de cultura en su íntimo fundamento. Esto quiere decir que las conmociones culturales de nuestro tiempo nos invitan a volver a lo esencial y a encontrar nuevamente la preocupación fundamental que es el hombre en todas sus dimensiones, políticas y sociales, ciertamente, pero también, culturales, morales y espirituales. De ello depende, en efecto, el mismo futuro de la humanidad. Inculturar el Evangelio, no es reconducirlo a lo efímero y reducirlo a lo superficial agitado por la cambiante actualidad. Por el contrario, con una audacia totalmente espiritual, insertar la fuerza del fermento evangélico y su novedad más joven que toda modernidad, en el corazón mismo de las sacudidas de nuestro tiempo, en gestación de nuevos modos de pensar, de actuar y de vivir. Es la fidelidad a la alianza con la eterna sabiduría la que es la fuente incesante de renacimiento de nuevas culturas. Quienes han recibido la novedad del Evangelio se lo apropian e interiorizan de tal modo que lo vuelven a expresar en su vivencia cotidiana, según su propia índole. Así, la inculturación del Evangelio en las culturas va a la par con su renovación y las conduce a su auténtica promoción, tanto en la Iglesia como en la ciudad.

Fuente: AAS 81 (1989) 856-860.

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1989/january/documents/hf_jp-ii_spe_19890113_address-to-pc-culture_sp.html

 

4.1.17 Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio (29-VI-1990) n. 28.

Evangelización de la cultura

28.  El reto de la nueva evangelización exige que el mensaje salvador cale en el corazón de los hombres y en las estructuras de la vida social. Así he querido ponerlo de relieve en mi alocución a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina.

Es un hecho que las Órdenes y Congregaciones religiosas han sido siempre promotores de la cultura, desde los comienzos mismos de la predicación del mensaje de Cristo en el Continente; lo son también por la variedad de sus carismas, por sus obras apostólicas, por su presencia en la sociedad latinoamericana. En efecto, los religiosos ejercen su actividad en todos los campos de la enseñanza, desde la elemental y media hasta la profesional y universitaria; también en la catequesis, desde la infantil hasta la de adultos, tratando de formar apostólicamente a los laicos; se hallan en el corazón de las grandes metrópolis, en los barrios marginales, entre los indígenas, cuya cultura estudian y cuyos derechos defienden.

Estoy seguro de que los religiosos y las religiosas en América Latina sabréis estar en la vanguardia de esta nueva responsabilidad evangelizadora que ha de asumir, con la fuerza del mensaje salvífico, toda la riqueza cultural de los pueblos y etnias del Continente en una solidaria y esperanzadora civilización del amor. Contribuid, pues, a forjar una cultura que esté siempre abierta a los valores de la vida, a la originalidad del mensaje evangélico, a la solidariedad entre las personas; una cultura de la paz y de la unidad que Cristo ha pedido al Padre para todos los que creen en Él.

Para ello, los religiosos, en la medida en que seáis fieles al propio carisma, encontraréis la fuerza de la creatividad apostólica que os guiará en la predicación e inculturación del Evangelio. Tengo plena confianza en que, con vuestra aportación generosa, se seguirá llevando a cabo la deseada transformación cultural y social de ese Continente.

En efecto, la historia de la primera Evangelización de América Latina es para todos un llamamiento ineludible a perseverar en la labor emprendida y, al mismo tiempo, constituye un motivo de viva esperanza cristiana.

Fuente: AAS 83 (1991) 43.

 

4.1.18 Encíclica Redemptoris missio (7-XII-90) nn. 52 y 54.

Encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos

52. Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. En ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y urgente.

El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera adaptación externa, ya que la inculturación «significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas» (Asamblea extraordinaria de 1985, Relación Final, II, D, 4). Es, pues, un proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.

Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad (cfr. CT 53; SA 21); transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro (cfr. EN 20, lc; 18). Por su parte, con la inculturación la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para su misión.

Gracias a esta acción en las Iglesias locales, la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación. Estos temas, presentes en el Concilio y en el Magisterio posterior, los he afrontado repetidas veces en mis visitas pastorales a las Iglesias jóvenes.

La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se desarrollan, la de los Pastores que tienen la responsabilidad de discernir y fomentar su actuación (cfr. AG 22). 

54. La inculturación, en su recto proceso debe estar dirigida por dos principios: «la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal» (cfr. FC 10). Los Obispos, guardianes del «depósito de la fe» se cuidarán de la fidelidad y, sobre todo del discernimiento, para lo cual es necesario un profundo equilibrio; en efecto, existe el riesgo de pasar acríticamente de una especie de alienación de la cultura a una supervaloración de la misma, que es un producto del hombre, en consecuencia, marcada por el pecado. También ella debe ser «purificada, elevada y perfeccionada» (LG, 17).

Este proceso necesita una gradualidad, para que sea verdaderamente expresión de la experiencia cristiana de la comunidad... Finalmente la inculturación debe implicar a todo el pueblo de Dios, no sólo a algunos expertos, ya que se sabe que el pueblo reflexiona sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista. Esta inculturación debe ser dirigida y estimulada, pero no forzada, para no suscitar reacciones negativas en los cristianos: debe ser expresión de la vida comunitaria, es decir, debe madurar en el seno de la comunidad, y no ser fruto exclusivo de investigaciones eruditas. La salvaguardia de los valores tradicionales es efecto de una fe madura.

Fuente: AAS 83 (1991) 299-300 y 301-302. Versión española:

http://www.vatican.va/edocs/ESL0040/__P7.HTM

 

4.1.19 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (10-I-1992) nn. 4-6, 8-10.

Injertar el Evangelio en todas las culturas

4. En este año 1992 se celebra el quinto centenario de la evangelización de América. He querido de modo particular que la "cultura cristiana" sea uno de los ejes principales de este jubileo, en el cual la Iglesia propondrá verdaderamente el Evangelio de Cristo a los hombres en la medida en que se dirija a cada hombre en su cultura y en que la fe de los cristianos muestre su capacidad de fecundar las culturas emergentes, que llevan consigo la esperanza para el futuro. América Latina representa casi la mitad de los católicos del mundo. El reto de su nueva evangelización está estrechamente unido a un diálogo renovado entre las culturas y la fe. También el Pontificio Consejo de la cultura, seguirá aportando su experiencia a las Conferencias episcopales que lo soliciten, con el CELAM.

5. El próximo Sínodo de los obispos para África dará un puesto central al gran desafío de la implantación del Evangelio en las culturas africanas. Los documentos preparatorios ya han estudiado de cerca las relaciones entre evangelización e inculturación. Desde hace más de un siglo, los misioneros han gastado generosamente sus energías y han sacrificado con frecuencia su propia vida a fin de que el Evangelio salvador alegrara al africano en el corazón de su ser. La inculturación es un proceso lento, que abarca en toda la extensión de la vida misionera. Y una mirada de conjunto dirigida hacia la humanidad muestra que esta misión está aún en sus comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras fuerzas a su servicio (cf. Redemptoris missio, 52 y 1). En vísperas de este Sínodo, las Iglesias de África, amenazadas por el sincretismo y las sectas, encuentran un nuevo impulso para anunciar el Evangelio y acogerlo en función de sus culturas, en el marco de la catequesis, de la formación de los sacerdotes y de los catequistas, de la liturgia y de la vida de las comunidades cristianas. Esto requiere tiempo: todo proceso de inculturación auténtica de la fe es un acto de "tradición", que debe hallar su inspiración y sus normas en la única Tradición. Supone una profundización teológica y antropológica del mensaje de la Redención y, a la vez, el testimonio vivo e irreemplazable de las comunidades cristianas, felices de poder compartir su amor ferviente de Cristo.

6. Os espera una labor urgente: restablecer los lazos que se han debilitado, y a veces roto, entre los valores culturales de nuestro tiempo y su fundamento cristiano permanente. Los cambios políticos, los trastornos económicos, y las transformaciones culturales de estos últimos años han contribuido ampliamente a una toma de conciencia moral, dolorosa y lúcida. Tras decenios de opresión totalitaria, hombres y mujeres nos dan su testimonio desgarrador: es a la conciencia moral, guardiana de su identidad profunda, que ellos deben su supervivencia personal. Muchos son hoy los jóvenes y menos jóvenes de las naciones industrializadas que claman, por todos los medios, su insatisfacción frente al "tener" que asfixia al "ser". Por doquier, los pueblos exigen que se respeten su cultura y su derecho a una vida plenamente humana. Gracias a la cultura se hace realidad la expresión de Pascal: "El hombre supera infinitamente al hombre".

8. Las aspiraciones fundamentales del hombre encierran un sentido. Expresan, de múltiples modos, a veces confusos, la vocación a "ser", inscrita por Dios en el corazón de cada hombre. En medio de las incertidumbres y angustias de nuestro tiempo, la misión os llama a ofrecer lo mejor de vosotros mismos para desarrollar una verdadera cultura de la esperanza, fundada en la Revelación y la Salvación de Jesucristo.

La libertad es plenamente valorada cuando la acogida de la verdad y el amor que Dios llega a todo hombre. Para los cristianos es un inmenso desafío: testimoniar el amor, que es la fuente y la realización de toda cultura, en Jesucristo que nos ha liberado.

9. Humanizar con el Evangelio la sociedad y sus instituciones, y dar nuevamente a la familia, a las ciudades y a los pueblos un alma digna del hombre creado a imagen de Dios, tal es el desafío del siglo XXI. La Iglesia puede contar con los hombres y las mujeres de cultura para ayudar a los pueblos a recuperar su memoria, reavivar su conciencia y preparar su porvenir. El fermento cristiano fecundará y extenderá las culturas y sus valores.

De este modo Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14,6), Él que ha dado "novedad a todas las cosas, al darse Él mismo", como escribió Ireneo de Lión (Adv. haer., IV, 34, 1). De allí, la importancia de la educación y la necesidad de profesores que sean auténticos formadores de la persona. La necesidad de investigadores y de sabios cristianos, cuya capacidad científica sea reconocida y apreciada, para dar sentido a los descubrimientos de la ciencia y a las invenciones de la técnica. El mundo tiene necesidad de sacerdotes, de religiosos, de religiosas y de laicos seriamente formados en el conocimiento de la heredad doctrinal de la Iglesia, rica de su patrimonio cultural bimilenario, fuente siempre fecunda de artistas y poetas, capaces de ayudar al pueblo de Dios a vivir el misterio inagotable de Cristo, celebrado en la belleza, meditado en la oración y encarnado en la santidad.

10. Señores Cardenales, queridos amigos, que este encuentro con el Sucesor de Pedro os fortalezca en la conciencia de vuestra misión. La cultura es del hombre, por el hombre y para el hombre. La vocación del Pontificio Consejo para la Cultura, vuestra vocación, en este final del siglo y del milenio, consiste en suscitar una nueva cultura del amor y de la esperanza inspirada en la verdad que nos hace libres en Jesucristo. Éste es el objetivo de la inculturación, prioridad para la nueva evangelización. El arraigo del Evangelio en el seno de las culturas es una exigencia de la misión, tal como lo recordé recientemente en la encíclica Redemptoris missio. Sed sus artífices auténticos, en comunión profunda con la Santa Sede y con toda la Iglesia, en el seno de las Iglesias locales, bajo la guía de sus Pastores.

Fuente: AAS 85 (1993) 57-62. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1992/january/documents/hf_jp-ii_spe_19920110_pont-cons-cultura_sp.html

 

4.1.20 Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25-III-1992) n. 55.

55. Un problema ulterior nace de la exigencia -hoy intensamente sentida- de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe. Es éste un problema eminentemente pastoral, que debe ser incluido con mayor amplitud y particular sensibilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio: «En las actuales circunstancias, en que en algunas regiones del mundo la religión cristiana se considera como algo extraño a las culturas, tanto antiguas como modernas, es de gran importancia que en toda la formación intelectual y humana se considere necesaria y esencial la dimensión de la inculturación (cfr. Propositio 32). Pero esto exige previamente una teología auténtica, inspirada en los principios católicos sobre esa inculturación. Estos principios se relacionan con el misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico de la inculturación; ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo (cfr. RM 67)».

Fuente: AAS 84 (1992) 754-757. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_25031992_pastores-dabo-vobis_sp.html

 

4.1.21 Discurso en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12-X-1992) nn. 20-24.

IV. Cultura cristiana

20. Aunque el Evangelio no se identifica con ninguna cultura en particular, sí debe inspirarlas, para de esta manera transformarlas desde dentro, enriqueciéndolas con los valores cristianos que derivan de la fe. En verdad, la evangelización de las culturas representa la forma más profunda y global de evangelizar a una sociedad, pues mediante ella el mensaje de Cristo penetra en las conciencias de las personas y se proyecta en el «ethos» de un pueblo, en sus actitudes vitales, en sus instituciones y en todas las estructuras (cfr. Discurso a los intelectuales y al mundo universitario, Medellín, 5-VII-1986, 2).

El tema «cultura» ha sido objeto de particular estudio y reflexión por parte del CELAM en los últimos años. También la Iglesia toda dirige su atención a esta importante materia, «ya que la nueva evangelización ha de proyectarse sobre la cultura "adveniente", sobre todas las culturas, incluidas las culturas indígenas» (cfr. Angelus, 28-VI-1992). Anunciar a Jesucristo en todas las culturas es la preocupación central de la Iglesia y objeto de su misión. En nuestros días, esto exige, en primer lugar, el discernimiento de las culturas como realidad humana a evangelizar y, consiguientemente, la urgencia de un nuevo tipo de colaboración entre todos los responsables de la obra evangelizadora.

21.  En nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural actual presenta un buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la evangelización; pero, al mismo tiempo, ha eliminado valores religiosos fundamentales y ha introducido concepciones engañosas que no son aceptables desde el punto de vista cristiano.

La ausencia de esos valores cristianos fundamentales en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo transcendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso – también en América Latina –, sino que, a la vez, es causa determinante del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona.

Frente a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico sobre los valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos, que frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por el bien como por el mal. En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cfr. RM 52). Uno de estos retos a la evangelización es el de intensificar el diálogo entre las ciencias y la fe, en orden a crear un verdadero humanismo cristiano. Se trata de mostrar que la ciencia y la técnica contribuyen a la civilización y a la humanización del mundo en la medida en que están penetradas por la sabiduría de Dios. A este propósito, deseo alentar vivamente a las Universidades y Centros de estudios superiores, especialmente los que dependen de la Iglesia, a renovar su empeño en el diálogo entre fe y ciencia.

22.  La Iglesia mira con preocupación la fractura existente entre los valores evangélicos y las culturas modernas, pues éstas corren el riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución agnóstica y sin referencia a la dimensión moral (cfr. Discurso al Pontificio Consejo para la Cultura, 18-I-1983). A este respecto, conservan pleno vigor aquellas palabras del Papa Pablo VI: “La ruptura entre evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Éstas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva” (EN 20).

La Iglesia, que considera al hombre como su “camino” (cfr. RM 14), ha de saber dar una respuesta adecuada a la actual crisis de la cultura. Frente al complejo fenómeno de la modernidad, es necesario dar vida a una alternativa cultural plenamente cristiana. Si la verdadera cultura es la que expresa los valores universales de la persona, ¿qué puede proyectar más luz sobre la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre su libertad y destino que el Evangelio de Cristo?

En este hito histórico del medio milenio de la evangelización de vuestros pueblos, os invito pues, queridos Hermanos, a que, con el ardor de la nueva evangelización, animados por el Espíritu del Señor Jesús, hagáis presente la Iglesia en la encrucijada cultural de nuestro tiempo, para impregnar con los valores cristianos las raíces mismas de la cultura “adveniente” y de todas las culturas ya existentes. A este respecto, particular atención habréis de prestar a las culturas indígenas y afroamericanas, asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente humano y humanizante. Su visión de la vida, que reconoce la sacralidad del ser humano, su profundo respeto a la naturaleza, la humildad, la sencillez, la solidaridad son valores que han de estimular el esfuerzo por llevar a cabo una auténtica evangelización inculturada, que sea también promotora de progreso y conduzca siempre a la adoración a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23). Mas, el reconocimiento de dichos valores no os exime de proclamar en todo momento que “Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios” (RM 5).

La evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna” (Discurso al mundo de la cultura, Lima, 15-V-1988, 5). Pero este esfuerzo de comprensión e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio de la Buena Nueva (cfr. RM 46), de tal manera que la penetración del evangelio en las culturas no sea una simple adaptación externa, sino un “proceso profundo y, global que abarque tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia” (RM 52), respetando siempre las características y la integridad de la fe.

23.  Al ser la comunicación entre las personas un importante elemento generador de cultura, los modernos medios de comunicación social revisten en este terreno una importancia de primer orden. Intensificar la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación ha de ser ciertamente una de vuestras prioridades. Vienen a mi mente las graves palabras de mi venerado predecesor el Papa Pablo VI: “La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más” (EN 45).

Por otra parte, se ha de vigilar también sobre el uso de los medios de comunicación social en la educación de la fe y en la difusión de la cultura religiosa. Una responsabilidad que incumbe sobre todo a las casas editoriales dependientes de instituciones católicas, que deben “ser objeto de particular solicitud por parte de los Ordinarios del lugar, a fin de que sus publicaciones sean siempre conformes a la doctrina de la Iglesia y contribuyan eficazmente al bien de las almas” (Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe, 30-III-1992, 25, 2).

Ejemplos de inculturación del evangelio lo constituyen también ciertas manifestaciones socio–culturales que están surgiendo en defensa del hombre y de su entorno, y que han de ser iluminadas por la luz de la fe. Es el caso del movimiento ecologista en favor del respeto debido a la naturaleza y contra la explotación desordenada de sus recursos, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. La convicción de que “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano” (GS 69) ha de inspirar un sistema de gestión de los recursos más justo y mejor coordinado a nivel mundial. La Iglesia hace suya la preocupación por el medio ambiente e insta a los gobiernos para que protejan este patrimonio según los criterios del bien común (cfr. Mensaje para la XXV Jornada Mundial de la Paz, 1-I-1992).

24.  El desafío que representa la cultura “adveniente”, no debilita sin embargo nuestra esperanza, y damos gracias a Dios porque en América Latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del Continente e inspirando muchas de sus instituciones. En efecto, la Iglesia en Latinoamérica ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción.

Se nos presenta ahora el reto formidable de la continua inculturación del evangelio en vuestros pueblos, tema que habréis de abordar con clarividencia y profundidad durante los próximos días. América Latina, en Santa María de Guadalupe, ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. En efecto, en la figura de María –desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús– se encarnaron auténticos valores culturales indígenas. En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac se resume el gran principio de la inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias culturas (cfr. RM 52).

Fuente: AAS 85 (1993) 822-826.

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1992/october/documents/hf_jp-ii_spe_19921012_iv-conferencia-latinoamerica_sp.html

 

4.1.22 Mensaje a los indígenas de América (12-X-1992) nn. 2-6.

2. Hace ahora 500 años el Evangelio de Jesucristo llegó a vuestros pueblos. Pero ya antes, y sin que acaso lo sospecharan, el Dios vivo y verdadero estaba presente iluminando sus caminos. El apóstol san Juan nos dice que el Verbo, el Hijo de Dios, “es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que llega a este mundo” (Jn 1, 9). En efecto, las “semillas del Verbo” estaban ya presentes y alumbraban el corazón de vuestros antepasados para que fueran descubriendo las huellas del Dios Creador en todas sus criaturas: el sol, la luna, la madre tierra, los volcanes y las selvas, las lagunas y los ríos.

Pero, a la luz de la Buena Nueva, ellos descubrieron que todas aquellas maravillas de la creación no eran sino un pálido reflejo de su Autor y que la persona humana, por ser imagen y semejanza del Creador, es muy superior al mundo material y está llamada a un destino transcendente y eterno. Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del pecado, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y abriéndonos el camino hacia la vida que no tiene fin. El mensaje de Jesucristo les hizo ver que todos los hombres son hermanos porque tienen un Padre común: Dios. Y todos están llamados a formar parte de la única Iglesia que el Señor ha fundado con su sangre (cfr. Hch 20, 28).

A la luz de la revelación cristiana las virtudes ancestrales de vuestros antepasados como la hospitalidad, la solidaridad, el espíritu generoso, hallaron su plenitud en el gran mandamiento del amor, que ha de ser la suprema ley del cristiano. La persuasión de que el mal se identifica con la muerte y el bien con la vida les abrió el corazón a Jesús que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

Todo esto, que los Padres de la Iglesia llaman las “semillas del Verbo”, fue purificado, profundizado y completado por el mensaje cristiano, que proclama la fraternidad universal y defiende la justicia. Jesús llamó bienaventurados a los que tienen sed de justicia (cfr. Mt 5, 6). ¿Qué otro motivo sino la predicación de los ideales evangélicos movió a tantos misioneros a denunciar los atropellos cometidos contra los indios en la época de la conquista a la llegada de los conquistadores? Ahí están para demostrarlo la acción apostólica y los escritos de intrépidos evangelizadores españoles como Bartolomé de Las Casas, Fray Antonio de Montesinos, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel de Nóbrega y de tantos otros hombres y mujeres que dedicaron generosamente su vida a los nativos. La Iglesia, que con sus religiosos, sacerdotes y obispos ha estado siempre al lado de los indígenas, ¿cómo podría olvidar en este V Centenario los enormes sufrimientos infligidos a los pobladores de este Continente durante la época de la conquista y la colonización? Hay que reconocer con toda verdad los abusos cometidos debido a la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

3.     En esta conmemoración del V Centenario, deseo repetir cuanto os dije durante mi primer viaje pastoral a América Latina: “El Papa y la Iglesia están con vosotros y os aman: aman vuestras personas, vuestra cultura, vuestras tradiciones; admiran vuestro maravilloso pasado, os alientan en el presente y esperan tanto en el porvenir” (Discurso en Cuilapán, 29-I-1979, 5). Por eso, quiero también hacerme eco y portavoz de vuestros más profundos anhelos.

Sé que queréis ser respetados como personas y como ciudadanos. Por su parte, la Iglesia hace suya esta legítima aspiración, ya que vuestra dignidad no es menor que la de cualquier otra persona o raza. Todo hombre o mujer ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27). Y Jesús, que mostró siempre su predilección por los pobres y abandonados, nos dice que todo lo que hagamos o dejemos de hacer “a uno de estos mis hermanos menores”, a él se lo hacemos (cfr. Mt 25, 40). Nadie que se precie del nombre de cristiano puede despreciar o discriminar por motivos de raza o cultura. El apóstol Pablo nos amonesta al respecto: “Porque en un mismo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres” (1 Cor 12, 13).

La fe, queridos hermanos y hermanas, supera las diferencias entre los hombres. La fe y el bautismo dan vida a un nuevo pueblo: el pueblo de los hijos de Dios. Sin embargo, aun superando las diferencias, la fe no las destruye sino que las respeta. La unidad de todos nosotros en Cristo no significa, desde el punto de vista humano, uniformidad. Por el contrario, las comunidades eclesiales se sienten enriquecidas al acoger la múltiple diversidad y variedad de todos sus miembros.

4.     Por eso, la Iglesia alienta a los indígenas a que conserven y promuevan con legítimo orgullo la cultura de sus pueblos: las sanas tradiciones y costumbres, el idioma y los valores propios. Al defender vuestra identidad, no sólo ejercéis un derecho, sino que cumplís también el deber de transmitir vuestra cultura a las generaciones venideras, enriqueciendo de este modo a toda la sociedad. Esta dimensión cultural, con miras a la evangelización, será una de las prioridades de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se desarrolla en Santo Domingo y que he tenido el gozo de inaugurar como acto preeminente de mi viaje con ocasión del V Centenario.

La tutela y respeto de las culturas, valorando todo lo que de positivo hay en ellas, no significa, sin embargo, que la Iglesia renuncia a su misión de elevar las costumbres, rechazando todo aquello que se opone o contradice la moral evangélica. “La Iglesia –afirma el Documento de Puebla– tiene la misión de dar testimonio del "verdadero Dios y único Señor". Por lo cual, no puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar las falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre” (nn. 405-406).

Elemento central en las culturas indígenas es el apego y cercanía a la madre tierra. Amáis la tierra y queréis permanecer en contacto con la naturaleza. Uno mi voz a la de cuantos demandan la puesta en acto de estrategias y medios eficaces para proteger y conservar la naturaleza creada por Dios. El respeto debido al medio ambiente ha de ser siempre tutelado por encima de intereses exclusivamente económicos o de la abusiva explotación de recursos en tierras y mares.

5. (...)

Os aliento, pues, a un renovado empeño a ser también protagonistas de vuestra propia elevación espiritual y humana mediante el trabajo digno y constante, la fidelidad a vuestras mejores tradiciones, la práctica de las virtudes. Para ello contáis con los genuinos valores de vuestra cultura, acrisolada a lo largo de las generaciones que os han precedido en esta bendita tierra. Pero, sobre todo, contáis con la mayor riqueza que, por la gracia de Dios, habéis recibido: vuestra fe católica. Siguiendo las enseñanzas del Evangelio, lograréis que vuestros pueblos, fieles a sus legítimas tradiciones, progresen tanto en lo material como en lo espiritual. Iluminados por la fe en Jesucristo, veréis en los demás hombres, por encima de cualquier diferencia de raza o cultura, a hermanos vuestros. La fe agrandará vuestro corazón para que quepan en él todos vuestros conciudadanos. Y esa misma fe llevará a los demás a amaros, a respetar vuestra idiosincrasia y a unirse con vosotros en la construcción de un futuro en el que todos sean parte activa y responsable, como corresponde a la dignidad cristiana.

6.     Acerca del puesto que os corresponde en la Iglesia exhorto a todos a fomentar aquellas iniciativas pastorales que favorezcan una mayor integración y participación de las comunidades indígenas en la vida eclesial. Para ello, habrá que hacer un renovado esfuerzo en lo que se refiere a la inculturación del Evangelio, pues “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, ni totalmente pensada, ni fielmente vivida” (Discurso al mundo de la cultura, Lima 15-V-1988). Se trata, en definitiva, de conseguir que los católicos indígenas se conviertan en los protagonistas de su propia promoción y evangelización. Y ello, en todos los terrenos, incluidos los diversos ministerios. ¡Qué inmenso gozo el día en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos que hayan salido de vuestras propias familias y os guíen en la adoración a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23)! (...).

Fuente: AAS 85 (1993) 832-837.

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/pont_messages/1992/documents/hf_jp-ii_mes_19921012_indigeni-america_sp.html

 

4.1.23 Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura (18-III-1994) nn. 1-4, 8-9.

El diálogo con los no creyentes y la inculturación de la fe

1. Con alegría os acojo esta mañana, miembros, consultores y colaboradores del Consejo pontificio para la cultura, reunidos bajo la presidencia del cardenal Paul Poupard durante esta primera asamblea plenaria del dicasterio, tal como quedó constituido después de la unión de los anteriores Consejos pontificios para el diálogo con los no creyentes y para la cultura, según el motu proprio Inde a pontificatus, del 25 de marzo de 1993.

Sabéis bien que, desde comienzos de mi pontificado, he insistido en la gran importancia de las relaciones entre la Iglesia y la cultura. En la carta de fundación del Consejo pontificio para la cultura, recordé que "una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida" (Carta del 20 de mayo de 1982: cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de junio de 1982, p. 19).

Una doble constatación se impone: la mayoría de los países de tradición cristiana tienen la experiencia de una grave ruptura entre el Evangelio y amplios sectores de la cultura, mientras que en las Iglesias jóvenes se plantea con agudeza el problema del encuentro del Evangelio con las culturas autóctonas. Esta situación indica ya la orientación de vuestra tarea: evangelizar las culturas e inculturar la fe. Permitidme explicitar ciertos puntos que me parecen particularmente importantes.

2. El fenómeno de la no-creencia, con sus consecuencias prácticas que son la secularización de la vida social y privada, la indiferencia religiosa o, incluso, el rechazo explícito de toda religión, sigue siendo uno de los temas prioritarios de vuestra reflexión y de vuestras preocupaciones pastorales: conviene buscar sus causas históricas, culturales, sociales e intelectuales y, al mismo tiempo, promover un diálogo respetuoso y abierto con los que no creen en Dios o no profesan ninguna religión; la organización de encuentros y de intercambios con ellos, como habéis hecho en el pasado, puede dar seguramente fruto.

3. La inculturación de la fe es la otra grande tarea de vuestro dicasterio. Los centros especializados de investigación podrían ayudar a su realización. Pero no hay que olvidarse de que "es un quehacer de todo el pueblo de Dios, no sólo de algunos expertos, porque se sabe que el pueblo refleja el auténtico sentido de la fe" (Redemptoris missio, 54). La Iglesia, mediante a un largo proceso de profundización, toma poco a poco conciencia de toda la riqueza del depósito de la fe a través de la vida del pueblo de Dios: en el proceso de la inculturación, se pasa de lo implícito vivido a lo explícito conocido. De manera análoga, la experiencia de los bautizados, que viven en el Espíritu Santo el misterio de Cristo, bajo la guía de sus pastores, los inducen a discernir progresivamente los elementos de las diversas culturas, compatibles con la fe católica y a renunciar a los otros. Esta lenta maduración requiere de mucha paciencia y sabiduría, una gran apertura de corazón, un sentido ya advertido por la Tradición y una gran audacia apostólica, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, de los Padres y de los Doctores de la Iglesia.

4. Al crear el Consejo pontificio para la cultura, he querido "dar a toda la Iglesia un impulso común en el encuentro, incesantemente renovado, del mensaje de salvación del Evangelio con la pluralidad de las culturas". Le confié también el mandato de "participar en las preocupaciones culturales que los dicasterios de la Santa Sede encuentran en su trabajo, de modo que se facilite la coordinación de sus tareas para la evangelización de las culturas, y se asegure la cooperación de las instituciones culturales de la Santa Sede" (Carta del 20 de mayo de 1982). En esta perspectiva, os he encomendado la misión de seguir y coordinar la actividad de las Academias pontificias, de acuerdo con sus objetivos propios y sus estatutos, y mantener contactos regulares con la Comisión pontificia para los bienes culturales de la Iglesia, "a fin de asegurar una sintonía de finalidades y una fecunda colaboración recíproca" (Motu proprio Inde a pontificatus, 25 de marzo de 1993; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de mayo de 1993, p. 5).

8. "El cristianismo es creador de cultura en su mismo fundamento", (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980). En el mundo cristiano, una cultura realmente prestigiosa se ha extendido a lo largo de los siglos, tanto en el campo de las letras y de la filosofía, como en el de las ciencias y de las artes. El sentido mismo de la belleza en la antigua Europa es ampliamente tributario de la cultura cristiana de sus pueblos, y su paisaje ha sido modelado a su imagen. El centro en torno al cual se ha construido esta cultura es el corazón de nuestra fe: el misterio eucarístico. Las catedrales al igual que las humildes iglesias de los campos, la música religiosa como la arquitectura, la escultura y la pintura, irradian el misterio del verum Corpus, natum de Maria Virgine, hacia el cual todo converge en un movimiento de admiración. Por lo que concierne a la música, recordaré con mucho gusto, éste año a Giovanni Pierluigi da Palestrina, con ocasión del cuarto centenario de su muerte. Parecería que en su arte, después de un período de confusión, la Iglesia vuelve a encontrar una voz pacifica por la contemplación del misterio eucarístico, como una serena respiración del alma que se sabe amada de Dios.

La cultura cristiana refleja admirablemente la relación del hombre con Dios, renovada en la Redención. Ella abre a la contemplación del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Esta cultura se halla vivificada por el amor que Cristo derrama en los corazones (cf. Rm 5, 5), y por la experiencia de los discípulos llamados a imitar a su Maestro. De tales fuentes han nacido una conciencia intensa del sentido de la existencia, una gran fuerza de carácter alegre en el corazón de las familias cristianas y una fina sensibilidad, antes desconocida. La gracia despierta, libera, purifica, ordena y dilata las potencias creativas del hombre. Y, si invita a la ascesis y a la renuncia, es para liberar el corazón, libertad eminentemente favorable tanto para la creación artística como para el pensamiento y la acción fundados en la verdad.

9. Así, en esta cultura, el influjo ejercido por los santos y las santas es determinante: por la luz que irradian, por su libertad interior y por la fuerza de su personalidad, marcan el pensamiento y la expresión artística de períodos enteros de nuestra historia. Basta recordar aquí a san Francisco de Asís: tenía un temperamento de poeta, algo que testimonian ampliamente sus palabras, sus actitudes y su sentido innato del gesto simbólico. Aunque se situó bien lejos de toda preocupación literaria, no es menos creador de una nueva cultura, en el campo del pensamiento y la expresión artística. San Buenaventura y Giotto no se habrían realizado sin él.

Es decir, queridos amigos, allí reside la verdadera exigencia de la cultura cristiana. Esta maravillosa creación del hombre sólo puede surgir de la contemplación del misterio de Cristo y de la escucha de su palabra, puesta en práctica con una total sinceridad y con un compromiso sin reservas, a ejemplo de la Virgen María. La fe libera el pensamiento y abre nuevos horizontes al lenguaje del arte poético y literario, a la filosofía y a la teología, así como a otras formas de creación propias del genio humano.

Es en la expansión y en la promoción de esta cultura que: unos son llamados mediante el diálogo con los no-creyentes: otros mediante la búsqueda de nuevas expresiones del ser cristiano, todos mediante una irradiación cultural más vigorosa de la Iglesia en este mundo en búsqueda de la belleza y de la verdad, de unidad y de amor.

Fuente: AAS 87 (1995) 79-83. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1994/march/documents/hf_jp-ii_spe_18031994_address-to-pc-culture_sp.html

 

4.1.24 Actualización del Directorio general de Catequesis (21-IX-1994)

Con ocasión de los trabajos de esta IX sesión plenaria del Consejo internacional para la catequesis el Santo Padre hizo llegar a los participantes la siguiente carta, fechada el 21 de septiembre y dirigida al cardenal José T. Sánchez, prefecto de la Congregación para el clero:

(...) con respecto a los problemas más serios que la catequesis de los próximos años deberá afrontar necesariamente. Entre éstos, la inculturación tiene seguramente gran importancia en la situación del mundo actual. En efecto, la pluralidad de las culturas se acentúa cada vez más, incluso en las regiones de antigua tradición cristiana. Con mayor razón, constituye un desafío en los continentes en los que es más reciente el anuncio del cristianismo, como puso de relieve la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos que acaba de celebrarse.

3. La misión de la Iglesia de anunciar la palabra de Dios "a todas las gentes" (Mt 28, 19) exige por su misma naturaleza un esfuerzo continuo de traducción de dicha palabra, para hacerla accesible a todos sus destinatarios, de modo que, acogida en el pensamiento y en la vida, pueda transformarse en levadura de todas las culturas, creando praxis, costumbres e instituciones inspiradas por la fe cristiana.

Así, la inculturación se presenta como una de las tareas más necesarias y vitales de la evangelización y de la catequesis, pero también como una de las más difíciles y delicadas. Compromete a la Iglesia a realizar un esfuerzo continuo de discernimiento, que se ha de realizar obedeciendo a la palabra de Dios y prestando cordial atención al hombre, bajo la guía del Espíritu Santo.

El modelo de esa tarea es la misma encarnación del Verbo da Dios, acontecimiento histórico-salvífico en el que se funda la fe cristiana. En Cristo, el Verbo se hizo carne (cfr. Jn 1, 14), asumiendo todo lo que es propio del hombre, excepto el pecado (cfr. Hb 4, 15). El anuncio de Cristo a los hombres no puede menos de seguir la misma dinámica, proponiendo el mensaje revelado de modo que toda cultura pueda sentirlo verdaderamente como es, valioso, enriquecedor y actual en todos los tiempos y todas las generaciones.

4. Así pues, corresponde a una teología auténtica de la encarnación indicar las coordenadas de la inculturación, señalando sus límites, más allá de los cuales el espejismo de traducir significaría traicionar.

El anuncio de la Encarnación como hecho histórico único e irrepetible es la piedra angular de todo proceso de inculturación de la fe. El Hijo de Dios se encarnó, una vez y para siempre, en un lugar determinado y en un tiempo determinado. Toda cultura que se abre a Cristo no puede menos de establecer un vínculo permanente con la historia concreta da la Encarnación, con la palabra bíblica que nos la revela, con la tradición eclesial que nos la transmite y con los signos sacramentales en los que sigue actuando.

Además, la Encarnación está en conexión íntima con el misterio pascual de la muerte y resurrección. La aceptación de ese acontecimiento supone la toma de conciencia del pecado, que marca la historia humana y que le hace sentir radicalmente la necesidad de redención. Cuando se anuncia a Cristo no se puede olvidar nunca, por un irenismo equívoco, que existe el mysterium iniquitatis, que ha turbado profundamente la bondad originaria de la creación. La "buena semilla" y la "cizaña" crecen juntas (cfr. Mt 13, 39), tanto en el corazón del hombre como en las culturas y en la sociedad. Por consiguiente, no todo puede conciliarse con el mensaje cristiano. Muchas cosas pueden valorizarse, otras hay que rechazarlas, y todas tienen que purificarse y mejorarse.

Fuente:  Carta al Card. José T. Sánchez con ocasión de la IX sesión plenaria del Consejo Internacional de Catequesis, 21-IX-1994: IGP2 XVII/2 (1994) 360-363.

 

4.1.25 Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa (14-IX-1995) nn. 59-62 y 78.

Urgencia y necesidad de la inculturación

59. Los Padres sinodales han señalado en varias ocasiones la importancia particular que para la evangelización tiene la inculturación, es decir, el proceso mediante el cual «la catequesis "se encarna" en las diferentes culturas» (cfr. Propositio 6). La inculturación comprende una doble dimensión: por una parte, «una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo» y, por otra, «la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas» (CT 53). El Sínodo considera la inculturación como una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares para que el Evangelio arraigue realmente en África (cfr. Propositio 29); «una exigencia de la evangelización» (Propositio 30); «un camino hacia una plena evangelización» (Propositio 30); uno de los desafíos mayores para la Iglesia en el continente a las puertas del tercer milenio (cfr. Propositio 33).

Fundamentos teológicos

60. «Pero, al llegar la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4), el Verbo, segunda Persona de la Santísima Trinidad, Hijo único de Dios, «se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre» (Símbolo Nicenoconstantinopolitano, DS 150). Es el misterio sublime de la Encarnación del Verbo, misterio que tuvo lugar en la historia: en circunstancias de tiempo y espacio bien definidas, en medio de un pueblo con una cultura propia, que Dios había elegido y acompañado a lo largo de toda la historia de salvación con el fin de mostrar, mediante cuanto obraba en él, lo que quería hacer por todo el género humano.

Demostración evidente del amor de Dios hacia los hombres (cfr. Rm 5, 8), Jesucristo, con su vida, con la Buena Nueva anunciada a los pobres, con su pasión, muerte y gloriosa resurrección, llevó a cabo la remisión de nuestros pecados y nuestra reconciliación con Dios, su Padre y, gracias a Él, nuestro Padre. La Palabra que la Iglesia anuncia es precisamente el Verbo de Dios hecho hombre, Él mismo sujeto y objeto de esta Palabra. La Buena Nueva es Jesucristo.

Como «la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14), así la Buena Nueva, la palabra de Jesucristo anunciada a las naciones, debe penetrar en el ambiente de vida de sus oyentes. La inculturación es precisamente esta penetración del mensaje evangélico en las culturas (cfr. CT 53). En efecto, la Encarnación del Hijo de Dios, por ser total y concreta, fue también encarnación en una cultura específica (cfr. Discurso en la Universidad de Coimbra, 15-V-82, IGP2 V/2 (1982) 1695).

61. Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la “lógica” propia del misterio de la Redención. En efecto, la Encarnación del Verbo no constituye un momento aislado sino que tiende hacia «la Hora» de Jesús y el misterio pascual: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Este anonadamiento de sí mismo, esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de Jesús y de cada uno de sus discípulos (cfr. Flp 2, 6-9), es iluminador para el encuentro de las culturas con Cristo y su Evangelio. «Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del Evangelio a la luz del misterio pascual» (Propositio 28).

Es mirando al misterio de la Encarnación y de la Redención como se debe hacer el discernimiento de los valores y de los antivalores de las culturas. Como el Verbo de Dios se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, así la inculturación de la Buena Nueva asume todos los valores humanos auténticos purificándolos del pecado y restituyéndolos a su pleno significado.

La inculturación tiene también profundos vínculos con el misterio de Pentecostés; gracias a la efusión y acción del Espíritu, que unifica dones y talentos, todos los pueblos de la tierra, al entrar en la Iglesia, viven un nuevo Pentecostés, profesan en su propia lengua la única fe en Jesucristo y proclaman las maravillas que el Señor ha realizado en ellos. El Espíritu, que en el plano natural es la fuente originaria de la sabiduría de los pueblos, guía con una luz sobrenatural a la Iglesia hacia el conocimiento de toda la Verdad. A su vez la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace «sponsa ornata monilibus suis», «la novia que se adorna con sus aderezos» (cfr. Is 61, 10).

Criterios y ámbitos de la inculturación

62. Es una tarea difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia al Evangelio y a la Tradición apostólica en la evolución constante de las culturas. Por ello los Padres sinodales observaron: «Ante los rápidos cambios culturales, sociales, económicos y políticos, nuestras Iglesias locales deben trabajar en un proceso de inculturación siempre renovado, respetando los dos criterios siguientes: la compatibilidad con el mensaje cristiano y la comunión con la Iglesia universal (...). En todo caso se tratará de evitar cualquier sincretismo» (Propositio 31).

«Como camino hacia una plena evangelización, la inculturación trata de preparar al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su propio ser personal, cultural, económico y político, para la plena adhesión a Dios Padre y para llevar una vida santa mediante la acción del Espíritu Santo» (Propositio 32).

Al dar gracias a Dios por los frutos que los esfuerzos de la inculturación han dado ya en la vida de las Iglesias del continente, particularmente en las antiguas Iglesias orientales de África, el Sínodo ha recomendado «a los Obispos y a las Conferencias Episcopales que tengan en cuenta que la inculturación engloba todos los ámbitos de la vida de la Iglesia y de la evangelización: teología, liturgia, vida y estructura de la Iglesia. Todo esto muestra la necesidad de una búsqueda en el ámbito de las culturas africanas en toda su complejidad». Precisamente por eso el Sínodo ha invitado a los Pastores «a aprovechar al máximo las múltiples posibilidades que la disciplina actual de la Iglesia establece ya al respecto» (Ibid.).

Inculturar la fe

78. Con la profunda convicción de que «la síntesis entre cultura y fe no es solamente una exigencia de la cultura, sino también de la fe», porque «una fe que no se hace cultura es una fe no acogida plenamente, no enteramente pensada, no fielmente vivida» (Discurso a los participantes en el Congreso nacional del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural, 16-I-1982, 2: IGP2 V/1 (1982) 131), la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos ha considerado la inculturación una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares en África: sólo así el Evangelio podrá tener sólidas raíces en las comunidades cristianas del continente. Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II (cfr. AG 22), los Padres sinodales han interpretado la inculturación como un proceso que comprende toda la vida cristiana —teología, liturgia, costumbres, estructuras—, sin cercenar obviamente el derecho divino y la gran disciplina de la Iglesia, enriquecida durante los siglos por extraordinarios frutos de virtud y de heroísmo (cfr. Propositio 32, SC 37-40).

El desafío de la inculturación en África es hacer que los discípulos de Cristo puedan asimilar cada vez mejor el mensaje evangélico, permaneciendo fieles a todos los valores africanos auténticos. Inculturar la fe en todos los sectores de la vida cristiana y humana se presenta, pues, como una tarea ardua, que para su realización exige la asistencia del Espíritu del Señor, que conduce a la Iglesia a la verdad plena (cfr. Jn 16, 13).

Fuente: AAS 88 (1996) 37-39 y 50-51.

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_22011999_ecclesia-in-america_sp.html

 

4.1.26 Exhortación apostólica Vita consecrata (25-III-1996) nn. 79-80.

Anuncio de Cristo e inculturación

79. El anuncio de Cristo tiene la prioridad permanente en la misión de la Iglesia y tiende a la conversión, esto es, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio. Forman parte también de la actividad misionera el proceso de inculturación y el diálogo interreligioso. El reto de la inculturación ha de ser asumido por las personas consagradas como una llamada a colaborar con la gracia para lograr un acercamiento a las diversas culturas. Esto supone una seria preparación personal, dotes de maduro discernimiento, adhesión fiel a los indispensables criterios de ortodoxia doctrinal, de autenticidad y de comunión eclesial. Apoyados en el carisma de los fundadores y fundadoras, muchas personas consagradas han sabido acercarse a las diversas culturas con la actitud de Jesús que «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo» (Flp 2, 7) y, con un esfuerzo audaz y paciente de diálogo, han establecido provechosos contactos con las gentes más diversas, anunciando a todos el camino de la salvación. Cuántas de ellas saben buscar y son capaces de encontrar en la historia de las personas y de los pueblos huellas de la presencia de Dios, que guía a la humanidad entera hacia el discernimiento de los signos de su voluntad redentora. Tal búsqueda es ventajosa para las mismas personas consagradas: en efecto, los valores descubiertos en las diversas civilizaciones pueden animarlas a incrementar su compromiso de contemplación y de oración, a practicar más intensamente el compartir comunitario y la hospitalidad, a cultivar con mayor diligencia el interés por la persona y el respeto por la naturaleza. Para una auténtica inculturación es necesaria una actitud parecida a la del Señor, cuando se encarnó y vino con amor y humildad entre nosotros. En este sentido la vida consagrada prepara a las personas para hacer frente a la compleja y ardua tarea de la inculturación, porque las habitúa al desprendimiento de las cosas, incluidos muchos aspectos de la propia cultura. Aplicándose con estas actitudes al estudio y a la comprensión de las culturas, los consagrados pueden discernir mejor en ellas los valores auténticos y el modo en que pueden ser acogidos y perfeccionados, con ayuda del propio carisma. De todos modos, no se ha de olvidar que en muchas culturas antiguas la expresión religiosa está de tal modo integrada en ellas, que la religión representa frecuentemente la dimensión trascendente de la cultura misma. En este caso, una verdadera inculturación comporta necesariamente un serio y abierto diálogo interreligioso, que «no está en contraposición con la misión ad gentes: y que no dispensa de la evangelización».

Inculturación de la vida consagrada

80. La vida consagrada, por su parte, es de por sí portadora de valores evangélicos y, consiguientemente, allí donde es vivida con autenticidad, puede ofrecer una aportación original a los retos de la inculturación. En efecto, siendo un signo de la primacía de Dios y del Reino, la vida consagrada es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar la conciencia de los hombres. Si la vida consagrada mantiene su propia fuerza profética se convierte, en el entramado de una cultura, en fermento evangélico capaz de purificarla y hacerla evolucionar. Lo demuestra la historia de tantos santos y santas que, en épocas diversas, han sabido vivir en el propio tiempo sin dejarse dominar por él, señalando nuevos caminos a su generación. El estilo de vida evangélico es una fuente importante para proponer un nuevo modelo cultural. Cuántos fundadores y fundadoras, al percatarse de ciertas exigencias de su tiempo, han sabido dar una respuesta que, aun con las limitaciones que ellos mismos han reconocido, se ha convertido en una propuesta cultural innovadora. Las comunidades de los Institutos religiosos y de las Sociedades de vida apostólica pueden plantear perspectivas culturales concretas y significativas cuando testimonian el modo evangélico de vivir la acogida recíproca en la diversidad y del ejercicio de la autoridad, la común participación en los bienes materiales y espirituales, la internacionalidad, la colaboración intercongregacional y la escucha de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue a Cristo más de cerca da origen, en efecto, a una auténtica cultura de referencia, pone al descubierto lo que hay de inhumano, y testimonia que sólo Dios da fuerza y plenitud a los valores. A su vez, una auténtica inculturación ayudará a las personas consagradas a vivir el radicalismo evangélico según el carisma del propio Instituto y la idiosincrasia del pueblo con el cual entran en contacto. De esta fecunda relación surgirán estilos de vida y métodos pastorales que pueden ser una riqueza para todo el Instituto, si se demuestran coherentes con el carisma fundacional y con la acción unificadora del Espíritu Santo. En este proceso, hecho de discernimiento y de audacia, de diálogo y de provocación evangélica, la Santa Sede es una garantía para seguir el recto camino, y a ella compete la función de animar la evangelización de las culturas, de autentificar su desarrollo, y de sancionar los logros en orden a la inculturación, tarea ésta «difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia al Evangelio y a la tradición apostólica en la evolución constante de las culturas».

Fuente: AAS 88 (1996) 455-457. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_25031996_vita-consecrata_sp.html

 

4.1.27 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (14-III-1997) nn. 1-5.

El Evangelio, Buena Nueva para las culturas.

1. Os recibo con alegría esta mañana, al término de vuestra Asamblea Plenaria. Agradezco a vuestro Presidente, el Señor Cardenal Paul Poupard, que haya recordado el espíritu en el que se han desarrollado vuestros trabajos. Habéis reflexionado sobre la cuestión de cómo ayudar a la Iglesia a garantizar una presencia más vigorosa del Evangelio en el corazón de las culturas, en la proximidad del nuevo milenio.

Este encuentro me brinda la oportunidad de volver a deciros: "La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe" (Carta de fundación del Consejo Pontificio para la Cultura, 20 de mayo de 1982). Es esto lo que los cristianos fieles al Evangelio han realizado a lo largo de dos milenios en las más diversas situaciones culturales. La mayor parte de las veces la Iglesia se ha insertado en la cultura de los pueblos en cuyo seno se había implantado, para modelarla según los principios del Evangelio.

La fe en Cristo, encarnado en la historia, transforma interiormente no sólo a las personas, sino que regenera también a los pueblos y a sus culturas. Así, al final de la antigüedad, los cristianos, que vivían en una cultura a la que debían mucho, la transformaron desde dentro y le infundieron un espíritu nuevo. Cuando esa cultura se vio amenazada, la Iglesia, con Atanasio, Juan Crisóstomo, Ambrosio, Agustín, Gregorio Magno y muchos otros, transmitió la herencia de Jerusalén, de Atenas y de Roma, para dar vida a una auténtica civilización cristiana. Ésta fue ocasión, a pesar de las imperfecciones inherentes a toda obra humana, de una síntesis lograda entre la fe y la cultura.

2. En nuestros días, esta síntesis se echa a menudo de menos; la ruptura entre el Evangelio y la cultura es, "sin duda el drama de nuestro tiempo" (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 20 20). Ello supone un drama para la fe, puesto que en una sociedad en que el cristianismo parece ausente de la vida social y la fe queda relegada a la esfera privada, el acceso a los valores religiosos resulta cada vez más difícil, sobre todo para los pobres y los sencillos, es decir, para la gran mayoría del pueblo, que se seculariza imperceptiblemente bajo la presión de los modelos de pensamiento y de comportamiento propagados por la cultura dominante. La ausencia de una cultura que los sostenga impide a los sencillos tener acceso a la fe y vivirla plenamente.

Esta situación es también dramática para la cultura, que a causa de su ruptura con la fe atraviesa una crisis profunda. El síntoma de dicha crisis es, ante todo, el sentimiento de angustia que proviene de la conciencia de la finitud en un mundo sin Dios, donde se hace del yo un absoluto, y de las realidades terrenas los únicos valores de la vida. En una cultura sin trascendencia, el hombre sucumbe ante la atracción del dinero y del poder, del placer y del éxito. Se encuentra así con la insatisfacción causada por el materialismo, por la pérdida del sentido de los valores morales y por la inquietud ante el futuro.

3. Sin embargo, en medio de este desencanto no deja de subsistir una sed de absoluto, un deseo del bien, un hambre de la verdad, una necesidad de realización de la persona. Ello denota la amplitud de la misión del Consejo Pontificio de la Cultura: ayudar a la Iglesia a realizar una nueva síntesis entre la fe y la cultura para mayor bien de todos. En este fin de siglo es esencial reafirmar la fecundidad de la fe en la evolución de una cultura. Sólo una fe que sea fuente de decisiones espirituales radicales es capaz de influir en la cultura de una época. Así, la actitud de San Benito, el patricio romano que abandonó una sociedad envejecida y se retiró a la soledad, a la ascesis y a la oración, fue determinante para el crecimiento de la civilización cristiana.

4. En su acercamiento a las culturas, el cristianismo se presenta con el mensaje de la salvación, recibido de los Apóstoles y de los primeros discípulos, pensado y profundizado por los Padres de la Iglesia y por los teólogos, vivido por el pueblo cristiano, especialmente por los santos, y expresado por grandes genios de la teología, de la filosofía, de la literatura y del arte. Este mensaje tenemos que anunciarlo a los hombres de hoy en toda su riqueza y en toda su belleza.

Para hacerlo, cada Iglesia particular debería tener un proyecto cultural, como sucede ya en algunos países. Durante esta Asamblea Plenaria habéis dedicado una parte notable de vuestros trabajos a considerar no sólo los desafíos, sino también las exigencias de una auténtica pastoral de la cultura, que es decisiva para la nueva evangelización. Viniendo de horizontes culturales diversos, dais a conocer a la Santa Sede las expectativas de las Iglesias locales y el eco de vuestras comunidades cristianas.

Entre las tareas que os competen, subrayo algunos puntos que requieren la mayor atención por parte de vuestro Consejo, como la creación de centros culturales católicos o la presencia en el mundo de los medios de comunicación social y en el mundo científico, para transmitir en ellos la herencia cultural del cristianismo. En todos estos esfuerzos, estad particularmente cercanos a los jóvenes y a los artistas.

5. La fe en Cristo da a las culturas una dimensión nueva, la de la esperanza en el Reino de Dios. Los cristianos tienen la vocación de inscribir en el corazón de las culturas esta esperanza en una tierra nueva y en unos cielos nuevos. Porque cuando la esperanza se desvanece, las culturas mueren. El Evangelio, lejos de ponerlas en peligro o de empobrecerlas, les aporta un suplemento de alegría y de belleza, de libertad y de sentido, de verdad y de bondad.

Todos estamos llamados a transmitir este mensaje, con palabras que lo anuncien, con una existencia que dé testimonio de él, y con una cultura que lo irradie. Porque el Evangelio conduce a la cultura a su perfección, y la cultura auténtica está abierta al Evangelio. Es preciso retomar una y otra vez esta tarea de donación del Evangelio a la cultura y viceversa. He instituido el Consejo Pontificio de la Cultura para ayudar a la Iglesia a vivir el intercambio salvífico en el que la inculturación del Evangelio va a la par con la evangelización de las culturas. ¡Que Dios os ayude a cumplir vuestra apasionante misión!

Encomendando a María, Madre de la Iglesia y primera educadora de Cristo, el futuro del Consejo Pontificio de la Cultura y de todos sus miembros, os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

Fuente: AAS 89 (1997) 565-567.

 

4.1.28 Encíclica Fides et Ratio (14-IX-1998) nn. 70-72.

70. El tema de la relación con las culturas merece una reflexión específica, aunque no pueda ser exhaustiva, debido a sus implicaciones en el campo filosófico y teológico. El proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio. El mandato de Cristo a los discípulos de ir a todas partes «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8) para transmitir la verdad por Él revelada, permitió a la comunidad cristiana verificar bien pronto la universalidad del anuncio y los obstáculos derivados de la diversidad de las culturas. Un pasaje de la Carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso ofrece una valiosa ayuda para comprender cómo la comunidad primitiva afrontó este problema. Escribe el Apóstol: «Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba» (Ef 2, 13-14).

A la luz de este texto nuestra reflexión considera también la transformación que se dio en los Gentiles cuando llegaron a la fe. Ante la riqueza de la salvación realizada por Cristo, caen las barreras que separan las diversas culturas. La promesa de Dios en Cristo llega a ser, ahora, una oferta universal, no ya limitada a un pueblo concreto, con su lengua y costumbres, sino extendida a todos como un patrimonio del que cada uno puede libremente participar. Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios. Cristo permite a los dos pueblos llegar a ser «uno». Aquellos que eran «los alejados» se hicieron «los cercanos» gracias a la novedad realizada por el misterio pascual. Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: «Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2, 19).

En una expresión tan simple está descrita una gran verdad: el encuentro de la fe con las diversas culturas de hecho ha dado vida a una realidad nueva. Las culturas, cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura típica del hombre a lo universal y a la trascendencia. Por ello, ofrecen modos diversos de acercamiento a la verdad, que son de indudable utilidad para el hombre al que sugieren valores capaces de hacer cada vez más humana su existencia (cfr. GS 53-59). Como además las culturas evocan los valores de las tradiciones antiguas, llevan consigo —aunque de manera implícita, pero no por ello menos real— la referencia a la manifestación de Dios en la naturaleza, como se ha visto precedentemente hablando de los textos sapienciales y de las enseñanzas de san Pablo.

71. Las culturas, estando en estrecha relación con los hombres y con su historia, comparten el dinamismo propio del tiempo humano. Se aprecian en consecuencia transformaciones y progresos debidos a los encuentros entre los hombres y a los intercambios recíprocos de sus modelos de vida. Las culturas se alimentan de la comunicación de valores, y su vitalidad y subsistencia proceden de su capacidad de permanecer abiertas a la acogida de lo nuevo. ¿Cuál es la explicación de este dinamismo? Cada hombre está inmerso en una cultura, de ella depende y sobre ella influye. Él es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En cada expresión de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del resto de la creación: su constante apertura al misterio y su inagotable deseo de conocer. En consecuencia, toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensión hacia una plenitud. Se puede decir, pues, que la cultura tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina.

La forma en la que los cristianos viven la fe está también impregnada por la cultura del ambiente circundante y contribuye, a su vez, a modelar progresivamente sus características. Los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo. A lo largo de los siglos se sigue produciendo el acontecimiento del que fueron testigos los peregrinos presentes en Jerusalén el día de Pentecostés. Escuchando a los Apóstoles se preguntaban: «¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios» (Hch 2, 7-11). El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia. Ello no crea división alguna, porque el pueblo de los bautizados se distingue por una universalidad que sabe acoger cada cultura, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicitación en la verdad.

De esto deriva que una cultura nunca puede ser criterio de juicio y menos aún criterio último de verdad en relación con la revelación de Dios. El Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a la misma. Al contrario, el anuncio que el creyente lleva al mundo y a las culturas es una forma real de liberación de los desórdenes introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a la verdad plena. En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos.

72. El hecho de que la misión evangelizadora haya encontrado en su camino primero a la filosofía griega, no significa en modo alguno que excluya otras aportaciones. Hoy, a medida que el Evangelio entra en contacto con áreas culturales que han permanecido hasta ahora fuera del ámbito de irradiación del cristianismo, se abren nuevos cometidos a la inculturación. Se presentan a nuestra generación problemas análogos a los que la Iglesia tuvo que afrontar en los primeros siglos.

Mi pensamiento se dirige espontáneamente a las tierras del Oriente, ricas de tradiciones religiosas y filosóficas muy antiguas. Entre ellas, la India ocupa un lugar particular. Un gran movimiento espiritual lleva el pensamiento indio a la búsqueda de una experiencia que, liberando el espíritu de los condicionamientos del tiempo y del espacio, tenga valor absoluto. En el dinamismo de esta búsqueda de liberación se sitúan grandes sistemas metafísicos.

Corresponde a los cristianos de hoy, sobre todo a los de la India, sacar de este rico patrimonio los elementos compatibles con su fe de modo que enriquezcan el pensamiento cristiano. Para esta obra de discernimiento, que encuentra su inspiración en la Declaración conciliar Nostra aetate, tendrán en cuenta varios criterios. El primero es el de la universalidad del espíritu humano, cuyas exigencias fundamentales son idénticas en las culturas más diversas. El segundo, derivado del primero, consiste en que cuando la Iglesia entra en contacto con grandes culturas a las que anteriormente no había llegado, no puede olvidar lo que ha adquirido en la inculturación en el pensamiento grecolatino. Rechazar esta herencia sería ir en contra del designio providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del tiempo y de la historia. Este criterio, además, vale para la Iglesia de cada época, también para la del mañana, que se sentirá enriquecida por los logros alcanzados en el actual contacto con las culturas orientales y encontrará en este patrimonio nuevas indicaciones para entrar en diálogo fructuoso con las culturas que la humanidad hará florecer en su camino hacia el futuro. En tercer lugar, hay que evitar confundir la legítima reivindicación de lo específico y original del pensamiento indio con la idea de que una tradición cultural deba encerrarse en su diferencia y afirmarse en su oposición a otras tradiciones, lo cual es contrario a la naturaleza misma del espíritu humano.

Lo que se ha dicho aquí de la India vale también para el patrimonio de las grandes culturas de la China, el Japón y de los demás países de Asia, así como para las riquezas de las culturas tradicionales de África, transmitidas sobre todo por vía oral.

Fuente: AAS 91 (1999) 58-61.

http://www.vatican.va/edocs/ESL0036/__PE.HTM

 

4.1.29 Exhortación apostólica Ecclesia in America (22-I-1999) nn. 70-71.

Evangelización de la cultura

70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración, consideraba que «la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo» (EN 20). Por ello, los Padres sinodales han considerado justamente que «la nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura» (Propositio 17). El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, se encarnó en un determinado pueblo, aunque su muerte redentora trajo la salvación a todos los hombres, de cualquier cultura, raza y condición. El don de su Espíritu y su amor van dirigidos a todos y cada uno de los pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la perfecta unidad que hay en Dios uno y trino. Para que esto sea posible es necesario inculturar la predicación, de modo que el Evangelio sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen (cfr. Ibid.). Sin embargo, al mismo tiempo no debe olvidarse que sólo el misterio pascual de Cristo, suprema manifestación del Dios infinito en la finitud de la historia, puede ser el punto de referencia válido para toda la humanidad peregrina en busca de unidad y paz verdaderas.

El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Continente un símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha sido la estrella y guía. Con su intercesión poderosa la evangelización podrá penetrar el corazón de los hombres y mujeres de América, e impregnar sus culturas transformándolas desde dentro (cfr. Ibid.).

Evangelizar los centros educativos

71. El mundo de la educación es un campo privilegiado para promover la inculturación del Evangelio. Sin embargo, los centros educativos católicos y aquéllos que, aun no siendo confesionales, tienen una clara inspiración católica, sólo podrán desarrollar una acción de verdadera evangelización si en todos sus niveles, incluido el universitario, se mantiene con nitidez su orientación católica. Los contenidos del proyecto educativo deben hacer referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral. Sólo así se podrán formar dirigentes auténticamente cristianos en los diversos campos de la actividad humana y de la sociedad, especialmente en la política, la economía, la ciencia, el arte y la reflexión filosófica (cfr. Propositio 22). En este sentido, «es esencial que la Universidad Católica sea, a la vez, verdadera y realmente ambas cosas: Universidad y Católica. [...] La índole católica es un elemento constitutivo de la Universidad en cuanto institución y no una mera decisión de los individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto» (Propositio 23). Por eso, la labor pastoral en las Universidades Católicas ha de ser objeto de particular atención en orden a fomentar el compromiso apostólico de los estudiantes para que ellos mismos lleguen a ser los evangelizadores del mundo universitario (cfr. Ibid.). Además, «debe estimularse la cooperación entre las Universidades Católicas de toda América para que se enriquezcan mutuamente» (Ibid.), contribuyendo de este modo a que el principio de solidaridad e intercambio entre los pueblos de todo el Continente se realice también a nivel universitario.

Algo semejante se ha de decir también a propósito de las escuelas católicas, en particular de la enseñanza secundaria: «Debe hacerse un esfuerzo especial para fortificar la identidad católica de las escuelas, las cuales fundan su naturaleza específica en un proyecto educativo que tiene su origen en la persona de Cristo y su raíz en la doctrina del Evangelio. Las escuelas católicas deben buscar no sólo impartir una educación que sea competente desde el punto de vista técnico y profesional, sino especialmente proveer una formación integral de la persona humana» (Propositio 24). Dada la importancia de la tarea que los educadores católicos desarrollan, me uno a los Padres sinodales en su deseo de alentar, con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a la enseñanza en las escuelas católicas: sacerdotes, hombres y mujeres consagrados, y laicos comprometidos, «para que perseveren en su misión de tanta importancia» (Ibid.). Ha de procurarse que el influjo de estos centros de enseñanza llegue a todos los sectores de la sociedad sin distinciones ni exclusivismos. Es indispensable que se realicen todos los esfuerzos posibles para que las escuelas católicas, a pesar de las dificultades económicas, continúen «impartiendo la educación católica a los pobres y a los marginados en la sociedad» (Ibíd.). Nunca será posible liberar a los indigentes de su pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la carencia de una educación digna.

En el proyecto global de la nueva evangelización, el campo de la educación ocupa un lugar privilegiado. Por ello, ha de alentarse la actividad de todos los docentes católicos, incluso de los que enseñan en escuelas no confesionales. Así mismo, dirijo un llamado urgente a los consagrados y consagradas para que no abandonen un campo tan importante para la nueva evangelización (cfr. Propositio 22).

Como fruto y expresión de la comunión entre todas las Iglesias particulares de América, reforzada ciertamente por la experiencia espiritual de la Asamblea sinodal, se procurará promover congresos para los educadores católicos en ámbito nacional y continental, tratando de ordenar e incrementar la acción pastoral educativa en todos los ambientes (cfr. Ibid.).

La Iglesia en América, para cumplir todos estos objetivos, necesita un espacio de libertad en el campo de la enseñanza, lo cual no debe entenderse como un privilegio, sino como un derecho, en virtud de la misión evangelizadora confiada por el Señor. Además, los padres tienen el derecho fundamental y primario de decidir sobre la educación de sus hijos y, por este motivo, los padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una educación de acuerdo con sus convicciones religiosas. La función del Estado en este campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de «garantizar a todos la educación y la obligación de respetar y defender la libertad de enseñanza. Debe denunciarse el monopolio del Estado como una forma de totalitarismo que vulnera los derechos fundamentales que debe defender, especialmente el derecho de los padres de familia a la educación religiosa de sus hijos. La familia es el primer espacio educativo de la persona» (Ibid.).

Fuente: AAS 91 (1999) 805-806.

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_22011999_ecclesia-in-america_sp.html

 

4.1.30 Exhortación Apostólica Ecclesia in Asia (6-XI-1999) nn. 21-22.

 

El Desafío de la Inculturación

21. La cultura es el espacio vital dentro del cual se realiza el encuentro de la persona humana con el Evangelio. De la misma manera que una cultura es el resultado de la vida y la actividad de un grupo humano, las personas que pertenecen a ese grupo están formadas, en gran medida, por la cultura en la que viven. Al cambiar las personas y las sociedades, también cambia con ellas la cultura. Cuando ésta se transforma, transforma asimismo a las personas y las sociedades. Desde este punto de vista, resulta más claro que entre la evangelización y la inculturación existe una relación natural e íntima. Ciertamente, el Evangelio y la evangelización no se identifican con la cultura; más aún, son independientes de ella. Y, sin embargo, el reino de Dios llega a personas profundamente vinculadas a una cultura, y la construcción de ese reino no puede por menos de tomar prestados elementos de culturas humanas. Por eso, Pablo VI afirmó que la ruptura entre Evangelio y cultura es el drama de nuestro tiempo, con graves consecuencias tanto para la evangelización como para las culturas (cfr. EN 20).

En el proceso de encuentro con las diversas culturas del mundo, la Iglesia no sólo transmite sus verdades y valores, renovando las culturas desde dentro, sino que también saca de ellas los elementos positivos ya presentes. Este es el camino que deben seguir los evangelizadores al presentar la fe cristiana y al hacer que llegue a formar parte del bagaje cultural de un pueblo y, por otra parte, las diversas culturas, cuando son purificadas y renovadas a la luz del Evangelio, pueden llegar a ser expresiones verdaderas de la única fe cristiana. «Con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión» (RM 52). Esta interrelación con las culturas siempre ha formado parte de la peregrinación de la Iglesia en la historia, pero tiene una urgencia especial hoy, en la situación multiétnica, multirreligiosa y multicultural de Asia, donde el cristianismo muy a menudo es visto como extranjero.

Aquí conviene recordar lo que se dijo con mucha frecuencia en el Sínodo, o sea, que el Espíritu Santo es el agente principal de la inculturación de la fe cristiana en Asia (cfr. Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 9). El mismo Espíritu que guía a la verdad completa hace posible un diálogo fecundo con los valores culturales y religiosos de diferentes pueblos, entre los cuales, en cierta medida, está presente, ofreciendo a los hombres y mujeres de corazón sincero la fuerza para superar el mal y el engaño del Maligno, y brindando a cada uno la posibilidad de formar parte del misterio pascual de un modo que sólo Dios conoce (cfr. GS 22 y RM 28). La presencia del Espíritu Santo hace que ese diálogo se realice en la verdad, con honradez, humildad y respeto (cfr. RM 56). «Al ofrecer a otros la buena nueva de la redención, la Iglesia intenta comprender sus culturas. Intenta conocer la mente y el corazón de quienes la escuchan, sus valores y costumbres, sus problemas y dificultades, sus ilusiones y esperanzas. Cuando conoce y comprende estos diversos aspectos de la cultura puede empezar el diálogo de la salvación; puede ofrecer, respetuosamente pero con claridad y convicción, la buena nueva de la redención a todos aquellos que libremente quieran escucharla y responder» (Homilía durante la misa con los católicos de Bengala occidental, India, 4 de febrero de 1986, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de febrero de 1986, p. 3). Por tanto, los pueblos de Asia que desean asimilar la fe cristiana pueden estar seguros de que sus esperanzas, expectativas, ansiedades y sufrimientos no sólo son abrazados por Jesús, sino que, además, se convierten en el verdadero punto en el que el don de la fe y la fuerza del Espíritu entran en lo más profundo de su vida.

Los pastores, en virtud de su carisma propio, tienen la misión de dirigir ese diálogo con discernimiento. Del mismo modo, los expertos en disciplinas sagradas o seculares desempeñan un papel importante en el proceso de inculturación. Pero el proceso debe implicar a todo el pueblo de Dios, dado que la vida de la Iglesia como tal debe hacer visible la fe anunciada y hecha propia. Para tener la seguridad de que eso se realice de la forma adecuada, los padres sinodales señalaron algunas áreas que requieren particular atención: la reflexión teológica, la liturgia, la formación de los sacerdotes y de los religiosos, la catequesis y la espiritualidad (cfr. Propositio 43).

Áreas clave de inculturación

22. El Sínodo expresó su apoyo a los teólogos en la delicada tarea de desarrollar una teología inculturada, especialmente en el campo de la cristología (cfr. Propositio 7). Los padres sinodales subrayaron que «esta manera de hacer teología debe promoverse con valentía, permaneciendo fieles a la Escritura y a la Tradición de la Iglesia, con sincera adhesión al Magisterio y con conocimiento de las situaciones pastorales» (cfr. Ibid.). También yo deseo invitar a los teólogos a actuar en comunión con los pastores y con los miembros del pueblo de Dios, que, en unidad y nunca separados los unos de los otros, «reflexionan sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista» (RM 54). El trabajo teológico siempre debe estar guiado por el respeto a la sensibilidad de los cristianos, de modo que, mediante un proceso gradual hacia formas inculturadas de la expresión de la fe, las personas no sean inducidas a confusión ni escandalizadas. En cualquier caso, la inculturación debe guiarse por la compatibilidad con el Evangelio y por la comunión con la fe de la Iglesia universal (cfr. Ibid.), y debe promoverse en plena armonía con la Tradición de la Iglesia, teniendo como fin el fortalecimiento de la fe del pueblo. La prueba de que ha habido una verdadera inculturación es cuando los creyentes se comprometen más en la fe cristiana porque la perciben más claramente con los ojos de su propia cultura.

La liturgia es la fuente y la cumbre de toda la vida y la misión cristiana (cfr. SC 2; Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 14), y un medio fundamental de evangelización, especialmente en Asia, donde los seguidores de diversas religiones se sienten tan atraídos por el culto, las festividades religiosas y las devociones populares (cfr. Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 14; Propositio 43). La liturgia de las Iglesias orientales, en su mayor parte, ha sido inculturada con éxito a lo largo de siglos de interacción con la cultura de su entorno, mientras las Iglesias fundadas más recientemente necesitan lograr que se convierta en fuente aún mayor de alimento para sus fieles mediante un uso acertado y eficaz de elementos tomados de las culturas locales. A pesar de ello, la inculturación litúrgica exige mucho más que concentrarse en valores culturales tradiciones, símbolos y ritos. Es preciso tener presentes los cambios en la conciencia y en las actitudes causados por la aparición de culturas secularistas y consumistas que influyen en el sentido asiático del culto y de la oración; y, para una genuina inculturación litúrgica en Asia, tampoco se pueden olvidar las necesidades específicas de los pobres, los emigrantes, los refugiados, los jóvenes y las mujeres.

Las Conferencias episcopales nacionales o regionales deben trabajar en más estrecho contacto con la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, a fin de buscar modos eficaces de promover formas adecuadas de culto en el contexto de Asia (cfr. Propositio 43). Esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal.

Los padres sinodales insistieron particularmente en la importancia de la palabra bíblica al comunicar el mensaje de la salvación a los pueblos del continente, donde la transmisión oral es tan importante para preservar y comunicar la experiencia religiosa (cfr. Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 13). Por tanto, es necesario desarrollar un apostolado bíblico eficaz a fin de asegurar que el texto sagrado se difunda más ampliamente y se use más intensamente con espíritu de oración entre los miembros de la Iglesia en Asia. Los padres sinodales destacaron la urgencia de tomarlo como base de cualquier anuncio misionero, catequesis, predicación y estilo de espiritualidad (cfr. ib.). Asimismo, deben apoyarse y sostenerse los esfuerzos realizados para traducir a las lenguas locales la Biblia, mientras la formación bíblica debería considerarse un medio importante para educar en la fe a las personas y disponerlas a la tarea de la proclamación. Deberán incluirse cursos sobre la sagrada Escritura orientados a la pastoral, poniendo el acento en la aplicación de sus enseñanzas a las complejas realidades de Asia en los programas de formación para el clero, para los consagrados y para los laicos (cfr. Propositio 18). Es necesario dar a conocer la sagrada Escritura también a los seguidores de otras religiones, dado que la palabra de Dios tiene una fuerza intrínseca para tocar el corazón del hombre, pues a través de ella el Espíritu de Dios revela el plan divino de la salvación para el mundo. Además, los estilos narrativos que se pueden apreciar en muchos libros de la Biblia son muy afines a los textos religiosos típicos de Asia (cfr. Propositio 17).

Otro aspecto clave de la inculturación es la formación de los evangelizadores, de los que depende en gran medida su futuro. En el pasado, la formación ha seguido a menudo el estilo, los métodos y los programas mediados por Occidente. Aun apreciando el servicio que ha prestado ese tipo de formación, los padres sinodales consideraron como desarrollo positivo los esfuerzos realizados recientemente para adaptar la formación de los evangelizadores a los contextos culturales de Asia. Además de una sólida instrucción bíblica y patrística, los seminaristas deben adquirir un conocimiento articulado y seguro del patrimonio teológico y filosófico de la Iglesia, como subrayé en la encíclica Fides et ratio (cfr. nn. 60, 62 y 105). Con esa preparación, podrán afrontar con acierto las tradiciones filosóficas y religiosas de Asia (cfr. Propositio 24). Asimismo, los padres sinodales impulsaron a los profesores de seminarios y a sus colaboradores a tratar de comprender los elementos de espiritualidad y oración afines al alma asiática y a dejarse implicar más profundamente en la búsqueda de una vida más plena que realizan los pueblos de Asia (cfr. Propositio 25). Para este fin, se puso énfasis particular en la necesidad de garantizar que el claustro de profesores de los seminarios tenga una formación adecuada (cfr. Ibid.). El Sínodo expresó también su solicitud por la formación de los hombres y mujeres consagrados, especificando claramente que su espiritualidad y su estilo de vida deben demostrar sensibilidad ante el patrimonio religioso y cultural de las personas entre las cuales viven y a las que sirven, siempre suponiendo el necesario discernimiento sobre lo que es acorde con el Evangelio y lo que no lo es (cfr. Propositio 27). Además, dado que en la inculturación del Evangelio se ha de implicar todo el pueblo de Dios, es de suma importancia el papel de los laicos, pues a ellos corresponde en primer lugar la transformación de la sociedad, en colaboración con los obispos, los sacerdotes y los religiosos, infundiendo el «pensamiento de Cristo» en la mentalidad, en las costumbres, en las leyes y en las estructuras del mundo secular en el que viven (cfr. Propositio 29). Una inculturación más amplia del Evangelio, en todos los niveles de la sociedad en Asia, dependerá en gran medida de la formación adecuada que las Iglesias locales sepan impartir a los laicos”.

Fuente: AAS 92 (2000) 482-487. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_06111999_ecclesia-in-asia_sp.html

 

4.1.31 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (8-XII-2000) nn. 1-16.

Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la paz

1. Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva la esperanza de que las relaciones entre los hombres se inspiren cada vez más en el ideal de una fraternidad verdaderamente universal. Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo estable la paz. Muchos indicios llevan a pensar que esta convicción está emergiendo con mayor fuerza en la conciencia de la humanidad. El valor de la fraternidad está proclamado por las grandes «cartas» de los derechos humanos; ha sido puesto de manifiesto concretamente por grandes instituciones internacionales y, en particular, por la Organización de las Naciones Unidas; y es requerido, ahora más que nunca, por el proceso de globalización que une de modo creciente los destinos de la economía, de la cultura y de la sociedad. La misma reflexión de los creyentes, en las diversas religiones, tiende a subrayar cómo la relación con el único Dios, Padre común de todos los hombres, favorece el sentirse y vivir como hermanos. En la revelación de Dios en Cristo, este principio está expresado con extrema radicalidad: «Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4, 8).

2. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede ocultar que las señales apenas evocadas han sido oscurecidas por vastas y densas sombras. La humanidad empieza esta nueva etapa de su historia con heridas todavía abiertas; está marcada en muchas regiones por duros y sangrientos conflictos; conoce la dificultad de una solidaridad más difícil en las relaciones entre los hombres de diferentes culturas y civilizaciones, cada vez más cercanas e interactivas sobre los mismos territorios. Todos conocen cuán difícil es conciliar las razones de los contendientes cuando los ánimos están encendidos y exasperados a causa de antiguos odios y de graves problemas que dificultan el encontrar solución. Pero no menos peligrosa para el futuro de la paz sería la incapacidad de afrontar con sabiduría los problemas suscitados por la nueva organización que la humanidad, en muchos Países, va asumiendo debido a la aceleración de los procesos migratorios y de la convivencia nueva que surge entre personas de diversas culturas y civilizaciones.

3. Por eso, me ha parecido urgente invitar a los creyentes en Cristo, y con ellos a todos los hombres de buena voluntad, a reflexionar sobre el diálogo entre las diferentes culturas y tradiciones de los pueblos, indicando así el camino necesario para la construcción de un mundo reconciliado, capaz de mirar con serenidad al propio futuro. Se trata de un tema decisivo para las perspectivas de la paz. Me complace que también la Organización de las Naciones Unidas haya acogido y propuesto esta urgencia, declarando el año 2001 «Año internacional del diálogo entre las civilizaciones».

Naturalmente no pienso que, sobre un problema como éste, se puedan ofrecer soluciones fáciles, de inmediata aplicación. Es complicado el mero análisis de la situación, que evoluciona continuamente, ya que escapa a esquemas prefijados. A esto hay que añadir la dificultad de conjugar principios y valores que, siendo incluso idealmente compatibles, pueden manifestar concretamente elementos de tensión que no facilitan la síntesis. Está además, en la base, la dificultad que deriva del compromiso ético de cada ser humano llevado a enfrentarse con el propio egoísmo y los propios límites.

Pero precisamente por esto considero útil una reflexión común sobre esta problemática. Para este objetivo me limito aquí a ofrecer algunos principios orientadores en la escucha de lo que el Espíritu de Dios dice a las Iglesias (cfr. Ap 2,7) y a toda la humanidad en este decisivo período de su historia.

El hombre y sus diferentes culturas

4. Considerando todas las vicisitudes de la humanidad, uno se queda asombrado frente a las manifestaciones complejas y varias de las culturas humanas. Cada una de ellas se diferencia de las otras por su específico itinerario histórico y por los consiguientes rasgos característicos que la hacen única, original y orgánica en su propia estructura. La cultura es expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes históricas, tanto a nivel individual como colectivo. En efecto, la inteligencia y la voluntad le mueven incesantemente a «cultivar los bienes y los valores de la naturaleza» (cfr. GS 53, 1), plasmando en unas síntesis culturales cada vez más altas y sistemáticas los conocimientos fundamentales que se refieren a todos los aspectos de la vida y, en particular, los que atañen a su convivencia social y política, a la seguridad y al desarrollo económico, a la elaboración de los valores y significados existenciales, sobre todo de naturaleza religiosa, que permiten a su situación individual y comunitaria desarrollarse según modalidades auténticamente humanas (cfr. Discurso a las Naciones Unidas, 15 de octubre de 1995).

5. Las culturas se caracterizan siempre por algunos elementos estables y duraderos y por otros dinámicos y contingentes. En un primer momento, la consideración de una cultura ofrece sobre todo los aspectos característicos que la diferencian de la cultura del observador, asegurándole un carácter típico en el cual convergen elementos de la más diversa naturaleza. En la mayor parte de los casos las culturas se desarrollan sobre territorios concretos, cuyos elementos geográficos, históricos y étnicos se entrelazan de modo original e irrepetible. Este «carácter típico» de cada cultura se refleja, de modo más o menos relevante, en las personas que la tienen, en un dinamismo continuo de influjos en cada uno de los sujetos humanos y de las aportaciones que éstos, según su capacidad y su genio, dan a la propia cultura. En cualquier caso, ser hombre significa necesariamente existir en una determinada cultura. Cada persona está marcada por la cultura que respira a través de la familia y los grupos humanos con los que entra en contacto, por medio de los procesos educativos y las influencias ambientales más diversas y de la misma relación fundamental que tiene con el territorio en el que vive. En todo esto no hay ningún determinismo, sino una constante dialéctica entre la fuerza de los condicionamientos y el dinamismo de la libertad.

Formación humana y pertenencia cultural

6. La acogida de la propia cultura como elemento configurador de la personalidad, especialmente en la primera fase del crecimiento, es un dato de experiencia universal, cuya importancia no se debe infravalorar. Sin este enraizamiento en un humus definido, la persona misma correría el riego de verse expuesta, en edad aún temprana, a un exceso de estímulos contrastantes que no ayudarían el desarrollo sereno y equilibrado. Sobre la base de esta relación fundamental con los propios «orígenes» —a nivel familiar, pero también territorial, social y cultural— es donde se desarrolla en las personas el sentido de la «patria», y la cultura tiende a asumir, unas veces más y otras menos, una configuración «nacional». El mismo Hijo de Dios, haciéndose hombre, recibió, con una familia humana, también una «patria». Él es para siempre Jesús de Nazaret, el Nazareno (cfr. Mc 10, 47; Lc 18, 37; Jn 1, 45; 19, 19). Se trata de un proceso natural en el cual las instancias sociológicas y psicológicas actúan entre sí, con efectos normalmente positivos y constructivos. El amor patriótico es, por eso, un valor a cultivar, pero sin restricciones de espíritu, amando juntos a toda la familia humana (cfr. GS 75) y evitando las manifestaciones patológicas que se dan cuando el sentido de pertenencia asume tonos de autoexaltación y de exclusión de la diversidad, desarrollándose en formas nacionalistas, racistas y xenófobas.

7. Si por esto es importante, por un lado, saber apreciar los valores de la propia cultura, por otro es preciso tomar conciencia de que cada cultura, siendo un producto típicamente humano e históricamente condicionado, también implica necesariamente unos límites. Para que el sentido de pertenencia cultural no se transforme en cerrazón, un antídoto eficaz es el conocimiento sereno, no condicionado por prejuicios negativos, de las otras culturas. Por lo demás, en un análisis atento y riguroso, frecuentemente las culturas muestran, por encima de sus manifestaciones más externas, elementos comunes significativos. Esto se puede ver también en la sucesión histórica de culturas y civilizaciones. La Iglesia, mirando a Cristo, que revela el hombre al hombre (cfr. Ibid., 22), y apoyada en la experiencia alcanzada en dos mil años de historia, está convencida de que «por encima de todos los cambios, hay muchas cosas que no cambian» (Ibid., 10). Esta continuidad está basada en características esenciales y universales del proyecto de Dios sobre el hombre.

Las diferencias culturales han de ser comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad del género humano, dato histórico y ontológico primario, a la luz del cual es posible entender el significado profundo de las mismas diferencias. En realidad, sólo la visión de conjunto tanto de los elementos de unidad como de las diferencias hace posible la comprensión y la interpretación de la verdad plena de toda cultura humana (cfr. Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980, 6).

Diversidad de culturas y respeto recíproco

8. En el pasado las diferencias entre las culturas han sido a menudo fuente de incomprensiones entre los pueblos y motivo de conflictos y guerras. Pero todavía hoy, por desgracia, en diversas partes del mundo constatamos, con creciente aprensión, la polémica consolidación de algunas identidades culturales contra otras culturas. Este fenómeno puede, a largo plazo, desembocar en tensiones y choques funestos, y por lo menos hace difícil la condición de algunas minorías étnicas y culturales, que viven en un contexto de mayorías culturalmente diversas, propensas a actitudes y comportamientos hostiles y racistas.

Ante esta situación, todo hombre de buena voluntad debe interrogarse sobre las orientaciones éticas fundamentales que caracterizan la experiencia cultural de una determinada comunidad. En efecto, las culturas, igual que el hombre que es su autor, están marcadas por el «misterio de iniquidad» que actúa en la historia humana (cfr. 2 Tes 2,7) y tienen también necesidad de purificación y salvación. La autenticidad de cada cultura humana, el valor del ethos que lleva consigo, o sea, la solidez de su orientación moral, se pueden medir de alguna manera por su razón de ser en favor del hombre y en la promoción de su dignidad a cualquier nivel y en cualquier contexto.

9. Si tan preocupante es la radicalización de las identidades culturales que se vuelven impermeables a cualquier influjo externo beneficioso, no es menos arriesgada la servil aceptación de las culturas, o de algunos de sus importantes aspectos, como modelos culturales del mundo occidental que, ya desconectados de su ambiente cristiano, se inspiran en una concepción secularizada y prácticamente atea de la vida y en formas de individualismo radical. Se trata de un fenómeno de vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de los medios de comunicación social, que tienden a proponer estilos de vida, proyectos sociales y económicos y, en definitiva, una visión general de la realidad, que erosiona internamente organizaciones culturales distintas y civilizaciones nobilísimas. Por su destacado carácter científico y técnico, los modelos culturales de Occidente son fascinantes y atrayentes, pero muestran, por desgracia y siempre con mayor evidencia, un progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral. La cultura que los produce está marcada por la dramática pretensión de querer realizar el bien del hombre prescindiendo de Dios, supremo Bien. Pero «sin el Creador —ha advertido el Concilio Vaticano II— la criatura se diluye» (GS 36).Una cultura que rechaza referirse a Dios pierde la propia alma y se desorienta transformándose en una cultura de muerte, como atestiguan los trágicos acontecimientos del siglo XX y como demuestran los efectos nihilistas actualmente presentes en importantes ámbitos del mundo occidental.

Diálogo entre las culturas

10. De manera análoga a lo que sucede en la persona, que se realiza a través de la apertura acogedora al otro y la generosa donación de sí misma, las culturas, elaboradas por los hombres y al servicio de los hombres, se modelan también con los dinamismos típicos del diálogo y de la comunión, sobre la base de la originaria y fundamental unidad de la familia humana, salida de las manos de Dios, que “creó, de un solo principio todo el linaje humano” (Hch 17, 26).

Desde este punto de vista, el diálogo entre las culturas, tema del presente Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, surge como una exigencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre y de la cultura. Como expresiones históricas diversas y geniales de la unidad originaria de la familia humana, las culturas encuentran en el diálogo la salvaguardia de su carácter peculiar y de la recíproca comprensión y comunión. El concepto de comunión, que en la revelación cristiana tiene su origen y modelo sublime en Dios uno y trino (cfr. Jn 17,11. 21), no supone un anularse en la uniformidad o una forzada homologación o asimilación; es más bien expresión de la convergencia de una multiforme variedad, y por ello se convierte en signo de riqueza y promesa de desarrollo.

El diálogo lleva a reconocer la riqueza de la diversidad y dispone los ánimos a la recíproca aceptación, en la perspectiva de una auténtica colaboración, que responde a la originaria vocación a la unidad de toda la familia humana. Como tal, el diálogo es un instrumento eminente para realizar la civilización del amor y de la paz, que mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, indicó como el ideal en el que había que inspirar la vida cultural, social, política y económica de nuestro tiempo. Al inicio del tercer milenio es urgente proponer de nuevo la vía del diálogo a un mundo marcado por tantos conflictos y violencias, desalentado a veces e incapaz de escrutar los horizontes de la esperanza y de la paz.

Potencialidades y riesgos de la comunicación global

11. El diálogo entre las culturas se ve hoy particularmente necesario si se considera el impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación en la vida de las personas y de los pueblos. Vivimos en la era de la comunicación global, que está plasmando la sociedad según nuevos modelos culturales, más o menos extraños a los modelos del pasado. La información precisa y actualizada es, al menos en línea de principio, prácticamente accesible a todos, en cualquier parte del mundo.

El libre aluvión de imágenes y palabras a escala mundial está transformando no sólo las relaciones entre los pueblos a nivel político y económico, sino también la misma comprensión del mundo. Este fenómeno ofrece múltiples potencialidades en otro tiempo impensables, pero presenta también algunos aspectos negativos y peligrosos. El hecho de que un número reducido de Países detente el monopolio de las «industrias» culturales, distribuyendo sus productos en cualquier lugar de la tierra a un público cada vez mayor, puede ser un potente factor de erosión de las características culturales. Son productos que contienen y transmiten sistemas implícitos de valor y por tanto pueden provocar en los receptores unos efectos de expropiación y pérdida de identidad.

Desafío de las migraciones

12. El estilo y la cultura del diálogo son particularmente significativos respecto a la compleja problemática de las migraciones, importante fenómeno social de nuestro tiempo. El éxodo de grandes masas de una región a otra del planeta, que es a menudo una dramática odisea humana para quienes se ven implicados, tiene como consecuencia la mezcla de tradiciones y costumbres diferentes, con notables repercusiones en los Países de origen y en los de llegada. La acogida reservada a los migrantes por parte de los Países que los reciben y su capacidad de integrarse en el nuevo ambiente humano representan otras tantas medidas para valorar la calidad del diálogo entre las diferentes culturas.

En realidad, sobre el tema de la integración cultural, tan debatido actualmente, no es fácil encontrar organizaciones y ordenamientos que garanticen, de manera equilibrada y ecuánime, los derechos y deberes, tanto de quien acoge como de quien es acogido. Históricamente, los procesos migratorios han tenido lugar de maneras muy distintas y con resultados diversos. Son muchas las civilizaciones que se han desarrollado y enriquecido precisamente por las aportaciones de la inmigración. En otros casos, las diferencias culturales de autóctonos e inmigrados no se han integrado, sino que han mostrado la capacidad de convivir, a través del respeto recíproco de las personas y de la aceptación o tolerancia de las diferentes costumbres. Lamentablemente perduran también situaciones en las que las dificultades de encuentro entre las diversas culturas no se han solucionado nunca y las tensiones han sido causa de conflictos periódicos.

13. En una materia tan compleja, no hay fórmulas «mágicas»; no obstante, es preciso indicar algunos principios éticos de fondo a los que hacer referencia. Como primero entre todos se ha recordar el principio según el cual los emigrantes han de ser tratados siempre con el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. A este principio ha de supeditarse incluso la debida consideración al bien común cuando se trata de regular los flujos inmigratorios. Se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideración sobre las condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los habitantes originarios como para los nuevos llegados. Por lo que se refiere a las características culturales que los emigrantes llevan consigo, han de ser respetadas y acogidas, en la medida en que no se contraponen a los valores éticos universales, inscritos en la ley natural, y a los derechos humanos fundamentales.

Respeto de las culturas y «fisonomía cultural» del territorio

14. Más difícil es determinar hasta dónde llega el derecho de los emigrantes al reconocimiento jurídico público de sus manifestaciones culturales específicas, cuando éstas no se acomodan fácilmente a las costumbres de la mayoría de los ciudadanos. La solución de este problema, en el marco de una sustancial apertura, está vinculada a la valoración concreta del bien común en un determinado momento histórico y en una situación territorial y social concreta. Mucho depende de que arraigue en todos una cultura de la acogida que, sin caer en la indiferencia sobre los valores, sepa conjugar las razones en favor de la identidad y del diálogo.

Por otro lado, como he indicado antes, se ha de valorar la importancia que tiene la cultura característica de un territorio para el crecimiento equilibrado de los que pertenecen a él por nacimiento, especialmente en sus fases evolutivas más delicadas. Desde este punto de vista, puede considerarse plausible una orientación que tienda a garantizar en un determinado territorio un cierto «equilibrio cultural», en correspondencia con la cultura predominante que lo ha caracterizado; un equilibrio que, aunque siempre abierto a las minorías y al respeto de sus derechos fundamentales, permita la permanencia y el desarrollo de una determinada «fisonomía cultural», o sea, del patrimonio fundamental de lengua, tradiciones y valores que generalmente se asocian a la experiencia de la nación y al sentido de la «patria».

15. Es evidente que esta exigencia de «equilibrio», respecto a la «fisonomía cultural» de un territorio, no se puede lograr satisfactoriamente sólo con instrumentos legislativos, puesto que éstos carecerían de eficacia si no estuvieran fundados en el ethos de la población y, sobre todo, estarían destinados a cambiar naturalmente, cuando una cultura perdiera de hecho su capacidad de animar un pueblo y un territorio, convirtiéndose en una simple herencia guardada en museos o monumentos artísticos y literarios.

En realidad, una cultura, en la medida en que es realmente vital, no tiene motivos para temer ser dominada, de igual manera que ninguna ley podrá mantenerla viva si ha muerto en el alma de un pueblo. Por lo demás, en el plano del diálogo entre las culturas, no se puede impedir a uno que proponga a otro los valores en que cree, con tal de que se haga de manera respetuosa de la libertad y de la conciencia de las personas. «La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas» (DH 1).

Conciencia de los valores comunes

16. El diálogo entre las culturas, instrumento privilegiado para construir la civilización del amor, se apoya en la certeza de que hay valores comunes a todas las culturas, porque están arraigados en la naturaleza de la persona. En tales valores la humanidad expresa sus rasgos más auténticos e importantes. Hace falta cultivar en las almas la conciencia de estos valores, dejando de lado prejuicios ideológicos y egoísmos partidarios, para alimentar ese humus cultural, universal por naturaleza, que hace posible el desarrollo fecundo de un diálogo constructivo. También las diferentes religiones pueden y deben dar una contribución decisiva en este sentido. La experiencia que he tenido tantas veces en el encuentro con representantes de otras religiones —recuerdo en particular el encuentro de Asís de 1986 y el de la plaza San Pedro de 1999— me confirma en la confianza de que la recíproca apertura de los seguidores de las diversas religiones puede aportar muchos beneficios para la causa de la paz y del bien común de la humanidad.

Fuente: AAS 93 (2001) 234-243. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/peace/documents/hf_jp-ii_mes_20001208_xxxiv-world-day-for-peace_sp.html

 

4.1.32 Carta Apostólica Novo Millenio Inneunte (6-I-2001) n. 40.

 Anuncio de la Palabra

40. Alimentarnos de la Palabra para ser « servidores de la Palabra » en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en los Países de antigua evangelización, la situación de una «sociedad cristiana», la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la « llamada » a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9, 16).

Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas», sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud.

El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. De la belleza de este rostro pluriforme de la Iglesia hemos gozado particularmente en este Año jubilar. Quizás es sólo el comienzo, un icono apenas esbozado del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara.

La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo cuando decía: «Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1 Cor 9, 22). Al recomendar todo esto, pienso en particular en la pastoral juvenil. Precisamente por lo que se refiere a los jóvenes, como antes he recordado, el Jubileo nos ha ofrecido un testimonio consolador de generosa disponibilidad. Hemos de saber valorizar aquella respuesta alentadora, empleando aquel entusiasmo como un nuevo talento (cfr. Mt 25, 15) que Dios ha puesto en nuestras manos para que los hagamos fructificar.

Fuente: AAS 93 (2001) 294-295. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_letters/documents/hf_jp-ii_apl_20010106_novo-millennio-ineunte_sp.html

 

4.1.33 Sínodo de Obispos (Asamblea Ordinaria, 27-X-2001) nn. 25-26.

Teología e inculturación

25. Conscientes de la magnífica diversidad que representa este Sínodo, nosotros, obispos, hemos afrontado de nuevo este tema mayor de la inculturación. Nuestro deseo es reconocer las «semillas del Verbo» en las sabidurías, en las creaciones artísticas y religiosas, y en las riquezas espirituales de los pueblos en el curso de la historia. La evolución de las ciencias y de las técnicas, la revolución de la información en el plano mundial: todo nos lleva a recorrer nuevamente la aventura de la fe con energía, la audacia y la lucidez de los Padres de la Iglesia, teólogos y santos y pastores, en tiempos de desórdenes y de cambios como los que conocemos.

26. La vida entera de nuestras comunidades está marcada por este lento trabajo de maduración y de diálogo. Pero, para volver a expresar la fe pura de los orígenes en fidelidad a la Tradición y con un lenguaje nuevo y comprensible, necesitamos la colaboración de teólogos experimentados. Alimentados del sentire cum Ecclesia, que inspiró a sus grandes predecesores, ellos también nos ayudarán a ser servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, prosiguiendo con gozo, prudencia y lealtad, el diálogo interreligioso en el Espíritu del Encuentro de Asís de 1986.

 

4.1.34 Exhortación Apostólica Ecclesia in Oceania (22-XI-2001) nn. 16-17.

Inculturación

16. Los Padres sinodales ha subrayado, con frecuencia, la importancia de la inculturación para una vida auténticamente cristiana en Oceanía. El proceso de inculturación es la manera gradual, mediante la cual, el Evangelio es encarnado en las distintas culturas. Es preciso tener presente que algunos valores culturales deben ser transformados y purificados, si se quiere que tengan un lugar en una cultura genuinamente cristiana. Por otra parte, en las distintas culturas los valores cristianos se acogen fácilmente. La inculturación nace del respeto tanto del Evangelio como de la cultura en la cual es anunciado y acogido. Este proceso en Oceanía inició cuando los inmigrantes trajeron la fe cristiana de sus propias tierras. Para los pueblos indígenas de la Oceanía, la inculturación significó un nuevo diálogo entre el mundo que conocían y la fe que estaban por conocer. El resultado es que la Oceanía ofrece muchos ejemplos de expresiones culturales específicas en el campo de la teología, de la liturgia y en el uso de los símbolos religiosos (cfr. Propositio 1). Los Padres sinodales han visto una posterior inculturación de la fe cristiana como la vía principal para conseguir la plena comunión eclesial.

La auténtica inculturación de la fe cristiana está fundamentada en el misterio de la Encarnación: «Dios ha amado tanto al mundo que ha enviado a su único Hijo» (Jn 3, 16). El Hijo de Dios asume la carne, «nacido de mujer» (Gal 4, 4) en un específico tiempo y lugar. Para preparar un evento tan relevante, Dios escoge un pueblo con una cultura distinta, y lo guió en la historia hacia el camino de la Encarnación. Esto que Dios ha hecho con el pueblo escogido, reveló lo que Dios quería hacer en favor de toda la humanidad, de todo pueblo y de toda cultura. La Escritura nos muestra la historia de Dios que actúa en su pueblo; sobre todo, nos narra la historia de Jesucristo, mediante el cual Dios mismo entró en el mundo y en sus múltiples culturas. En todo lo que dice y hace, pero especialmente en su Muerte y Resurrección, Jesús reveló el amor divino por la humanidad. Desde la profundidad de la historia humana, la vida de Jesús habla no sólo a las personas de su tiempo y de su cultura, sino también a todos aquellos de toda época y cultura. Él es por siempre el Verbo hecho carne para el mundo; es el Evangelio que fue llevado a Oceanía; es el Evangelio que ahora necesita de nuevo ser anunciado.

El Verbo hecho carne no es extraño a ninguna cultura y debe ser predicado a todas las culturas. «El proceso de encuentro y confrontación con la cultura es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde el inicio de la predicación del Evangelio» (Fides et ratio, n. 70). Como el Verbo hecho carne ha entrado en la historia y ha vivido entre nosotros, así el Evangelio entra con profundidad en la vida y en la cultura de cuantos los escuchan y lo creen. La inculturación, la «encarnación» del Evangelio en las distintas culturas, condiciona el mismo modo en el cual el Evangelio es predicado, comprendido y vivido (cfr. Propositio 2). La Iglesia enseña la inmutable verdad de Dios, frente a la historia y a la cultura de un pueblo específico. Por tanto, en toda cultura la fe cristiana debe ser vivida en una manera especial. Los Padres sinodales se han mostrado convencidos que la Iglesia, en el esfuerzo de presentar a Jesucristo en una manera eficaz al pueblo de Oceanía, debe respetar toda cultura y nunca pedir a ninguno que renuncie a la misma. La Iglesia invita a todos los pueblos a expresar la palabra viva de Jesús en el modo que ella le habla en su mente y en su corazón (Discurso a los aborígenes, Alice Springs, 29-XI-1996, n. 12: AAS 79 (1987) 978; Pablo VI, Discurso a los Aborígenes, Sydney, 2-XII-1970: AAS 63 (1971) 69). «El Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a la misma» (Fides et ratio, n. 71). Es vital que la Iglesia se inserte plenamente en lo más íntimo de la cultura y desde lo más íntimo de la misma cultura lleve a cabo el proceso de purificación y de transformación (cfr. Propositio 2).

Una auténtica inculturación del Evangelio tiene un doble aspecto: de una parte, toda cultura ofrece valores y formas positivas que pueden enriquecer el modo en el cual el Evangelio es anunciado, comprendido y vivido; de otra parte, el Evangelio desafía a las culturas y exige que algunos valores y formas cambien (cfr. ib). Así como el Hijo de Dios ha asumido la carne menos en el pecado (cfr. Hb 4, 15), así la fe cristiana acoge y promueve todo aquello que es genuinamente humano y rechaza cuanto es pecaminoso. El proceso de inculturación involucra el Evangelio y la cultura en «un diálogo que incluye la identificación de todo aquellos que es y de todo lo que no es de Cristo» (Ecclesia in Africa, n. 61). Toda cultura necesita ser purificada y transformada por los valores revelados en el Misterio pascual (cfr. Ecclesia in Africa, n. 61). De esta manera, los valores y las formas positivas que se encuentran en las culturas de Oceanía enriquecerán la manera en que el Evangelio es anunciado, comprendido y vivido (cfr. Propositio 2). El Evangelio «es una forma real de liberación de los desórdenes introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a la verdad plena. En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos» (Fides et ratio, n. 71). Transformada por el Espíritu de Cristo, esas culturas alcanzan la plenitud de la vida a la cual los valores más profundos le llaman y a los cuales los pueblos siempre han aspirado. En realidad, sin Cristo ninguna cultura humana puede llegar a ser aquello que verdaderamente es.

La situación actual.

17. En tiempos recientes, la Iglesia ha impulsado ardorosamente la inculturación de la fe cristiana. A ese propósito, Pablo VI, cuando visitó Oceanía, insistió en el hecho de que el cristianismo «no sólo no sofoca cuanto es bueno y de original en cualquier forma de cultura humana, sino más bien lo acoge, respecta y valoriza el genio de todo pueblo, y reviste de variedad y de belleza la única vestimenta inconsútil, de la Iglesia de Cristo» (Discurso a los Obispos de Oceanía, Sydney, 1-XII-1970: AAS 63 (1971) 56). Con palabras similares me he dirigido a los Aborígenes de Australia, en mi encuentro con ellos: «El Evangelio de nuestro Señor Jesucristo habla todas las lenguas. Aprecia y abraza todas las culturas. Sostiene todo aquello que de humana hay en ellas y, si es necesario, lo purifica. El evangelio exalta y enriquece siempre y en todo momento a la cultura con el mensaje revelado de un Dios amoroso y misericordioso» (Discurso a los aborígenes, Alice Springs, 29-XI-1996, n. 12: AAS 79 (1987) 977). Los Padres sinodales han pedido que la Iglesia en Oceanía desarrolle una comprensión y una presentación de la verdad de Cristo partiendo de las tradiciones y de la cultura de la Región. En las áreas de misión, todos los misionarios son fuertemente invitados a actuar en armonía con los cristianos indígenas para asegurarse que la fe y de la vida de la Iglesia sean expresadas en formas legítimamente apropiadas a cualquier cultura (cfr. Propositio 2).

Si desde el momento en que llegaron los primeros inmigrantes y los misioneros, la Iglesia en Oceanía ha estado involucrada en un proceso de inculturación desde los profundo de las muchas culturas de la Región, que conviven juntas. Atentos a los signos de los tiempos, los Padres del Sínodo han reconocido «que muchas culturas, cada una a su modo, ofrecen los modos que ayudan a la Iglesia a comprender y a expresar mejor el Evangelio de Jesucristo» (cfr. Ib.).

Para guiar este proceso, es necesaria la fidelidad a Cristo y a la Tradición auténtica de la Iglesia. Una inculturación genuina de la fe cristiana debe ser siempre conducida con la guía de la Iglesia Universal. Sólo permaneciendo completamente fiel al espíritu de la comunión, las Iglesias particulares deberán de buscar expresar la fe y la vida e la Iglesia en forma legítima, apropiada a las culturas indígenas. Nuevas expresiones y formas deben ser verificadas y aprobadas por la autoridad competente. Una vez aprobadas, estas formas auténticas de inculturación harán más fácil a los pueblos de Oceanía experimentar en su modo peculiar la abundante vida ofrecida por Jesucristo (cfr. Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para la Oceanía, Relatio post disceptationem, 12).

Los Padres sinodales han expresado el deseo que los futuros sacerdotes, diáconos y catequistas tengan plena familiaridad con la cultura de las personas a las cuales prestarán sus servicios. Para llegar a ser buenos líderes cristianos deberán ser educados en forma que no se separen del contexto en el cual vive la gente común, porque están llamados al servicio de una evangelización inculturada, mediante un trabajo pastoral delicado que permita a la comunidad cristiana acoger, vivir y transmitir la fe en la propia cultura, en armonía con el Evangelio y en comunión con la Iglesia Univer sal (cfr. RM 54).

Como visión prospectiva, los Padres del Sínodo han evocado el ideal de muchas culturas de Oceanía puedan formar una civilización rica y característica, inspirada en la fe en Jesucristo. Junto con ellos, ruego fervorosamente que todos los pueblos de Oceanía descubran el amor de Cristo, Camino, Verdad y Vida, y así experimenten y edifiquen juntos la civilización del amor y de la paz que el mundo del Pacífico siempre ha deseado.

Fuente: AAS 94 (2002) 382-386.

 

4.1.35 Discurso a los Obispos de Las Antillas en visita ad limina (7-V-2002) n. 3

3. Pero también debemos superar los confines de la Iglesia, porque el Concilio se preocupó esencialmente por fomentar nuevas energías para su misión en el mundo. Sois conscientes de que una parte esencial de su misión evangelizadora es la inculturación del Evangelio, y sé que en vuestra región se ha prestado mucha atención a la necesidad de desarrollar formas caribeñas de culto y vida católicos. En la encíclica Fides et ratio subrayé que "el Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece, obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a la misma" (n. 71). Asimismo, afirmé que en el encuentro con el Evangelio las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario "son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos" (ib.; cf. Ecclesia in America, 70).

Con este fin, es importante recordar los tres criterios para discernir si nuestros intentos por inculturar el Evangelio tienen bases sólidas o no. El primero es la universalidad del espíritu humano, cuyas necesidades básicas no son diferentes ni siquiera en culturas completamente diversas. Por tanto, ninguna cultura puede ser considerada absoluta hasta el punto de negar que el espíritu humano, en el nivel más profundo, es el mismo en todo tiempo, lugar y cultura. El segundo criterio es que, al comprometerse con nuevas culturas, la Iglesia no puede abandonar la valiosa herencia que proviene de su compromiso inicial con la cultura grecolatina, porque eso significaría "ir en contra del designio providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del tiempo y de la historia" (Fides et ratio, 72). Así pues, no se trata de rechazar la herencia grecolatina para permitir al Evangelio encarnarse en la cultura caribeña, sino, más bien, de hacer que la herencia cultural de la Iglesia entable un diálogo profundo y mutuamente enriquecedor con la cultura caribeña. El tercer criterio es que una cultura no debe encerrarse en su propia diversidad, no debe refugiarse en el aislamiento, oponiéndose a otras culturas y tradiciones. Esto implicaría negar no sólo la universalidad del espíritu humano, sino también la universalidad del Evangelio, que no es ajeno a ninguna cultura y procura arraigar en todas.

Fuente: AAS 94 (2002) 577-578. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2002/may/documents/hf_jp-ii_spe_20020507_antille-ad-limina_sp.html

 

4.1.36 Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17-IV-2003) n. 51

51. A propósito del arte sagrado y la disciplina litúrgica, lo que se ha producido en tierras de antigua cristianización está ocurriendo también en los continentes donde el cristianismo es más joven. Este fenómeno ha sido objeto de atención por parte del Concilio Vaticano II al tratar sobre la exigencia de una sana y, al mismo tiempo, obligada «inculturación». En mis numerosos viajes pastorales he tenido oportunidad de observar en todas las partes del mundo cuánta vitalidad puede despertar la celebración eucarística en contacto con las formas, los estilos y las sensibilidades de las diversas culturas. Adaptándose a las mudables condiciones de tiempo y espacio, la Eucaristía ofrece alimento, no solamente a las personas, sino a los pueblos mismos, plasmando culturas cristianamente inspiradas.

No obstante, es necesario que este importante trabajo de adaptación se lleve a cabo siendo conscientes siempre del inefable Misterio, con el cual cada generación está llamada confrontarse. El «tesoro» es demasiado grande y precioso como para arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o prácticas llevadas a cabo sin una atenta comprobación por parte de las autoridades eclesiásticas competentes. Además, la centralidad del Misterio eucarístico es de una magnitud tal que requiere una verificación realizada en estrecha relación con la Santa Sede. Como escribí en la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia, «esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal» (cfr. n. 22).

Fuente: AAS 95 (2003) 467. Versión española:

http://www.vatican.va/edocs/ESL0327/__P7.HTM

  

4.1.37 Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28-VI-2003) nn. 58-60.

Evangelización de la cultura e inculturación del Evangelio

58. El anuncio de Jesucristo tiene que llegar también a la cultura europea contemporánea. La evangelización de la cultura debe mostrar también que hoy, en esta Europa, es posible vivir en plenitud el Evangelio como itinerario que da sentido a la existencia. Para ello, la pastoral ha de asumir la tarea de imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria: en la familia, la escuela, la comunicación social; en el mundo de la cultura, del trabajo y de la economía, de la política, del tiempo libre, de la salud y la enfermedad. Hace falta una serena confrontación crítica con la actual situación cultural de Europa, evaluando las tendencias emergentes, los hechos y las situaciones de mayor relieve de nuestro tiempo, a la luz del papel central de Cristo y de la antropología cristiana.

Hoy, recordando también la fecundidad cultural del cristianismo a lo largo de la historia de Europa, es preciso mostrar el planteamiento evangélico, teórico y práctico, de la realidad y del hombre. Además, considerando el gran impacto de las ciencias y los progresos tecnológicos en la cultura y en la sociedad de Europa, la Iglesia, con sus instrumentos de profundización teórica y de iniciativa práctica, está llamada a relacionarse de manera activa con los conocimientos científicos y sus aplicaciones, indicando la insuficiencia y el carácter inadecuado de una concepción inspirada en el cientificismo, que pretende reconocer validez objetiva solamente al saber experimental, y señalando asimismo los criterios éticos que el hombre lleva inscritos en su propia naturaleza (cfr. Propositio 23).

59. En la tarea de evangelización de la cultura interviene el importante servicio desarrollado por las escuelas católicas. Es necesario esforzarse para que se reconozca una libertad efectiva de educación e igualdad jurídica entre las escuelas estatales y no estatales. Éstas últimas son a veces el único medio para proponer la tradición cristiana a los que se encuentran alejados de ella. Exhorto a los fieles implicados en el mundo de la escuela a perseverar en su misión, llevando la luz de Cristo Salvador en sus actividades educativas específicas, científicas y académicas (cfr. Propositio 25; Propositio 26, 2). Se debe valorar en particular la contribución de los cristianos dedicados a la investigación o que enseñan en las Universidades: con su « servicio intelectual », transmiten a las jóvenes generaciones los valores de un patrimonio cultural enriquecido por dos milenios de experiencia humanista y cristiana. Convencido de la importancia de las instituciones académicas, pido también que en las diversas Iglesias particulares se promueva una pastoral universitaria apropiada, favoreciendo así una respuesta a las actuales necesidades culturales (cfr. Propositio 26, 3).

60. Tampoco puede olvidarse la aportación positiva que supone la valoración de los bienes culturales de la Iglesia. En efecto, éstos pueden ser un factor peculiar que ayude a suscitar nuevamente un humanismo de inspiración cristiana. Con una adecuada conservación y un uso inteligente, pueden ser, en cuanto testimonio vivo de la fe profesada a lo largo de los siglos, un instrumento válido para la nueva evangelización y la catequesis, e invitar a descubrir el sentido del misterio.

Al mismo tiempo, se han de promover nuevas expresiones artísticas de la fe mediante un diálogo asiduo con quienes se dedican al arte (cfr. Propositio 27). En efecto, la Iglesia necesita el arte, la literatura, la música, la pintura, la escultura y la arquitectura, porque « debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios » (Carta a los artistas, n. 12), y porque la belleza artística, como un reflejo del Espíritu de Dios, es un criptograma del misterio, una invitación a buscar el rostro de Dios hecho visible en Jesús de Nazaret.

Fuente: AAS 95 (2003) 685-686. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_20030628_ecclesia-in-europa_sp.html

 

4.1.38 Exhortación Apostólica Pastores Gregis (16-X-2003) n. 30

Ministerio Episcopal e inculturación del Evangelio

30. La evangelización de la cultura y la inculturación del Evangelio forman parte de la nueva evangelización y, por tanto, son un cometido propio de la función episcopal. A este respecto, tomando algunas de mis expresiones anteriores, el Sínodo repitió: «Una fe que no se convierte en cultura, es una fe no acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (Discurso a los participantes en el I Congreso nacional italiano del Movimiento eclesial de Compromiso Cultural (16-I-82), 2: IGP2 V/1 (1982) 131;  cfr. Propositio 64)

En realidad, éste es un cometido antiguo y siempre nuevo, que tiene su origen en el misterio mismo de la Encarnación su razón de ser en la capacidad intrínseca del Evangelio para arraigar, impregnar y promover toda cultura, purificándola y abriéndola a la plenitud de la verdad y la vida que se ha realizado en Cristo Jesús. A este tema se ha prestado mucha atención durante los Sínodos continentales, que han dado valiosas indicaciones. Yo mismo me he referido a él en varias ocasiones.

Por tanto, considerando los valores culturales del territorio en que vive su Iglesia particular, el Obispo ha de esforzarse para que se anuncie el Evangelio en su integridad, de modo que llegue a modelar el corazón de los hombres y las costumbres de los pueblos. En esta empresa evangelizadora puede ser preciosa la contribución de los teólogos, así como de los expertos en el patrimonio cultural, artístico e histórico de la diócesis, que tanto en la antigua como en la nueva evangelización, es un instrumento pastoral eficaz (cfr. Propositio 65).

Los medios de comunicación social tienen también gran importancia para transmitir la fe y anunciar el Evangelio en los «nuevos areópagos»; los Padres sinodales pusieron su atención en ellos y alentaron a los Obispos para que haya una mayor colaboración entre las Conferencias episcopales, tanto en el ámbito nacional como internacional, con el fin de que se llegue a una actividad de mayor cualidad en este delicado y precioso ámbito de la vida social (cfr. Propositio 66).

En realidad, cuando se trata del anuncio del Evangelio, es importante preocuparse de que la propuesta, además de ortodoxa, sea incisiva y promueva su escucha y acogida. Evidentemente, esto comporta el compromiso de dedicar, especialmente en los Seminarios, un espacio adecuado para la formación de los candidatos al sacerdocio sobre el empleo de los medios de comunicación social, de manera que los evangelizadores sean buenos predicadores y buenos comunicadores.

Fuente: AAS 94 (2004) 865-866. Versión española:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_20031016_pastores-gregis_sp.html

4.2 Dicasterios de la Curia Romana
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4.2.1 La interpretación de la Biblia en la Iglesia (21-IX-1993) n. 4

IV. B Inculturación

Al esfuerzo de actualización, que permite a la Biblia continuar siendo fecunda a través de la diversidad de los tiempos, corresponde el esfuerzo de inculturación, para la diversidad de lugares, que asegura el enraizamiento del mensaje bíblico en los más diversos terrenos. Esta diversidad no es, por lo demás, jamás completa. Toda cultura auténtica, en efecto, es portadora, a su modo de valores universales establecidos por Dios.

El fundamento teológico de la inculturación es la convicción de fe, que la Palabra de Dios trasciende las culturas en las cuales se expresa, y tiene la capacidad de propagarse en otras culturas, de modo que pueda llegar a todas las personas humanas en el contexto culturas donde viven. Esta convicción emana de la Biblia misma, que desde el libro del Génesis toma una orientación universal (Gn 1, 27-28), la mantiene luego en la bendición prometida a todos los pueblos gracias a Abrahán y a su descendencia (Gn 12, 3; 18, 18) y la confirma definitivamente extendiendo a «todas las naciones» la evangelización cristiana (Mt 28, 18-20; Rm 4, 16-17; Ef 3, 6).

La primera etapa de la inculturación consiste en traducir en otra lengua la Escritura inspirada. Esta etapa ha sido franqueada ya en otros tiempos del Antiguo Testamento, cuando se tradujo oralmente el texto hebreo de la Biblia en arameo (Ne 8, 8.12) y más tarde, por escrito, en griego. Una traducción, en efecto, es siempre más que una simple transcripción del texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es diferente, ya que ellos ponen en relación con otras tradiciones de pensamiento y otras maneras de vivir.

Escrito en griego, el Nuevo Testamento está marcado todo él por un dinamismo de inculturación, ya que traspone en la cultura judío-helenística el mensaje palestino de Jesús, manifestando por ello mismo una clara voluntad de superar los límites de un medio cultural único.

Aunque es una etapa fundamental, la traducción de los textos bíblicos no basta, sin embargo, para asegurar una verdadera inculturación. Esta se debe continuar, gracias a una interpretación que ponga el mensaje bíblico en relación más explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir y de expresarse, propios de la cultura local. De la interpretación se pasa enseguida a otras etapas de inculturación, que llegan a la formación de una cultura local cristiana, extendiéndose a todas las dimensiones de la existencia (oración, trabajo, vida social, costumbres, legislación, ciencias, artes, reflexión filosófica y teológica). La Palabra de Dios es, en efecto, una semilla, que saca de la tierra donde se encuentra los elementos útiles para su crecimiento y fecundidad (cfr. AG 22). En consecuencia, los cristianos deben procurar discernir «qué riquezas, Dios, en su generosidad, ha dispensado a las naciones; deben al mismo tiempo esforzarse por iluminar estas riquezas con la luz evangélica, por liberarlas, y conducirlas bajo la autoridad de Dios Salvador» (AG 11).

No se trata, ya se ve, de un proceso en un sentido único, sino de una «mutua fecundación». Por una parte, las riquezas contenidas en las diversas culturas permiten a la Palabra de Dios producir nuevos frutos; y por otra, la luz de la Palabra de Dios permite operar una selección en lo que aportan las culturas, para rechazar los elementos dañosos y favorecer el desarrollo de los elementos válidos. La completa fidelidad a la persona de Cristo, al dinamismo de su misterio pascual, y a su amor por la Iglesia, permite evitar dos soluciones falsas: la de la «adaptación» superficial del mensaje, y la confusión sincretista (cfr. AG 22).

En el Oriente y en el Occidente cristianos, la inculturación de la Biblia se ha efectuado desde los primeros siglos y ha manifestado una gran fecundidad. Pero no se la puede considerar, sin embargo, concluida. Hay que reanudarla constantemente, en relación con la continua evolución de las culturas. En los países de evangelización más reciente, el problema se presenta en términos diferentes. Los misioneros, en efecto, aportan inevitablemente la Palabra de Dios bajo la forma en la cual se ha inculturado en sus países de origen. Las nuevas Iglesias locales deben realizar grandes esfuerzos para pasar de esta forma extranjera de inculturación de la Biblia a otra forma, que corresponda a la cultura del propio país.

[...]

Fuente: Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1993, págs. 110-112. El texto también puede ser consultado en «Biblica» 74 (1993) 451-528 o en EV 13/2846-3150.

4.2.2 Guía para los catequistas (3-XII-1993) n. 12

12. Necesidad de la inculturación. Como toda la actividad evangelizadora, también la catequesis está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. El proceso de inculturación requiere largo tiempo porque es un proceso profundo, global y gradual. A través de él, como explica Juan Pablo II, "la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; trasmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro".

Los catequistas, en cuanto apóstoles, están implicados necesariamente en el dinamismo de este proceso. Además, con una preparación específica, que no puede prescindir del estudio de la antropología cultural y de los idiomas más idóneos a la inculturación, se les debe ayudar a operar por su parte y en la pastoral de conjunto, siguiendo las directivas de la Iglesia acerca de este tema particular, que podemos sintetizar así:

- El mensaje evangélico, aunque no se identifica nunca con una cultura, necesariamente se encarna en las culturas. De hecho, desde el comienzo del cristianismo, se ha encarnado en algunas culturas. Hay que tener en cuenta esto para no privar a las Iglesias jóvenes de valores que ya son patrimonio de la Iglesia universal.

- El Evangelio tiene una fuerza regeneradora, capaz de rectificar no pocos elementos de las culturas en las que penetra, cuando no son compatibles con él.

- El sujeto principal de la inculturación son las comunidades eclesiales locales, que viven una experiencia cotidiana de fe y caridad, insertadas en una determinada cultura, corresponde a los Pastores indicar las pistas principales que se deben recorrer para destacar los valores de una determinada cultura; los expertos sirven de estímulo y ayuda.

- La inculturación es genuina si se guía por estos dos principios: se basa en la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura y avanza de acuerdo con la Tradición de la Iglesia y las directivas del Magisterio, y no contradice la unidad deseada por el Señor.

- La piedad popular, entendida como conjunto de valores, creencias, actitudes y expresiones propias de la religión católica y purificada de los defectos debidos a la ignorancia o a la superstición, expresa la sabiduría del Pueblo de Dios y es una forma privilegiada de inculturación del Evangelio en una determinada cultura.

Para participar positivamente en ese proceso, el catequista deberá atenerse a estas directivas que favorecen en él una actitud clarividente y abierta; insertarse con toda seriedad en el plan de pastoral aprobado por la autoridad competente de la Iglesia, sin aventurarse en experiencias particulares que podrían desorientar a los demás fieles; y reavivar la esperanza apostólica, convencido de que la fuerza del Evangelio es capaz de penetrar en cualquier cultura, enriqueciéndola y fortaleciéndola desde dentro.

[...]

Fuente: Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Guía para los catequistas (3-XII-93), Libreria Editrice Vaticana 1993.

4.2.3 Instrucción Varietates Legitimae, sobre la liturgia romana y la inculturación (25-I-1994)

INTRODUCCIÓN

1. Desde antiguo se ha admitido en el rito romano una diversi­dad legítima y también recientemente ha sido prevista por el concilio Vaticano II en la constitución Sacrosanctum concilium, especialmente para las misiones (1). «La Iglesia no pretende im­poner una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la liturgia» (2). Por el contrario, habiendo reconocido en el pasado y en la actualidad diversidad de formas y de familias litúrgicas, considera que tal diversidad no perjudica su unidad sino que la enriquece (3).

2. En su carta apostólica Vicesimus quintus annus, el Papa Juan Pablo II ha señalado, como un cometido importante para la renovación litúrgica, la tarea de enraizar la liturgia en las diver­sas culturas (4). Esta tarea, prevista en las precedentes Instruc­ciones y en los libros litúrgicos, debe proseguir, a la luz de la ex­periencia, asumiendo, donde sea necesario, los valores cultura­les «que puedan armonizarse con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico, respetando la unidad substancial del rito roma­no expresada en los libros litúrgicos» (5).

Naturaleza de esta Instrucción

3. Por mandato del Sumo Pontífice, la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos ha preparado esta Instrucción en la que se concretizan las Normas para adaptar la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos, contenidas en los artículos 37-40 de la constitución Sacrosanctum conci­lium; se explican de un modo más preciso ciertos principios, ex­presados en términos generales en estos artículos, las prescrip­ciones se aclaran de forma más apropiada y, por fin, se determi­na el orden a seguir para observarlas, de manera que se pongan en práctica únicamente según estas prescripciones. Mientras los principios teológicos concernientes a las cuestiones de fe e in­culturación tienen todavía necesidad de ser profundizados, ha parecido bien a este dicasterio ayudar a los obispos y las Confe­rencias episcopales a considerar las adaptaciones ya previstas en los libros litúrgicos o llevarlas a la práctica según el derecho; a efectuar un examen crítico de lo que se ha podido acordar y, por fin, si la necesidad pastoral en ciertas culturas hace urgente una forma de adaptación litúrgica, que la constitución llama «más profunda» y que al mismo tiempo implica «mayores difi­cultades», a organizar según derecho su uso y práctica de una manera más apropiada.

Observaciones preliminares

4. La constitución Sacrosanctum concilium ha hablado de la adaptación de la liturgia indicando algunas formas (6). Luego, el magisterio de la Iglesia ha utilizado el término «inculturación» pa­ra designar de una forma más precisa «la encarnación del Evan­gelio en las culturas autóctonas y al mismo tiempo la introduc­ción de estas culturas en la vida de la Iglesia» (7). «La "incultura­ción" significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo y el enrai­zamiento del cristianismo en las diversas culturas humanas» (8).

El cambio de vocabulario se comprende también en el mismo campo de la liturgia. El término «adaptación», tomado del len­guaje misionero, hace pensar en modificaciones sobre todo pun­tuales y externas (9). La palabra «inculturación» sirve mejor para indicar un doble movimiento. «Por la inculturación, la Iglesia en­carna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, ella introduce los pueblos con sus culturas en su propia comuni­dad» (10). Por una parte, la penetración del Evangelio en un de­terminado medio sociocultural «fecunda como desde sus entra­ñas las cualidades espirituales y los propios valores de cada pueblo (...), los consolida, los perfecciona y los restaura en Cris­to» (11). Por otra, la Iglesia asimila estos valores, en cuanto son compatibles con el Evangelio, «para profundizar mejor el men­saje de Cristo y expresarlo más perfectamente en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de fieles» (12). Este doble movimiento que se da en la tarea de la «inculturación» expresa así uno de los componentes del misterio de la En­carnación (13).

5. La inculturación así entendida tiene su lugar en el culto co­mo en otros campos de la vida de la Iglesia (14). Constituye uno de los aspectos de la inculturación del Evangelio, que exige una verdadera integración (15), en la vida de fe de cada pueblo, de los valores permanentes de una cultura más que de sus expre­siones pasajeras. Debe, pues, ir unida inseparablemente a una acción más vasta y a una pastoral concertada que mire al con­junto de la condición humana (16).

Como todas las formas de la acción evangelizadora, esta tarea compleja y paciente exige un esfuerzo metódico y progresivo de investigación y de discernimiento (17). La inculturación de la vida cristiana y de sus celebraciones litúrgicas para el conjunto de un pueblo sólo podrá ser el fruto de una maduración progresiva en la fe (18).

6. La presente Instrucción tiene en cuenta situaciones muy di­versas. En primer lugar los países de tradición no cristiana, don­de el Evangelio ha sido anunciado en la época moderna por mi­sioneros que han llevado al mismo tiempo el rito romano. Resul­ta actualmente más claro que «al entrar en contacto con las culturas, la Iglesia debe acoger todo lo que, en las tradiciones de los pueblos, es compatible con el Evangelio a fin de comunicar­les las riquezas de Cristo y enriquecerse ella misma con la sabi­duría multiforme de las naciones de la tierra» (19).

7. Distinta es la situación de los países de antigua tradición cristiana occidental, donde la cultura ha sido impregnada a lo largo de los siglos por la fe y la liturgia expresada por el rito ro­mano. Esto ha facilitado, en estos países, la aceptación de la re­forma litúrgica, de manera que las medidas de adaptación pre­vistas en los libros litúrgicos deberían ser suficientes, en su con­junto para dar paso a las legítimas diversidades locales (cf. nn. 53-61). En algunos países, sin embargo, donde coexisten varias culturas sobre todo a causa de los movimientos de inmigración, hay que tener en cuenta los problemas particulares que esto plantea (cf. n. 49).

8. Así mismo, hay que prestar atención a la situación de países de tradición cristiana o no, en que se ha establecido una cultura que muestra indiferencia o desinterés por la religión (20). En es­tos casos de lo que hay que hablar no es de inculturación de la liturgia, pues no se trata aquí de asumir valores religiosos pree­xistentes, sino de insistir en la formación litúrgica (21) y de hallar los medios más aptos para llegar a la mente y al corazón.

 

EL PROCESO DE INCULTURACIÓN A LO LARGO DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

9. Las cuestiones que suscita actualmente la inculturación del rito romano pueden encontrar alguna aclaración en la historia de la salvación. El proceso de inculturación ya fue planteado de formas diversas.

Israel conservó a lo largo de su historia la certeza de ser el pueblo elegido por Dios, testigo de su acción y de su amor en medio de las naciones. Tomó de los pueblos vecinos ciertas for­mas de culto, pero su fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob las modificó profundamente, primeramente en su sentido y muchas veces en su forma, para celebrar el memorial de las maravillas de Dios en su historia incorporando estos elementos a su práctica religiosa.

El encuentro del mundo judío con la sabiduría griega dio lugar a una nueva forma de inculturación: la traducción de la Biblia al griego introdujo la palabra de Dios en un mundo que le estaba cerrado y originó, bajo la inspiración divina, un enriquecimiento de las Escrituras.

10. La ley de Moisés, los profetas y los salmos (cf. Lc 24, 27 y 44) estaban destinados a preparar la venida del Hijo de Dios en­tre los hombres. El Antiguo Testamento, por el hecho de com­prender la vida y la cultura del pueblo de Israel, es historia de salvación.

Al venir a la tierra, el Hijo de Dios, «nacido de mujer, nacido bajo la ley», (Ga 4, 4) se sometió a las condiciones sociales y cul­turales de los hombres con los que vivió y oró (22), Al hacerse hombre asumió un pueblo, un país y una época, pero en virtud de la común naturaleza humana, «en cierto modo, se unió a to­do hombre» (23). Pues «todos estamos en Cristo y la naturaleza común de la humanidad recibe en él nueva vida. Por eso se le llama el nuevo Adán» (24).

11. Cristo, que quiso compartir nuestra condición humana (cf. Hb 2, 14), murió por todos, para reunir a los hijos de Dios disper­sos (cf. Jn 11, 52). Con su muerte hizo caer el muro de separa­ción entre los hombres, haciendo de Israel y de las naciones un solo pueblo. Por la fuerza de su resurrección, atrae a sí a todos los hombres y crea en sí un solo Hombre nuevo (cf. Ef 2, 14-16; Jn 12, 32). En él cada uno puede llegar a ser una criatura nueva, pues un mundo nuevo ha nacido ya (cf. 2 Co 5, 16-17). En él la ti­niebla deja paso a la luz, las promesas se hacen realidad y todas las aspiraciones religiosas de la humanidad encuentran su cum­plimiento. Por el ofrecimiento de su cuerpo, hecho una vez por todas (cf. Hb 10, 10), Cristo Jesús establece la plenitud del culto en espíritu y en verdad en una novedad que deseaba para sus discípulos (cf. Jn 4, 23-24).

12. «En Cristo (...) se nos dio la plenitud del culto divino» (25). En él tenemos el sumo sacerdote por excelencia, tomado de en­tre los hombres (cf. Hb 5, 1-5 10, 19-21), muerto en la carne, vivi­ficado en el espíritu (cf. 1 P 3, 18). Cristo Señor, de su nuevo pue­blo hizo «un reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (cf. Ap 1, 6; 5, 9-10) (26). Pero antes de inaugurar con su sangre el misterio pascual (27), que constituye lo esencial del culto cristiano (28), Cristo ha querido instituir la Eucaristía, memorial de su muerte y resurrección, hasta que vuelva. Aquí se encuentra el principio de la liturgia cristiana y el núcleo de su forma ritual.

13. En el momento de subir al Padre, Cristo resucitado prome­tió a sus discípulos su presencia y les envió a proclamar el Evan­gelio a toda la creación y a hacer discípulos de todos los pue­blos, bautizándolos (cf. Mt 28, 19; Mc 16, 15; Hch 1, 8). El día de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo creó la nueva comuni­dad entre los hombres, reuniéndolos a todos por encima de su mayor signo de división: las lenguas (cf. Hch 2, 1-11). Y las mara­villas de Dios serán proclamadas a todos los hombres, de toda lengua y cultura (cf. Hch 10, 44-48). Los hombres rescatados por la sangre del Cordero y unidos en una comunión fraterna (cf. Hch 2, 42) son llamados de toda tribu, lengua pueblo y nación (cf. Ap 5, 9).

14. La fe en Cristo ofrece a todos los pueblos la posibilidad de beneficiarse de la promesa y de participar en la herencia del pueblo de la Alianza (cf. Ef 3, 6) sin renunciar a su propia cultura. Bajo el impulso del Espíritu Santo, san Pablo, después de san Pedro (cf. Hch 10), abrió el camino de la Iglesia (cf. Ga 2, 2-10) sin circunscribir el Evangelio a los límites de la ley mosaica, sino conservando lo que él había recibido de la tradición que procede del Señor (cf. 1 Co 11, 23). Así, desde los primeros tiempos, la Iglesia no ha exigido a los convertidos no circuncisos «nada más allá de lo necesario», según la decisión de la asamblea apostóli­ca de Jerusalén (Hch 15, 28).

15. Al reunirse para la fracción del pan el primer día de la se­mana, que pasó a ser el día del Señor (cf. Hch 20 7, Ap 1, 10), las primeras comunidades cristianas siguieron el mandato de Jesús que, en el contexto del memorial de la Pascua judía, instituyó el memorial de su pasión. En la continuidad de la única historia de la salvación tomaron espontáneamente formas y textos del culto judío adaptándolos previamente para expresar la novedad radi­cal del culto cristiano (29). Así, bajo la inspiración del Espíritu Santo, se hizo el discernimiento entre lo que podía o debía ser conservado de la tradición cultural judía y lo que debía cambiar.

16. La expansión del Evangelio en el mundo hizo que surgie­ran otras formas rituales en las Iglesias que procedían de la gen­tilidad, formas influenciadas por otras tradiciones culturales. Y, siempre bajo la luz del Espíritu Santo, se realizó el adecuado discernimiento entre los elementos procedentes de culturas «pa­ganas» para distinguir lo que era incompatible con el cristianis­mo y lo que podía ser asumido por él, en armonía con la tradi­ción apostólica y en fidelidad al Evangelio de la salvación.

17. La creación y el desarrollo de las formas de la celebración cristiana se han realizado gradualmente según las condiciones locales de las grandes áreas culturales en que se ha difundido el Evangelio. Así se han formado las diversas familias litúrgicas del Occidente y del Oriente cristiano. Su rico patrimonio con­serva fielmente la plenitud de la tradición cristiana (30). La Igle­sia de Occidente ha tomado del patrimonio de las familias litúr­gicas de Oriente algunos elementos para su liturgia (31). La Iglesia de Roma adoptó en su liturgia la lengua viva del pueblo, el griego primero, después el latín y, como las demás Iglesias latinas, aceptó en su culto elementos importantes de la vida social de Occidente dándoles una significación cristiana. A lo largo de los siglos el rito romano ha demostrado repetidamen­te su capacidad de integrar textos, cantos, gestos y ritos de di­versa procedencia (32) y ha sabido adaptarse a las culturas lo­cales en países de misión (33), aunque en algunas épocas ha prevalecido la preocupación de la uniformidad litúrgica.

18. El concilio Vaticano II, ya en tiempos recientes, ha recorda­do que la Iglesia «fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno (...). Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, y los ritos y culturas de estos pueblos, no sólo no desaparezca sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demo­nio y felicidad del hombre» (34). De este modo la liturgia de la Iglesia no debe ser extraña a ningún país, a ningún pueblo, a ninguna persona, y al mismo tiempo trasciende todo particula­rismo de raza o nación. Debe ser capaz de expresarse en toda cultura humana, conservando al mismo tiempo su identidad por la fidelidad a la tradición recibida del Señor (35).

19. La liturgia, como el Evangelio, debe respetar las culturas, pero al mismo tiempo invita a purificarlas y a santificarlas.

Los judíos, al hacerse cristianos, no dejan de ser plenamente fieles al Antiguo Testamento, que condujo a Jesús, el Mesías de Israel; ellos saben que en él se ha cumplido la alianza mosaica, siendo él el Mediador de la Alianza nueva y eterna, sellada con su sangre derramada en la cruz. Saben también que por su sa­crificio único y perfecto es el Sumo Sacerdote auténtico y el Templo definitivo (cf. Hb 6-10). Inmediatamente quedan relativi­zadas prescripciones como la circuncisión (cf. Ga 5, 1-6), el sába­do (cf. Mt 12, 8 y par.) (36) y los sacrificios del templo (cf. Hb 10). De manera más radical, los cristianos convertidos del paganis­mo, al adherirse a Cristo tuvieron que renunciar a los ídolos, a las mitologías, a las supersticiones (cf. Hch 19, 18-19; 1 Co 10, 14-22; Col 2, 20-22; 1 Jn 5 21).

Cualquiera que sea su origen étnico y cultural, los cristianos deben reconocer en la historia de Israel la promesa, la profecía y la historia de su salvación. Reciben los libros del Antiguo Testa­mento lo mismo que los del Nuevo como palabra de Dios (37). Y aceptan los signos sacramentales, que no pueden ser plenamen­te comprendidos sino mediante la sagrada Escritura y dentro de la vida de la Iglesia (38).

20. Conciliar las renuncias exigidas por la fe en Cristo con la fi­delidad a la cultura y a las tradiciones del pueblo al que pertene­cían, fue el reto de los primeros cristianos, en un espíritu y por razones diferentes según provinieran del pueblo elegido o del paganismo. Y lo mismo será para los cristianos de todos los tiempos como lo atestiguan las palabras de san Pablo: «Noso­tros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Co 1, 23).

El discernimiento que se ha efectuado a lo largo de la historia de la Iglesia sigue siendo necesario para que, a través de la litur­gia, la obra de la salvación realizada por Cristo se perpetúe fiel­mente en la Iglesia por la fuerza del Espíritu, a través del espacio y del tiempo, y en las diversas culturas humanas.

 

EXIGENCIAS Y CONDICIONES PREVIAS PARA LA INCULTURACIÓN LITÚRGICA

Exigencias procedentes de la naturaleza de la Liturgia

21. Antes de iniciar cualquier proceso de inculturación es preci­so tener en cuenta el espíritu y la naturaleza misma de la liturgia. Ésta «es... el lugar privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con su enviado Jesucristo» (cf. Jn 17 3) (39). Es a un mismo tiempo la acción de Cristo sacerdote y la acción de la Iglesia que es su cuerpo, pues para llevar a cabo la obra de glori­ficación de Dios y de santificación de los hombres, realizada a través de signos sensibles, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia que, por él y en el Espíritu Santo, ofrece al Padre el culto que le es debido (40).

22. La naturaleza de la liturgia está íntimamente ligada a la na­turaleza de la Iglesia, hasta el punto de que es sobre todo en la liturgia donde la naturaleza de la Iglesia se manifiesta (41). Aho­ra bien, la Iglesia tiene también características específicas que la distinguen de cualquier otra asamblea o comunidad.

En efecto, la Iglesia no se constituye por una decisión humana sino que es convocada por Dios en el Espíritu Santo y responde en la fe a su llamada gratuita (ekklesía deriva de klesis «llama­da»). Este carácter singular de la Iglesia se manifiesta en su reu­nión como pueblo sacerdotal, en primer lugar el día del Señor, en la palabra que Dios dirige a los suyos y en el ministerio del sacerdote, que por el sacramento del orden actúa en persona de Cristo, cabeza (42).

Por ser católica, la Iglesia sobrepasa las barreras que separan a los hombres: por el bautismo todos se hacen hijos de Dios y forman en Jesucristo un solo pueblo «en el que no hay distin­ción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y muje­res» (Ga 3, 28). De esta manera la Iglesia está llamada a reunir a todos los hombres, hablar todas las lenguas y penetrar todas las culturas.

Finalmente, la Iglesia camina en la tierra lejos del Señor (cf. 2 Co 5, 6): lleva la figura del tiempo presente en sus sacramentos y en sus instituciones, pero tiende a la bienaventurada esperanza y manifestación de Cristo Jesús (cf. Tt 2, 13) (43). Y esto se tra­duce en el mismo objeto de su oración de petición: aun estando atenta a las necesidades de los hombres y de la sociedad (cf. 1 Tm 2, 1-4), manifiesta que somos ciudadanos del cielo (cf. Flp 3, 20).

23. La Iglesia se alimenta de la palabra de Dios, consignada por escrito en los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento, y, al proclamarla en la liturgia, la acoge como una presencia de Cris­to: «Cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien habla» (44). En la celebración de la liturgia, la palabra de Dios tiene suma importancia (45), de modo que la sagrada Escrit ura no puede ser sustituida por ningún otro texto, por venerable que sea (46). La Biblia ofrece así mismo a la liturgia lo esencial de su lenguaje, de sus signos y de su oración, especialmente en los salmos (47).

24. Siendo la Iglesia fruto del sacrificio de Cristo, la liturgia es siempre la celebración del misterio pascual de Cristo, glorifica­ción de Dios Padre y santificación del hombre por la fuerza del Espíritu Santo (45). El culto cristiano encuentra así su expresión más fundamental cuando cada domingo por todo el mundo, los cristianos se reúnen en torno al altar bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar la eucaristía: para escuchar juntos la pa­labra de Dios y hacer el memorial de la muerte y resurrección de Cristo, mientras esperan su gloriosa venida (49). En torno a este núcleo central el misterio pascual se actualiza con modalidades específicas en la celebración de cada uno de los sacramentos de la fe.

25. Toda la vida litúrgica gira en primer lugar alrededor del sa­crificio eucarístico y de los demás sacramentos confiados por Cristo a su Iglesia (50). Ella tiene el deber de transmitirlos fiel­mente y con solicitud a todas las generaciones. En virtud de su autoridad pastoral, puede disponer lo que pueda resultar útil pa­ra el bien de los fieles según las circunstancias, los tiempos y los lugares (51). Pero no tiene ningún poder para cambiar lo que es voluntad de Cristo, que es lo que constituye la parte inmutable de la liturgia (52). Romper el vínculo que los sacramentos tienen con Cristo que los ha instituido, o con los hechos fundacionales de la Iglesia (53), no sería inculturarlos sino vaciarlos de su con­tenido.

26. La Iglesia de Cristo se hace presente significada en un lu­gar y momento determinados, por las Iglesias locales o par­ticulares, que en la liturgia la manifiestan en su verdadera na­turaleza (54). Por ello cada Iglesia particular debe estar en co­munión con la Iglesia universal, no sólo en la doctrina de fe y en los signos sacramentales, sino también en los usos recibi­dos universalmente de la tradición apostólica ininterrumpida (55). Así sucede con la oración cotidiana (56), la santificación del domingo y el ritmo semanal, la Pascua y el desarrollo del misterio de Cristo a lo largo del año litúrgico (57), la práctica de la penitencia y del ayuno (58), los sacramentos de la iniciación cristiana, la celebración del memorial del Señor y la relación entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, el perdón de los pecados, el ministerio ordenado, el matrimonio y la un­ción de los enfermos.

27. En la liturgia, la Iglesia expresa su fe de una forma simbóli­ca y comunitaria; esto explica la exigencia de una legislación que acompañe la organización del culto, la redacción de los tex­tos y la ejecución de los ritos (59). Y eso justifica el carácter obli­gatorio de esta legislación a lo largo de lo siglos hasta el presen­te, para asegurar la ortodoxia del culto, es decir, no solamente para evitar los errores, sino para transmitir la fe en su integridad, pues la «ley de la oración» (lex orandi, de la Iglesia corresponde a su «ley de la fe» (lex credendi) (60).

Cualquiera que sea el grado de inculturación la liturgia no pue­de prescindir de alguna forma de legislación y de vigilancia per­manente por parte de quienes han recibido esta responsabilidad en la Iglesia: la Sede apostólica y, según las normas del derecho, las Conferencias episcopales para un determinado territorio y el obispo para su diócesis (61). .

Condiciones previas a la inculturación de la liturgia

28. La tradición misionera de la Iglesia siempre ha intentado evangelizar a los hombres en su propia lengua. En ocasiones han sido precisamente los primeros misioneros de un país los que han fijado por escrito lenguas que hasta entonces habían sido solamente orales. Y justamente es a través de la lengua ma­terna, vehículo de la mentalidad y de la cultura, como se llega a comprender el alma de un pueblo, formar en él el espíritu cristia­no y permitirle una participación más profunda en la oración de la Iglesia (62).

Después de la primera evangelización, en las celebraciones li­túrgicas es de gran utilidad para el pueblo la proclamación de la palabra de Dios en la lengua del país. La traducción de la Bi­blia, o al menos de los textos bíblicos utilizados en la liturgia, es necesariamente el comienzo del proceso de inculturación li­túrgica (63).

Para que la recepción de la palabra de Dios sea precisa y fruc­tuosa, «hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la sa­grada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos tanto orientales como occidentales» (64). Así la inculturación de la liturgia supone ante todo una apropiación de la sagrada Escri­tura por parte de la misma cultura (65).

29. La diversidad de situaciones eclesiales tiene también su importancia para determinar el grado necesario de inculturación litúrgica. Es muy distinta la situación de países evangelizados desde hace siglos y en los que la fe cristiana continúa estando presente en la cultura, y la de aquellos en los que la evangeliza­ción es más reciente o no ha penetrado profundamente en las realidades culturales (66). También es diferente la situación de una Iglesia en donde los cristianos son una minoría respecto del resto de la población. Más compleja es la situación de los países en los que se da un pluralismo cultural y linguístico. Será preci­so hacer una cuidadosa evaluación de la situación para encon­trar el camino adecuado y lograr soluciones satisfactorias.

30. Para preparar una inculturación de los ritos, las Conferen­cias episcopales deberán contar con personas expertas tanto en la tradición litúrgica del rito romano como en el conocimiento de los valores culturales locales. Hay que hacer estudios previos de carácter histórico, antropológico, exegético y teológico. Además, hay que confrontarlos con la experiencia pastoral del clero local, especialmente el autóctono (67). El criterio de los «sabios» del país cuya sabiduría se ha iluminado con la luz del Evangelio, se­rá también muy valioso. Asimismo la inculturación tendrá que satisfacer las exigencias de la cultura tradicional aun teniendo en cuenta las poblaciones de cultura urbana e industrial (68).

Responsabilidad de la Conferencia episcopal

31. Tratándose de culturas locales, se explica por qué la consti­tución Sacrosanctum concilium pide sobre este punto la inter­vención «de las competentes asambleas territoriales de obispos legítimamente constituidas» (69). A este respecto, las Conferen­cias episcopales deben considerar «con atención y prudencia los elementos que pueden tomarse de las tradiciones y genio de ca­da pueblo para incorporarlos oportunamente al culto divino» (70). Se podrá algunas veces admitir «todo aquello que en las costumbres de los pueblos no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores (...), con tal que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico» (71).

32. A las Conferencias episcopales corresponde juzgar si la in­troducción en la liturgia, según el procedimiento que se indicará más adelante (cf. nn. 62 y 65-69), de elementos tomados de las costumbres sociales o religiosas vivas aún en la cultura de los pueblos, puede enriquecer la comprensión de las acciones litúr­gicas sin provocar repercusiones desfavorables para la fe y la piedad de los fieles. Y en todo caso, velarán para que los fieles no vean en la introducción de estos elementos la vuelta a una si­tuación anterior a la evangelización (cf. n. 47).

Y siempre que se consideren necesarios ciertos cambios en los ritos o en los textos, es importante adaptarlos al conjunto de la vida litúrgica y, antes de llevarlos a la práctica, presentarlos pri­mero al clero y después a los fieles, de manera que se evite el peligro de perturbarlos sin una razón proporcionada (cf. nn. 46 y 69).

 

PRINCIPIOS Y NORMAS PRÁCTICAS PARA LA INCULTURACIÓN DEL RITO ROMANO

33. Las Iglesias particulares, sobre todo las más jóvenes, ahon­dando en el patrimonio litúrgico recibido de la Iglesia romana que les dio origen, serán capaces de encontrar formas apropia­das de su patrimonio cultural, según la utilidad o la necesidad, para integrarlas en el rito romano.

Una formación litúrgica, tanto de los fieles como del clero, tal como lo exige la constitución Sacrosanctum concilium (72), de­bería permitir que se comprenda el sentido de los textos y de los ritos que se contienen en los libros litúrgicos actuales, y de este modo evitar los cambios o las supresiones en lo que procede de la tradición del rito romano.

Principios generales

34. En el estudio y en la realización de la inculturación del rito romano se ha de tener en cuenta: la finalidad propia de la incul­turación; la unidad substancial del rito romano; la autoridad competente.

35. La finalidad que debe guiar una inculturación del rito roma­no es la misma que el concilio Vaticano II ha puesto como funda­mento de la restauración general de la liturgia: «ordenar los tex­tos y los ritos de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria» (73).

Es importante así mismo que los ritos «sean adaptados a la ca­pacidad de los fieles, y, en general, no necesiten de muchas ex­plicaciones» (74), teniendo en cuenta siempre la naturaleza de la misma liturgia, el carácter bíblico y tradicional de su estructura y de su forma de expresión, tal como se ha indicado más arriba (nn. 21-27).

36. El proceso de inculturación se hará conservando la unidad substancial del rito romano (75). Esta unidad se encuentra expre­sada actualmente en los libros litúrgicos típicos publicados bajo la autoridad del Sumo Pontífice y en los correspondientes libros litúrgicos aprobados por las Conferencias episcopales para sus respectivos países y confirmados por la Sede apostólica (76). El estudio de la inculturación no debe pretender la formación de nuevas familias de ritos; al adecuarse a las necesidades de una determinada cultura, lo que se intenta es que las nuevas adapta­ciones formen parte también del rito romano (77).

37. Las adaptaciones del rito romano, también en el campo de la inculturación, dependen únicamente de la autoridad de la Igle­sia. Autoridad que reside en la Sede apostólica, la ejerce por me­dio de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (78); y, en los límites fijados por el derecho, en las Conferencias episcopales (79) y el obispo diocesano (80). «Na­die, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (81). La inculturación, por tan­to, no queda a la iniciativa personal de los celebrantes, o a la ini­ciativa colectiva de la asamblea (82).

Así mismo, las concesiones hechas a una región determinada no pueden extenderse a otras regiones sin la autorización reque­rida, aunque una Conferencia episcopal considere que tiene ra­zones suficientes para adoptarlas en su propio país.

Lo que puede ser adaptado

38. En el análisis de una acción litúrgica con vistas a su incultu­ración, es preciso considerar también el valor tradicional de los elementos de esa acción, en particular su origen bíblico o patrís­tico (cf. nn. 21-26) porque no basta distinguir entre lo que puede cambiar y lo que es inmutable.

39. El lenguaje, principal medio de comunicación entre los hombres, en las celebraciones litúrgicas tiene por objeto anun­ciar a los fieles la buena nueva de la salvación (83) y expresar la oración de la Iglesia al Señor. También debe manifestar, con la verdad de la fe, la grandeza y la santidad de los misterios cele­brados.

Habrá que examinar, por tanto atentamente qué elementos del lenguaje del pueblo será conveniente introducir en las celebra­ciones litúrgicas, y, en particular, si será oportuno o no emplear expresiones provenientes de religiones no cristianas. Así mismo será importante tener en cuenta los diversos géneros literarios empleados en la liturgia: textos bíblicos proclamados, oraciones presidenciales, salmodia, aclamaciones, respuestas, responso­rios, himnos y letanías.

40. La música y el canto, que expresan el alma de un pueblo, tienen un lugar privilegiado en la liturgia. Se debe, pues, fomen­tar el canto, en primer lugar, de los textos litúrgicos, para que se escuchen las voces de los fieles en las mismas acciones litúrgi­cas (84). «Como en ciertas regiones, principalmente en las misio­nes, hay pueblos con tradición musical propia que tiene mucha importancia en su vida religiosa y social, dése a esta música la debida estima y el lugar correspondiente no sólo al fomentar su sentido religioso, sino también al acomodar el culto a su idiosin­crasia» (85).

Se ha de tener en cuenta que un texto cantado se memoriza mejor que un texto leído, lo que exige mayor esmero en cuidar la inspiración bíblica y litúrgica, y también la calidad literaria de los textos de los cantos.

En el culto divino se podrán admitir las formas musicales, las melodías y los instrumentos de música «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (86).

41. Dado que la liturgia es una acción, los gestos y actitudes tienen especial importancia. Entre éstos, los que pertenecen a los ritos esenciales de los sacramentos, necesarios para su vali­dez, deben conservarse como han sido aprobados y determina­dos por la autoridad suprema de la Iglesia (87).

Los gestos y actitudes del sacerdote celebrante deben expre­sar su función propia: preside la asamblea en la persona de Cris­to (88).

Los gestos y actitudes de la asamblea, en cuanto signos de co­munidad y de unidad, favorecen la participación activa expre­sando y desarrollando al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes (89). Se deberán elegir, en la cultura del país, los gestos y actitudes corporales que expresen la situación del hombre ante Dios, dándoles una significación cristiana, en co­rrespondencia, si es posible, con los gestos y actitudes de origen bíblico.

42. En algunos pueblos el canto se acompaña espontáneamen­te batiendo palmas, con balanceos rítmicos o movimientos de danza de los participantes. Tales formas de expresión corporal pueden tener lugar en las acciones litúrgicas de esos pueblos, a condición de que sean siempre la expresión de una verdadera y común oración de adoración, de alabanza, de ofrenda o de súpli­ca y no un simple espectáculo.

43. La celebración litúrgica se enriquece por la aportación del arte, que ayuda a los fieles a celebrar, a encontrarse con Dios y a orar. Por tanto, también el arte debe tener libertad para expre­sarse en las iglesias de todos los pueblos y naciones, siempre que contribuya a la belleza de los edificios y de los ritos litúrgi­cos con el respeto y el honor que les son debidos (90) y que sea verdaderamente significativo en la vida y la tradición del pueblo. Lo mismo se ha de decir por lo que respecta a la forma, disposi­ción y decoración del altar (91), al lugar de la proclamación de la palabra de Dios (92) y del bautismo (93), al mobiliario, a los va­sos, a las vestiduras y a los colores litúrgicos (94). Se dará prefe­rencia a las materias, formas y colores familiares en el país.

44. La constitución Sacrosanctum concilium ha mantenido fir­memente la práctica constante de la Iglesia de proponer a la ve­neración de los fieles imágenes de Cristo, de la Virgen María y de los santos (95), pues «el honor dado a la imagen pasa a la persona» (96). En cada cultura las obras artísticas que intentan expresar el misterio según el genio del pueblo, deben ayudar a los creyentes en su oración y su vida espiritual.

45. Junto a las celebraciones litúrgicas y en relación con ellas, las diversas Iglesias particulares tienen sus propias expresiones de piedad popular. Introducidas a veces por los misioneros en el momento de la primera evangelización, se desarrollan con fre­cuencia según las costumbres locales.

La introducción de prácticas de devoción en las celebraciones litúrgicas no puede admitirse como una forma de inculturación «porque, por su naturaleza, (la liturgia) está por encimas de ellas» (97).

Corresponde al ordinario del lugar (98) organizar tales mani­festaciones de piedad, fomentarlas en su papel de ayuda para la vida y la fe de los cristianos, y purificarlas cuando sea necesario, pues siempre tienen necesidad de ser evangelizadas (99). El or­dinario debe cuidar también de que no suplanten a las celebra­ciones litúrgicas ni se mezclen con ellas (100).

La prudencia necesaria

46. «No se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por de­cirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (101). Esta norma, dada por la constitución Sacrosanctum concilium con vistas a la reforma de la liturgia se aplica también, guardada la debida proporción, a la inculturación del rito romano. En este te­rreno, la pedagogía y el tiempo son necesarios para evitar los fe­nómenos de rechazo o de crispación de las formas anteriores.

47. Dado que la liturgia es una expresión de la fe y de la vida cristiana, hay que vigilar que su inculturación no esté marcada, ni siquiera en apariencia, por el sincretismo religioso. Ello podría suceder si los lugares, los objetos del culto, los vestidos litúrgi­cos, los gestos y las actitudes dan a entender que, en las celebraciones cristianas, ciertos ritos conservan el mismo significa­do que antes de la evangelización. Aún sería peor el sincretismo religioso si se pretendiera reemplazar las lecturas y cantos bíblicos (cf. n. 23) o las oraciones por textos tomados de otras reli­giones aun teniendo éstos un valor religioso y moral innegables (102).

48. La admisión de ritos o gestos habituales en los rituales de la iniciación cristiana, del matrimonio y de las exequias es una etapa de la inculturación ya indicada en la constitución Sacro­sanctum concilium (103). En ellos la verdad del rito cristiano y la expresión de la fe pueden quedar fácilmente oscurecidos a los ojos de los fieles. La recepción de los usos tradicionales debe ir acompañada de una purificación y, donde sea preciso incluso de una ruptura. Lo mismo se ha de decir, por ejemplo, de una even­tual cristianización de fiestas paganas o de lugares sagrados, de la atribución al sacerdote de signos de autoridad reservados al jefe en la sociedad, o de la veneración de los antepasados. En to­do caso es preciso evitar cualquier ambigüedad. Con mayor ra­zón la liturgia cristiana no puede en absoluto aceptar ritos de magia, de superstición, de espiritismo, de venganza o que ten­gan connotaciones sexuales.

49. En algunos países coexisten distintas culturas que a veces se compenetran hasta formar una cultura nueva y otras veces tienden a diferenciarse más, o incluso a oponerse mutuamente para mejor afirmar su propia identidad. Puede suceder también que algunas costumbres no tengan más que un interés folclóri­co. Las Conferencias episcopales examinen con atención la si­tuación concreta en cada caso, respeten las riquezas de cada cul­tura, y a quienes las defienden, sin ignorar ni descuidar una cul­tura minoritaria o que les resulte menos familiar; eviten también que las comunidades cristianas se mantengan aisladas o que la inculturación litúrgica se utilice con fines políticos. En los países de cultura muy marcada por usos tradicionales, se tendrán en cuenta los diversos grados de modernización de los pueblos.

50. A veces en un mismo país se hablan varias lenguas, de modo que cada una sólo es utilizada por un grupo restringido de personas o por una tribu. En tales casos habrá que encontrar el equilibrio que respete los derechos de cada grupo o tribu sin lle­var por esto al extremo la particularidad de las celebraciones li­túrgicas. A veces habrá que atender a una posible evolución del país hacia una lengua principal.

51. Para promover la inculturación litúrgica en un ámbito cul­tural más vasto que un país, se necesita que las Conferencias episcopales interesadas se pongan de acuerdo y decidan en co­mún las disposiciones que se han de tomar para que «en cuanto sea posible, se eviten también las diferencias notables de ritos entre territorios contiguos» (104).

EL ÁMBITO DE LAS ADAPTACIONES EN EL RITO ROMANO

52. La constitución Sacrosanctum concilium tenía presente una inculturación del rito romano al decretar las Normas para adap­tar la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos, al pre­ver medidas de adaptación en los mismos libros litúrgicos (cf. nn. 53-61), y al permitir en ciertos casos, especialmente en los países de misión, adaptaciones más profundas (cf. nn. 63-64).

Adaptaciones previstas en los libros litúrgicos

53. La primera medida de inculturación y la más notable es la traducción de los textos litúrgicos a la lengua del pueblo (105). Las traducciones y, en su caso, la revisión de las mismas se ha­rán según las indicaciones dadas a este respecto por la Sede apostólica (106). Atendiendo cuidadosamente a los diversos gé­neros literarios y al contenido de los textos de la edición típica latina, la traducción deberá ser comprensible para los participan­tes (cf. n. 39), ser apropiada para la proclamación y para el canto así como para las respuestas y las aclamaciones de la asamblea.

Aunque todos los pueblos, aun los más sencillos, tienen un lenguaje religioso capaz de expresar la oración, el lenguaje litúr­gico tiene sus características propias: está impregnado profun­damente de la Biblia; algunas palabras del latín corriente (me­moria, sacramentum) han tomado otro sentido en la fe cristiana; hay palabras del lenguaje cristiano que pueden transmitirse de una lengua a otra, como ya ha sucedido en el pasado: ecclesia, evangelium, baptisma, eucharistia.

Además, los traductores deben tener en cuenta la relación del texto con la acción litúrgica, las exigencias de la comunicación oral y las características literarias de la lengua viva del pueblo. Estas características que se exigen a las traducciones litúrgicas deben darse también en las composiciones nuevas, en los casos previstos.

54. Para la celebración eucarística, el Misal romano, «aún de­jando lugar a las variaciones y adaptaciones legítimas según la prescripción del concilio Vaticano II», debe quedar «como un ins­trumento para testimoniar y conformar la mutua unidad» (107) del rito romano en la diversidad de lenguas. La Ordenación ge­neral del Misal romano prevé que «las Conferencias episcopales, según la constitución Sacrosanctum concilium, podrán estable­cer para su territorio las normas que mejor tengan en cuenta las tradiciones y el modo de ser de los pueblos, regiones y comuni­dades diversas» (108). Esto vale especialmente para los gestos y las actitudes de los fieles (109), los gestos de veneración al altar y al libro de los Evangelios (110), los textos de los cantos de en­trada (111), del ofertorio (112) y de comunión (113), el rito de la paz (114), las condiciones para la comunión del cáliz (115), la materia del altar y del mobiliario litúrgico (116), la materia y la forma de los vasos sagrados (117) y las vestiduras litúrgicas (118). Las Conferencias episcopales pueden determinar también la manera de distribuir la comunión (119).

55. Para los demás sacramentos y sacramentales, la edición tí­pica latina de cada ritual indica las adaptaciones que pueden hacer las Conferencias episcopales (120) o el obispo en determina­dos casos (121). Estas adaptaciones pueden afectar a los textos, a los gestos, y a veces incluso la organización del rito. Cuando la edición típica ofrece varias fórmulas a elegir, las Conferencias episcopales pueden proponer otras fórmulas semejantes.

56. Por lo que atañe al rito de iniciación cristiana, corresponde a las Conferencias episcopales «examinar con esmero y pruden­cia lo que puede aceptarse de las tradiciones y de la índole de cada pueblo» (122) y, «en las misiones, además de los elemen­tos de iniciación contenidos en la tradición cristiana, pueden ad­mitirse también aquellos que se encuentran en uso en cada pue­blo, en cuanto pueden acomodarse al rito cristiano» (123). Hay que advertir, sin embargo, que el término «iniciación» no tiene el mismo sentido ni designa la misma realidad cuando se trata de ritos de iniciación social en algunos pueblos, que cuando se tra­ta del itinerario de la iniciación cristiana, que conduce por los ritos del catecumenado a la incorporación a Cristo en la Iglesia por medio de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la Eucaristía.

57. El ritual del matrimonio es, en muchos lugares, el que re­quiere una mayor adaptación para no resultar extraño a las cos­tumbres sociales. Para realizar la adaptación a las costumbres del lugar y de los pueblos, cada Conferencia episcopal tiene la facultad de establecer un rito propio del matrimonio, adaptado a las costumbres locales, quedando a salvo siempre la norma que exige, por parte del ministro ordenado o del laico asistente (124), pedir y recibir el consentimiento de los contrayentes, y dar la bendición nupcial (125). Este rito propio deberá significar clara­mente el sentido cristiano del matrimonio así como la gracia del sacramento, y subrayar los deberes de los esposos (126).

58. Las exequias en todos los pueblos han sido siempre rodea­das de ritos especiales, a veces, de gran valor expresivo. Para responder a las situaciones de los diversos países, el ritual ro­mano propone varias formas para las exequias (127). Correspon­de a las Conferencias episcopales escoger la que se adapte me­jor a las costumbres locales (128). Conservando lo que hay de bueno en las tradiciones familiares y en las costumbres locales, las Conferencias deben cuidar de que las exequias manifiesten la fe pascual y den testimonio del verdadero espíritu evangélico (129). Con este espíritu los rituales de exequias pueden adoptar costumbres de diversas culturas para responder mejor a las si­tuaciones y a las tradiciones de cada región (130).

59. Las bendiciones de personas, de lugares o de cosas, que es­tán más relacionadas con la vida, las actividades y las preocupa­ciones de los fieles, ofrecen también posibilidades de adaptación, de conservación de costumbres locales y de admisión de usos populares (131). Las Conferencias episcopales utilicen las disposi­ciones dadas, teniendo en cuenta las necesidades del país.

60. Por lo que respecta a la organización del tiempo litúrgico, cada Iglesia particular y cada familia religiosa añaden a las cele­braciones de la Iglesia universal, con la aprobación de la Sede apostólica, las que les son propias (132). Las Conferencias epis­copales pueden también, con la previa aprobación de la Sede apostólica, suprimir o trasladar al domingo algunas de las fies­tas de precepto (133). A ellas corresponde también determinar las fechas y la manera de celebrar las rogativas y las cuatro tém­poras (134).

61. La Liturgia de las Horas, que tiene por objeto celebrar las alabanzas de Dios y santificar por medio de la oración la jornada y toda la actividad humana, ofrece a las Conferencias episcopa­les posibilidades de adaptación en la segunda lectura del Oficio de lectura, los himnos y las preces, así como en las antífonas marianas finales (135).

Procedimiento a seguir en las adaptaciones previstas en los libros litúrgicos

62. La Conferencia episcopal, al preparar la edición propia de los libros litúrgicos, se pronunciará sobre la traducción y las adaptaciones previstas, según el Derecho (136). Las actas de la Conferencia, con el resultado de la votación, se enviarán, firma­das por el presidente y el secretario de la Conferencia, a la Con­gregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, junto con dos ejemplares completos del proyecto aprobado.

Además: se expondrán de forma resumida pero precisa las ra­zones por las cuales se ha introducido cada modificación, se in­dicará igualmente qué partes se han tomado de otros libros litúr­gicos ya aprobados y cuáles son nuevas.

Una vez obtenido el reconocimiento de la Sede apostólica, se­gún la norma establecida (137), la Conferencia episcopal dará el decreto de promulgación e indicará la fecha de su entrada en vi­gor.

La adaptación prevista por el artículo 40 de la constitución «Sacrosanctum concilium»

63. A pesar de las medidas de adaptación previstas ya en los li­bros litúrgicos, puede suceder «que en ciertos lugares y circuns­tancias urja una adaptación más profunda de la liturgia, lo que implica mayores dificultades» (138). No se trata en tales casos de adaptación dentro del marco previsto en las Institutiones ge­nerales y Praenotanda de los libros litúrgicos.

Esto supone que una Conferencia episcopal ha empleado ante todo los recursos ofrecidos por los libros litúrgicos, ha evaluado el funcionamiento de las adaptaciones ya realizadas y ha proce­dido, donde ha sido preciso a su revisión, antes de tomar la ini­ciativa de una adaptación más profunda.

La utilidad o la necesidad de esa adaptación puede manifestar­se respecto a alguno de los puntos enumerados anteriormente (cf. nn. 53-61) sin que afecte a los demás. Adaptaciones de esta especie no pretenden una transformación del rito romano, sino que se sitúan dentro del mismo.

64. En este caso, uno o varios obispos pueden exponer a sus hermanos en el episcopado de su Conferencia las dificultades que subsisten para la participación de sus fieles, y examinar con ellos la oportunidad de introducir adaptaciones más profundas si es que el bien de las almas lo exige verdaderamente (139).

Después, corresponde a la Conferencia episcopal proponer a la Sede apostólica, según el procedimiento establecido más abajo, las modificaciones que desea adoptar (140).

La Congregación para el culto divino y la disciplina de los sa­cramentos se declara dispuesta a aceptar las proposiciones de las Conferencias episcopales, a examinarlas teniendo en cuenta el bien de las Iglesias locales interesadas y el bien común de to­da la Iglesia, y a acompañar el proceso de inculturación en don­de sea útil o necesario, según los principios expuestos en esta Instrucción (cf. nn. 33-51), con un espíritu de colaboración con­fiada y de responsabilidad compartida.

Procedimiento a seguir para la aplicación del artículo 40 de la constitución «Sacrosanctum concilium»

65. La Conferencia episcopal examine lo que se debe modificar en las celebraciones litúrgicas en razón de las tradiciones y de la mentalidad del pueblo. Confíe el estudio a la comisión nacional o regional de liturgia, la cual ha de solicitar la colaboración de personas expertas para examinar los diversos aspectos de los elementos de la cultura local y de su posible inserción en las ce­lebraciones litúrgicas. A veces resultará oportuno pedir también consejo a exponentes de las religiones no cristianas sobre el va­lor cultural o civil de tal o cual elemento (cf. nn. 30-32).

Este examen previo, si el caso lo requiere, se hará en colabora­ción con las Conferencias episcopales de los países limítrofes o de los que tienen la misma cultura (cf. n. 51).

66. La Conferencia episcopal expondrá el proyecto a la Congre­gación, antes de cualquier iniciativa de experimentación. La pre­sentación del proyecto debe comprender una descripción de las innovaciones propuestas, las razones de su admisión, los crite­rios seguidos, los lugares y tiempos en que se desea hacer, lle­gado el caso, el experimento previo y la indicación de los grupos que han de hacerlo y, por último, las actas de la deliberación y de la votación de la Conferencia sobre este asunto.

Después de un examen del proyecto, hecho de común acuerdo entre la Conferencia episcopal y la Congregación, ésta última da­rá a la Conferencia episcopal la facultad de permitir, si se presen­ta el caso, la experimentación durante un tiempo limitado (141).

67. La Conferencia episcopal cuidará del buen desarrollo de la experimentación (142), solicitando normalmente la ayuda de la comisión nacional o regional de liturgia. La Conferencia cuidará también de no permitir que la experimentación se prolongue más allá de los límites permitidos en lugares y tiempos, informa­rá a pastores y pueblo de su carácter provisional y limitado, y cuidará de no dar al experimento una publicidad que podría in­fluir ya en la vida litúrgica del país. Al terminar el período de ex­perimentación, la Conferencia episcopal juzgará si el proyecto corresponde a la utilidad buscada o si se ha de corregir en algu­nos puntos, y comunicará su deliberación a la Congregación, junto con la documentación relativa a la experimentación.

68. Una vez examinada esa documentación, la Congregación podrá dar por decreto su consentimiento, con posibles observa­ciones, para que las modificaciones pedidas sean admitidas en el territorio que depende de la Conferencia episcopal.

69. A los fieles, tanto laicos como clero, se les informará debi­damente de los cambios y se les preparará para su aplicación en las celebraciones. La puesta en práctica de las decisiones deberá hacerse según lo exijan las circunstancias, estableciendo, si fue­ra oportuno, un período de transición (cf. n. 46).

CONCLUSIÓN

70. Con la presente Instrucción, la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos presenta a las Confe­rencias episcopales las normas prácticas que deben regir el tra­bajo de inculturación litúrgica previsto por el concilio Vaticano II para responder a las necesidades pastorales de los pueblos de diversas culturas y lo inserta en una pastoral de conjunto para inculturar el Evangelio en la diversidad de realidades humanas. Confía en que cada Iglesia particular, sobre todo las más jóve­nes, pueda experimentar que la diversidad en algunos elemen­tos de las celebraciones litúrgicas es fuente de enriquecimiento respetando siempre la unidad substancial del rito romano, la unidad de toda la Iglesia y la integridad de la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre (cf. Judas 3).

La presente Instrucción ha sido preparada por la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos por man­dato de Su Santidad, el Papa Juan Pablo 11, que la ha aprobado y ha ordenado su publicación.

Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacra­mentos, 25 de enero de 1994.

Cardenal Antonio M. Javierre Ortas

Prefecto

Mons. Geraldo M. Agnelo

Secretario

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(1) Cf. Sacrosanctum concilium, 38, también n. 40,3. (2) lb., 37. (3) Cf. Orientalium Ecclesiarum, 2; Sacrosanctum concilium, 3 y 4; Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1200-1206, en particular nn. 1204-1206. (4) Cf. Vicesimus quintus annus, 16 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 912. (5) Ib. (6) Cf. Sacrosanctum concilium, 37-40. (7) Slavorum apostoli, 21 (2 de junio de 1985): AAS 77 (1985), 802-803; cf. Discurso a la asamblea plenaria del Consejo ponti­ficio para la cultura (17 de enero de 1987), n. 5: AAS 79 (1987), 1204-1205. (8) Redemptoris missio, 52 (7 de diciembre de 1990): AAS83 (1991), 300. (9) Cf. ib. y Sínodo de los Obispos, Informe final Exeunte coetu secundo (7 de diciembre de 1985), D 4. (10) Redemptoris missio, 52 (7 de diciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300. (11) Gaudium et spes, 58. (12) Ib. (13) Catechesi tradendae, 53 (16 de octubre de 1979): AAS 71 (1979), 1319-1321. (14) Cf. Codex canonum Ecclesiarum orientalium, c. 584 § 2: «Evangelizatio gentium ita fiat, ut servata integritate fidei et morum Evangelium se in cultura singulorum populorum ex­primere possit, in catechesi scilicet, in ritibus propriis liturgicis, in arte sacra, in iure particulari ac demum in tota vita ecclesiali». (15) Cf. Catechesi tradendae, 53 (16 de octubre de 1979): AAS 71 (1979), 1320: «...de la evangelización en general podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al co­razón de la cultura y de las culturas. (... ) Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto y ayudarles a hacer surgir de su propia tradición viva expresiones originales de vida, de celebración y de pen­samiento cristianos». (16) Cf. Redemptoris missio, 52 (7 de diciembre de 1990): AAS83 (1991), 300: «La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se de­sarrollan». Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultu­ra (17 de enero de 1987): AAS79 (1987), 1205: «Reafirmo con insistencia la ne­cesidad de movilizar a toda la Iglesia en un esfuerzo creativo, por una evange­lización renovadora de las personas y de las culturas. Porque solamente con este esfuerzo la Iglesia estará en condición de llevar la esperanza de Cristo al seno de las culturas y de las mentalidades actuales». (17) Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Foi et culture à la lumière de la Bible, 1981; y COMISIÓN TEOLÓGI­CA INTERNACIONAL, Documento sobre la fe y la inculturación Commissio Theolo­gica (3-8 de octubre de 1988). (18) Cf. Juan Pablo II, Discurso a los obispos del Zaire (12 de abril de 1983), n. 5: AAS75 (1983), 620: «¿Cómo una fe verdadera­mente madura, profunda y convincente, no llegará a expresarse en un lengua­je, en una catequesis, en una reflexión teológica, en una oración, en una litur­gia, en un arte, en instituciones que correspondan verdaderamente al alma africana de vuestros compatriotas? Aquí se encuentra la clave del problema importante y complejo que vosotros me habéis planteado a propósito de la li­turgia para evocar hoy solamente esto. Un progreso satisfactorio en este cam­po podrá ser fruto de una maduración progresiva en la fe, que integre el dis­cernimiento espiritual, la iluminación teológica, el sentido de la Iglesia univer­sal, en una larga concertación». (19) Juan Pablo II, Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultura (17 de enero de 1987), n. 5: AAS 79 (1987), 1204. (20) Cf. Ib.: AAS 79 (1987), 1205; también Vicesimus quintus annus, 17 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 11989), 913-914. (21) Cf. Sacro­sanctum concilium, 19 y 35, 3. (22) Cf. Ad gentes, 10. (23) Gaudium et spes, 22. (24) S. CIRILO DE ALEJANDRIA, In Ioannem, 1, 14: PG 73,162 C. (25) Sacro­sanctum concilium, 5. (26) Cf. Lumen gentium, 10. (27) Cf. Missale romanum, Feria VI in Passione Domini 5: oratio prima: «... per suum cruorem instituit pas­chale mysterium». (28) Cf. Mysterii paschalis (14 de febrero de 1969): AAS 61 (1969), 222-226. (29) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1096. (30) Cf. ib., nn. 1200-1203. (31) Cf. Unitatis redintegratio, 14-15. (32) Textos: cf. las fuen­tes de las oraciones, de los prefacios y de las plegarias eucarísticas del Misal romano. Cantos: por ejemplo las antífonas del 1 de enero, del Bautismo del Señor, del 8 de septiembre, los improperios del Viernes Santo, los himnos de la Liturgia de las Horas. Gestos: por ejemplo la aspersión, la incensación, la genuflexión, las manos juntas. Ritos: por ejemplo la procesión de ramos, la adoración de la cruz en el Viernes Santo, las rogativas. (33) Cf. en el pasado S. GREGORIO MAGNO, Epistula ad Mellitum: Reg. XI, 59: CCL 140A, 961-962; Juan VIII, bula Industriæ tuæ (26 de junio del año 880): PL 126, 904; Sgda. Congregación de Propaganda Fidei, Instrucción a los vicarios apostólicos de China y de Indochina (1654): Collectanea S. C. de Propaganda Fide, I, 1, Roma, 1907, n. 135; Instrucción Plane compertum (8 de diciembre de 1939): AAS 32 (1940), 24­26. (34) Lumen gentium, 13 y 17. (35) Cf. Catechesi tradendæ, 52-53 (16 de octubre de 1979): AAS 71 (1979), 1319-1321, Redemptoris missio, 53-54 (7 de diciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300-302; Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1204-1206. (36) Cf. también S. Ignacio de Antioquía, Epistula ad Magne­sios, 9: Funk 1, 199: «Los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vi­nieron a la novedad de esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el domingo». (37) Cf. Dei Verbum, 14-16; Ordo lectionum missæ, 5, edi­tio typica altera, Praenotanda: «La Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo cuando, en la celebración litúrgica, proclama el Antiguo y el Nuevo Testamento. En efecto, en el Antiguo Testamento está latente el Nuevo, y en el Nuevo Testamento se hace patente el Antiguo. Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura, y también de toda celebración litúrgica»; Catecismo de la Iglesia católica, nn. 120-123, 128-130, 1093-1095. (38) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1093-1096. (39) Vicesimus quintus annus, 7 (4 de diciem­bre de 1988):AAS 81 (1989), 903-904. (40) Cf. Sacrosanctum concilium, 5-7. (41) Cf. ib., n. 2; Vicesimus quintus annus, 9 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 905-906. (42) Cf. Presbyterorum ordinis, 2. (43) Cf. Lumen gentium, 48; Sacrosanctum concilium, 2 y 8. (44) Cf. Sacrosanctum concilium, 7. (45) Cf. ib., 24. (46) Cf. Ordo lectionum missæ, 12 editio typica altera, Praenotanda: «No está permitido que, en la celebración de la misa, las lecturas bíblicas, jun­to con los cánticos tomados de la sagrada Escritura, sean suprimidas, merma­das ni, lo que sería más grave, substituidas por otras lecturas no bíblicas. En efecto, desde la palabra de Dios escrita, todavía "Dios habla a su pueblo" (Sa­crosanctum concilium, 33) y, con el uso continuado de la sagrada Escritura, el pueblo de Dios, hecho dócil al Espíritu Santo por la luz de la fe, podrá dar, con su vida y costumbres, testimonio de Cristo ante el mundo». (47) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 2585-2589. (48) Cf. Sacrosanctum concilium, 7. (49) Cf. ib., 6, 47, 56, 102, 106; Missale romanum, institutio generalis, nn. 1, 7, 8. (50) Cf. Sacrosanctum concilium, 6. (51) Cf. Concilio de Trento, sesión 21, cap. 2: DSchönm. 1728; Sacrosanctum concilium, 48 ss, 62 ss. (52) Cf. Sacrosanc­tum concilium, 21. (53) Cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, In­ter insigniores (15 de octubre de 1976): AAS 69 (1977), 107-108. (54) Cf. Lu­men gentium, 28; 26. (55) Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, III, 2, 1-3; 3, 1-2: Sources Chrétiennes, 211, 24-31; S. Agustín, Epistula ad Ianuarium, 54, l: PL 33, 200: «Las tradiciones no testimoniadas por la Escritura que guardamos y son observadas en todo el mundo, se deben considerar como recomendadas o es­tablecidas por los mismos Apóstoles o por los concilios, cuya autoridad es muy útil para la Iglesia...»; Redemptoris missio, 53-54 (7 de diciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300-302; Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión Communionis notio, 7-10 (28 de mayo de 1992): AAS 85 (1993), 842-844. (56) Cf. Sacrosanctum concilium, 83. (57) Cf. ib., 102, 106 y Apéndice. (58) Cf. constitución apostólica Pænitemini (17 de febrero de 1966): AAS 58 (1966), 177-198. (59) Cf. Sacro­sanctum concilium, 22; 26; 28; 40, 3 y 128. Codex iuris canonici, c. 2 y en otros lugares. (60) Cf. Missale romanum, Institutio generalis Proœmium, n. 2. PABLO VI discurso al Consejo para la aplicación de la constitución litúrgica, del 13 de octubre de 1966: AAS 58 (1966), 1146, del 14 de octubre de 1968: AAS 60 (1968), 734. (61) Cf. Sacrosanctum concilium, 22; 36 § § 3-4; 40, 1 y 2, 44-46 Codex iuris canonici, cc. 447 ss y 838. (62) Cf. Redemptoris missio, 53 (7 de di­ciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300-302. (63) Cf. Sacrosanctum concilium, 35 y 36 §§ 2-3; Codex iuris canonici, c. 825 §l. (64) Sacrosanctum concilium, 24. (65) Cf. ib.; Catechesi tradendæ, 55 (16 de octubre de 1979): AAS 71 11979), 1322-1323. (66) Por esto en la Sacrosanctum concilium se subraya en los números 38 y 40: «sobre todo en misiones». (67) Cf. Ad gentes, 16 y 17. (68) Cf. ib., 19. (69) Sacrosanctum concilium, 22 § 2; cf. ib., 39 y 40, 1 y 2. Co­dex iuris canonici cc. 447-448 ss. (70) Cf. Sacrosanctum concilium, 40. (71) Ib., 37. (72) Cf. ib., 14-19. (73) Ib., 21. (74) Cf. ib., 34. (75) Cf. ib., 37-40. (76) Cf. Vicesimus quintus annus, 16 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 912. (77) Cf. Juan Pablo II, discurso a la asamblea plenaria de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (26 de enero de 1991), n. 3: ASS 83 (1991), 940: «El sentido de tal indicación no es proponer a las Iglesias particulares el inicio de un nuevo trabajo después de la aplicación de la refor­ma litúrgica y que consistiría en la adaptación o la inculturación. Ni siquiera se debe entender la inculturación como creación de ritos alternativos (...). Se tra­ta, por tanto, de colaborar para que el rito romano, manteniendo su propia identidad, pueda recibir las oportunas adaptaciones». (78) Cf. Sacrosanctum concilium, 22 § 1, Codex iuris canonici, c. 838 § § 1 y 2. Pastor bonus, 62, 64 § 3 (28 de junio de 1988): AAS 80 (1988), 876-877. Vicesimus quintus annus, 19 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 914-915. (79) Cf. Sacrosanctum conci­lium, 22 § 2 y Codex iuris canonici, cc. 447 ss y 838, §§ 1 y 3; Vicesimus quin­tus annus, 20 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916. (80) Cf. Sacro­sanctum concilium, 22 §1 y Codex iuris canonici, cc. 838, § §1 y 4; Vicesimus quintus annus, 21 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916-917. (81) Cf. Sacrosanctum concilium, 22 § 3. (82) La situación es diversa cuando los libros litúrgicos, editados después de la constitución litúrgica del concilio ecuménico Vaticano II, prevén en los Prenotandos y las rúbricas cambios y posibilidades de elección dejados al juicio pastoral del que preside, cuando se dice por ejemplo: «es oportuno», «con estas o semejantes palabras», «se puede», «o... o», «es conveniente», «habitualmente», «se escoja la forma más adaptada». El presidente al escoger una de las posibilidades debe buscar sobre todo el bien de la asamblea, teniendo en cuenta su formación espiritual y la mentalidad de los participantes más que las preferencias personales o lo más fácil. Para las celebraciones de grupos particulares existen ciertas posibilidades de elección. Es necesaria la prudencia y el discernimiento para evitar la división de la Igle­sia local en «pequeñas iglesias», o «capillitas» cerradas en sí mismas. (83) Cf. Codex iuris canonici, cc. 762-772, en particular 769. (84) Cf. Sacrosanctum concilium, 118 también n. 54; dando «la conveniente importancia a la lengua nacional» en los cantos, «es conveniente que los fieles sepan recitar o cantar a una, también en latín, algunas de las partes del Ordinario de la misa» que les corresponde, principalmente el Padre nuestro; cf. Missale romanum, Institutio generalis, 19. (85) Sacrosanctum concilium, 119. (86) Ib., 120. (87) Cf. Codex iuris canonici, c. 841. (88) Cf. Sacrosanctum concilium, 33; Codex iuris canoni­ci, c. 899 § 2. (89) Cf. Sacrosanctum concilium, 30. (90) Cf. ib., 123-124; Codex iuris canonici, c. 1216. (91) Cf. Missale romanum, Institutio generalis, 259-270; Codex iuris canonici, cc. 1235-1239, en particular 1236. (92) Cf. Missale ro­manum, Institutio generalis, 272. (93) Cf. De benedictionibus, Ordo benedictio­nis baptisterii seu fontis baptismalis, nn. 832-837. (94) Cf. Missale romanum, Institutio generalis, 287-310. (95) Cf. Sacrosanctum concilium, 125, Lumen gentium, 67, Codex iuris canonici, c. 1188. (96) Concilio de Nicea II: DSchönm. 601; cf. S. Basilio, De Spiritu Sancto, XVIII, 45: PG 32, 149 C; Sources Chrétien­nes 17, 194. (97) Sacrosanctum concilium, 13. (98) Cf. Codex iuris canonici, c. 839 § 2. (99) Vicesimus quintus annus, 18 (4 de diciembre de 1988): AAS 81(1989), 914. (100) Cf. ib. (101) Sacrosanctum concilium, 23. (102) Estos tex­tos pueden ser utilizados provechosamente en las homilías, porque es aquí en donde se muestra más fácilmente «la convergencia entre la sabiduría divina revelada y el noble pensamiento humano, que por distintos caminos busca la verdad»: carta apostólica Dominicae cenae, 10 (24 de febrero de 1980): AAS 72 (1980), 137. (103) Cf. nn. 65 77, 81, Ordo initiationis christianae adultorum, Pra­énotanda, 30-31, 79-81, 88-89; Ordo celebrandi matrimonium, 41-44, editio ty­pica altera, Praenotanda; Ordo exsequiarum, Praenotanda, 21-22. (104) Sacro­sanctum concilium, 23. (105) Cf. Sacrosanctum concilium, 36 § § 2, 3 y 4; 54; 63. (106) Cf. Vicesimus quintus annus, 20 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916. (107) Constitución apostólica Missale romanum, (3 de abril de 1969): AAS 61 (1969), 221. (108) Missale romanum, Institutio generalis, 6; cf. también Ordo lectionum missae, 111-118, editio typica altera, Praenotanda. (109) Cf. Missale romanum, Institutio generalis, 22. (110) Cf. ib., 232. (111) Cf. ib., 26. (112) Cf. ib., 50. (113) Cf. ib., 56 i. (114) Cf. ib., 56 b. (115) Cf. ib., 242. (116) Cf. ib., 263 y 288. (117) Cf. ib., 290. (118) Cf. ib., 304, 305, 308. (119) Cf. De sacra communione et de cultu mysterii eucharistici extra missam, Praeno­tanda, 21. (120) Cf. Ordo initiationis christianae adultorum, Praenotanda gene­ralia, 30-33; Praenotanda, 12, 20, 47, 64-65; Ordo, n. 312; Appendix, 12; Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, 8, 23-25; Ordo confirmationis, Praenotan­da, 11-12, 16-17; De sacra communione et de cultu mysterii eucharistici extra missam, Praenotanda, 12; Ordo pænitentiæ, Praenotanda, 35 b 38, Ordo unc­tionis infirmorum eorumque pastoralis curæ, Praenotanda 38-39; Ordo cele­brandi matrimonium, editio typica altera, Praenotanda 39-44; De ordinatione episcopi, presbyterorum et diaconorum, editio typica altera, Praenotanda, 11; De benedictionibus, Praenotanda generalia 39. (121) Cf. Ordo initiationis chris­tianae adultorum, Praenotanda, 66; Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, 26; Ordo pænitentiæ, Praenotanda, 39; Ordo celebrandi matrimonium, editio typica altera, Praenotanda, 36. (122) Ordo initiationis christianae adultorum, Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda generalia, 30, 2. (123) Ib., 31; cf. Sa­crosanctum concilium, 65. (124) Cf. Codex iuris canonici, cc. 1108 y 1112. (125) Cf. Sacrosanctum concilium, 77; Ordo celebrandi matrimonium, editio ty­pica altera, Praenotanda 42. (126) Cf. Sacrosanctum concilium, 77. (127) Cf. Ordo exsequiarum, Praenotanda, 4. (128) Cf ib., 9 y 21, 1-3. (129) Cf. ib., 2. (130) Cf. Sacrosanctum concilium, 81. (131) Cf. ib, 79; De benedictionibus, Pra­enotanda generalia, 39; Ordo professionis religiosæ, Praenotanda, 12-15. (132) Cf. Normæ universales de Anno liturgico et de calendario, nn. 49, 55; Sagrada Congregación para el Culto Divino, Instrucción Calendaria particularia (24 de junio de 1970): AAS 62 (1970), 651-663. (133) Cf. Codex iuris canonici, c. 1246 § 2. (134) Cf. Normæ universales de Anno liturgico et de calendario, 46. (135) Cf. Liturgia Horarum, Institutio generalis, 92, 162, 178, 184. (136) Cf. Co­dex iuris canonici, c. 455 § 2 y c. 838 § 3; Esto vale para una nueva edición; Vi­cesimus quintus annus, 20 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916. (137) Cf Codex iuris canonici, c. 838 § 3. (138) Sacrosanctum concilium, 40 (139) Cf. Sagrada Congregación para los Obispos, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Ecclesiæ imago, 84 (22 de febrero de 1973). (140) Cf. Sacro­sanctum concilium, 40, 1. (141) Cf. ib., 40, 2. (142) Cf. ib.

Fuente: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción De Liturgia romana et inculturatione (25-I-1994): AAS 87 (1995) 288-314. (Traducción de  L'O. R.).

 

4.2.4 Directorio general para la Catequesis (25-VIII-1997) nn. 109-113.

La inculturación del mensaje evangélico (cfr. Cuarta Parte, cap. 5)

109. La Palabra de Dios se hizo hombre, hombre concreto, situado en el tiempo y en el espacio, enraizado en una cultura determinada: «Cristo, por su encarnación, se unió a las concretas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió» (AG 10; cfr. AG 22a) Esta es la originaria «inculturación» de la Palabra de Dios y el modelo referencial para toda la evangelización de la Iglesia, «llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas» (CT 53; cfr. EN 20).

La «inculturación» (El término «inculturación» ha sido asumido por diversos documentos del Magisterio: cfr. CT 53 y RM 52-54. El concepto de «cultura», tanto en su sentido más general, como en su sentido «sociológico y etnológico» ha sido aclarado en GS 53; cfr. CfL 44a) de la fe, por la que se «asumen en admirable intercambio todas las riquezas de las naciones dadas a Cristo en herencia» (AG 22a; cfr. LG 13 y 17; GS (53-62); DCG (1971) 37), es un proceso profundo y global y un camino lento (cfr. RM 52b que habla del «largo tiempo» que requiere la inculturación). No es una mera adaptación externa que, para hacer más atrayente el mensaje cristiano, se limitase a cubrirlo de manera decorativa con un barniz superficial. Se trata, por el contrario, de la penetración del Evangelio en los niveles más profundos de las personas y de los pueblos, afectándoles «de una manera vital, en profundidad y hasta las mismas raíces» (EN 20; cfr. EN 63; RM 52) de sus culturas.

En este trabajo de inculturación, sin embargo, las comunidades cristianas deberán hacer un discernimiento: se trata de «asumir», (LG 13 utiliza la expresión: «favorece y asume (fovet et assumit)») por una parte, aquellas riquezas culturales que sean compatibles con la fe; pero se trata también, por otra parte, de ayudar a «sanar» (LG 17 se expresa de este modo: «sanar, elevar y perfeccionar (sanare, elevare et consummare)») y «transformar» (EN 19 afirma: «alcanzar y transformar») aquellos criterios, líneas de pensamiento o estilos de vida que estén en contraste con el Reino de Dios. Este discernimiento se rige por dos principios básicos: «la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal» (RM 54a). Todo el pueblo de Dios debe implicarse en este proceso, que «necesita una gradualidad para que sea verdaderamente expresión de la experiencia cristiana de la comunidad» (RM 54b).

110. En esta inculturación de la fe, a la catequesis, se le presentan en concreto diversas tareas. Entre ellas cabe destacar:

– Considerar a la comunidad eclesial como principal factor de inculturación. Una expresión, y al mismo tiempo un instrumento eficaz de esta tarea, es el catequista que, junto a un sentido religioso profundo, debe poseer una viva sensibilidad social y estar bien enraizado en su ambiente cultural (cfr. GCM 12).

– Elaborar unos Catecismos locales que respondan «a las exigencias que dimanan de las diferentes culturas», (cfr. CIgC 24) presentando el Evangelio en relación a las aspiraciones, interrogantes y problemas que en esas culturas aparecen.

– Realizar una oportuna inculturación en el Catecumenado y en las instituciones catequéticas, incorporando con discernimiento el lenguaje, los símbolos y los valores de la cultura en que están enraizados los catecúmenos y catequizandos.

– Presentar el mensaje cristiano de modo que capacite para «dar razón de la esperanza» (1 P 3, 15) a los que han de anunciar el Evangelio en medio de unas culturas a menudo ajenas a lo religioso, y a veces postcristianas. Una apologética acertada, que ayude al diálogo «fe-cultura», se hace imprescindible.

La integridad del mensaje evangélico

111. En la tarea de la inculturación de la fe, la catequesis debe transmitir el mensaje evangélico en toda su integridad y pureza. Jesús anuncia el Evangelio íntegramente: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Y esta misma integridad la exige Cristo de sus discípulos, al enviarles a la misión: «Enseñadles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19). Por eso, un criterio fundamental de la catequesis es el de salvaguardar la integridad del mensaje, evitando presentaciones parciales o deformadas del mismo: «A fin de que la "oblación de su fe" sea perfecta, el que se hace discípulo de Cristo tiene derecho a recibir la "palabra de la fe" no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral, en todo su rigor y su vigor» (CT 30).

112. Dos dimensiones íntimamente unidas subyacen a este criterio. Se trata, en efecto de:

– Presentar el mensaje evangélico íntegro, sin silenciar ningún aspecto fundamental o realizar una selección en el depósito de la fe (Ibidem). La catequesis, al contrario, «debe procurar diligentemente proponer con fidelidad el tesoro íntegro del mensaje cristiano» (DCG (1971) 38 a). Esto debe hacerse, sin embargo, gradualmente, siguiendo el ejemplo de la pedagogía divina, con la que Dios se ha ido revelando de manera progresiva y gradual. La integridad debe compaginarse con la adaptación.

La catequesis, en consecuencia, parte de una sencilla proposición de la estructura íntegra del mensaje cristiano, y la expone de manera adaptada a la capacidad de los destinatarios. Sin limitarse a esta exposición inicial, la catequesis, gradualmente, propondrá el mensaje de manera cada vez más amplia y explícita, según la capacidad del catequizando y el carácter propio de la catequesis (cfr. DCG (1971) 38b). Estos dos niveles de exposición íntegra del mensaje son denominados «integridad intensiva» e «integridad extensiva».

– Presentar el mensaje evangélico auténtico, en toda su pureza, sin reducir sus exigencias, por temor al rechazo; y sin imponer cargas pesadas que él no incluye, pues el yugo de Jesús es suave (cfr. Mt 11, 30).

Este criterio acerca de la autenticidad está íntimamente vinculado al de la inculturación, porque ésta tiene la función de «traducir» (EN 63, que utiliza las expresiones «transferre» y «translatio»; cfr. RM 53b) lo esencial del mensaje a un determinado lenguaje cultural. En esta necesaria tarea, se da siempre una tensión: «la evangelización pierde mucho de su fuerza si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige», pero también «corre el riesgo de perder su alma y desvanecerse si se vacía o desvirtúa su contenido, bajo el pretexto de traducirlo» (EN 63c; cfr. CT 53c y 31).

113. En esta compleja relación entre inculturación e integridad del mensaje cristiano, el criterio que debe seguirse es el de una actitud evangélica de «apertura misionera para la salvación integral del mundo» (Sínodo 1985, II, D, 3; cfr. EN 65). Esta actitud debe saber conjugar la aceptación de los valores verdaderamente humanos y religiosos, por encima de cerrazones inmovilistas, con el compromiso misionero de anunciar toda la verdad del evangelio, por encima de fáciles acomodaciones que llevarían a desvirtuar el Evangelio y a secularizar la Iglesia. La autenticidad evangélica excluye ambas actitudes, contrarias al verdadero sentido de la misión.

Fuente: Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Directorio General para la Catequesis (25-VIII-1997), Libreria Editrice Vaticana 1997, nn. 109-113.

 

4.2.5 Para una Pastoral de la Cultura (23-V-1999) nn. 3-6.

La buena noticia del Evangelio para las Culturas

3. Para revelarse, entrar en diálogo con los hombres e invitarlos a la salvación, Dios se ha escogido, de entre el amplio abanico de las culturas milenarias nacidas del genio humano, un Pueblo, cuya cultura originaria Él la ha penetrado, purificado y fecundado. La historia de la Alianza es la del surgimiento de una cultura inspirada por Dios mismo a su pueblo. La Sagrada Escrit ura es el instrumento querido y usado por Dios para revelarse, lo cual la eleva a un plano supracultural. «En la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios» (Dei Verbum, n. 11). En la Sagrada Escritura, Palabra de Dios, que constituye la inculturación originaria de la fe en el Dios de Abraham, Dios de Jesucristo, «las palabras de Dios, expresadas en lenguas humanas, se han hecho semejantes al habla humana» (ibid., n. 13). El mensaje de la revelación, inscrito en la historia sagrada, se presenta siempre revestido de un ropaje cultural del cual es indisociable, pues es parte integrante de aquélla. La Biblia, Palabra de Dios expresada en el lenguaje de los hombres, constituye el arquetipo del encuentro fecundo entre la Palabra de Dios y la cultura.

A este respecto, la vocación de Abraham es ilustradora: “Sal de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre” (Gn 12, 1). «Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas [...] Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hb 11, 8-10). La historia del Pueblo de Dios comienza con una adhesión de fe que es también una ruptura cultural, para culminar en la Cruz de Cristo, ruptura por excelencia, elevación de la tierra, pero también centro de atracción que orienta la historia del mundo hacia Cristo y convoca en la unidad a los hijos de Dios: «Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 31).

La ruptura cultural con la cual se inicia la vocación de Abraham, «Padre de los creyentes», traduce lo que acontece en lo profundo del corazón del hombre cuando Dios irrumpe en su existencia para revelarse y suscitar el compromiso de todo su ser. Abraham es arrancado de raíz de su humus cultural y espiritual para ser trasplantado por Dios, mediante la fe, a la tierra. Más aún, esta ruptura subraya la fundamental diferencia de naturaleza entre la fe y la cultura. Contrariamente a los ídolos, que son producto de una cultura, el Dios de Abraham es el totalmente otro. Mediante la revelación entra en la vida de Abraham. El tiempo cíclico de las religiones antiguas ha caducado: con Abraham y el pueblo judío comienza un nuevo tiempo que se convierte en la historia de los hombres en camino hacia Dios. No es un pueblo que se fabrica un dios; es Dios que da nacimiento a su Pueblo como Pueblo de Dios.

La cultura bíblica ocupa por ello un puesto único. Es la cultura del Pueblo de Dios, en cuyo corazón Él se ha encarnado. La promesa hecha a Abraham culmina en la glorificación de Cristo crucificado. El padre de los creyentes, en tensión hacia el cumplimiento de la promesa, anuncia el sacrificio del Hijo de Dios sobre el leño de la cruz. En Cristo, que ha venido a recapitular el conjunto de la creación, el amor de Dios convoca a todos los hombres a compartir la condición de hijos. El Dios totalmente otro se manifiesta en Jesucristo, totalmente nuestro: «el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (Dei Verbum, n. 13). Así, la fe tiene el poder de alcanzar el corazón de toda cultura para purificarla, fecundarla, enriquecerla y darle la posibilidad de desplegarse a la medida inconmensurable del amor de Cristo. La recepción del mensaje de Cristo suscita así una cultura, cuyos dos constitutivos fundamentales son, a título radicalmente nuevo, la persona y el amor. El amor redentor de Cristo descubre, más allá de los límites naturales de las personas, su valor profundo, que se dilata bajo el régimen de la gracia, don de Dios. Cristo es la fuente de esta civilización del amor, anhelada con nostalgia por los hombres tras la caída del pecado, y que Juan Pablo II, después de Pablo VI, no cesa de invitarnos a realizar junto con todos los hombres de buena voluntad. El vínculo fundamental del Evangelio, es decir, de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad es creador de cultura en su fundamento mismo. Viviendo el Evangelio, —como lo atestiguan dos mil años de historia— la Iglesia esclarece el sentido y el valor de la vida, amplía los horizontes de la razón y afianza los fundamentos de la moral humana. La fe cristiana auténticamente vivida revela en toda su profundidad la dignidad de la persona y la sublimidad de su vocación (cfr. RM 10). Desde sus orígenes, el cristianismo se distingue por la inteligencia de la fe y la audacia de la razón. Son testigos de ello los pioneros, como san Justino o san Clemente de Alejandría, Orígenes y los Padres Capadocios. Este encuentro fecundo del Evangelio con las filosofías hasta nuestros días, ha sido evocado por Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio (cfr. n. 36-48). «El encuentro de la fe con las diversas culturas de hecho ha dado vida a una realidad nueva» (ibid. n. 70), crea así una cultura original en los contextos más diversos.

La evangelización y la inculturación

4. La evangelización propiamente dicha consiste en el anuncio explícito del misterio de salvación de Cristo y de su mensaje, pues «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad» (1 Tm 2, 4). «Es, pues, necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo» (AG 7). La novedad que brota incesantemente de la revelación de Dios «con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí» (Dei Verbum, n. 2), comunicada por el Espíritu de Cristo que actúa en la Iglesia, manifiesta la verdad acerca de Dios y la salvación del hombre. El anuncio de Jesucristo, «que es a la vez mediador y plenitud de toda la revelación» (ibid.), saca a la luz los semina Verbi escondidos y a veces como enterrados en el corazón de las culturas, y los abre a la medida misma de la capacidad de infinito que Él ha creado y que viene a colmar en la admirable condescendencia de su Sabiduría eterna (Dei Verbum, n. 13), transformando su proyecto de sentido en un objetivo de trascendencia, y las piedras de espera en puntos de amarre para la acogida del Evangelio. Mediante el testimonio explícito de su fe, los discípulos de Jesús impregnan de Evangelio la pluralidad de las culturas.

«Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad [...] Se trata también de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación.

Lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del hombre, en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

El Evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización, no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo [...] De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva» (EN 18-20). Para hacerlo es necesario anunciar el Evangelio en la lengua y la cultura de los hombres.

Esta Buena Nueva se dirige a la persona humana en su compleja totalidad, espiritual y moral, económica y política, cultural y social. La Iglesia no duda en hablar de evangelización de las culturas, es decir, de las mentalidades, de las costumbres, de los comportamientos. «La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura» (Ecclesia in America, n. 70).

Si las culturas, cuya totalidad está constituida por elementos heterogéneos, son cambiantes y caducas, el primado de Cristo y la universalidad de su mensaje son fuente inagotable de vida (cfr. Col 1, 8-12; Ef 1, 8) y de comunión. Portadores de esta novedad absoluta de Cristo al corazón de las culturas, los misioneros del Evangelio no cesan de rebasar los límites propios de cada cultura, sin dejarse encerrar en las perspectivas terrestres de un mundo mejor. «Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cfr. Jn 18, 36), la Iglesia o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume» (LG 13). El evangelizador, cuya propia fe está ligada a una cultura, ha de dar abierto testimonio del puesto único de Cristo, de la sacramentalidad de su Iglesia, del amor de sus discípulos a todo hombre y a «todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio» (Fil 4, 8), lo que implica el rechazo de todo lo que es fuente o fruto del pecado en el corazón de las culturas.

5. «Un problema ulterior nace de la exigencia hoy intensamente sentida de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe» (Pastores dabo vobis, n. 55). Una y otra caminan con igual paso, en un proceso de mutuo intercambio que exige el ejercicio permanente de un discernimiento riguroso a la luz del Evangelio, a fin de identificar valores y contravalores presentes en las culturas, construir sobre los primeros y luchar enérgicamente contra los segundos. «Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión» (RM 52). «Necesaria y esencial» (Pastores dabo vobis, n. 55), la inculturación, alejada igualmente del arqueologismo y del mimetismo intramundano, «está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas». «En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos» (Fides et Ratio, n. 71).

En sintonía con las exigencias objetivas de la fe y la misión de evangelizar, la Iglesia tiene en cuenta este dato esencial: el encuentro entre la fe y las culturas se opera entre dos realidades que no son del mismo orden. Por tanto la inculturación de la fe y la evangelización de las culturas, constituyen como un binomio que excluye toda forma de sincretismo (cfr. Indiferentismo y sincretismo. Desafíos y propuestas pastorales para la Nueva Evangelización de América Latina. Simposio, San José de Costa Rica, 19-23 de enero 1992. Celam, Bogotá, 1992). Tal es «el sentido auténtico de la inculturación. Ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo» (Pastores dabo vobis, n. 55). Los sucesivos sínodos de obispos no cesan de subrayar la particular importancia para la evangelización de esta inculturación a la luz de los grandes misterios de la salvación: la encarnación de Cristo, su Nacimiento, su Pasión y Pascua redentora, y Pentecostés, que por la fuerza del Espíritu, concede a cada uno escuchar en su propia lengua las maravillas de Dios (cfr. SD 230). Las naciones convocadas en torno al cenáculo el día de Pentecostés no han escuchado en sus respectivas lenguas un discurso sobre sus propias culturas humanas, sino que se sorprenden de oír, cada uno en su lengua, a los apóstoles anunciar las maravillas de Dios. Si bien es cierto que el mensaje evangélico no se puede aislar pura y simplemente de la cultura en la que está inserto desde el principio, ni tampoco, sin graves pérdidas, de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos, sin embargo, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora (cfr. CT 53). «El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicación en la verdad» (Fides et Ratio, n. 71).

«Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la "lógica" propia del misterio de la Redención [...] Esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de Jesús y de cada uno de sus discípulos (cfr. Flp 2, 6-9), es iluminadora para el encuentro de las culturas con Cristo y su Evangelio. Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del Evangelio a la luz del misterio pascual» (Ecclesia in Africa, n. 61). La ola dominante de secularismo que se extiende a través de las culturas, idealiza a menudo, con la fuerza de sugestión de los medios, modelos de vida que son la antítesis de la cultura de las Bienaventuranzas y de la imitación de Cristo pobre, casto, obediente y manso de corazón. De hecho, hay grandes obras culturales que se inspiran en el pecado y pueden incitar al él. «La Iglesia, al proponer la Buena Nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorciza los desvalores. Establece por consiguiente, una crítica de las culturas... crítica de las idolatrías, es decir, de los valores erigidos en ídolos, de aquellos valores, que sin serlo, una cultura asume como absolutos» (cfr. DP 405).

Una pastoral de la cultura

6. Al servicio del anuncio de la Buena Nueva y por tanto del destino del hombre en el designio de Dios, la pastoral de la cultura deriva de la misión misma de la Iglesia en el mundo contemporáneo, con una percepción renovada de sus exigencias, expresada por el Concilio Vaticano II y los Sínodos de los Obispos. La toma de conciencia de la dimensión cultural de la existencia humana entraña una atención particular hacia este campo nuevo de la pastoral. Anclada en la antropología y la ética cristiana, esta pastoral anima un proyecto cultural cristiano que permite a Cristo, Redentor del hombre, centro del cosmos y de la historia (cfr. RM 1), renovar toda la vida de los hombres, “abriendo a su potencia salvadora los inmensos dominios de la cultura» (Juan Pablo II, Homilía de la misa de la solemne inauguración del pontificado, 22 octubre 1978; IGP2 I (1978) 35-41) En este campo, las vías son prácticamente infinitas, pues la pastoral de la cultura se aplica a las situaciones concretas a fin de abrirlas al mensaje universal del Evangelio.

Al servicio de la evangelización, que constituye la misión esencial de la Iglesia, su gracia y su vocación propia, y su identidad más profunda (cfr. EN 14), la pastoral, a la búsqueda de «las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangélico a los hombres de nuestro tiempo» (ibid., n. 40), conjuga medios complementarios: «La evangelización, hemos dicho, es un paso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. Estos elementos pueden parecer contrastantes, incluso exclusivos. En realidad son complementarios y mutuamente enriquecedores. Hay que ver siempre cada uno de ellos integrado con los otros» (ibid., n. 24).

Una evangelización inculturada gracias a una pastoral concertada permite a la comunidad cristiana recibir, celebrar, vivir, traducir su fe en su propia cultura, en «la compatibilidad con el Evangelio y la comunión con la Iglesia universal» (RM 54). Traduce al mismo tiempo el carácter absolutamente nuevo de la revelación en Jesucristo y la exigencia de conversión que brota del encuentro con el único salvador: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).

He aquí la importancia de la tarea propia de los teólogos y los pastores para la fiel inteligencia de la fe y el discernimiento pastoral. La simpatía con la que tienen que abordar las culturas «sirviéndose de conceptos y lenguas de los diversos pueblos» (GS 44) para expresar el mensaje de Cristo, no puede alejarse de un discernimiento exigente frente a los grandes problemas que emergen de un análisis objetivo de los fenómenos culturales contemporáneos. El peso de estos no puede ser ignorado por los pastores, pues está en juego la conversión de las personas y, a través de ellas, de las culturas, la cristianización del ethos de los pueblos (cfr. EN 20).

Fuente: Pontificio Consejo para la Cultura, Para una pastoral de la cultura (23-V-99), Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1999, nn. 3-6.

 

4.2.6 Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia (17-XII-2001) nn. 91-92.

Enculturación y piedad popular

91. La piedad popular está caracterizada, naturalmente, por el sentimiento propio de una época de la historia y de una cultura. Una muestra de esto es la variedad de expresiones que la constituyen, florecidas y afirmadas en las diversas Iglesias particulares en el transcurso del tiempo, signo del enraizarse de la fe en el corazón de los diversos pueblos y de su entrada en el ámbito de lo cotidiano. Realmente "la religiosidad popular es la primera y fundamental forma de "enculturación" de la fe, que se debe dejar orientar continuamente y guiar por las indicaciones de la Liturgia, pero que a su vez fecunda la fe desde el corazón". El encuentro entre el dinamismo innovador del mensaje del Evangelio y los diversos componentes de una cultura es algo que está atestiguado en la piedad popular.

92. El proceso de adaptación o de enculturación de un ejercicio de piedad no debería presentar dificultades por lo que se refiere al lenguaje, a las expresiones musicales y artísticas y al uso de gestos y posturas del cuerpo. Los ejercicios de piedad, por una parte no conciernen a aspectos esenciales de la vida sacramental y por otra son, en muchos casos, de origen popular, nacidos del pueblo, formulados con su lenguaje y situados en el marco de la fe católica.

Sin embargo, el hecho de que los ejercicios de piedad y las prácticas de devoción sean expresión del sentir del pueblo, no autoriza a actuar en esta materia de modo subjetivo y con personalismo. Manteniendo la competencia propia del Ordinario del lugar o de los Superiores Mayores – si se trata de devociones vinculadas a Órdenes religiosas -, cuando se trata de ejercicios de piedad que afectan a toda una nación o a una amplia región, conviene que se pronuncie la Conferencia de Obispos.

Es preciso una gran atención y un profundo sentido de discernimiento para impedir que, a través de las diversas formas del lenguaje, se insinúen en los ejercicios de piedad nociones contrarias a la fe cristiana o se abra la puerta a expresiones contaminadas por el sincretismo.

En particular es necesario que el ejercicio de piedad, objeto de un proceso de adaptación o de enculturación, conserve su identidad profunda y su fisonomía esencial. Esto requiere que se mantenga reconocible su origen histórico y las líneas doctrinales y cultuales que lo caracterizan.

En lo referente al empleo de formas de piedad popular en el proceso de enculturación de la Liturgia, hay que remitirse a la Instrucción de este Dicasterio sobre el tema en cuestión.

Fuente: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia, 17-XII-2001, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2002, n. 91-92.

 

4.2.7 Instrucción Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida Consagrada (19-V-2002) nn. 19, 37

19. (…)

También son muy actuales las temáticas de la inculturación. Miran la manera de encarnar la vida consagrada, la adaptación de las formas de espiritualidad y de apostolado, las formas de gobierno, la formación, la gestión de los recursos y de los bienes económicos, el desarrollo de la misión. Los deseos expresados por el Papa a toda la Iglesia valen también para la vida consagrada: «El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado» (Novo millennio ineunte, 40). De una verdadera inculturación se espera un notable enriquecimiento y un nuevo impulso espiritual y apostólico para la vida consagrada y para toda la Iglesia.

Podríamos revisar otras muchas expectativas de la vida consagrada al comienzo de este nuevo milenio y no acabaríamos nunca, porque el Espíritu empuja siempre hacia adelante, siempre más allá. La palabra del Maestro debe suscitar en todos sus discípulos y discípulas un gran entusiasmo para recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro (cfr. Novo millennio ineunte, 1).

Escuchando la invitación hecha por el Papa Juan Pablo II a toda la Iglesia, la vida consagrada decididamente debe caminar desde Cristo, contemplando su rostro, favoreciendo los caminos de la espiritualidad como vida, pedagogía y pastoral: «La Iglesia espera también vuestra colaboración, hermanos y hermanas consagrados, para avanzar a lo largo de este nuevo tramo de camino según las orientaciones que he trazado en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte: contemplar el rostro de Cristo, partir de Él, ser testigos de su amor» (Homilía (2 de febrero de 2001): L'Osservatore Romano, 4 de febrero de 2001, p.4.). Sólo entonces la vida consagrada encontrará nuevo vigor para ponerse al servicio de toda la Iglesia y de la entera humanidad.

37. La primera tarea que se debe tomar con entusiasmo es el anuncio de Cristo a las gentes. Éste depende sobre todo de los consagrados y de las consagradas que se comprometen a hacer llegar el mensaje del Evangelio a la multitud creciente de los que lo ignoran. Tal misión está todavía en los comienzos y debemos comprometernos con todas las fuerzas para llevarla a cabo (cfr. RM 1). La acción confiada y audaz de los misioneros y de las misioneras deberá responder siempre mejor a la exigencia de la inculturación, así como a que no se nieguen los valores específicos de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud (cfr. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia, Nueva Delhi, 6 de noviembre de 1999, 22).

Permaneciendo en total fidelidad al anuncio evangélico, el cristianismo del tercer milenio llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado (cfr. Novo millennio ineunte, 40).

Fuente: Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instrucción Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida Consagrada, 19-V-2002, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2002, n. 19 y 37.

4.3 Comisión Teológica Internacional
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4.3.1 Documento Temas Selectos de Eclesiología (1984) n. 4

 

4. Pueblo de Dios e inculturación[51]

1. Necesidad de la inculturación

A la vez como «misterio» y como «sujeto histórico», el nuevo pueblo de Dios «se compone de hombres que, reunidos en Cristo, son conducidos por el Espíritu Santo en su peregrinación al Reino del Padre y han recibido un mensaje de salvación que han de proponer a todos. Por esta razón, ella [la comunidad de los cristianos] se siente real e íntimamente unida al género humano y a su historia» (GS 1). Siendo la misión de la Iglesia entre los hombres hacer «que se introduzca este Reino [de Dios], el [nuevo] pueblo de Dios no sustrae nada al bien temporal de cada pueblo, sino que, por el contrario, fomenta y asume los valores y las riquezas y las costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno, pero, asumiéndolos, los purifica, fortalece y eleva» (LG 13). El término general de «cultura» parece poder resumir como lo propone la constitución pastoral Gaudium et spes, este conjunto de datos personales y sociales que marcan al hombre, permitiéndole asumir y dominar su condici6n y su destino (GS 53-62).

Se trata, por tanto, para la Iglesia en su misión de evangelizar, de «introducir la fuerza del evangelio en lo más íntimo de la cultura humana y de las formas de la misma cultura» (CT 53). Si esto faltara el hombre no sería alcanzado verdaderamente por el mensaje de salvación que la Iglesia le comunica. La reflexión sobre la evangelización hace tomar una conciencia cada vez más viva de ello en la medida misma del progreso que realiza la humanidad en el conocimiento que puede tener de sí misma. La evangelización no alcanza su objetivo más que cuando el hombre, a la vez como persona única y como miembro de una comunidad que lo marca en profundidad, acepta recibir la Palabra de Dios y hacerla fructificar en su vida. De manera que Pablo VI ha podido escribir en Evangelii nuntiandi: «Decimos grupos del género humano que han de ser transformados: para la Iglesia no se trata sólo de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más amplias o a multitudes cada vez mayores, sino de tocar y, por así decirlo, de revolucionar, por la fuerza del evangelio, los criterios de juicio, los valores que tienen más importancia, los anhelos y modos de pensar, los movimientos impulsores y los modelos de vida del género humano, que están en contraste con la palabra de Dios y el designio de salvación» (EN 19). En efecto, como lo señala el Papa en este mismo documento: «La escisión entre evangelio y cultura es, sin duda, el drama de nuestra época» (EN 20).

Para designar esta perspectiva y esta acción, por las que el evangelio pretende alcanzar el corazón de las culturas, se recurre hoy al término «inculturación». EI término «aculturación» o «inculturación» «es ciertamente un neologismo que, sin embargo, expresa de modo egregio uno de los elementos del gran misterio de la encarnación» (cfr. CT 53; cfr. Discurso a los participantes de la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión Bíblica, 26-IV-1979: AAS 71 (1979) 607; Discurso a los Obispos del Zaire, Kinshasa, 3-V-1980, 4: AAS 72 (1980) 432-433; A los intelectuales y artistas coreanos, Seúl, Corea, 5-V-1984, 2: AAS 76 (1984) 985-986). Juan Pablo II subraya en Corea la dinámica de la inculturación: «Es necesario que la Iglesia asuma todo en los pueblos. Tenemos delante de nosotros un largo e importante proceso de inculturación para que el evangelio pueda penetrar en el fondo del alma de las culturas vivas. Alentar este proceso es responder a las aspiraciones profundas de los pueblos y ayudarlos a venir a la esfera de la misma fe» (A los intelectuales y artistas coreanos, Seúl, Corea, 5-V-1984, 2: AAS 76 (1984) 986).

Sin pretender dar aquí una doctrina completa de la incultu ración, querríamos simplemente recordar su fundamento en el misterio de Dios y de Cristo, en orden a investigar su significa ción para la misi6n de la Iglesia. Sin duda, la exigencia de inculturación se impone a todas las comunidades cristianas, pero tenemos que estar hoy más particularmente atentos a las situa ciones vividas por las Iglesias de Asia, de África, de Oceanía, de América del Sur o de América del Norte, tanto si se trata de nuevas Iglesias o de cristiandades ya antiguas (cfr. AG 22).

 

2. El fundamento de la inculturación

El fundamento doctrinal de la inculturación se encuentra, en primer lugar, en la diversidad y multitud de los seres creados que proviene de la intención de Dios creador, deseoso de que esta multitud diversificada ilustre más los innumerables aspectos de su bondad (cfr. Santo Tomás, Summa Theologiae I, q. 47, a .1). Todavía más se encuentra en el misterio del mismo Cristo: su encarnaci6n, su vida, su muerte y su resurrec ción.

En efecto, de la misma manera que el Verbo de Dios ha asumido en su propia persona una humanidad concreta y ha vivido todas las particularidades de la condición humana en un lugar, en un tiempo y en el seno de un pueblo, la Iglesia, a ejemplo de Cristo y por el don de su Espíritu, debe encarnarse en cada lugar, en cada tiempo y en cada pueblo (cfr. Hch 2, 5-11).

De la misma manera que Jesús ha anunciado el evangelio sirviéndose de todas las realidades familiares que constituían la cultura de su pueblo, la Iglesia no puede dejar de tomar, para la construcción del Reino, elementos venidos de las culturas humanas.

Jesús decía: «Convertíos y creed al evangelio» (Mc 1, 15). Él se ha enfrentado con el mundo pecador hasta la muerte en la cruz, para hacer a los hombres capaces de esta conversión y de esta fe. Ahora bien, con las culturas sucede como con las personas: no hay inculturación conseguida sin que se denuncien los límites, los errores y el pecado que habitan en ellas. Toda cultura debe aceptar el juicio de la cruz sobre su vida y sobre su lenguaje.

Cristo ha resucitado revelando plenamente el hombre a sí mismo y comunicándole los frutos de una redención perfecta. Igualmente, una cultura que se convierte al evangelio encuentra en él su propia liberación y saca a la luz riquezas nuevas que son, a la vez, dones y promesas de resurrección.

En la evangelización de las culturas y la inculturación del evangelio se produce un misterioso intercambio: por una parte, el evangelio revela a cada cultura y libera en ella la verdad última de los valores de que es portadora; por otra, cada cultura expresa el evangelio de manera original y manifiesta nuevos aspectos de él. La inculturación es así un elemento de la recapitulación de todas las cosas en Cristo (Ef 1, 10) y de la catolicidad de la Iglesia.

 

3. Aspectos diversos de la inculturación

La inculturación repercute profundamente en todos los as pectos de la existencia de la Iglesia. Retengamos aquí lo que afecta a su vida y su lenguaje.

En el campo de la vida, la inculturaci6n consiste en que las formas y figuras concretas de expresión y de organización de la institución eclesial correspondan, del modo mejor, a los valores positivos que constituyen la personalidad de una cultura. Consiste también en una presencia positiva y un compromiso activo con respecto a los problemas humanos más fundamentales que exis ten en ella. La inculturación no es solamente tomar en cuenta tradiciones culturales, es también una acción al servicio de todo el hombre y de todos los hombres; penetra y transforma todas las relaciones; estando atenta a los valores del pasado, mira también al futuro.

En el campo del lenguaje (entendido aquí en el sentido antropológico y cultural), la inculturación consiste, en primer lugar, en el acto de apropiación del contenido de la fe en las palabras y las categorías de pensamiento, los símbolos y los ritos de una cultura dada. Exige después la elaboración de una respuesta doctrinal, a la vez, fiel y nueva, constructiva, pero postuladora de la conversión, frente a los problemas nuevos de pensamiento y de ética, ligados a las aspiraciones y a los rechazos, a los valores y a las desviaciones de esta cultura.

Si las culturas son diversas, la condición humana es una; por ello, la comunicación entre las culturas no sólo es posible, sino necesaria. Así, el evangelio, que se dirige a lo más profundo del hombre, tiene un valor transcultural y su identidad debe poder ser reconocida de cultura en cultura. Esto requiere la apertura de cada cultura a las otras culturas. Baste recordar aquí estas palabras de la exhortación apostólica Catechesi tradendae: «Podemos aseverar que tanto a la catequesis como a la evangelización en general se le propone introducir la fuerza del evangelio en lo más íntimo de la cultura y de las formas de la misma cultura» (CT 53).

Por su presencia y su compromiso en la historia de los hombres, el nuevo pueblo de Dios es conducido siempre hacia situaciones nuevas. Tiene, por tanto, que retomar sin cesar el esfuerzo de anunciar el evangelio en el corazón de la cultura y de las culturas. Hay, sin embargo, situaciones y épocas que exigen un esfuerzo particular. Así sucede hoy, especialmente, para la evangelización de los pueblos de Asia, de África, de Oceanía, de América del Sur y del Norte. Sean Iglesias nuevas o Iglesias ya más antiguas, estas Iglesias, que podemos llamar «no europeas», se encuentran en una situación particular con respecto a la inculturación. Los misioneros que han llevado el evangelio trans mitieron inevitablemente con él elementos de su propia cultura. Por definición no podían hacer lo que debía ser tarea propia de los cristianos que viven en las culturas recientemente evangelizadas. Como lo ha señalado Juan Pablo II ante los Obispos del Zaire, «la evangelización comporta etapas y profundizaciones» (Discurso a los Obispos del Zaire, Kinshasa, 3-V-1980, 2: AAS 72 (1980) 431). Por esto, parece que ha llegado el momento en que bastantes Iglesias no europeas, tomando conciencia por vez primera de su propia originalidad y de las tareas que les incumben, deben crearse, en los campos de la vida y de la palabra, nuevas formas de expresión del único evangelio. Sean las que fueren las difi cultades que encuentren estas comunidades y las dilaciones necesarias para tal empresa, el esfuerzo que ellas llevan adelante en comunión con la Santa Sede y con la ayuda del conjunto de la Iglesia se muestra decisivo para el futuro de la evangelización.

En esta tarea global, la promoción de la justicia, sin duda, no es más que un elemento, pero un elemento importante y urgente. El anuncio del evangelio debe asumir el reto tanto de las injusticias locales como de la injusticia planetaria. Es verdad que en este campo se han manifestado ciertas desviaciones de naturaleza político-religiosa. Pero tales desviaciones no deben llevar al recelo o al olvido de la tarea necesaria de la promoción de la justicia. Muestran más bien la urgencia de un discernimiento teológico fundado en instrumentos de análisis tan científicos como sea posible, sometidos siempre a la luz de la fe. Por otra parte, como las injusticias locales son muy frecuentemente solidarias de la injusticia planetaria sobre la que llamó vigorosa mente la atenci6n el papa Pablo VI en Populorum progressio, la promoción de la justicia concierne a la Iglesia católica extendida en el universo entero, es decir, requiere la ayuda mutua de todas las Iglesias particulares y la ayuda de la Sede de Roma.

Fuente: La versión utilizada corresponde a: Comisión Teológica Internacional, Documentos 1969-1996, Veinticinco años de servicio a la teología de la Iglesia, BAC, Madrid 1998, Págs. 342-347. 

 

 

4.3.2 Documento La Fe y la Inculturación (1987)

Texto aprobado «in forma specifica» por la Comisión Teológica Internacional

 

1. La Comisión Teológica Internacional ha tenido ocasión, muchas veces, de reflexionar sobre las relaciones entre la fe y la cultura (Véanse los textos La unidad de la fe y el pluralismo teológico (1972), Promoción humana y salvación cristiana (1976), Doctrina católica sobre el matrimonio (1977), Cuestiones selectas de Cristología(1979)). En 1984 ha hablado directamente de la inculturación de la fe en el misterio de la Iglesia, que hizo con ocasión del Sínodo extraordinario de 1985 (Temas selectos de Eclesiología (1984), 4). Por su parte, la Pontificia Comisión Bíblica tuvo su sesión plenaria de 1979 sobre el tema de la inculturación de la fe a la luz de la Escritura (Fede e cultura alla luce de la Biblia–Foi et culture à la lumière de la Bible, Torino, Editrice Elle Di Ci, 1981.).

2. Hoy la Comisión Teológica Internacional pretende llevar a cabo esta reflexión, de manera más profunda y más sistemática, por la importancia que este tema de la inculturación de la fe ha adquirido por todas partes en el mundo cristiano y por la insistencia con que el Magisterio de la Iglesia ha abordado este tema desde el Concilio Vaticano II.

3. Proporcionan la base para ello los documentos conciliares y los textos de los sínodos que los han prolongado. Así, en la constitución Gaudium et spes, el Concilio ha mostrado qué lecciones y qué consignas ha sacado la Iglesia de sus primeras experiencias de inculturación en el mundo greco-romano (cfr. GS 44). Después ha consagrado un capítulo entero de ese documento a la promoción de la cultura (el sano fomento del progreso cultural) (GS 53-62). Tras haber descrito la cultura como un esfuerzo por una más plena humanidad y por una mejor acomodación del universo, el Concilio ha considerado largamente las relaciones entre la cultura y el mensaje de la salvación. A continuación ha enunciado algunos de los deberes más urgentes de los cristianos con respecto a la cultura: defensa del derecho de todos a la cultura, promoción de una cultura integral, armonización de las relaciones entre cultura y cristianismo. El Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia y la Declaración sobre las religiones no cristianas retoman algunas de estas orientaciones. Dos sínodos ordinarios han tratado expresamente de la evangelización de las culturas, el de 1974 consagrado a la evangelización (cfr. EN 18-20) y el de 1977 sobre la formación catequética (cfr. CT 53). El Sínodo de 1985, que celebraba el vigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, ha hablado de la inculturación como «una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristia nismo y la radicación del cristianismo en todas las culturas humanas» (Segunda Asamblea general extraordinaria (1985), Relación finalEcclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi, II, D, 4: EV 9/1779-1818).

4. Por su parte, el papa Juan Pablo II ha asumido, de manera especial y con todo el corazón, la evangelización de las culturas: el diálogo de la Iglesia y de las culturas reviste, a sus ojos, una importancia vital para el futuro de la Iglesia y del mundo. El Santo Padre ha creado un organismo curial especia lizado para que le ayude en esta gran obra: el Consejo Pontificio para la Cultura (Creación del Pontificio Consejo para la Cultura. Carta al Secretario de Estado, Roma, 20-V-1982: AAS 74 (1982) 683-688). Por lo demás, la Comisión Teológica Interna cional se alegra de poder reflexionar hoy con este Dicasterio sobre la inculturación de la fe.

5. Apoyándose en la convicción de que «la Encarnación del Verbo ha sido también una encarnación cultural», el Papa afirma que las culturas comparables analógicamente con la humanidad de Cristo, en lo que tienen de bueno, pueden jugar un papel positivo de mediación para la expresión y la irradiación de la fe cristiana (Discurso a los profesores, universitarios y hombres de cultura en la Universidad de Coimbra, Portugal, 15-V-1982, 5: IGP2 V/2 (1982) 1695; Discurso a la Conferencia Episcopal de Kenia, Nairobi, 7-V-1980, 6: AAS 72 (1980) 497).

6. Dos temas esenciales están vinculados a estas perspecti vas. En primer lugar, el de la trascendencia de la Revelación con respecto a las culturas en que se expresa. En efecto, la Palabra de Dios no podría identificarse o vincularse de modo exclusivo a los elementos de cultura que la transmiten. El evangelio, donde se implanta, impone frecuentemente incluso una conversión de las mentalidades y una enmienda de las costumbres: también las culturas deben ser purificadas y restauradas en Cristo.

7. El segundo gran tema del magisterio de Juan Pablo II se refiere a la urgencia de la evangelización de las culturas. Esta tarea supone que se comprendan y se penetren las identidades culturales particulares con una simpatía crítica y que, con un cuidado de universalidad congruente con la realidad propiamente humana de todas las culturas, se favorezcan los intercambios entre ellas. El Santo Padre fundamenta así la evangelización de las culturas sobre una concepción antropológica fuertemente enraizada en el pensamiento cristiano ya desde los Padres de la Iglesia. Porque la cultura cuando es correcta revela y fortifica la naturaleza del hombre, la impregnación cristiana de la cultura supone la superación de todo historicismo y de todo relativismo en la concepción de lo humano. La evangelización de las culturas debe, por ello, inspirarse en el amor del hombre en sí mismo y por sí mismo, especialmente en los aspectos de su ser y de su cultura que están atacados o amenazados (Discurso a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, 18-I-1983, 7: AAS 75 (1983) 386).

8. A la luz de este magisterio, como también de la reflexión que el tema de la inculturación de la fe ha suscitado en la Iglesia, propondremos, en primer lugar, una antropología cristiana que sitúa la naturaleza, la cultura y la gracia en su relación mutua. Veremos a continuación el proceso de inculturación que se realiza en la historia de la salvación: antiguo Israel, vida y obra de Jesús, Iglesia primitiva. Una última sección tratará de los problemas que actualmente se plantean a la fe por el encuentro con la piedad popular, las religiones no cristianas, la tradición cultural de las Iglesias jóvenes y, finalmente, los diversos aspectos de la modernidad.

 

I. Naturaleza, cultura y gracia

1. Los antropólogos recurren de buena gana, para describir o definir la cultura, a la distinción, que se hace a veces oposición, entre «naturaleza» y cultura. Por lo demás, el significado de la palabra naturaleza cambia según las diversas concepciones de las ciencias de la observación, de la filosofía y de la teología. El Magisterio entiende esta palabra en un sentido muy preciso: la naturaleza de un ser es lo que lo constituye como tal, con el dinamismo de sus tendencias hacia sus finalidades propias. Las naturalezas tienen de Dios lo que son, como también sus fines propios. Por eso están llenas de un significado en el que el hombre, en cuanto imagen de Dios, es capaz de leer «el designio querido por el Creador» (HV 13).

2. Las inclinaciones fundamentales de la naturaleza humana, expresadas por la ley natural, aparecen entonces como una expresión de la voluntad del Creador. Esta ley natural declara las exigencias específicas de la naturaleza humana, exigencias que son significativas del designio de Dios sobre su creatura razonable y libre. De este modo queda descartado todo malentendido que, percibiendo la naturaleza en un sentido univoco, reduciría el hombre a la naturaleza material.

3. A la vez, conviene considerar a la naturaleza humana según su despliegue concreto en el tiempo de la historia: lo que el hombre dotado de una libertad falible, sometida frecuente mente a las pasiones, ha hecho de su humanidad. Esta herencia, transmitida a las generaciones nuevas, implica a la vez tesoros inmensos de sabiduría, de arte y de generosidad, y un lote considerable de desviaciones y de perversiones. La atención se dirige entonces juntamente a la naturaleza humana y a la condi ción humana, expresión que integra datos existenciales, de los que algunos —el pecado y la gracia— tocan la historia de la salvación. Si, por tanto, utilizamos la palabra «cultura» en primer lugar en un sentido positivo —por ejemplo, como sinónima de desarrollo—, como han hecho el Concilio Vaticano II y los Papas recientes, no olvidamos que las culturas pueden perpetuar y favorecer opciones de orgullo y de egoísmo.

4. La cultura se comprende en la prolongación de las exigencias de la naturaleza humana, como cumplimiento de sus finalidades; así lo enseña especialmente la constitución Gaudium et spes: «Es propio de la persona humana no llegar a la verdadera y propia humanidad si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores de la naturaleza... En sentido general, con la palabra cultura se indica todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades de alma y cuerpo» (GS 53). Los campos de la cultura son, por tanto, muchos: el hombre «procura someter el mismo orbe de la tierra por el conocimiento y el trabajo; hace más humana la vida social..., por el progreso de las costumbres y de las instituciones; finalmente expresa, conserva y comunica a través del tiempo, en sus obras, las grandes experiencias espirituales y las aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos e incluso a todo el género humano» (Ibid.).

5. El sujeto primero de la cultura es la persona humana considerada según todas las dimensiones de su ser. El hombre se cultiva —en esto consiste la finalidad primera de la cultura—, pero lo hace gracias a obras de cultura y a una memoria cultural. Así, la cultura designa también el medio en el cual y gracias al cual las personas pueden crecer.

6. La persona humana es un ser de comunión: se expande dando y recibiendo. Por ello, la persona progresa en solidaridad con los otros y a través de los lazos sociales vivos. Así, realidades como la nación, el pueblo, la sociedad, con su patrimonio cultural, constituyen para el desarrollo de la persona «un medio histórico y determinado..., del que [el hombre] obtiene los valores para promover la civilización» (Ibid.).

7. La cultura que es siempre una cultura concreta y parti cular está abierta a los valores superiores comunes a todos los hombres. La originalidad de una cultura no significa, por tanto, repliegue sobre sí misma, sino contribución a una riqueza que es bien de todos los hombres. Por ello, el pluralismo cultural no podría interpretarse como la yuxtaposición de universos cerrados, sino como la participación en el concierto de realidades, orien tadas todas ellas hacia los valores universales de la humanidad. Los fenómenos de penetración recíproca de las culturas, frecuentes en la historia, ilustran esta apertura fundamental de las culturas particulares a los valores comunes a todos los hombres, y por ello la apertura de las culturas entre sí.

8. El hombre es un ser naturalmente religioso. La orienta ción hacia el Absoluto está inscrita en su ser profundo. La religión, en sentido amplio, es parte integrante de la cultura en que se enraíza y que desarrolla. Por ello, todas las grandes culturas implican la dimensión religiosa como clave de bóveda del edificio que constituyen, dimensión que inspira las grandes realizaciones que han marcado la historia milenaria de las civilizaciones.

9. En la raíz de las grandes religiones está el movimiento ascendente del hombre a la búsqueda de Dios. Purificado de sus desviaciones y defectos, este movimiento debe ser objeto de un respeto sincero. Sobre él se injerta el don de la fe cristiana. Porque lo que distingue a la fe cristiana es ser libre adhesión a la propuesta del amor gratuito de Dios que se nos revela, que nos ha dado a su Hijo único para liberamos del pecado y que ha derramado su Espíritu en nuestros corazones. En este don que Dios hace de sí mismo a la humanidad reside la radical originalidad cristiana frente a todas las aspiraciones, demandas, conquistas y adquisiciones de la naturaleza.

10. La fe cristiana, porque trasciende todo el orden de la naturaleza y de la cultura, por una parte, es compatible con todas las culturas en lo que tienen de conforme con la recta razón y la buena voluntad, y por otra parte, es ella misma, en grado eminente, un factor dinamizante de cultura. Un principio ilumina el conjunto de las relaciones entre la fe y la cultura: la gracia respeta la naturaleza, la cura de las heridas del pecado, la conforta y la eleva. La elevación a la vida divina es la finalidad específica de la gracia, pero no puede realizarse sin que la naturaleza sea sanada y sin que la elevación al orden sobrenatural lleve la naturaleza, en su línea propia, a una plenitud de perfección.

11. El proceso de inculturación puede definirse como el esfuerzo de la Iglesia por hacer penetrar el mensaje de Cristo en un determinado medio socio-cultural, llamándolo a crecer según todos sus valores propios, en cuanto son conciliables con el evangelio. El término inculturación incluye la idea de crecimiento, de enriquecimiento mutuo de las personas y de los grupos, del hecho del encuentro del evangelio con un medio social. Según Juan Pablo II, en los grandes apóstoles de los eslavos «se encuentra un ejemplo de lo que hoy se llama inculturación, a saber: la inserción del evangelio en una cultura autóctona y la intro ducción de esa misma cultura en la vida de la Iglesia» (Encíclica Slavorum apostoli, (2-VI-1985), 21: AAS 77 (1985) 802).

 

II. Inculturación e historia de la salvación

— Israel, pueblo de la Alianza.

Jesucristo, Señor y Salvador del mundo.

— El Espíritu Santo y la Iglesia de los Apóstoles.

 

1. Consideramos las relaciones de la naturaleza, de la cultura y de la gracia en la historia concreta de la Alianza de Dios con la humanidad. En esta historia que comienza con un pueblo particular, culmina en un hijo de ese pueblo que es también Hijo de Dios, y a partir de él se extiende a todas las naciones de la tierra, se muestra «la admirable condescendencia de la Sabiduría eterna» (Concilio Vaticano II, Const. Dogmática Dei Verbum, 13: AAS 58 (1966) 824.).

 

Israel, pueblo de la Alianza

2. Israel se ha comprendido a sí mismo como formado de modo inmediato por Dios. También el Antiguo Testamento, la Biblia del antiguo Israel, es el testigo permanente de la revelación del Dios vivo a los miembros de un pueblo escogido. En su forma escrita, esta revelación lleva también los rasgos de las experiencias culturales y sociales del milenio en el que este pueblo y las civilizaciones circundantes se han encontrado mutuamente en la historia. El antiguo Israel ha nacido en un mundo que habrá dado ya a luz grandes culturas, y ha crecido en conexión con ellas.

3. Las más antiguas instituciones de Israel (por ejemplo, la circuncisión, el sacrificio de primavera, el reposo sabático) no le son específicas. Las ha tomado de los pueblos vecinos. Una gran parte de la cultura de Israel tiene un origen parecido. Sin embargo, el pueblo de la Biblia ha hecho que estos préstamos, cuando los ha incorporado a su fe y a su práctica religiosa, sufrieran cambios profundos. Los ha discernido a través de la fe en el Dios personal de Abrahán (creador libre y ordenador sabio del universo, en el que el pecado y la muerte no pueden tener su origen). El encuentro con este Dios, vivido en la Alianza, permitió comprender al hombre y a la mujer como seres perso nales y, consecuentemente, rechazar los comportamientos inhu manos inherentes a otras culturas.

4. Los autores bíblicos han utilizado y, a la vez, transfor mado las culturas de su tiempo para narrar, a través de la historia de un pueblo, la acción salvífica que Dios hará culminar en Jesucristo, y para unir a los pueblos de todas las culturas, llamados a formar un solo cuerpo, del que Cristo es la cabeza.

5. En el Antiguo Testamento, culturas fundidas y transfor madas son puestas al servicio de la revelación del Dios de Abrahán, vivida en la Alianza y consignada en la Escritura. Fue una preparación única, en el plano cultural y religioso, para la venida de Jesucristo. En el Nuevo Testamento, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, revelado y manifestado más profundamente en la plenitud del Espíritu, invita a todas las culturas a dejarse transformar por la vida, la enseñanza, la muerte y la resurrección de Jesucristo.

6. Aunque los paganos son «injertados en Israel» (cfr. Rm 11, 11-24), hay que subrayar que el plan original de Dios se refiere a toda la creación (cfr. Gn 1, 1-2.4a). En efecto, se concluyó una Alianza, por medio de Noé, con todos los pueblos de la tierra que están dispuestos a vivir en la justicia (cfr. Gn 9, 1-17; Eclo 44, 17-19). Esta Alianza es anterior a las que se hicieron con Abrahán y con Moisés. A partir de Abrahán, Israel está llamado a comunicar a todas las familias de la tierra las bendiciones que ha recibido (Gn 12, 1-5; Jer 4, 2; Eclo 44, 21).

7. Señalemos, por otra parte, que los diversos aspectos de la cultura de Israel no mantienen las mismas relaciones con la revelación divina. Algunos atestiguan la resistencia a la Palabra de Dios, mientras que otros expresan su aceptación. Entre estos últimos hay que distinguir todavía entre lo provisorio (prescrip ciones rituales y judiciales) y lo permanente, de alcance universal. Ciertos elementos «en la Ley de Moisés, los profetas y los salmos» (Lc 24, 44; cfr. v. 27) tienen precisamente el sentido de ser la prehistoria de Jesús.

 

Jesucristo, Señor y Salvador del mundo

I. La trascendencia de Jesucristo con respecto a toda cultura

8. Una convicción domina la predicación de Jesús: en él, en su palabra y en su persona, Dios hace culminar, superándolos, los dones que ya había otorgado a Israel y al conjunto de las naciones (Mc 13, 10; Mt 12, 21; Lc 2, 32). Jesús es la luz soberana y la verdadera sabiduría para todas las naciones y todas las culturas (Mt 11, 19; Lc 7, 35). En su misma actividad muestra que el Dios de Abrahán, ya reconocido por Israel como creador y Señor (Sal 93, 1-4; Is 6, 1), se dispone a reinar sobre todos los que creerán al evangelio; más aún, Dios reina ya por Jesús (Mc 1, 15; Mt 12, 28; Lc 11, 20; 17, 21).

9. La enseñanza de Jesús, especialmente en las parábolas, no teme corregir y, si el caso lo pide, rechazar no pocas ideas sobre la naturaleza de Dios y su obrar que la historia, la religión practicada de hecho y la cultura han sugerido a sus contempo ráneos (Mt 20, 1-16; Lc 15, 11-32; 18, 9-14).

10. La intimidad completamente filial de Jesús con Dios y la obediencia amorosa que le hace ofrecer su vida y su muerte a su Padre (Mc 14, 36) testifican que en él el designio original de Dios sobre la creación, viciado por el pecado, ha sido restaurado (Mc 1, 14-15; 10, 2-9; Mt 5, 21-48). Estamos ante una nueva creación y el nuevo Adán (Rm 5, 12-19; 1 Cor 15, 20-22). También las relaciones con Dios en muchos aspectos están profundamente cambiadas (Mc 8, 27-33; 1 Cor 1, 18-25). La novedad es tal que la maldición que golpea al Mesías crucificado se convierte en bendición para todos los pueblos (Gal 3, 13; Dt 21, 22-23), y que la fe en Jesús salvador sustituye al régimen de la Ley (Gal 3, 12-14).

11. La muerte y la resurrección de Jesús, gracias a las cuales el Espíritu ha sido derramado en los corazones, han mostrado las insuficiencias de las sabidurías y de las morales meramente humanas, e incluso de la Ley aunque dada a Moisés por Dios, todas ellas instituciones capaces de dar el conocimiento del bien, pero no la fuerza para cumplirlo; el conocimiento del pecado, pero no el poder de sustraerse a él (Rm 7, 16ss; 3,20; 7, 7; 1 Tim 1, 8).

 

II. La presencia de Cristo con respecto a la cultura y a las culturas

A) La particularidad de Cristo, Señor, y Salvador universal

12. La encarnación del Hijo de Dios, por haber sido integral y concreta, fue una encarnación cultural. «El mismo Cristo por su encarnación se unió a determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con los que convivió» (AG 10).

13. El Hijo de Dios ha querido ser un judío de Nazaret en Galilea, que hablaba arameo, estaba sometido a padres piadosos de Israel, los acompañaba al Templo de Jerusalén, donde lo encuentran «sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles» (Lc 2, 46). Jesús crece en medio de las costum bres y de las instituciones de la Palestina del siglo I, aprendiendo los oficios de su época, observando el comportamiento de los pescadores, de los campesinos y de los comerciantes de su ambiente. Las escenas y los paisajes de los que se nutre la imaginación del futuro rabino son de un país y de una época bien determinados.

14. Nutrido con la piedad de Israel, formado por la ense ñanza de la Ley y de los profetas, a la que una experiencia completamente singular de Dios como Padre permite dar una profundidad inaudita, Jesús se sitúa en una tradición espiritual bien determinada, la del profetismo judío. Como los profetas de otro tiempo, él es la boca de Dios y llama a la conversión. La manera es igualmente muy típica: el vocabulario, los géneros literarios, los procedimientos de estilo, todo recuerda la línea de Elías y Eliseo: el paralelismo bíblico, los proverbios, las paradojas, las amonestaciones, las bienaventuranzas y hasta las acciones simbólicas.

15. Jesús está de tal manera ligado a la vida de Israel que el pueblo y la tradición religiosa en que se sitúa tienen, por este mismo hecho, algo de singular en la historia de la salvación de los hombres: este pueblo elegido y la tradición religiosa que ha dejado tienen una significación permanente para la humanidad.

16. No. La encarnación no tiene nada de improvisación. El Verbo de Dios entra en una historia que lo prepara, lo anuncia y lo prefigura. Cristo, en primer lugar, se puede decir que forma cuerpo con el pueblo que Dios se ha preparado en orden del don que hará de su Hijo. Todas las palabras que han proferido los profetas preludian la Palabra subsistente que es el Hijo de Dios.

17. Así la historia de la alianza concluida con Abrahán y, por Moisés, con el pueblo de Israel, como también los libros que narran y explanan esta historia, conservan para los fieles de Jesús el papel de una pedagogía indispensable e insustituible. Por lo demás, la elección de este pueblo del que ha salido Jesús jamás ha sido revocada. Mis parientes según la carne —escribe Pablo— «son los Israelitas, de los que es la adopción filial y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas, de los que son los padres, y de los que procede Cristo según la carne: que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén» (Rm 9, 3-5). El buen olivo no ha perdido sus privilegios en favor del olivo salvaje que ha sido injertado en él (Rm 11, 24).

 

B) La catolicidad del Único

18. Por muy particular que sea la condición del Verbo hecho carne —y, por tanto, de la cultura que lo acoge, lo forma y lo prolonga—, el Hijo de Dios no se ha unido primariamente a esta particularidad. Porque Dios se ha hecho hombre, ha asumido también, en cierta manera, una raza, un país y una época. «Porque en él la naturaleza humana ha sido asumida, no suprimida, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime. Pues el mismo Hijo de Dios, por su encarnación, de alguna manera, se unió con todo hombre» (GS 22).

19. La trascendencia de Cristo no lo aísla por encima de la familia humana, sino que lo hace presente a todo hombre, más allá de todo particularismo. «No se le puede considerar extranjero con respecto a nadie ni en ninguna parte» (AG 8, donde la afirmación se hace en plural hablando, a la vez, de Cristo y de la Iglesia). «Ya no hay judío ni griego, ya no hay esclavo ni libre, ya no hay varón ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Cristo nos alcanza tanto en la unidad que formamos como en la multipli cidad y en la diversidad de los individuos en que se realiza nuestra naturaleza común.

20. Sin embargo, Cristo no nos alcanzaría en la verdad de nuestra humanidad concreta si no entrara en contacto con nosotros en la diversidad y la complementariedad de nuestras culturas. En efecto, las culturas —lengua, historia, actitud general ante la vida, instituciones diversas— nos acogen, para bien o para mal, en la vida, nos acompañan y nos prolongan. Si el cosmos entero es misteriosamente el lugar de la gracia y del pecado, ¿cómo no lo serían también nuestras culturas, que son los frutos y los gérmenes de la actividad propiamente humana?

21. En el Cuerpo de Cristo, las culturas, en la medida en que son animadas y renovadas por la gracia y la fe, son, por lo demás, complementarias. Ellas permiten ver la fecundidad mul tiforme de que son capaces las enseñanzas y las energías del mismo evangelio, así como los mismos principios de verdad, de justicia, de amor y de libertad, cuando están atravesados por el Espíritu de Cristo.

22. Finalmente hay que recordar que la Iglesia, esposa del Verbo encarnado, no se preocupa de la suerte de las diversas culturas de la humanidad por estrategia interesada. Quiere animar desde el interior estos recursos de verdad y de amor, que Dios ha dispuesto en su creación como semina Verbi; protegerlos y liberarlos del error y del pecado con que los hemos corrompido. El Verbo de Dios no viene a una creación que le sea extraña. «Todas las cosas han sido creadas por él y para él, y él es antes que todas las cosas y todas las cosas se mantienen en él» (Col 1, 16-17).

 

El Espíritu Santo y la Iglesia de los Apóstoles

I. De Jerusalén a las naciones: los comienzos característicos de la inculturación de la fe

23. El día de Pentecostés, la irrupción del Espíritu Santo inaugura la relación de la fe cristiana y de las culturas como un acontecimiento de cumplimiento y de plenitud: la promesa de la salvación, cumplida por Cristo resucitado, coima el corazón de los creyentes con la efusión del mismo Espíritu Santo. Las «maravillas de Dios» serán «publicadas» en adelante a todos los hombres de toda lengua y de toda cultura (Hch 2, 11). Mientras que la humanidad vive bajo el signo de la división de Babel, el don del Espíritu Santo se le ofrece como la gracia, trascendente y, sin embargo, muy humana, de la sinfonía de los corazones. La comunión divina (koinwnia) (Hch 2, 42) re-crea una nueva comunidad entre los hombres, penetrando, sin destruirlo, el signo de su división: las lenguas.

24. El Espíritu Santo no instaura una super-cultura, sino que es el principio personal y vital que va a vivificar la nueva comunidad en sinergia con sus miembros. El don del Espíritu Santo no es del orden de las estructuras, sino que la Iglesia de Jerusalén, que él forma, es koinwnia de fe y de agaph que se comunica en la pluralidad sin dividirse; es el Cuerpo de Cristo, cuyos miembros están unidos sin uniformidad. La primera prueba para la catolicidad apareció cuando diferencias ligadas a la cultura (tensiones entre Helenistas y Hebreos) amenazaban la comunión (Hch 6, 1ss). Los Apóstoles no suprimieron las diferencias, sino que desarrollaron una función esencial del Cuerpo eclesial: la diakonia al servicio de la koinwnia.

25. Para que la Buena Nueva sea anunciada a las naciones, el Espíritu Santo suscita un nuevo discernimiento en Pedro y en la comunidad de Jerusalén (Hch 10 y 11): la fe en Cristo no exige de los nuevos creyentes que abandonen su cultura para adoptar la Ley del pueblo judío: todos los pueblos están llamados a ser beneficiarios de la Promesa y a participar de la herencia confiada para ellos al Pueblo de la Alianza (Ef 2, 14-15). Por tanto, «nada más allá de lo necesario», según la decisión de la asamblea apostólica (Hch 15, 28).

26. Pero el misterio de la Cruz, escándalo para los judíos, es locura para los paganos. Aquí, la inculturación de la fe choca con el pecado radical que retiene «cautiva» (cfr. Rm 1, 18) la verdad de una cultura que no ha sido asumida por Cristo: la idolatría. Mientras el hombre «está privado de la gloria de Dios» (cfr. Rm 3, 23), todo lo que «cultiva» es imagen opaca de sí mismo. El kerigma paulino parte entonces de la Creación y de la vocación a la alianza, denuncia las perversiones morales de la humanidad ciega y anuncia la salvación en Cristo crucificado y resucitado.

27. Después de la prueba para la catolicidad entre comuni dades cristianas culturalmente diferentes, después de las resisten cias del legalismo judío y de la idolatría, en el gnosticismo la fe se entrega a la cultura. El fenómeno nace en la época de las últimas cartas de Pablo y de Juan; y alimentará la mayor parte de las crisis doctrinales de los siglos siguientes. Aquí la razón humana, en su estado vulnerado, rechaza la locura de la Encar nación del Hijo de Dios e intenta recuperar el Misterio acomo dándolo a la cultura reinante. Ahora bien, «la fe reposa no en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios» (cfr. 1 Cor 2, 4ss).

 

II. La tradición apostólica: inculturación de la fe y salvación de la cultura

28. En los «últimos tiempos» inaugurados en Pentecostés, Cristo resucitado, Alfa y Omega, entra en la historia de los pueblos: desde entonces el sentido de la historia y, por tanto, de la cultura se desvela (Ap 5, 1-5), y el Espíritu Santo lo revela actualizándolo y comunicándolo a todos. La Iglesia es el sacra mento de esta Revelación y de esta comunión. Centra toda cultura en que Cristo es acogido, colocándola en el eje «del mundo futuro», y restaura la comunión rota por el «príncipe de este mundo». La cultura está así en situación escatológica: tiende hacia su cumplimiento en Cristo, pero sólo puede ser salvada asociándose al repudio del mal.

29. Cada Iglesia local o particular tiene vocación de ser, en el Espíritu Santo, el sacramento que manifiesta a Cristo, crucifi cado y resucitado, en la carne de una cultura particular:

a) La cultura de una Iglesia local —joven o antigua— participa del dinamismo de las culturas y de sus vicisitudes. Aunque está en situación escatológica, permanece sometida a las pruebas y a las tentaciones (cfr. Ap 2-3).

b) La «novedad cristiana» engendra en las Iglesias locales expresiones particulares culturalmente tipificadas (modalidades de las formulaciones doctrinales, simbolismos litúrgicos, tipos de santidad, directrices canónicas, etc.). Pero la comunión entre las Iglesias exige constantemente que la «carne» cultural de cada una no sirva de pantalla al mutuo reconocimiento en la fe apostólica y a la solidaridad en el amor.

c) Toda Iglesia enviada a las naciones sólo da testimonio de su Señor si con respecto a sus lazos culturales se conforma a él en la kénosis primera de su Encamación y en el abajamiento último de su Pasión vivificante. La inculturación de la fe es una de las expresiones de la Tradición apostólica, de la que Pablo subraya muchas veces cl carácter dramático (1 y 2 Cor passim).

30. Los escritos apostólicos y los testimonios patrísticos no limitan su visión de la cultura al servicio de la evangelización, sino que la integran en la totalidad del Misterio de Cristo. Para ellos, la creación es el reflejo de la Gloria de Dios, el hombre es su icono viviente, y en Cristo se ha dado la semejanza con Dios. La cultura es el lugar en que el hombre y el mundo son llamados a encontrarse en la Gloria de Dios. El encuentro falta o se oscurece en la medida en que el hombre es pecador. En el interior de la creación cautiva se vive la gestación «del universo nuevo» (Ap 21, 5): la Iglesia «gime» (cfr. Rm 8, 18-25). En ella y por ella, las creaturas de este mundo pueden vivir su redención y su transfiguración.

 

III. Problemas actuales de inculturación

— La piedad popular.

— Inculturación de la fe y religiones no cristianas.

— Las jóvenes Iglesias y su pasado cristiano.

— La fe cristiana y la modernidad.

 

1. La inculturación de la fe que hemos considerado en primer lugar, sobre todo, desde un punto de vista filosófico (naturaleza, cultura y gracia), y después desde el punto de vista de la historia y del dogma (la inculturación en la historia de la salvación), plantea todavía problemas considerables a la reflexión teológica y a la acción pastoral Así las cuestiones que el descu brimiento de nuevos mundos hizo surgir en el siglo XVI conti núan preocupándonos. ¿Cómo concordar con la fe las expresio­nes espontáneas de la religiosidad de los pueblos? ¿Qué actitud adoptar frente a las religiones no cristianas, especialmente frente a aquellas que están «conexas con el progreso de la cultura»? (NA 2). En nuestro tiempo han surgido cuestiones nuevas. ¿Cómo deben considerar las «jóvenes Iglesias», nacidas en nuestro siglo de la indigenización de comunidades cristianas ya existentes, su pasado cristiano y la historia cultural de sus pueblos respectivos? Final mente, ¿cómo debe el evangelio animar, purificar y fortificar el mundo nuevo en el que nos han hecho entrar especialmente la industrialización y la urbanización? Nos parece que estas cuatro cuestiones se imponen a quien reflexiona sobre las condiciones actuales de la inculturación de la fe.

 

La piedad popular

2. Por religiosidad popular en los países que han sido tocados por el evangelio se entiende generalmente la unión de la fe y de la piedad cristiana, por una parte, con la cultura profunda y formas de la religión anterior de las poblaciones, por otra. Se trata de esas devociones muy numerosas en que los cristianos expresan su sentimiento religioso en el lenguaje simple, entre otros, de la fiesta y de la peregrinación, de la danza y del canto. Se ha podido hablar de síntesis vital a propósito de esta piedad, ya que une «espíritu y cuerpo, comunión e institución, persona y comunidad, fe y patria, inteligencia y afecto» (DP 448). La calidad de la síntesis —como puede preverse— depende de la antigüedad y profundidad de la evangelización, así como de la compatibilidad de los antecedentes religiosos y culturales con la fe cristiana.

3. En la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Pablo VI ha confirmado y alentado una valoración nueva de la piedad popular. «Estas expresiones [con las que se significan la búsqueda de Dios y la fe], aunque largo tiempo consideradas menos puras y, a veces, despreciadas, vuelven casi por todas partes a ser mejor estudiadas y conocidas por los hombres de nuestro tiempo» (EN 48).

4. «Si se orienta bien, sobre todo por una acción de evan gelización —continuaba Pablo VI— la misma [piedad popular] es rica también en muchos bienes. Pues muestra una sed de Dios que sólo pueden experimentar los sencillos y pobres de espíritu; da a los hombres la capacidad de darse y entregarse hasta el heroísmo cuando se trata de confesar la fe. Trae consigo un fino sentido para poder percibir los atributos inefables de Dios: a saber, su paternidad, providencia, la presencia de su amor per petuo y benevolente. Engendra en el interior del hombre tales actitudes que difícilmente pueden encontrarse semejantes o igua les: a saber, la paciencia, la conciencia de que la cruz ha de ser llevada en la vida diaria, el desapego, la abierta aceptación de los demás, la observancia de las obligaciones» (Ibid.).

5. Por lo demás, la fuerza y la profundidad de las raíces de la piedad popular se han manifestado claramente en este largo período de desestima, de que hablaba Pablo VI. Las expresiones de la piedad popular han sobrevivido a las numerosas prediccio nes de su desaparición, que la modernidad y los progresos del secularismo parecían garantizar. En muchas regiones del orbe han conservado e incluso aumentado el atractivo que ejercían sobre las multitudes.

6. Muchas veces se han denunciado las limitaciones de la piedad popular. Consisten en un cierto simplismo, fuente de diversas deformaciones de la religión, en concreto de supersti ciones. Se permanece en el nivel de manifestaciones culturales sin que una verdadera adhesión de fe y la expresión de esta fe se comprometan en el servicio del prójimo. La piedad popular, mal orientada, puede conducir incluso a la formación de sectas y poner así en peligro la verdadera comunidad eclesial. Ulterior mente tiene el peligro de ser manipulada, sea por poderes políticos, sea por fuerzas religiosas extrañas a la fe cristiana.

7. La conciencia de estos peligros invita a practicar una catequesis inteligente, que estime los méritos de una piedad popular auténtica y que sea, al mismo tiempo, capaz de discer nimiento. Una liturgia viva y adaptada está igualmente llamada a jugar un gran papel en la integración de una fe muy pura y de las formas tradicionales de vida religiosa de los pueblos. Sin duda alguna, la piedad popular puede aportar una contribución insustituible a una antropología cultural cristiana que permitiría reducir la distancia, a veces trágica, entre la fe de los cristianos y ciertas instituciones socio-económicas de orientación muy di ferente que rigen su vida diaria.

 

Inculturación de la fe y religiones no cristianas

I. Las religiones no cristianas

8. Desde sus orígenes, la Iglesia ha encontrado, en muchos niveles, la cuestión de la pluralidad de las religiones. Todavía hoy, los cristianos constituyen sólo alrededor de un tercio de la población mundial. Por lo demás, tendrán que vivir en un mundo que experimenta una simpatía creciente por el pluralismo en materia religiosa.

9. Teniendo en cuenta el puesto importante de la religión en la cultura, una Iglesia local o particular implantada en un medio socio-cultural no cristiano debe tener en cuenta muy seriamente los elementos religiosos de este medio. Esta preocu pación, por lo demás, será a la medida de la profundidad y de la vitalidad de estos datos religiosos.

10. Si se puede tomar un continente como ejemplo, habla remos de Asia, que ha visto nacer muchas de las grandes corrientes religiosas del mundo. El hinduismo, el budismo, el Islam, el confucionismo, el taoísmo y el sintoísmo, aunque ciertamente cada uno de estos sistemas religiosos en partes distintas del continente, están profundamente enraizados en los pueblos y muestran mucho vigor. La vida personal, como tam bién la actividad social y comunitaria, han sido marcadas, de manera decisiva, por estas tradiciones religiosas y espirituales. También las mismas Iglesias de Asia consideran la cuestión de las religiones no cristianas como una de las más importantes y urgentes. Son incluso el objeto de esa forma privilegiada de relación que es el diálogo.

 

II. El diálogo de las religiones

11. El diálogo con las otras religiones es parte integrante de la vida de los cristianos: por el intercambio, el estudio y el trabajo en común, este diálogo contribuye a una mejor inteligen cia de la religión del otro y al crecimiento en la piedad.

12. Para la fe cristiana, la unidad de todos en su origen y en su destino, es decir, en la creación y en la comunión con Dios en Jesucristo, va acompañada de la presencia y de la acción universal del Espíritu Santo. La Iglesia en diálogo escucha y aprende. «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en estas religiones. Con sincero respeto considera aquellas maneras de obrar y vivir, aquellos preceptos y doctrinas que, aunque discrepen en muchos puntos de los que ella tiene y propone, sin embargo frecuentemente traen consigo un rayo de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (NA 2).

13. Este diálogo tiene algo de original, ya que, como lo atestigua la historia de las religiones, la pluralidad de las religiones ha engendrado frecuentemente discriminación y celos, fanatismo y despotismo, cosas todas que han valido a la religión la acusación de ser fuente de división en la familia humana. La Iglesia, «sacramento universal de salvación» (LG 48), es decir, «signo e instru mento de la unión intima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1), es llamada por Dios a ser ministra e instru mento de la unidad en Jesucristo para todos los hombres y todos los pueblos.

 

III. La trascendencia del evangelio con respecto a la cultura

14. Sin embargo, no podemos olvidar la trascendencia del evangelio con respecto a todas las culturas humanas en las que la fe cristiana tiene vocación de enraizarse y de desarrollarse según todas sus virtualidades. En efecto, por grande que deba ser el respeto por lo que es verdadero y santo en la herencia cultural de un pueblo, sin embargo esta actitud no pide que se preste un carácter absoluto a esta herencia cultural. Nadie puede olvidar que, desde los orígenes, el evangelio ha sido «escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (1 Cor 1,23). La inculturación que toma el camino del diálogo entre las religiones no podría, en modo alguno, dar ocasión al sincretismo.

 

Las jóvenes Iglesias y su pasado cristiano

15. La Iglesia prolonga y actualiza el misterio del Siervo de Yahveh, al que ha sido prometido: «te pondré como luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta los confines de la tierra» (Is 49, 6); él será «la Alianza del pueblo» (Is 49, 8). Esta profecía se realiza en la última Cena, cuando, la víspera de su Pasión, Cristo, rodeado de los Doce, da a los suyos su cuerpo y su sangre como comida y bebida de la Nueva Alianza, asimilándolos así en su propio cuerpo. Nacía la Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. En Pentecostés recibirá el Espíritu de Cristo, el Espíritu del Cordero inmolado desde los orígenes y que ya trabajaba para satisfacer el anhelo tan profundamente enraizado en los seres humanos: la unión más radical en el respeto más radical de la diversidad.

16. En virtud de la comunión católica que une todas las Iglesias particulares en una misma historia, las jóvenes Iglesias consideran el pasado de las Iglesias que les han dado nacimiento como una parte de su propia historia. Sin embargo, el acto decisivo de interpretación que señala su madurez espiritual con siste en reconocer esta anterioridad como originaria y no sólo como histórica. Esto significa que, acogiendo con fe el evangelio que les han anunciado las Iglesias más antiguas, las jóvenes Iglesias han acogido al mismo «guía del camino de la fe» (Hb 12, 2) y la entera Tradición en la que la fe está atestiguada, así como la capacidad de engendrar formas originales en que se expresará la fe única y común. Iguales en dignidad, viviendo del mismo misterio, auténticas Iglesias-hermanas, las jóvenes Iglesias manifiestan, juntamente con las que les son mayores, la plenitud del misterio de Cristo.

17. La Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza, en cuanto que hace memoria del misterio pascual y anuncia sin cesar la vuelta del Señor, puede decirse escatología comenzada de las tradiciones culturales de los pueblos, a condición, sin duda, de que estas tradiciones hayan sido sometidas a la ley purificadora de la muerte y de la resurrección en Jesucristo.

18. Como san Pablo en el Areópago de Atenas, la joven Iglesia hace una lectura nueva y creativa de la cultura ancestral. Cuando esta cultura pasa a Cristo, «se quita el velo» (2 Cor 3, 16). En el tiempo de incubación de la fe, esta Iglesia había descubierto a Cristo como «exegeta y exégesis» del Padre en el Espíritu (cfr. H. De Lubac,Exégèse médiévale, t. 1 (París 1959) 322-324. Pio XII, Encíclica Summi Pontificatus (20-X-1939): AAS 31 (1939) 429); por lo demás, no cesa de contemplarlo como tal. Ahora lo descubre «exegeta y exégesis» del hombre, fuente y destinatario de la cultura. Al Dios desconocido, revelado en la cruz, corresponde el hombre desconocido que la joven Iglesia anuncia en su cualidad de misterio pascual vivo, inaugurado por gracia en la antigua cultura.

19. En la salvación que hace presente, la joven Iglesia se esfuerza por encontrar todos los vestigios de la solicitud de Dios por un grupo humano particular, los semina Verbi. Lo que el pró logo de la Carta a los Hebreos dice de los Padres y de los pro fetas, puede tomarse y vale, de alguna manera, analógicamente de toda cultura humana con respecto a Jesucristo, en lo que es recto y verdadero en las culturas y en lo que contienen de sa biduría.

 

La fe cristiana y la modernidad

20. Las mutaciones técnicas que han provocado la revolu ción industrial y después la revolución urbana han afectado al alma profunda de las poblaciones, beneficiarias y también muy frecuentemente víctimas de estos cambios. Por ello, se impone a los creyentes, como una tarea urgente y difícil, comprender la cultura moderna en sus rasgos característicos, como también en sus expectaciones y sus necesidades con respecto a la salvación aportada por Jesucristo.

21. La revolución industrial fue igualmente una revolución cultural. Valores asegurados hasta entonces se pusieron en cues tión, como el sentido del trabajo personal y comunitario, la relación directa del hombre a la naturaleza, la pertenencia a una familia de apoyo tanto en la cohabitación como en el trabajo, el enraizamiento en comunidades locales y religiosas de dimensiones humanas, la participación en tradiciones, ritos, ceremonias y celebraciones que dan sentido a los grandes momentos de la existencia. La industrialización, provocando un amontonamiento desordenado de las poblaciones, aporta graves perjuicios a estos valores seculares, sin suscitar comunidades capaces de integrar nuevas culturas. En un momento en que los pueblos más indefensos están buscando un modelo apropiado de desarrollo, se perciben mejor tanto las ventajas como los riesgos y los costes humanos de la industrialización.

22. Se han realizado grandes progresos en muchos campos de la vida: alimentación, salud, educación, transportes, acceso a los bienes de consumo de toda especie. Sin embargo, inquietudes profundas surgen en el inconsciente colectivo. En muchos países, la idea de progreso ha cedido el puesto, sobre todo después de la segunda guerra mundial, al desencanto. La racionalidad en materia de producción y de administración, cuando olvida el bien de las personas, trabaja contra la razón. La emancipación con respecto a las comunidades de pertenencia ha enterrado al hombre en la multitud solitaria. Los nuevos medios de comuni cación destruyen de la misma manera que pueden unir. La ciencia por las creaciones técnicas que son su fruto, aparece, a la vez, creadora y homicida. Por ello, algunos desesperan de la moder nidad y hablan de una nueva barbarie. A pesar de tantos fracasos y faltas, es necesario esperar una reacción moral de todas las naciones, ricas y pobres. Si el evangelio es predicado y escuchado, es posible una conversión cultural y espiritual: ésta llama a la solidaridad, al cuidado por el bien integral de la persona, a la promoción de la justicia y de la paz, a la adoración del Padre, del que procede todo bien.

23. La inculturación del evangelio en las sociedades moder nas exigirá un esfuerzo metódico de búsqueda y de acción concertadas. Este esfuerzo supondrá en los responsables de la evangelización: 1) una acritud de acogida y de discernimiento crítico; 2) la capacidad de percibir las expectaciones espirituales y las aspiraciones humanas de las nuevas culturas; 3) la aptitud para el análisis cultural en orden a un encuentro efectivo con el mundo moderno.

24. En efecto, se requiere una actitud de acogida en quien quiere comprender y evangelizar el mundo de este tiempo. La modernidad está acompañada de progresos innegables en muchos campos, materiales y culturales: bienestar, movilidad humana, ciencia, investigación, educación, nuevo sentido de la solidaridad. Además, la Iglesia del Vaticano II ha tomado una viva conciencia de las nuevas condiciones en las que debe ejercer su misión, y en las culturas de la modernidad se construye la Iglesia de mañana. A propósito del discernimiento se aplica la consigna tradicional repetida por Pío XII: hay que «conocer más y mejor la cultura y las instituciones de los diversos pueblos y cultivar y promover sus valores y dotes espirituales... Todo lo que en las costumbres de los pueblos no está indisolublemente ligado a supersticiones y errores debe considerarse siempre con benevo lencia y, si es posible, conservarse intacto y protegido» (Encíclica Summi Pontificatus (20-X-1939): AAS 31 (1939) 429).

25. El evangelio suscita cuestiones fundamentales en quien reflexiona sobre el comportamiento del hombre moderno: ¿Có mo hacer comprender a este hombre la radicalidad del mensaje de Cristo: la caridad incondicional, la pobreza evangélica, la adoración del Padre y el asentimiento constante a su voluntad? ¿Cómo educar en el sentido cristiano del sufrimiento y de la muerte? ¿Cómo suscitar la fe y la esperanza en la obra de resurrección realizada por Cristo?

26. Tenemos que desarrollar una capacidad de analizar las culturas, de percibir sus incidencias morales y espirituales. Se impone una movilización de toda la Iglesia, para afrontar con éxito la tarea sumamente compleja de la inculturación del evan gelio en el mundo moderno. En esta materia debemos abrazar la preocupación de Juan Pablo II. «Desde el comienzo de mi pontificado he considerado que el diálogo de la Iglesia con las culturas de nuestro tiempo era un campo vital, en el que está en juego el destino del mundo en este final de siglo XX» (Creación del Pontificio Consejo para la Cultura. Carta al Secretario de Estado, Roma, 20-V-1982: AAS 74 (1982) 683).

 

Conclusión

1. Pablo VI, después de haber dicho que es necesario «tocar y como revolucionar, con la fuerza del evangelio, las normas de juicio, los valores principales, los centros de interés y los modos de pensar, las fuentes de inspiración y los modelos de vida de la humanidad que contrastan con la palabra de Dios y el designio de la salvación» (EN 19), añadía que «hay que evangelizar —no por fuera, como si se tratara de añadir un adorno o un color externo, sino por dentro, a partir del centro de la vida y hasta las raíces de la vida—, o sea, penetrar con el evangelio las culturas y también la cultura del hombre, en el sentido amplísimo y riquísimo que estas palabras reciben en la constitución Gaudium et spes... El Reino que se anuncia en el evangelio, se vive por hombres que están imbuidos por una determinada cultura como propia, y para edificar el Reino hay que emplear necesariamente ciertos elementos de la cultura y de las culturas humanas» (EN 20).

2. Por su parte, Juan Pablo II afirmaba: «En este final del siglo XX, la Iglesia debe hacerse toda a todos, encontrándose con simpatía con las culturas de hoy. Hay todavía ambientes y mentalidades, así como países y regiones enteras, que deben ser evangelizados, lo que supone un largo y valiente proceso de inculturación para que el evangelio penetre el alma de las culturas, respondiendo así a sus expectaciones más altas y haciéndolas crecer a la misma medida de la fe, de la esperanza y de la caridad cristiana. A veces, las culturas no han sido todavía tocadas más que superficialmente y, en todo caso, porque se transforman sin cesar, exigen un acercamiento renovado... Además, aparecen nuevos sectores de cultura con objetivos, métodos y lenguajes diversos» (Discurso a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, 18-I-1983, 4: AAS 75 (1983) 384).

 

NOTA ANEXA

Para guiar a los lectores en la eventual publicación de las diferentes relaciones preparatorias, damos aquí su lista. En efecto, el R. P. Gilles Langevin, S. I., presidente de la subcomisión y redactor principal, a partir de esos trabajos (que continúan siendo de sus autores, ya que fueron escritos por ellos bajo su propia responsabilidad), ha redactado la síntesis que la Comisión Teológica Internacional ha aprobado con tres votaciones sucesivas, de las que las dos primeras aportaron correc ciones importantes.

He aquí el conjunto de los temas tratados:

I. Diversos aspectos de la reflexión y de la acción de la Iglesia sobre el problema de la inculturación:

1. Estado de la cuestión por lo que se refiere al Magisterio:

1) El Concilio Vaticano II y los Sínodos (Prof. Philippe Delhaye).

2) Las alocuciones pontificias (Prof. André Jean Léonard).

2. La teología y la acción pastoral:

1) En Asia (Prof. Peter Miyakawa).

2) En África (Prof. James Okoye).

3) En América Latina (Prof. José Miguel Ibáñez Langlois).

4) En el Mundo Atlántico (Prof. Giuseppe Colombo).

II. Sagrada Escritura y Teología

1. Dios Padre: Antiguo Testamento y Judaísmo (Dr. Hans Urs von Balthasar).

1) La asunción de la naturaleza humana (Prof. Gilles Langevin)

2) La salvación y la divinización (Prof. Francis Moloney).

3. El Espíritu Santo y la Iglesia (Prof. Jean Corbon).

III. Antropología

La naturaleza creada, caída y redimida (Prof. Georges Cottier).

IV. Eclesiología: la comunidad cristiana y las comunidades humanas

1. Las religiones no cristianas (Prof. Felix Wilfred).

2. Las relaciones de las jóvenes Iglesias con las tradiciones eclesiásticas antiguas (Prof. Barthélemy Adoukonou).

Documento en forma de conclusión pastoral: La modernidad (Prof. Hervé Carrier).

 

Fuente: Texto oficial latino en Commissio Theologica Internationalis, Fides et Inculturatio: Gregorianum 70 (1989) 625-646. La versión utilizada corresponde a: Comisión Teológica Internacional, Documentos 1969-1996, Veinticinco años de servicio a la teología de la Iglesia, BAC, Madrid 1998, Págs. 393-416. Puede también ser encontrado en castellano en «Medellín» 16 (1990) 109-132 o portugués  en Cultura e Fé, Porto Alegre, 45 (abril-junho 1989): 15-37.